Verdades y mentiras del ‘sankin-kōtai’

Una ostentación fuera de todo control

Historia

La costumbre del sankin-kōtai implicaba tremendos gastos para los señoríos feudales. Tradicionalmente, se ha pensado que era el régimen el que les imponía estos gastos para debilitar sus finanzas e imposibilitar así cualquier revuelta, pero la verdad parece haber sido otra, pues los señoríos competían entre ellos por presentarse en la capital de la forma más ostentosa.

Contratados expresamente para engrosar la comitiva

Los samuráis, en gran número, marchan majestuosamente, en hileras bien formadas. Al grito de “¡retiraos!”, los plebeyos que se cruzan en su camino son obligados a dejar vía libre postrándose en tierra al borde del camino en señal de absoluta sumisión. Solo levantarán la cabeza cuando la larga comitiva haya pasado.

Tal es la imagen que nos han transmitido las telenovelas de época de la costumbre del sankin-kōtai, que obligaba a los señores feudales a trasladarse a la capital y residir en ella periódicamente.

Pero la imagen es falsa.

En primer lugar, a lo largo del camino la comitiva no marchaba en perfecta formación militar. Sus demostraciones de pulcro orden, lujo y elegancia tenían lugar solo a la entrada de los pueblos o ciudades donde se hospedaban. Por los tramos de montaña y, en general, durante su recorrido por las zonas rurales, los samuráis al servicio del daimio caminaban relajadamente, formando grupos con quienes mejor congeniaban. Los responsables del han (feudo o señorío) citaban a sus hombres a una determinada hora, por ejemplo, al ocaso, a la entrada de la localidad de hospedaje. Entretanto, estos tenían libertad de movimientos.

Reunidos todos los vasallos, la comitiva entraba en la localidad bien alineada, con calma y compostura. Solo en los lugares en que se formaba una “galería” más grande aparecían en masa, guardando siempre las formas y con movimientos perfectamente coordinados.

En segundo lugar, cuando se consideraba oportuno, se contrataba a gente por el camino para conseguir una comitiva lo más nutrida posible. Empleo ocasional, pues, que servía para inflar las cifras con guerreros de pega.

Se sabe, por ejemplo, que la comitiva formada por el daimio del señorío de Kaga en 1872 estaba formada por 1.969 personas, de las cuales 686 habían sido contratadas para la ocasión. Quiere esto decir que un tercio de sus integrantes no eran verdaderos vasallos. Su principal función era acarrear cosas, de modo que no eran dispuestos en los lugares clave, pero de su número relativo podemos deducir hasta qué punto contribuían a dar brillo a la estampa.

Estos peculiares jornaleros, llamados tōshihiyatoi, no pertenecían a la clase guerrera o samurái y conseguían el trabajo a través de empresas “de servicios” similares a las modernas agencias de empleo temporal.

Durante la primera fase del periodo Edo (s. XVII), se empleaba a porteadores en las casas de postas. Su trabajo terminaba cuando la comitiva llegaba a la siguiente casa, donde la operación se repetía. Era, pues, un sistema de relevos.

Pero este sistema suponía ir encadenando contratos y esto representaba un gasto enorme. El problema se solucionó cuando surgieron esas empresas de servicios (mukumi hiyakudon´ya) que ofrecían personal para todo el recorrido, desde el señorío de partida hasta Edo (actual Tokio).

Obligatoriedad y compromiso de contención de gastos en el mismo paquete

En tercer lugar, el volumen de la comitiva se engrosaba todavía más al llegar a Edo.

La entrada a la gran ciudad era uno de los momentos estelares del sankin-kōtai y dado que era allí donde se reunían más curiosos, también era donde más necesidad había de contratar. Para eso estaban los watarimono (literalmente, “persona de paso”), que esperaban la llegada de la comitiva formando grupos en las casas de postas sitas a las entradas de Edo (Shinagawa y otros lugares). Su indumentaria y maneras no debían de ser demasiado presentables, así que había que adecentarlos y enseñarles modales para la ocasión.

De esta forma, a base de inflar y aparentar, los señoríos conseguían asombrar a la gente de la capital, tan aficionada a difundir rumores. Los miembros de otros señoríos que oían las exclamaciones populares no querían ser menos y hacían lo posible por asegurarse más personal para cuando les llegase el turno. Se iniciaba así una escalada de ostentación a la que resultaba difícil poner límites.

Rakusan-kō gyōretsu zukan, ilustración que representa la comitiva del daimio Date Yoshikuni, decimotercer señor del feudo de Sendai, conocido también como Rakusan, entrando por primera vez en sus dominios desde Edo, en 1842. La fastuosa comitiva tenía 1.577 integrantes. (Colección del Museo Municipal de Sendai)
Rakusan-kō gyōretsu zukan, ilustración que representa la comitiva del daimio Date Yoshikuni, decimotercer señor del feudo de Sendai, conocido también como Rakusan, entrando por primera vez en sus dominios desde Edo, en 1842. La fastuosa comitiva tenía 1.577 integrantes. (Colección del Museo Municipal de Sendai)

Para poner coto a estos gastos, el bakufu o gobierno sogunal dio orden a los han de limitar el número de integrantes de sus comitivas. La primera medida de contención presupuestaria de la que tenemos constancia la tomó en 1634 Hosokawa Tadatoshi, primer señor de Kumamoto, quien envió una propuesta de reforma en la que expresaba su voluntad de reducir el personal, pues el volumen de contratación al que había llegado suponía una gran carga para su señorío. La propuesta llegó a buen puerto y un año después quedó reflejada en uno de los buke-shohatto o edictos promulgados por el shōgun Iemitsu, tercero de la dinastía Tokugawa, para reglamentar las actividades de las “casas militares”.

