GO Journal entrevista a atletas con discapacidad

Fujimoto Satoshi, apuntando a Tokio 2020 a los 45 años

Tokio 2020 Deporte

Fujimoto Satoshi se llevó el oro en tres juegos paralímpicos seguidos —Atlanta 1996, Sidney 2000 y Atenas 2004—, la plata en Pekín 2008 y el bronce en Río 2016. Hablamos con este judoca veterano sobre sus aspiraciones para Tokio 2020, donde competirá con 45 años.

Fujimoto Satoshi FUJIMOTO Satoshi

Nacido en 1975, en la prefectura de Tokushima. Representante nacional de judo para ciegos en la categoría de 66 kilos. Clasificación B2 (discapacidad visual). De pequeño sufrió una lesión en el ojo izquierdo a causa de un accidente y perdió la visión en dicho ojo. Empezó a practicar judo a los 5 años y se introdujo en el judo para ciegos cuando estudiaba el bachillerato en la Escuela para Ciegos de la Prefectura de Tokushima. Se estrenó en los juegos paralímpicos en Atlanta 1996, con 21 años, y se hizo con el oro en aquella edición de la competición y las dos siguientes. Logró la plata en Pekín 2008, el bronce en Río 2016 y no compitió en Londres 2012. Actualmente se prepara para Tokio 2020.

El entorno propicio de los atletas paralímpicos en la actualidad

Practica el judo desde los cinco años. ¿Cuándo se propuso competir en los juegos paralímpicos?

Cuando cursaba segundo de bachillerato en el Instituto de Comercio de Tokushima, vino a entrenar con nosotros Miyauchi Eiji, un judoca de Tokushima que iba a participar en los Juegos Paralímpicos de Barcelona 92. Miyauchi era totalmente ciego. En el tercer curso, cuando ya había terminado mi carrera de judo en el club, el profesor que nos entrenaba me propuso prepararme para acceder a los estudios de fisioterapia y para competir en los paralímpicos. Él mismo había trabajado en la Escuela para Ciegos de la Prefectura de Tokushima y sabía de mi discapacidad visual. A raíz de aquella conversación me acordé de Miyauchi y por primera vez me planteé la posibilidad de tomar parte en una competición internacional. Fue entonces cuando me introduje en el judo para ciegos.

¿Antes de aquello ya pensaba seguir con el judo después de terminar el bachillerato?

Pues no lo sé. Si mi profesor no me lo hubiera propuesto, no sé qué habría hecho. En los puntos de inflexión vitales siempre he tenido a alguien que me aconsejase. De algún modo, cada vez que me veo en apuros, alguien acude a echarme un cable. Yo mismo me maravillo de la suerte que tengo en la vida (risas). Claro que, a fin de cuentas, fui yo quien me decidí a dar el paso.

Lleva más de veinte años batiéndose en competiciones mundiales. ¿Cómo cree que ha cambiado el nivel del judo para ciegos respecto a los inicios de su carrera?

Aunque no es algo exclusivo del judo para ciegos, la principal diferencia para los atletas paralímpicos japoneses respecto a entonces es que los jóvenes de ahora gozan de unas condiciones excelentes. Para competir en el Campeonato Mundial de Madrid en 1998, tuvimos que pagar entre 200.000 y 300.000 yenes de nuestros bolsillos. No teníamos ni chándal de uniforme. Andábamos por el estadio cada uno con pantalones cortos distintos que no parecían ni ropa de deporte. Sentí mucha vergüenza y frustración. Ese era el nivel entre los representantes de un país desarrollado como Japón. Fue gracias a ese tipo de experiencias que llegamos a la situación de hoy en día. Me alegro de haber continuado durante todos estos años.

El arte sutil de conocer al oponente a través del uniforme

A los 21 años participó en sus primeros juegos, Atlanta 1996, y se llevó el oro. ¿Qué sintió al competir en el mayor campeonato mundial?

En aquel entonces estudiaba el tercer curso de fisioterapia. Los juegos tuvieron lugar en las vacaciones de verano, tras terminar el primer semestre de prácticas en un hospital. Era mi primera competición de nivel mundial. Sinceramente, tenía la confianza de que iba a hacer un buen papel y logré el oro sin tener casi información, solo con mi juventud y mi ímpetu. La verdad es que me quedé de piedra al comprobar lo altísimo que era el nivel (risas).

Antes los combates de judo para ciegos no empezaban en posición de agarre. Primero los oponentes se situaban cara a cara y se tocaban. Luego se separaban y empezaba la lucha por agarres (kumite arasoi) a corta distancia. Se hacía igual independientemente del nivel de discapacidad visual y de la clasificación.

Ahora es una disciplina totalmente distinta, ¿verdad?

Así es. Antes los de la clasificación B1 (totalmente o casi totalmente ciegos) lo tenían especialmente difícil. El cambio de las normas tuvo un gran impacto, aunque la mayoría de los judocas terminaron acostumbrándose.

