Maestros, genios y prodigios de la pintura japonesa
Utagawa Hiroshige, el paisajista que reinó desmarcándose de Hokusai
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El samurái que tomó el pincel
Los grabados ukiyo-e del periodo Edo (1603-1868), consistentes en su mayoría de retratos de mujeres hermosas y actores de kabuki, son ilustraciones que reflejan el mundo cotidiano. Creados con las clases populares en mente, los artistas tras estas xilografías y libros estampados solían pertenecer al estamento de los artesanos. Utagawa Hiroshige, sin embargo, era más que un simple plebeyo: nació en una familia de samuráis de bajo rango al servicio del shogunato —los llamados gokenin— asentada en la mansión para bomberos que había en Babasaki-mon, una de las puertas de entrada al castillo de Edo.
Como guerreros de bajo rango que eran, la paga de los gokenin era escasa y se les permitía tácitamente tomar oficios complementarios. Parece ser que a Andō Jūemon —nombre común de Hiroshige— le atrajeron especialmente las artes pictóricas. No obstante, lejos de aspirar a convertirse en un artista oficial del Gobierno dedicado a la pintura de elevado estatus, como pudiera ser la de la escuela Kanō, Hiroshige se inclinó hacia el ukiyo-e, un arte que retrataba el vulgo con sus dibujos de bellezas famosas, actores de kabuki e incluso ilustraciones eróticas. Si ya era inusual que un samurái se dedicara a la artesanía, más aún lo era el meterse a un oficio tan popular como el dibujo; hay por eso quien conecta esta decisión con los grandes cambios que vivió a los 12 años, cuando heredó la jefatura familiar tras perder uno tras otro a su madre y su padre, y comenzó a vivir con su abuelo y sus hermanas mayores.
Durante la infancia de Hiroshige, los artistas de ukiyo-e más populares entre el público eran dibujantes como Utagawa Toyokuni y Katsushika Hokusai. Hiroshige quiso estudiar por eso como discípulo de Toyokuni, pero el destino no lo quiso así y acabó por convertirse en aprendiz de su compañero menor, Toyohiro. Tenía 14 años entonces. Durante años, compaginó los deberes propios de su cargo público de samurái con el dibujo y el estudio de géneros pictóricos como los retratos femeninos, hasta algo pasados los 26 años, edad a la que cedió la jefatura familiar a su sobrino.

Bellezas del barrio de Shin-Yoshiwara, en Edo. Obra de los comienzos de la carrera de Hiroshige. Colección del Museo de Arte Tōkaidō Hiroshige de Shizuoka.
Se cree que Hiroshige debutó como artista de ukiyo-e a los poco más de veinte años, hacia finales de la era Bunka (1804-1818). En sus inicios muestra el estilo típico de cualquier dibujante de ukiyo-e, con sus retratos femeninos, grabados de actores de kabuki e ilustraciones para obras de gesaku o literatura popular de entretenimiento.
Pero como en todo negocio, en el mundo de los grabados y estampas las ventas lo eran todo, y la profesión de dibujante, huelga decir, era un tanto precaria. Bajo estas condiciones y con ilustradores de la misma escuela Utagawa compitiendo por hacerse un hueco en la industria, un estilo meramente imitativo simplemente no bastaba. Así, es muy probable que durante la era Bunsei (1818-1831) Hiroshige se dedicara a explorar todo tipo de opciones mientras seguía trabajando incansablemente en sus dibujos.
Bajo la sombra del Fuji de Hokusai
Se cree que la primera incursión de Hiroshige en el grabado paisajístico o meisho-e (“dibujos de parajes célebres”), como se les llamaba entonces, data de principios de la era Tenpō (1831-1845). Fue en esta época en la que creó la serie Tōto Meisho (“Lugares célebres de la Capital del Este”), una colección de grabados que utilizaba paisajes conocidos de la ciudad de Edo como reclamo comercial, aderezados en este caso con escenas costumbristas.

Luna vespertina sobre Ryōgoku, de la serie Lugares célebres de la Capital del Este. Colección del Museo de Bellas Artes de Boston.

