Gastronomía internacional en Japón: Casa de Eduardo, un restaurante chileno en Tokio

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En el distrito de Nakano (Tokio), muy cerca de la estación del metro Shin-Nakano, hay un restaurante de comida chilena muy animado en el que se puede escuchar una mezcla de japonés, español e inglés. Veamos la razón por la que Edo, dueño y cocinero de este establecimiento, llegó a amar Japón y finalmente a abrir un restaurante.

El único restaurante chileno en Tokio

Al salir por la puerta cuatro de la estación de Shin-Nakano de la línea Marunouchi del metro, hay una calle con linternas rojas y de ambiente nostálgico. En medio de las tiendas hay un comedor forastero con una atmósfera un poco diferente. Casa de Eduardo es el único restaurante chileno que existe en Tokio.

Los platos estrella son el asado y las empanadas.

El asado es una barbacoa al carbón muy popular en Sudamérica. Los fines de semana, las familias y amigos se reúnen para pasar un día tranquilo y agradable disfrutando de este plato. Tradicionalmente, los hombres están a cargo de asar la carne, mientras las mujeres sirven las bebidas y guarniciones.

El dueño y cocinero de este restaurante es Eduardo, al que llaman Edo, un chileno que recuerda que, cuando era niño, él estaba a cargo de prender y cuidar el carbón. Sobre la parrilla coloca carne de Uruguay espolvoreada con orégano aromático. La cantidad perfecta de sal y orégano despertaron mi apetito y devoré la carne en un abrir y cerrar de ojos.

Recomiendo probar otro de sus platos estrella: las empanadas. Están rellenas de carne picada, aceitunas y huevo duro. De su masa crujiente brota el jugo de la carne. Muchos de sus clientes habituales van por este plato en particular.

Este restaurante de cocina chilena, muy poco común en Japón, tiene clientes muy diversos. En su interior amigable se pueden oír idiomas como el japonés, el español y el inglés.

Eduardo nos dice que más que un restaurante, su negocio es su hogar y que sus clientes lo visitan como si fueran amigos que llegan a su casa.

“Edo” me cuenta esto mientras prepara con habilidad el carbón, iluminado por el sol del atardecer. Lleva 40 años viviendo en Japón.

Empanada, uno de los platos estrella del restaurante. Acompañada con pebre, una salsa chilena un poco ácida, hace una combinación perfecta con el jugo de la carne. (Fotografía del autor)
Empanada, uno de los platos estrella del restaurante. Acompañada con pebre, una salsa chilena un poco ácida, hace una combinación perfecta con el jugo de la carne. (Fotografía del autor)

Eduardo llegó al lejano Japón en 1983, cuando todavía no se atisbaba ni sombra de internet. Me pregunto si tendría alguna situación que lo acorralaba.

Edo dice riéndose ante mi imaginación: “¡Claro que no! Llegué a Japón porque vi un anuncio de un empleo en el periódico. Tenía 27 años, era un joven con ánimos de lanzarme a la aventura y me pareció que era una oportunidad interesante. A pesar de las pocas probabilidades logré pasar las pruebas y tres semanas después estaba viviendo en Japón”.

En ese año, en Japón estaba de moda la telenovela Oshin, que se emitía por las mañanas, y Eduardo comenzó a trabajar en una empresa de telecomunicaciones como traductor. Echaba mano de su lengua materna, el español, y su buen manejo del inglés, pero no consiguió los resultados que esperaba.

“La traducción es un trabajo bastante difícil, no es suficiente con hablar un idioma. Solía cometer muchos errores. Las faltas en trabajos que se hacían para una gran empresa podían costar fuertes sumas de dinero en multas. Me despidieron tan solo tres meses después de haber comenzado a trabajar y me querían enviar de vuelta a Chile”.

En su país lo esperaba una novia y probablemente habría podido reincorporarse a su empleo anterior, pero decidió quedarse en Japón. Había conseguido la oportunidad de venir a Japón tras mucho esfuerzo y no iba a dejarla escapar tan fácilmente. Además, su orgullo no le permitió volver a casa con las manos vacías.

Eduardo se ganó la vida como modelo hasta que encontró un empleo en la Agencia de Cooperación Internacional de Japón, JICA. Se trasladó a la ciudad de Komagane, en la prefectura de Nagano, y comenzó a enseñar español a los voluntarios que serían enviados al extranjero.

