Casas tradicionales convertidas en cafés
Kamakura Kitahashi: café de primera calidad y ‘soba’ casero en Kamakura
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Una residencia histórica de Hase
Kamakura Kitahashi se encuentra en un tranquilo rincón de Hase, un barrio histórico de Kamakura donde se conservan varias residencias y templos budistas y santuarios sintoístas de renombre. Inaugurado en junio de 2024, este establecimiento sirve café y soba (fideos de trigo sarraceno o alforfón).
El edificio que lo alberga es la antigua residencia de la familia Kagaya, que tiene más de un siglo de historia y ha sido renovada. Además, ha sido nombrada Elemento Arquitectónico de Importancia para el Paisaje Urbano de Kamakura. La otrora vivienda está formada por dos pabellones contiguos, uno de arquitectura occidental y otro de estilo japonés, lo cual permite apreciar la elegancia propia de las segundas residencias de las eras Meiji (1868-1912) y Taishō (1912-1926). Seguramente baste con poner un pie en la casa para sentir el aroma persistente de la vida holgada de tiempos pasados. Sea como sea, recomendamos visitar este espacio elegante, que recientemente ha cobrado fama por haber sido uno de los lugares donde se rodó la serie de televisión Penúltimo amor, emitida en 2025.
Un callejón que rezuma historia
Kamakura Kitahashi se encuentra a unos seis minutos a pie de las estaciones de Yuigahama y Hase, ambas de la línea Enoden. Al final de un callejón tranquilo, tras dejar atrás la calle principal, se ve el torii del Amanawa Shinmeigū. Rodeado de abundante naturaleza, este santuario sintoísta se considera el más antiguo de toda Kamakura y es muy apreciado por los vecinos de Hase, quienes confían en que la deidad allí consagrada los proteja.
El día que estuvimos en Kamakura Kitahashi dio la casualidad de que era el festival de dicho santuario, de ahí que la calle estuviera adornada con farolillos de colores. Caminando entre estas vistas un tanto nostálgicas nos topamos con el pabellón de estilo occidental, cuyas paredes exteriores son blancas y tienen varios resaltes en tonos verde pastel.

Al final del callejón, decorado con farolillos, se ve el torii del santuario y, a mano derecha, el pabellón de estilo occidental.
A la entrada hay sendos carteles informativos: “soba” y “café”. Quienes quieran tomarse unos fideos de trigo sarraceno o alforfón deberán dirigirse al pabellón de estilo japonés, al cual se accede por el camino empedrado que hay a la izquierda. Quienes, por el contrario, prefieran disfrutar de la cafetería, no tienen más que girar a la derecha y abrir la puerta del pabellón occidental.

Carteles informativos a la entrada. Si debajo del letrero que pone “café” en inglés y japonés cuelga otro que dice “open” (“abierto” en inglés), significa que en ese momento está abierta la cafetería.
El pabellón occidental abre antes que el de estilo japonés. Así pues, decidimos entrar primero a la cafetería y tomar un café acompañado de algo dulce.
La residencia de juventud del escritor Yamaguchi Hitomi

El interior goza de una iluminación fantástica gracias a la luz natural.
El aroma y el vapor del café de origen único que pedimos en la barra me producen cosquillas en la nariz. Este café americano, elaborado con granos de la marca Nozy Coffee, cuyo tostadero se encuentra en Harajuku (Tokio), encarna la importancia de la relación con los productores, la calidad y el sabor original de los granos.
En lo que respecta a los dulces, todos ellos se preparan con una harina de trigo sarraceno o alforfón de elaboración casera y, por lo tanto, carecen de gluten. Algunos llevan azúcar de remolacha; otros, azúcar de caña o miel. Independientemente del tipo de edulcorante que hayan elegido, la dulzura es natural. En esta ocasión pedimos el bizcocho de gasa con nata montada, tan suave que se deshace en la boca.