Cerezos con follaje en el río Sumida, de la serie Lugares célebres de la Capital del Este. Colección del Museo de Bellas Artes de Boston.
Para entonces, en el mundo del ukiyo-e ya se había presenciado un par de veces la moda del llamado uki-e, género de grabado paisajístico en el que se enfatizaba la sensación de profundidad utilizando técnicas de perspectiva de la pintura occidental. Hiroshige fue más allá; lejos de limitarse a asimilar estas técnicas de perspectiva, incorporó en su serie novedosas técnicas como la de colocar el sujeto de la pintura en un primer plano aumentado, o dibujar el horizonte a un nivel muy bajo dejando así un amplio espacio para pintar el cielo. En esta serie de decisiones pictóricas podemos ver los frutos del estudio que Hiroshige hizo de las obras de la escuela Maruyama-Shijō de Kioto, seguramente durante la segunda mitad de la era Bunsei. Dada la temática paisajística de la serie, este es también el comienzo de ese “azul Hiroshige” que desde entonces tan profusamente llenaría sus cielos, ríos y mar. Con todo y pese al considerable esfuerzo de Hiroshige, el artista no pudo evitar que la serie llegara a su fin tras solo 10 grabados. Y es que el dibujante competía con un formidable rival: nada menos que Katsushika Hokusai.
Ya para entonces leyenda del ukiyo-e a sus más de setenta años, Hokusai publicó sus famosas Treinta y seis vistas del monte Fuji prácticamente al mismo tiempo que Lugares célebres de la Capital del Este. La serie de Hokusai, centrada en aquel objeto de culto que era la montaña sagrada, tuvo una enorme acogida. Sus sorprendentes y divertidas imágenes con formas exageradas cautivaron a un sinfín de gente gracias al inconfundible sentido de la composición de un veterano Hokusai que sabía bien cómo ganarse al público. Desafortunadamente, Lugares célebres de la Capital del Este no llegó al mismo nivel de popularidad.
Hacia el éxito: “lo visto tal y como se presenta al ojo”
Pese a todo, las obras de ambos artistas marcaron el comienzo de una nueva categoría en el ukiyo-e, a saber, los grabados paisajísticos de lugares famosos. Tras aquella serie, Hokusai publicó otras colecciones similares, utilizando esta vez cataratas, puentes o el mar como tema. Por su parte, Hiroshige decidió partir en un viaje por la ruta Tōkaidō en 1832, según contaría años después el tercero en heredar su nombre, Hiroshige III —aunque las únicas pruebas apuntan a una fecha algo más tardía—. El propósito del viaje era una arriesgada apuesta: inmortalizar los paisajes que se suceden a lo largo de la costa en una colección no ya de 36, sino de 53 grabados, es decir, uno por cada estación de postas en la ruta. Las obras pasarían a formar la serie Las cincuenta y tres estaciones del Tōkaidō (edición de Hoeidō), publicada a partir de 1833. Su éxito fue rotundo y pusieron a Hiroshige en el mapa; para entonces ya tenía 36 años.

Vista matutina de Nihonbashi, de la serie Las cincuenta y tres estaciones del Tōkaidō. Colección del Museo de Bellas Artes de Boston.

Noche de nieve en Kambara, de Las cincuenta y tres estaciones del Tōkaidō. Colección del Museo Metropolitano de Arte.
Al igual que una postal de hoy en día, las representaciones paisajísticas de Hiroshige eran claras, accesibles y fieles a la realidad; pero además rebosaban de emoción, gracias al uso que el artista hacía de herramientas como la nieve o la lluvia. Aquel público de Edo hasta entonces fascinado por las composiciones de formas extravagantes de Hokusai cambió aparentemente de parecer en cuanto Hiroshige publicó sus serenos estampados de paisajes del Tōkaidō. También es posible que el clima de inestabilidad de aquella época, con una hambruna que acababa de comenzar, contribuyera a aupar a un Hiroshige cuya gran baza eran unas imágenes tranquilas y acogedoras. Sea como fuere, a ese primer éxito le siguieron diversas series de paisajes adaptadas a la demanda del momento, desde las vistas de diferentes rutas hasta los lugares célebres de Edo u otras regiones. Hiroshige llegó de esta forma a acaparar prácticamente todo el género del grabado paisajístico.
Ahora bien, el pulso entre Hokusai y Hiroshige no acabó ahí. Aunque es cierto que la gran contribución de Hokusai y Hiroshige al ukiyo-e del periodo Tenpō (1830-1842) yace en su labor como pioneros del grabado paisajístico, también compitieron creando ingeniosas obras en otro género: el llamado kachō-hanga, un subgénero centrado en flores y pájaros que carecía de mayores pretensiones hasta entonces.
Por resumir: Hiroshige acabó ganando de nuevo. El pueblo de Edo así lo había decidido, decantándose por las emotivas estampas de flores y pájaros que Hiroshige creó para formatos verticales largos. No es que el gran veterano Hokusai fuera en ninguna manera inferior; simplemente fue la conclusión dictada por el gusto de la época. Es decir, refleja el cambio que se dio en el mundo del ukiyo-e en el siglo XIX, época en la que las ezōshi-ya —comercios dedicados a la planificación, publicación y venta de grabados y libros estampados—, cuyos escaparates hasta entonces estaban repletos de dibujos de actores y retratos femeninos, pasaron a estar cubiertas de estampas de paisajes, flores y pájaros.

Izquierda: Pato entre cañas cubiertas de nieve. Colección del Museo Metropolitano de Arte. Derecha: Anteojitos japoneses sobre planta de ‘karasuuri’ (Trichosanthes cucumeroides) y pajarito sobre peonía. Colección del Museo de Bellas Artes de Boston.
En uno de sus manuales de dibujo, Ehon tebikigusa (publicado en 1849), Hiroshige dice de su propio estilo que consiste en “dibujar a partir del natural y añadir después pinceladas”. A su vez, criticó las obras del monte Fuji de Hokusai por “anteponer a todo lo demás una disposición interesante en composición y formas”, en contraste con su serie Cien Grabados del Fuji de 1857, compuesta de “fidelísimos dibujos” del monte que muestran “lo visto tal y como se presenta al ojo”. Es decir, que lo que caracterizaba su particular estilo, según apuntaba el propio Hiroshige, era un realismo tomado directamente del natural. Y efectivamente, esta fue seguramente la clave que lo condujo al éxito tanto en el género paisajístico como en el kachō-hanga.

