Un paseo por la línea Yamanote
De Tabata a Sugamo: vegetación y tumbas en el extremo norte de la Yamanote
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En las colinas de la frontera entre la Yamanote y el shitamachi
Cuando salgo de la estación de Tabata me detengo para contemplar el paisaje, algo inusual. Tabata no da a una plaza concurrida o una zona comercial, como otras estaciones. Apenas hay nada en torno a ella. En cambio, el terreno desciende casi de inmediato: las vías de tren cortan a través de una somera zanja, más abajo. Desde la salida norte la vista se extiende hacia una extensión uniforme de tejados y callejuelas. Este lugar posee una sensación de espacio, una pausa en la densidad de la ciudad.

Las estaciones del bucle de la línea Yamanote. (© Pixta)
Tabata siempre ha sido un lugar de transición, construido en la costura entre dos Tokios diferentes: las tierras altas de la Yamanote, los “barrios colina” al oeste, y la cuenca llana del shitamachi (los barrios populares) al este, una división natural que ha dado forma tanto a su geografía como a sus asentamientos humanos y a la imaginación de la gente. Aquí, las vías de la línea Yamanote atraviesan una especie de corte o zanja, con muros de contención y viaductos. Al contemplar el paisaje desde el puente, se aprecia claramente la topografía ondulada de Tokio, que obliga a las vías férreas a atravesar las colinas.

Un tren de la línea Yamanote bordea la escarpada cresta de Tabata, que traza la falla entre las casas superiores y el laberinto de vías de abajo. (© Gianni Simone)
Es hora de caminar. Me dirijo hacia el oeste y me encuentro con una pendiente pronunciada que pronto se convierte en una carretera hundida. La pendiente es tan empinada que me parece estar descendiendo a otra capa de la ciudad. La carretera está flanqueada por altos muros de contención, con senderos peatonales ligeramente elevados a ambos lados. Es un barranco artificial, con edificios encaramados en lo alto, como acantilados.
Paseando por las estrechas callejuelas, me topo con un terreno baldío rodeado por una valla metálica. Un cartel fijado a ella anuncia la futura ubicación del Museo Conmemorativo de Akutagawa Ryūnosuke. Su casa solía estar aquí, pero por ahora solo hay grava y maleza.
A mediados de la era Meiji (1868-1912) Tabata era un pueblo agrícola con bosques y campos. Pero después de que la Escuela de Bellas Artes de Tokio abriera sus puertas en la cercana Ueno en 1889, muchos jóvenes artistas comenzaron a establecerse en esta zona. En 1900 llegaron figuras como Kosugi Hōan e Itaya Hazan, seguidos por escultores, metalúrgicos y pintores. Se formó el Club del Álamo y, al final de la era Meiji, Tabata se había convertido en un “pueblo artístico”.
A partir de 1914 la zona también atrajo a talentos literarios. Akutagawa vivió aquí hasta su muerte en 1927, escribiendo muchas de sus obras más importantes y contribuyendo a convertir Tabata en una bungei mura, una “aldea literaria”. Su presencia atrajo a escritores como Muroo Saisei, Hagiwara Sakutarō y Hori Tatsuo, que encontraron inspiración en la luz, el aire y las vistas de la cordillera sobre Nippori y el curso del río Arakawa. Esa comunidad repleta de talento se celebra ahora en el Museo Conmemorativo de Escritores y Artistas de Tabata.