Café americano y bizcocho de gasa con nata montada. La tarjeta que hay sobre el platillo contiene información sobre el origen del café, entre otros datos.
“Queremos que las personas alérgicas a la harina de trigo también puedan disfrutar de nuestros dulces”, cuenta la pastelera Tetsuya Sayako. Otras propuestas que gustan mucho a la clientela son la panna cotta (nata cocida), elaborada con leche de soja, y la tarta de zanahoria, que se prepara con una mezcla de harina de arroz y de trigo sarraceno o alforfón.
Aunque ahora alberga una cafetería, el pabellón de estilo occidental destaca por su particular historia: durante un tiempo fue una sala de baile. Además, en otra época fue la residencia del escritor Yamaguchi Hitomi y su familia. En 1946, cuando tenía 23 años, empezó a estudiar en la Academia Kamakura, una institución de enseñanza superior que se caracterizaba por su visión libre y vanguardista y que solo duró cuatro años y medio. Los escritores famosos que impartían clases allí y los estudiantes de la entidad podían acceder al pabellón. De hecho, Yamaguchi tuvo relación con el gran escritor Kawabata Yasunari, cuya residencia se encontraba justo al lado. Incluso es posible que ambos autores intercambiaran opiniones sobre literatura en esta misma sala.
Si uno se fija en la repisa de la chimenea, situada en un rinconcito de la pared, se percatará de que hay grabados unos garabatos pequeños con los ideogramas del apellido Yamaguchi; tal vez sean fruto de una trastada de juventud del escritor.

La lámpara de araña, que cuelga del techo alto, y la repisa de la chimenea.
Soba casero en el pabellón de estilo japonés
A las 11 de la mañana, hora a la que abre el pabellón de estilo japonés, colocan una cortina noren blanca en la entrada. Para acceder a la zona con tatamis hay que descalzarse en el vestíbulo. El engawa (pasillo entablado) soleado que lleva a sendas habitaciones de estilo japonés de ocho y diez tatamis de amplitud es, al parecer, la parte de la casa donde al señor Kagaya, antiguo propietario de la vivienda, le gustaba tumbarse en el sofá. Todas las mesas tienen vistas al jardín, en el que se puede observar un paisaje distinto en función de la estación.

Entrada al pabellón japonés y al occidental, cada una con su estilo.
Pedimos el menú de mediodía Sakura, que se compone de varios entremeses, unos fideos de trigo sarraceno o alforfón y un postre, servidos precisamente en este orden.
Kitahashi Yūto, gerente del local y maestro experto en la elaboración de soba, les compra las semillas con vaina (gensoba) directamente a los agricultores de distintas zonas del país en cuanto las cosechan. Una vez que estas llegan a su establecimiento, él mismo se encarga de llevar a cabo todos y cada uno de los procesos necesarios, desde eliminar las piedras y la tierra mezcladas con las semillas (ishinuki), pulirlas y quitarles la cáscara hasta machacarlas con un mortero de piedra. El esmero con el que trata los ingredientes potencia el aroma original y el delicioso sabor del trigo sarraceno o alforfón.

El corte perfecto de los fideos soba refleja el saber hacer del maestro.
Lo primero que hace Kitahashi cada mañana es preparar el caldo dashi que sirve de base para el caldo tsuyu en el que se mojan los fideos. En su elaboración emplea, según convenga, bonito seco fermentado (honkarebushi), caballa seca (sababushi) y melva seca (sodabushi). Esta combinación le permite dar con el sabor fresco propio de la cocina típica de Edo.
“A la hora de preparar el caldo tsuyu para el soba, es importante encontrar el equilibrio entre el umami del alga konbu, el aroma del bonito seco y la salsa de soja. Hay que tener cuidado de que ninguno de los ingredientes destaque respecto a los demás”, explica Kitahashi.
Maestría e historia en un mismo espacio
Kitahashi trabajaba en una sociedad de valores. En la veintena vivió el Gran Terremoto del Este de Japón, experiencia que le sirvió para darse cuenta de que tenía que aprovechar para hacer aquello que quisiera mientras pudiera. Así pues, se dedicó a viajar por el extranjero. Durante sus viajes quedó fascinado por las distintas gastronomías del mundo y, al regresar a Japón, decidió emprender el camino que lo llevaría a convertirse en maestro artesano experto en soba.
Durante cinco años fue jefe de cocina de un famoso restaurante de Shimokitazawa (Tokio). Mientras buscaba un local para abrir su propio negocio, descubrió la residencia de los Kagaya, que todavía estaba habitada, e hizo una visita para conocerla por dentro.
“En cuanto entré, sentí que el lugar estaba lleno de energía positiva: la luz natural que entraba en el pabellón occidental, el olor del verdor que flotaba en el callejón, alejado del bullicio, la sensación de que la zona estaba protegida por el santuario Amanawa Shinmei… Todo me resultó agradable”, explica.
Kitahashi se tomó su tiempo en renovar el edificio. La familia Kagaya quería preservarlo, de modo que se tuvo muy en cuenta esta opinión: se aprovechó la disposición original y se buscó proteger el valor histórico de la propiedad. Las columnas viejas, el tejado y el espacio tokonoma se dejaron tal cual; se pintaron las paredes de barro del pabellón japonés, que se transformaron en unos muros al estilo de Kioto, con tonos suaves.