Bosque de pinos en Miho, en la provincia de Suruga, de la serie Cien Grabados del Fuji. Colección del Museo Metropolitano de Arte.
De este modo, Hiroshige continuó con su imparable ascenso, publicando más grabados de la ruta Tokaidō y de lugares famosos de Edo con diversas editoriales, y consiguiendo así mantener su puesto en la cima del ukiyo-e. Especialmente después de la muerte de Hokusai en 1849, la escuela Utagawa a la que pertenecía Hiroshige pasó a reinar completamente en la industria, dominado por el triunvirato de tres de sus artistas: Kunisada (más tarde conocido como Toyokuni III) en el género de grabados femeninos, Kuniyoshi en el de los retratos de guerreros, y Hiroshige en el ámbito paisajístico. Ya convertido en artista de gran fama, Hiroshige comenzó por esta época a recibir encargos de particulares. Entre ellos son famosos aún a día de hoy la cortina decorativa que dibujó para el festival de Dōsojin en la provincia de Kai (actual Yamanashi), o los varios rollos colgantes que encargó el dominio Tendō —en la región de Dewa, actual Yamagata— para regalar a los agricultores adinerados como muestra de agradecimiento por sus contribuciones monetarias. Estas obras son prueba de que Hiroshige había pasado, finalmente, a formar parte de los grandes maestros del ukiyo-e de Edo.

Kakejiku o rollos colgantes encargados por el dominio de Tendō. Izquierda: Hojas rojas de otoño en el río Tatsuta. Derecha: Cerezos en Yoshino. Imagen cortesía del Museo de Arte Hiroshige.
Cien famosas vistas de Edo, levantando ánimos tras la tragedia
Incluso hacia el final de su carrera, Hiroshige continuó probando diferentes maneras de representar los paisajes, como por ejemplo dejando a un lado el formato horizontal que tanto había empleado hasta entonces para utilizar formatos verticales, o reconstruyendo con maestría paisajes que no había visitado a partir de obras anteriores de otros artistas. Un ejemplo típico de esto sería su Vistas de lugares famosos de más de sesenta provincias. Sin embargo, la obra culmen de sus últimos años fue el enorme proyecto que supuso su serie Cien famosas vistas de Edo.

Izquierda: Los remolinos de Naruto en la provincia Awa. Derecha: Vista lejana del monte Ōyama desde Ōno, en la provincia de Hōki. Ambas de la serie Vistas de lugares famosos de más de sesenta provincias. Colección del Museo de Bellas Artes de Boston.
Con la ciudad de Edo recién azotada por el gran terremoto de 1855, el paisajista Hiroshige quizá debió de sentir que era su misión retratar los parajes de la noble capital en su estado original y con la belleza que merecían, en parte con la intención de levantar los ánimos de la gente afectada por el desastre. Dibujando grabado tras grabado en aquel formato vertical que tan frecuentemente utilizó hacia el fin de su carrera, el artista retrató lugares tanto del centro como de las afueras de Edo, todos bien conocidos entre sus habitantes. Es de imaginar que muchos de ellos, abatidos por un desastre inesperado, encontrarían en estas imágenes cierto consuelo. La asombrosa rapidez con la que consiguió publicar estos más de 100 grabados de gran formato en apenas tres años da fe de la demanda que debió tener entre sus numerosos compradores y patrocinadores.

Izquierda: Los lirios de Horikiri. Derecha: Fuegos artificiales en Ryōgoku. Ambas de la serie Cien famosas vistas de Edo. Imagen de ColBase.

La villa de los ciruelos en Kameido, de Cien famosas vistas de Edo (izquierda; ColBase) es también es conocida por la copia que hizo Van Gogh (derecha; Museo Van Gogh).
Se cuenta que justo tras completar las 100 estampas previstas y cuando finalizaba ya su publicación, Hiroshige contrajo el cólera, una enfermedad muy extendida en aquella época. Acabaría falleciendo en 1858, a los 61 años.
Consciente de su inminente muerte, el pintor dejó a su familia instrucciones detalladas sobre cómo saldar sus deudas. Esto sugiere que pese a su popularidad, Hiroshige tuvo continuas dificultades económicas, quizá debido a los bajos honorarios que recibía por su arte o por el elevado número de aprendices que mantenía. Del artista se conservan hasta día de hoy su testamento y su wakizashi —espada corta característica de los samuráis—. El retrato póstumo que le hizo su amigo Toyokuni III, con su rostro de rasgos afables y un aire de dignidad y saber estar propias del noble que fue, nos ofrece una impresión del carácter que debió de tener Hiroshige en vida.
Imagen del encabezado: Retrato de Utagawa Hiroshige por Toyokuni III. Imagen de ColBase.
(Traducido al español del original en japonés.)