El Museo Conmemorativo de Escritores y Artistas de Tabata rinde homenaje a los creadores que vivieron en la zona a principios del siglo XX. (© Gianni Simone)
Los “guardianes de papel rojo” vigilan
Me mantengo a la derecha del cañón y sigo la ruta 458 hasta llegar a un pequeño cementerio, el punto en el que me adentro en el laberinto de callejuelas estrechas a la derecha. Es fácil cansarse, tras un rato, de los templos y santuarios: se confunden entre sí, indistinguibles unos de otros, y sus nombres y deidades se disuelven en una larga continuidad de incienso y caminos de grava. Pero de vez en cuando el caminante se ve sorprendido y recompensado con una joya escondida que restaura por unos momentos su curiosidad.
El lugar con el que me topo esta vez es una de esas excepciones. El santuario Tabata Hachiman se extiende tanto por terrenos altos como bajos, con escaleras de piedra que conectan la sala superior de culto y el acceso inferior. Esta disposición vertical crea una sensación de progresión. En la arquitectura sintoísta, subir hacia el honden (el pabellón principal) refleja la elevación espiritual. La disposición en capas refuerza esta metáfora, cada paso es una especie de ofrenda.

La disposición en capas del santuario Tabata Hachiman se despliega como una peregrinación vertical. (© Gianni Simone)
Los visitantes pasan por múltiples pórticos torii mientras suben, cada uno de los cuales marca un umbral. En realidad he entrado por la puerta trasera, así que bajo las escaleras, en lugar de subirlas, lo que en cierto sentido hace la experiencia aún más inusual.
Al salir del santuario Hachiman y girar a la derecha me encuentro con un destello de color: dos voluminosas figuras cubiertas por completo de papel rojo brillante. Se trata del templo Tōkakuji, hogar de los Akagami Niō, los “guardianes de papel rojo”. Los Niō son esos centinelas feroces y musculosos que se ven en muchas entradas de templos, con expresiones que oscilan entre la furia y la compasión. Aquí, sin embargo, su ira se ha suavizado bajo el peso de siglos de contacto humano. Millones de devotos los han transformado en algo completamente diferente: deidades de papel maché que representan la esperanza, el anhelo y el dolor de la comunidad.

Los Akagami Niō son venerados por alejar la mala suerte y curar enfermedades. (© Gianni Simone)
El ritual es sencillo, casi doméstico. En la parte trasera del recinto se llama a la puerta de madera de la oficina del templo, donde un conserje vende incienso y pequeños cuadrados de papel carmesí ya impregnados con cierta pasta. Se enciende el incienso y se ofrece ante cada estatua. A continuación, se presiona el papel en el lugar correspondiente. Una rodilla, un hombro, un dedo del pie. Quienes sufren de rigidez en los hombros colocan su súplica sobre el propio Nio, confiando en que él soporte el peso muerto de su malestar. Cerca de allí, un grupo de sandalias de paja cuelga de unos ganchos, como símbolo de quienes afirman haber sido curados.
En la frontera montañosa entre la Yamanote y el shitamachi
Llego a Komagome, y Tokio corre entre bastidores para otro cambio de vestuario. El barrio semielegante y poco poblado de Tabata se transforma en una zona mucho más animada, más cercana al ambiente del shitamachi. Por supuesto, la calle comercial se llama Komagome Ginza.

La animada calle comercial frente a la estación de Komagome. (© Gianni Simone)
Compras animadas y cementerios verdes
Es un típico shōtengai, o distrito comercial: parejas de ancianos que examinan los productos bajo un toldo verde, cajas de uvas y kiwis desparramadas por la acera, etiquetas de precios escritos a mano, que se curvan bajo el sol. Una mujer con una sombrilla pasa por delante de una farmacia de hierbas, cuyos escaparates rebosan remedios kanpō y carteles descoloridos. Es un pasillo de rituales cotidianos, modesto, con textura y entrañablemente excéntrico.
Komagome es un raro rincón natural a lo largo de la línea Yamanote. Un mapa de Tokio muestra varias zonas verdes alrededor de la estación, muchas más de las que pueden presumir la mayoría de las otras estaciones de la Yamanote. Esta parte de mi paseo me aleja cada vez más de las vías. Tengo que elegir mis desvíos, y esta vez los populares jardines Rikugien y Kyū-Furukawa son los que descarto, ya que he estado en ellos muchas veces.
En lugar de eso, abandono la aburrida avenida principal que se dirige hacia el norte desde la estación y giro a la izquierda hacia el shōtengai Shimofuri, una de esas calles comerciales profundamente locales que nunca dejan de hacerme sonreír. El aire transporta el aroma de los productos frescos y el pescado a la parrilla. Una mujer con un paraguas de flores camina sin prisa por delante. Dentro de la frutería, hay cajas de verduras apiladas con etiquetas de precios escritas a mano: tomates, maíz, cebollas y verduras, todo dispuesto con un cuidado típicamente japonés, casi exagerado.