En ese entonces, el ambicioso Edo también comenzó a trabajar como traductor por su cuenta y llegó a estar tan ocupado que no tenía tiempo para dormir. Cuando sintió que estaba llegando al límite decidió renunciar a JICA. Volvió a Tokio y creó su propia empresa para dedicarse por completo a la traducción. Eduardo me dice que aprendió de los errores que había cometido en el pasado para convertirse en un traductor excelente y muy solicitado. Su empresa comenzó a marchar viento en popa.

Entre risas comenta: “Mi mejor cliente fue nada más y nada menos que la empresa que me había despedido a los tres meses. Incluso me pidieron que regresara con ellos, pero rechacé la oferta porque quería trabajar a mi manera”.

Eduardo llegó a Japón sin una razón en particular y gracias a su esfuerzo logró reponerse de las adversidades en un país lejano.

Edo asando la carne frente a su restaurante. (Fotografía del autor)
Edo asando la carne frente a su restaurante. (Fotografía del autor)

Cambiar la imagen de los latinoamericanos

Se desempeñaba como traductor, pero también tenía muchas metas en su vida personal. Una de esas era establecer una competición de fútbol sala que inauguró en 1992, el año anterior al que comenzó la J-League, la liga japonesa de fútbol. La bautizó como la Copa Chile.

En aquellos años, Japón vivía la burbuja económica. Había escasez de mano de obra y el país recibió a muchos latinoamericanos nikkei, de ascendencia japonesa. Sin embargo, se tenía una imagen negativa de ellos. Se decía que eran delincuentes o que no respetaban las reglas. Eduardo, como un latinoamericano más, deseaba cambiar esa idea y pensó celebrar una competición de fútbol, un deporte que cuenta con grandes estrellas sudamericanas.

Cuando algo se le ocurre a Edo, lo lleva a cabo sin dudar. Aprovechando los contactos de sus amigos, consiguió un campo deportivo de una universidad de Tokio. Decidió una fecha y convocó a los participantes. Logró la matrícula de 32 equipos de 17 países. El país anfitrión, Japón, contribuyó con 16 equipos, el resto eran de naciones como Chile, Brasil, Argentina, Perú y Colombia, de Sudamérica, e Inglaterra, Irlanda e Italia, de Europa, entre otras.

Con este impulso, Edo preparó folletos con fotografías a color de todos los equipos participantes, invitó a personal de embajadas, universidades y su amigo Ramos Rui (un ex seleccionado nacional japonés nacido en Brasil), y preparó un escenario para espectáculos culturales, como bailes tradicionales de la isla de Pascua, entre otros. Todo estaba listo para el gran día.

En este torneo se decidiría el ganador en tan solo dos días: sábado y domingo. Los ánimos llegaron al clímax cuando se enfrentaron equipos de diferentes nacionalidades. El país favorito era Brasil, pero cuando empezó a vislumbrarse su derrota, Ramos participó de imprevisto en el partido utilizando sus técnicas profesionales para animar la competencia. Por si fuera poco, tras el torneo alquilaron un teatro en Shibuya, en donde se celebró la entrega de reconocimientos y una fiesta. La primera edición de la Copa Chile fue todo un éxito. Excepto por un error.

“Hice todo lo que imaginé, pero al final me di cuenta de que tenía una deuda de 500.000 yenes. Había metido la pata, pero como todos se alegraron tanto lo volví a hacer el siguiente año, aunque me endeudé de nuevo. Pensé en dejarlo tras la segunda edición, pero me lo impidieron. Todos lo disfrutaban tanto y me pedían que siguiera. Para la tercera edición me reuní con mis amigos y nos repartimos las deudas”.

La amada Copa Chile, un espacio de convivencia internacional a través del fútbol sala, continuó 25 años.

Eduardo, organizador de la Copa Chile y gran amante del fútbol normal o sala. (Fotografía de Eduardo)
Eduardo, organizador de la Copa Chile y gran amante del fútbol normal o sala. (Fotografía de Eduardo)

El Gran Terremoto del Este de Japón, el origen de su restaurante

El estilo de Eduardo para enfrentar la vida es hacer las cosas en el momento en que se le ocurren. Su llegada a la industria de la restauración tuvo una historia muy propia de él.

En 2011, 28 años después su llegada a este archipiélago, ocurrió el Gran Terremoto del Este de Japón. Tras el desastre, recibió una llamada de teléfono de un canal de televisión de Chile, su país natal.