Sala de estilo japonés en la que les han sacado partido a las columnas viejas y al techo original.
Los carteles informativos de la entrada son obra de Tanaka Jun, artista especializado en trabajar el hierro. Por su parte, las mesas y las sillas de la habitación con tatamis, elaboradas con madera de fresno japonés, las hizo un artesano de Hida que elabora muebles adaptados a las curvas del cuerpo humano.
Kitahashi quería que, cuando los clientes tocaran algo, se dieran cuenta de la calidad de los materiales y la maestría de los artesanos que los habían trabajado, una intención presente en todos y cada uno de los rincones del establecimiento. Al parecer, los miembros de la familia Kagaya han ido al local y están contentos de que se haya conservado su antigua residencia.
Entregarse a un espacio único
La luz natural que entra por las ventanas del pabellón occidental cambia en función del tiempo y la franja horaria. En los días de lluvia el paisaje que se ve a través de los cristales viejos aparece difuminado, como si se tratara de una ilusión.

Durante la renovación las tablas del suelo del pabellón occidental se quitaron una a una. Luego se invirtió tiempo en colocarlas para formar una especie de rompecabezas.
Se puede ir a la cafetería a tomarse un café tras haber disfrutado de unos fideos, aunque tampoco pasa nada si solo se va a la cafetería. “Vale con venir a tomarse un café. También está bien tomarse algo mientras se lee tranquilamente”, dice, sonriente, la pastelera Tetsuya Sayako.
Aunque el pabellón japonés suele estar concurrido al mediodía, se puede estar allí tranquilamente de lunes a viernes a partir de la 1 de la tarde. Esta antigua residencia, que encierra los recuerdos tanto de épocas de pompa como de períodos históricos más tranquilos, se adapta a distintos contextos: sirve para comer con alguien querido, tomarse una copa o pasar un rato en soledad contemplando el jardín o los altos techos del pabellón occidental.
Por otra parte, tras haber disfrutado al máximo de este valioso enclave, puede resultar interesante subir las escaleras que conducen al santuario Amanawa Shinmei, justo detrás de la antigua residencia, y empaparse de la historia del clan Minamoto, que fundó el shogunato de Kamakura.
Kamakura Kitahashi ofrece la oportunidad de disfrutar de los sabores creados por los maestros artesanos de nuestro tiempo y de sentir cómo pasa la eternidad, todo ello en un edificio con más de un siglo de historia.
Kamakura Kitahashi
- Dirección: Kanagawa-ken Kamakura-shi Hase 1-11-32
- Horario: la zona donde sirven soba abre de 11:00 a 15:00 y de 17:00 a 20:30, aunque es posible que cierre antes si se agotan los fideos. La cafetería abre de 10:00 a 18:00, excepto los sábados, los domingos y los festivos, que abre una hora antes. Cerrado los martes por descanso.
- Cómo llegar: a unos seis minutos a pie de la estación de Hase (Enoden)
- Sitio web oficial: https://kamakura-kitahashi.com/
Texto e imágenes: Kawaguchi Yōko.
Imagen del encabezado: La cafetería Kamakura Kitahashi vista desde el jardín.
(Traducción al español del original en japonés)
