Amaterasu, la diosa sol, y la cueva del cielo
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El alboroto de Susanoo
Cuando Izanagi envió a su hijo Susanoo al exilio, este replicó que se despediría de su hermana Amaterasu antes de partir. Mientras ascendía a los cielos para hacerlo, las montañas y los ríos rugían, y el suelo temblaba.
“Esto no puede traer nada bueno”, dijo Amaterasu. “Quizá planee apoderarse de mis tierras”. Se desató el pelo y lo volvió a sujetar como hacían los hombres, en dos bucles, uno a cada lado de la cara, y enrolló largas cadenas de cuentas magatama en torno a su pelo y sus brazos. Dos grandes carcajes, un brazal de bambú y un poderoso arco completaban sus pertrechos para la guerra. Pateando el suelo, hizo volar la tierra por los aires como si fuera nieve fina, y le espetó a su hermano: “¿Por qué has venido?”
“No tengo malas intenciones”, dijo Susanoo, explicándole que solo quería despedirse de ella antes de su exilio.
“¿Y cómo puedo saber que tu corazón es puro?”, preguntó Amaterasu.
“Hagámonos juramentos y tengamos hijos”.
De pie en ambas orillas del celestial Yasunokawa, el Río Tranquilo, cada uno pronunció sus juramentos. Amaterasu le pidió a Susanoo su espada larga, y la rompió en tres fragmentos, los cuales lavó en el pozo del cielo. Luego masticó los fragmentos y los escupió, tras lo que se convirtieron en tres espíritus femeninos.
Después Susanoo recibió las cuentas del pelo y los brazos de Amaterasu, y las lavó, masticó y escupió para crear cinco espíritus masculinos.
Amaterasu dijo: “Estos cinco espíritus vienen de mis posesiones, y por lo tanto son mis hijos. Los tres espíritus femeninos vienen de tus posesiones, por lo que son tuyos”.
“Esto prueba que mi corazón es puro”, dijo Susanoo. “Todas mis hijas son chicas dulces. Soy el ganador”. Triunfante, destrozó los surcos y llenó las zanjas de los campos de arroz, y espació sus excrementos por todo el santuario en el que se celebraba el banquete de la cosecha. Aún así, Amaterasu lo excusó, aduciendo que quizá solo había vomitado, y que había destruido los campos porque pensaba que se iban a echar a perder de todas formas.
Pero Susanoo se volvió aún más escandaloso. Cuando Amaterasu estaba en el recinto sagrado del tejido, él practicó un agujero en el techo y lanzó al interior un potro de picazo desollado. Una de las doncellas tejedoras quedó tan espantada que se clavó la lanzadera en los genitales y pereció.
La Cueva del Cielo
Amaterasu se asustó, así que escapó a Amanoiwato, la Cueva de la Roca del Cielo, y se encerró en su interior. El cielo quedó sumido en la oscuridad, y pronto se llenó de gritos de deidades como el zumbido de las moscas. Las calamidades se sucedieron.
Una multitud de deidades se reunió en las orillas del Yasunokawa para ver qué podían hacer. Invocaron al dios de la sabiduría para que pensara. Reunieron gallos de canto largo y les hicieron cantar. Construyeron un gran espejo y cadenas de cuentas magatama. Invocaron a las deidades Koyane y Futodama para que realizaran adivinaciones con el hueso de la paleta de un venado y con madera celestial. Sacaron de raíz un árbol sagrado de sakaki entero, y colgaron las cuentas de sus ramas superiores, el espejo en sus ramas intermedias, y tiras de papel blanco y de cáñamo azul de sus ramas inferiores.
Futodama ofreció estos objetos, y Koyane recitó plegarias. El poderoso dios Tajikarao esperó escondido junto a la entrada de la cueva. La diosa Uzume se ató enredaderas en torno a las mangas y la cabeza, y sostuvo en sus manos una rama de bambú. Volteó de una patada un cubo frente a la cueva, y lo pisoteó, entrando así en un frenesí durante el que se desnudó los pechos y se bajó la falda por debajo de sus genitales. Todos los dioses reunidos prorrumpieron en carcajadas.
Pensando que había algo raro, Amaterasu entreabrió un poco la puerta de la cueva. “Si yo estoy aquí y el cielo a oscuras, ¿cómo es que Uzume canta y baila, y por qué ríen todos los dioses?”
“Hemos encontrado una deidad mejor que tú”, dijo Uzume. “Por eso reímos y bailamos”. Koyane y Futodama le mostraron el espejo a Amaterasu. Más confundida que nunca por la imagen, Amaterasu se asomó y salió un poco de la cueva, punto en el que el poderoso Tajikarao salió de su escondite, la tomó de la mano y la sacó al exterior.
Futodama extendió una cuerda sagrada a lo largo de la entrada de la cueva tras ella, diciéndole: “No puedes volver a cruzar este lugar”.
Con la salida de Amaterasu de la cueva, el cielo volvió a brillar, gracias a su luz.
(Artículo traducido al español del original en inglés. Escrito por Richard Medhurst, y basado en la historia del Kojiki. Ilustraciones: © Stuart Ayre.)