El frutero del shōtengai Shimofuri dispone sus productos con el cuidado típicamente japonés. (© Gianni Simone)
Me adentro más en Nishigahara 1-chōme y Komagome 6-chōme, que en su día formaron parte de la antigua aldea de Somei, famosa por sus jardineros y las variedades de cerezos que cultivaban, entre ellas la somei-yoshino, que con el tiempo cubriría todo el país en primavera. A mediados del siglo XIX, las aldeas de Somei y la cercana Sugamo aún no formaban parte de Tokio (entonces una ciudad mucho más pequeña que sus actuales límites metropolitanos), pero eran un centro de innovación hortícola. Ahora resulta difícil de imaginar, con las tiendas de veinticuatro horas y los bloques de apartamentos, pero en la década de 1860 la zona se había densificado tanto con viveros y cultivadores especializados que el botánico británico Robert Fortune, deteniendo sus pasos en algún lugar de esta zona, calificó a Somei y Sugamo como el mayor centro de flores y plantas del mundo, escribiendo en su obra de 1863 Yedo and Peking: “Nunca he visto, en ninguna parte del mundo, tal cantidad de plantas cultivadas para la venta”.
Finalmente, giro hacia Somei-zaka, una larga cuesta recta (“cuesta” más por su nombre, zaka, que por su pendiente) y luego por la igualmente larga y recta Somei-dōri, que me lleva hacia el cementerio Somei, uno de los cuatro cementerios metropolitanos del centro de Tokio. Con poco menos de siete hectáreas es el más pequeño, pero a mi parecer el más bonito, hasta tal punto que casi parece un parque público. Alrededor de un centenar de cerezos somei-yoshino se hallan plantados por todo el recinto, convirtiendo el cementerio en un famoso lugar para celebrar el hanami cada primavera.

Las callejuelas cubiertas de maleza del cementerio Somei se encuentran junto al mercado mayorista de verduras de Sugamo, al fondo. (© Gianni Simone)
He descubierto que Tokio tiene cementerios que reflejan la propia ciudad. Cada cementerio parece una miniatura de Tokio: filas de rectángulos verticales de granito, mármol y hormigón, apretujados unos contra otros como rascacielos de oficinas. Al caminar entre ellos, casi se podría creer que se está paseando por una maqueta a escala reducida de la metrópolis: densa, dispersa... Aunque sin máquinas expendedoras. Todavía no.
Pero la vida sigue, más allá de las puertas. Un grupo de jubilados ha convertido un claro en una especie de club al aire libre, con bicicletas alineadas ordenadamente junto al camino. Los observadores de aves escudriñan las copas de los árboles con prismáticos. Sin embargo, nada de esto rompe el ambiente.
Al abandonar Somei me doy cuenta de que últimamente estos lugares han adquirido un valor añadido. En el pasado, cuando los incendios eran una amenaza constante en Tokio, los cementerios solían servir como cortafuegos. Hoy en día tienen una función diferente, pero igualmente vital: no contra las llamas, sino contra los incendios de la remodelación descontrolada. La gente que vive en la ciudad necesita sus espacios verdes, y a los tokiotas no parece importarles compartirlos con los muertos.
(Artículo traducido al español del original en inglés. Imagen del encabezado: las estrechas callejuelas de Tabata y Komagome cuentan con prósperos jardines privados, un recuerdo de la época dorada de la zona como el mejor centro de viveros de la capital - © Gianni Simone.)