Le avisaban que enviarían un grupo de periodistas a Japón de inmediato y le solicitaban que fuera su guía.

Eduardo aceptó la misión sin dudarlo, esperó a los reporteros en el aeropuerto y partieron en un coche alquilado con dirección al norte.

“Un día antes de la explosión en la central nuclear de Fukushima estuvimos en esa zona haciendo reportajes. Después nos dirigimos a Sendai. Cuando habíamos terminado de grabar en el puerto, el canal de televisión me dijo que quería que los llevara todavía más al norte. Aunque ignoraba la situación en la región, continuamos avanzando. Algunos caminos estaban cerrados, otros estaban obstaculizados por las inundaciones. A pesar de todos los contratiempos, gracias a la férrea voluntad y experiencia de los periodistas, que habían sido corresponsales de guerra, conseguimos llegar a Minami Sanriku”.

Después de las filmaciones volvieron de Sendai a Yamagata haciendo cola para recargar gasolina. De ahí se dirigieron a Niigata y, finalmente, a Tokio. Los periodistas regresaron a Chile y Eduardo pudo terminar con éxito esta misión. Sin embargo, su verdadero potencial comenzaría a surgir a partir de entonces. Tras tomar un descanso en Tokio después de su arduo trabajo, Eduardo llamó a sus amigos para jugar al golf. Hizo un torneo de caridad para conseguir fondos con los que compró carne y verduras y se dirigió de nuevo a Tōhoku con ellos.

“Volví una vez más a Minami Sanriku, pero ahora para preparar comida. Hice asado y paella. No solo se acercaron los habitantes de los refugios cercanos, sino también miembros de las Fuerzas de Autodefensa. Todos coincidían en que la comida estaba muy buena”.

En 2011, tras el potente terremoto, visitó varias veces Minami Sanriku para preparar y repartir comida. 2011. (Fotografía de Eduardo)
En 2011, tras el potente terremoto, visitó varias veces Minami Sanriku para preparar y repartir comida. 2011. (Fotografía de Eduardo)

Al igual que en la Copa Chile, el dinero quedó en segundo plano. Eduardo materializa sus ideas sin dudarlo. Se entusiasma si hay personas a las que hace felices. Ese año, junto con sus amistades, fue siete veces a preparar y repartir comida a Minami Sanriku. Esa experiencia fue la semilla que dio origen a su restaurante.

“Me di cuenta de que la comida que preparaba daba alegría a las personas. Sentí que nada me satisfacía más y, en 2012, junto con un amigo español, decidimos abrir un restaurante en Akasaka. Un año después, él tuvo otras ocupaciones y abandonó el negocio. En 2014 me mudé solo a Shin-Nakano. No he dejado de trabajar como traductor y el restaurante me tiene muy ocupado, pero me las arreglo para seguir traduciendo en la terraza en mis tiempos libres”.

Eduardo es muy amigable, de inmediato se convirtió en un personaje popular en Shin-Nakano. Lleva una camiseta que dice en la espalda Edo no Mise, la tienda de Edo (un juego de palabras entre su apodo “Edo” y la palabra Edo, topónimo antiguo de Tokio). La gente que pasa por el lugar y los de las tiendas vecinas lo saludan.

“Al llegar a Japón, mi idea era regresar a Chile a los 40 años de edad. Cuando me di cuenta ya había cumplido 60. La situación en la pandemia de coronavirus ha sido compleja, pero, ya que llevo tanto tiempo en Japón, ahora pienso seguir trabajando en este país hasta los 75 años. La gente de Nakano es muy amable y tengo mucha clientela”.

Eduardo ha entregado su vida a Japón, aunque llegó aquí casi por coincidencia. A alguien como él, de espíritu audaz, seguramente, todavía le esperan muchas nuevas aventuras.

Restaurante chileno Casa de Eduardo. (Fotografía del autor)
Restaurante chileno Casa de Eduardo. (Fotografía del autor)

Información

  • Dirección: Chūō 4-1-8, distrito de Nakano, Tokio
  • Teléfono: 090-6508-4649
  • Horario: de 11:00 a 00:00 (se requiere reserva para el almuerzo)
  • Abierto todo el año
  • A un minuto de la estación de metro Shin-Nakano.

Fotografía del encabezado: Eduardo con una expresión amigable. Su manejo del japonés es excelente, se nota que lleva mucho tiempo aquí. (Fotografía del autor)

(Traducido al español del original en japonés.)

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