Al encuentro de las imágenes budistas

La estatua sedente del ‘nyorai’ Shaka del templo de Kanimanji

Cultura Arte

¿Quién fue su autor? ¿Qué intención lo animaba? ¿Cuándo debemos datarla? Todo son interrogantes en torno a esta estatua que ha alcanzado la designación de tesoro nacional, máximo nivel de protección que ofrece el Estado japonés. Pero si esta preciosa imagen ha sobrevivido indemne 1.300 años, ha sido principalmente gracias a la veneración y al cariño que le han prodigado sucesivas generaciones de creyentes.

En su cara, impresiona tanto la tersura de sus mejillas como esos ojos rasgados, o esa contracción de los labios que le contagia un aire de severidad. Es la estatua sedente del nyorai Shaka (sánscrito: Sakyamuni), imagen principal del Kanimanji, templo situado en la ciudad de Kizugawa, en la parte sur de la prefectura de Kioto.

Hoy en día su piel de bronce luce muy oscura, pero cuando la hicieron era un buda dorado, recubierto de pan de oro. La tradición dice que Sakyamuni medía 4,8 metros de estatura y sus estatuas de la misma estatura (en el caso de las sedentes, la mitad) se llaman jōrokubutsu o budas de un y seis shaku. Los budas de bronce dorado de este tamaño facturados entre los siglos VII y VIII, poco tiempo después de que el budismo se transmitiera a Japón, son solo cuatro: el Gran Buda del templo de Asuka (bien cultural de importancia), la Cabeza de Bronce de Buda del Kōfukuji (tesoro nacional), la Estatua Sedente del Nyorai Yakushi del Yakushiji (tesoro nacional) y esta del Kanimanji. Una rareza que realza su valor intrínseco.

Algunos expertos creen que esta estatua era en realidad la imagen principal del templo de Kokubunji de la antigua provincia de Yamashiro (parte sur de la actual prefectura de Kioto). Su rostro adusto pero no exento de benevolencia parece concentrado en la oración, una oración con la que quiere apaciguar los soliviantados ánimos de los dioses que provocan los grandes cataclismos y desastres, trayendo así la serenidad de espíritu y la paz.

A su cuerpo esbelto y bien delineado se adhiere una vaporosa túnica con finos y graciosos pliegues. Esto la aproxima mucho a la estatua sedente del nyorai Yakushi del templo de Yakushiji, lo cual ha llevado a pensar que haya alguna relación entre ambos. Pero continúa siendo un misterio por qué una de las estatuas, la del Yakushiji, está en un templo mandado erigir expresamente por el emperador Tenmu en un lugar próximo al centro de la recién estrenada capital de Nara, mientras que la otra, esta gran estatua de estilo jōrokubutsu, está en un templo tan apartado de la capital como el Kanimanji. Además, pese a su parecido, las dos estatuas presentan algunas importantes diferencias estructurales. Por ejemplo, frente a los cerca de 5.000 kilogramos que pesa la del Yakushiji, esta solo pesa 2.172, menos de la mitad, debido al menor grosor de la capa de bronce.

El templo de Kanimanji es escenario de un bello cuento en el que un cangrejo que había sido salvado por una amable jovencita le devuelve el favor aliándose con el bodhisattva de la misericordia Kannon para librarla del acoso de una terrible serpiente que pretendía hacerla su esposa. Es un buen ejemplo del esquema, recurrente en la narrativa tradicional japonesa, de un animal que devuelve con creces el favor recibido. Este hecho viene a confirmar la plausible teoría de que el templo está estrechamente unido a Kannon, y que esta estatua del nyorai Shaka es una “imagen acogida” que llegó posteriormente a su fundación. Sin embargo, excavaciones llevadas a cabo en 1990 previamente a la reforma del edificio principal del templo condujeron al descubrimiento de cimentación que indica que ya a finales del periodo Asuka, es decir, durante el periodo Hakuhō (entre mediados del siglo VII y el año 710), se erigió en este lugar un complejo budista de grandes dimensiones, acordes con el gran tamaño de la estatua sedente de Shaka y esto dio pie a pensar que tal vez esta estatua hubiera estado colocada aquí desde la lejana época de la fundación del templo. Aunque por su estilo todo parece indicar que fue hecha entre finales del siglo VII y mediados del VIII, los expertos no llegan a un acuerdo a la hora de datarla con mayor precisión. El misterio que la rodea no acaba de disiparse.

El fotógrafo Muda Tomohiro explica que comenzó su sesión cuando aún disponía de luz natural en el exterior. Entre los rayos de luz que se colaban por diferentes aberturas arrancando destellos al bronce y las sombras proyectadas en diversas direcciones por los objetos de culto y las ofrendas, no era fácil trabajar. Y después de probar a tapar las aberturas y a variar el ángulo de los enfoques, se dio cuenta de las muchas “cicatrices” que cubrían la cara y el cuerpo de la estatua.

“No sé si estas marcas serán debidas a la rudimentaria técnica de fundido o reflejan más bien reparaciones de desperfectos causados por incendios u otros sucesos, pero puedo decir que conforme iba tomando fotos, dejaron de parecerme dolorosas para antojárseme bellas. Me daba la sensación de que en ellas anidaba toda la veneración y todo el cariño que han dispensado los creyentes a esta querida figura de Shaka. Y aunque mis manos estaban ocupadas manejando la cámara y presionando el disparador, en mi corazón juntaba las palmas en sentida oración.

Estatua sedente del nyorai Shaka

  • Nombre en japonés: Shaka nyorai zazō
  • Altura: 2,4 m
  • Época: Siglos VII-VIII (entre finales del periodo Asuka a principios del periodo Heian)
  • Colección: Kanimanji
  • Grado de protección: Tesoro nacional catalogado como Dōzō Shaka nyorai zazō (conservado en el edificio principal)

Imagen del encabezado: Estatua sedente del nyorai Shaka, colección del templo de Kanimanji. Fotografía: Muda Tomohiro.

(Traducido al español del original en japonés.)

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