Elecciones en Japón: Takaichi Sanae tendrá complicado retornar a un “neo-sistema de 1955”
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El orden estable que se había mantenido durante largo tiempo en Japón (un sistema de predominio exclusivo del Partido Liberal Democrático al que he llamado el “neo-sistema de 1955”) se derrumbó tras las elecciones a la Cámara de Representantes de 2024, y desde entonces la política japonesa experimenta un prolongado período de ajuste. La consecuente agitación continuó durante 2025, y cuando parecía que por fin se alcanzaba cierta estabilidad con la formación del Gobierno de Takaichi Sanae, que goza de un alto índice de apoyo, en 2026 seguimos siendo sorprendidos por una serie de maniobras políticas imprevistas.
En este proceso, lo que se ha hecho dolorosamente evidente es hasta qué punto son poco fiables las previsiones a corto plazo de la prensa política y de los llamados “expertos en la esfera política”, así como las percepciones de la realidad en las que se basan. La aplastante derrota del PLD en las elecciones a la Cámara de Representantes (Cámara Baja) de 2024 y en las de la Cámara de Consejeros (Cámara Alta) de 2025, el gran avance de nuevas fuerzas como el Partido Democrático para el Pueblo (PDP) y el Sanseitō, la victoria de Takaichi en las elecciones a la presidencia del PLD tras las susodichas elecciones a la Cámara Alta, la salida del Kōmeitō de la coalición gobernante, el repentino anuncio de disolución de la Cámara Baja a comienzos de este año, así como la formación de un nuevo partido por parte del Partido Democrático Constitucional de Japón (PDCJ) y el Kōmeitō... ¿Existió algún gran medio capaz de prever cualquiera de estos acontecimientos, por ejemplo, con un mes de antelación? (Por el contrario, sí hubo casos como la controversia por informaciones erróneas sobre el futuro político del ex primer ministro Ishiba Shigeru).
Yo, como investigador de la política japonesa, me gano en parte la vida comentando la coyuntura política en la prensa y escribiendo análisis en revistas mensuales. Sin embargo, al verme obligado a depender de esos informes como fuente de información, vivo días de constantes dificultades tratando de hacer coincidir mis propias afirmaciones con el curso real de los acontecimientos. Con todo, esto no deja de ser una percepción egocéntrica de victimización, ya que, desde el punto de vista de terceros, formo parte del grupo que puede contribuir a difundir interpretaciones erróneas de la situación actual y previsiones equivocadas sobre su desarrollo.
En última instancia, quienes —incluyéndome a mí— intentan analizar la política en curso deben reconocer con humildad una verdad obvia: no solo es difícil comprender los fenómenos políticos, sino también captar la mente humana y prever su comportamiento a corto plazo. Que resulte difícil predecir la aparición de fenómenos políticos concretos es algo natural, y probablemente deseable, en tanto los seres humanos libres poseen autonomía.
Aun así, como ocurre en esta columna, yo, por motivos profesionales, me veo obligado a seguir hablando de la política en desarrollo. En ese contexto, lo que se espera de politólogos como yo no es seguir uno por uno los acontecimientos cotidianos (eso es terreno del periodismo), sino explicar las características estructurales de la política japonesa desde una perspectiva más amplia y a largo plazo, así como reflexionar sobre la coyuntura política basándome en la comprensión de dichas estructuras.
Desde esa óptica, un punto clave es comprender adecuadamente las “reglas del juego” en la política japonesa, es decir, las características del sistema político.
Veamos un ejemplo: la Cámara Alta de Japón es conocida, en comparación internacional, por poseer fuertes atribuciones institucionales (en principio, puede rechazar la legislación promovida por el Gobierno). Por ello, un partido gobernante que no cuente con la mayoría en la Cámara Alta se ve obligado a cooperar con cierto sector de la oposición para aprobar proyectos de ley. Además, dado que la Cámara Alta no puede disolverse y que solo se renueva la mitad de sus miembros cada tres años, incluso si el PLD lograra revertir su derrota en las elecciones de 2025 y recuperar la mayoría, el momento más temprano en que podría hacerlo sería dentro de seis años, en 2031.
Si se tienen en cuenta estos factores, se comprende que la concentración de poder en el primer ministro observada durante la segunda Administración de Abe Shinzō ya no puede repetirse, independientemente del resultado de las elecciones a la Cámara Baja, que se celebrarán el 8 de febrero. Incluso si el PLD de Takaichi lograra una gran victoria y recuperara la mayoría absoluta en la Cámara Baja, dado que sigue siendo imprescindible asegurar una mayoría en la Cámara Alta, el Gobierno continuará viéndose obligado a gestionar el poder atendiendo a las reacciones del Nippon Ishin no Kai (Partido de la Innovación de Japón), su nuevo socio de coalición, y del PDP.
Y ni qué decir tiene que la situación sería aún más desfavorable si el PLD perdiera las elecciones a la Cámara Baja y redujera todavía más su número de escaños. La primera ministra Takaichi, que admira al ex primer ministro Abe como un líder ideal, probablemente aspire a un retorno al “neo-sistema de 1955”. Pero no queda más remedio que afirmar que se trata de un sueño irrealizable.
Imagen del encabezado: diputados de la Cámara Baja vitorean gritando “banzai” tras la disolución del hemiciclo, octubre de 2024. (Kyodo)
(Traducido al español del original en japonés.)
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