En la actualidad, salvo el hecho de empezar los combates en posición de agarre, las normas del judo para ciegos son prácticamente las mismas que las del judo sin discapacidad. Dicho de otra forma, la posición de agarre inicial es la característica más distintiva del judo para ciegos.

Pues sí. En esos instantes del agarre inicial es cuando conoces al oponente: su fuerza, su potencial de usar técnicas complejas, la dificultad que puede entrañar vencerlo… Toda esa información y energía se transmite a través el uniforme. Cuando empieza el combate, esa información se va completando, y sacas conclusiones como “efectivamente, usa las técnicas que menos me gustan”, “pues sí que es bueno en el ataque” o “utiliza muchas técnicas de piernas”.

¿Qué tipo de información se obtiene de cada mano, la tsurite (mano que agarra la solapa o el cuello del oponente) y la hikite (mano que agarra la manga del oponente)?

La tsurite, que es la mano derecha, es la más importante. El puño está en contacto con el tronco y el pecho del oponente, y ahí es donde se nota la presión, por ejemplo. Esa mano también funciona como un sensor que detecta cuándo el otro inicia un ataque y permite pararlo, y también es la mano que hay que mover cuando uno mismo ataca. Como además el otro se mueve, con la tsurite se agarra la solapa y se empuja hacia el cuello del oponente. Son movimientos clave tanto al atacar como al defender.

Se tarda un cierto tiempo en formarse una imagen clara del oponente, ¿verdad?

Hay que proceder con tranquilidad, sin prisas ni nervios (risas). Últimamente he aprendido a contenerme en cierta medida y a no precipitarme cuando no voy bien. Gracias a ello puedo probar distintas cosas durante el combate y así ampliar mis opciones.

¿Tiene algún método favorito de proceder o desenvolverse en un combate?

Lo primero es desactivar la fuerza del oponente. Se me da bien hacer cosas que incomodan al otro, como descolocarle el uniforme. Cuando el oponente no te aplica ninguna de sus mejores técnicas, sabes que vas por buen camino. Se trata de detectar sus puntos fuertes y anularlos lo máximo posible. Eso es lo que hago yo. Luego está el método de abrumar al otro psicológicamente (risas). Al final, especialmente, se convierte en una lucha de quién resiste más, en un combate de agallas.

Un motivo claro para competir en Tokio 2020

Leyendo anteriores entrevistas suyas me llevé la impresión de que tenía muy presentes los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. ¿Por qué le importa tanto esa edición de los juegos?

Es una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida, si es que se presenta. Sin Tokio 2020 en el horizonte, creo que habría renunciado a Río 2016. Me dije “Tokio me pillará con 45 años, así que podré ir por los pelos”. Es una oportunidad para que los de mi ciudad me vean competir en persona. Hasta ahora son muy pocos los que se ha desplazado desde Tokushima hasta la capital para ver mis combates. Hace un par de años vinieron a verme un entrenador y un conocido que es presentador de televisión y luego me felicitaron. Imaginar que ese reconocimiento será mucho mayor en los Paralímpicos de Tokio me infunde mucha fuerza. En la competición de hace un par de años volví a sentir que, ya solo por el apoyo recibido, valía la pena aspirar a competir en Tokio 2020. Al principio no tenía muy claro por qué quería ir, pero por fin he empezado a comprender el verdadero motivo para perseguir ese objetivo.

Ya falta menos de un año y medio para los Juego Paralímpicos de Tokio. Aparte de ser el año en que decidió aspirar a esa competición, ¿qué supuso 2018 para usted?

Fue un año de pruebas. Para empezar, me costó acostumbrarme al cambio de las reglas. El avance y el proceso de los combates se transformaron radicalmente, algo en lo que solo puede adquirirse experiencia a base de combatir. Así que en los combates tuve que poner las cartas sobre la mesa, probar técnicas, fallar y a partir de ahí dar con nuevas tácticas. Fue un año en que repetí ese proceso una y otra vez.

El presente está siendo un año de muchos combates, incluso en el extranjero. Me lesioné, pero fue una buena oportunidad para renovarme. La fractura de costilla en Yakarta me sirvió para consultar con mi entrenador y hablar con él en profundidad. En ese sentido, es un año en que pasé de tener encendido el botón de la motivación a que se me encendiera el de ir a muerte a por mi objetivo.

Ese botón está a un nivel más alto.

He logrado activarlo mejor aspirando constantemente a más. Está claro que no me siento satisfecho con los resultados de este año, pero lo importante para mí es vencer al final. No tendría ningún sentido arrasar en los combates de prueba si luego no logro una medalla en Tokio. La victoria final es lo que cuenta.

Fotografía: Ninagawa Mika 
Entrevista y redacción: Zoshigaya Sen’ichi 
Colaboración: Traducido a partir de un resumen de un artículo de GO Journal.

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