Como vimos en la primera entrega de esta serie de artículos, el edicto de 1635 fue el primero que estipuló la obligatoriedad del sankin-kōtai. Quiere esto decir que en el mismo texto en que se establecía la obligatoriedad, se instaba al mismo tiempo a contener los gastos de personal. Pero estos, lejos de reducirse, fueron aumentando con el tiempo.

Yoshimune, escéptico por experiencia propia

Yoshimune, octavo shōgun de los Tokugawa, dio un paso más en la reglamentación en 1721, con nuevas normas que establecían cuotas de personal, especificando el número de caballos, ashigaru (samuráis de bajo rango, infantería) y ninsoku (peones) que podía integrar la comitiva según el número de koku (unidades de producción agraria) de cada señorío (véase tabla).

Reglamento de Yoshimune sobre número de integrantes de la comitiva (1721)

Producción en koku
(1 koku = 150 kg)
Jinetes Ashigaru Peones
10.000 3-4 20 30
50.000 7 60 100
100.000 10 80 140-150
200.000 o más 15-20 120-130 250-300

Cifras establecidas por la reglamentación O-furegaki Kanpo Shūsei del shōgun Yoshimune, cuyo rasgo más destacado es que fija cuotas en función de la producción agraria de cada señorío. Tabla elaborada a partir de los datos ofrecidos en Sankin-kōtai: Kyodai toshi Edo no naritachi (“El sankin-kōtai: la formación de la megalópolis de Edo”), del Museo Edo-Tokio.

Han trascendido algunos interesantes detalles sobre la gestación de estas reglamentaciones, conocidas como reformas de Kyōhō.

El impulsor de esta reducción de personal fue el cerebro de Yoshimune, el pensador confucianista Muro Kyūsō, quien en su escrito Kenzan reitaku hisaku refiere la reacción del shōgun a su propuesta. Según Kyūsō, Yoshimune le acusó de ser demasiado ingenuo y no comprender cómo funcionaban las buke o “casas militares”, pues por muy estrictas que fueran las restricciones que impusiera, nunca conseguiría que estas redujesen su personal. Yoshimune explicó que durante su periodo al mando del señorío familiar de Kii (actual prefectura de Wakayama) él mismo había tomado ya medidas de contención, pese a lo cual apenas un año después la situación lo había obligado a contratar tanto personal como antes, y que previsiblemente ocurriría lo mismo con el resto de los feudos.

A la izquierda, Yoshimune, octavo shōgun de los Tokugawa, impulsor de las reformas de Kyōhō, que dieron estabilidad al régimen en su fase intermedia (siglo XVIII). Ni siquiera para él fue fácil reformar la costumbre del sankin-kōtai. A la derecha, Muro Kyūsō, pensador confucianista y uno de los colaboradores más estrechos de Yoshimune en su actuación política. También él se ocupó de reformar la costumbre. (Ilustración: Satō Tadashi)
A la izquierda, Yoshimune, octavo shōgun de los Tokugawa, impulsor de las reformas de Kyōhō, que dieron estabilidad al régimen en su fase intermedia (siglo XVIII). Ni siquiera para él fue fácil reformar la costumbre del sankin-kōtai. A la derecha, Muro Kyūsō, pensador confucianista y uno de los colaboradores más estrechos de Yoshimune en su actuación política. También él se ocupó de reformar la costumbre. (Ilustración: Satō Tadashi)

Se ordenaba, pues, reducir gastos, a sabiendas de que estos pronto volverían a aumentarse.

Yoshimune comprendía muy bien lo importante que era para los señores feudales guardar las apariencias. Si alguno de los señoríos se destacaba por la distinción de su comitiva y por no reparar en gastos durante la estancia de su señor en Edo, las circunstancias obligarían al resto a imitarlo. Y para eso, sería necesario contratar a más y más personal. Era cuestión de orgullo.

Pero no podemos reírnos, ni considerar ridícula aquella forma de entender el orgullo. En nuestro Japón actual, tenemos parecidas muestras de ostentación.

Fotografía del encabezado: Nishikie (grabado a color) que refleja la comitiva del daimio Mōri Takachika, decimotercer señor del feudo de Chōshū, a su paso por el barrio de Takanawa, ya en Edo. Su séquito tenía, según se dice, 1.000 integrantes y estaba encabezado por samuráis vestidos con sus mejores galas. Pero quienes caminaban a la cola no aparecen en la representación. Entre ellos habría probablemente muchos contratados ocasionales. Se cree que estos cuadros reflejaban conscientemente la parte más fastuosa de la escena. (Colección de la Biblioteca Nacional de la Dieta)

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