Niños adictos a la mascarilla: la necesidad de ocultar el rostro y otros problemas

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La dependencia entre niños y jóvenes de la mascarilla es ya motivo de alarma. En el presente artículo recogemos las opiniones de las escuelas e indagamos en las dificultades de “desenmascarar” a los más jóvenes de la mano de la psiquiatra infantil Yamaguchi Arisa.

Títulos como “¿Llegará el día en que los japoneses se quiten la mascarilla?” o “Los japoneses, bajo el embrujo de las mascarillas”, están desde hace algún tiempo a la orden del día. En los países occidentales, la gente va dejando atrás la mascarilla sin problemas, pero en Japón no hay indicios de que la sociedad esté dispuesta a pasar página. Para prevenir el golpe de calor, el Gobierno emitió en mayo de 2022 una recomendación que invitaba a quitársela en exteriores siempre que se respetase una distancia mínima de dos metros entre personas. Pero la mayor parte de la gente ha seguido llevándola incluso durante el verano, que en Japón ha sido el segundo más caluroso de la historia.

Cerca del 70 % de quienes respondieron en agosto a una encuesta de una empresa privada sobre el uso de la prenda de protección dijeron que continuaban llevándola también en exteriores. Al parecer, detrás de esta tendencia hay razones de imagen, pues llevarla significa para muchos y muchas poder salir a la calle sin afeitarse o maquillarse. Un 37,4 % dijo, incluso, que no dejaría la costumbre aunque la pandemia remitiese completamente. Más de la mitad de las chicas de entre 10 y 19 años piensan así. No parece que la tendencia vaya a invertirse ahora que el país está inmerso en la octava ola del coronavirus y se teme una expansión simultánea a la de la gripe o influenza.

Datemasuku y kaopantsu

Entre los japoneses hay una tendencia, que viene de antiguo, a valerse de la mascarilla para fines ajenos a la profilaxis y de ello dan prueba palabras como datemasuku (“mascarilla de imagen”). En los ambientes juveniles ha surgido incluso el divertido neologismo kaopantsu (“braga facial”), que da una buena idea de la resistencia que sienten muchos a quitársela en presencia de otras personas.

Una profesora que enseña filología inglesa en una universidad femenina de Tokio cuenta que hay alumnas cuya cara nunca ha visto, pues llevan mascarilla en todo momento y lugar. Algunas dicen que les permite disimular sus emociones; otras, que las libera de sus complejos. Ya desde antes de la pandemia se hablaba de la dependencia que algunos desarrollan hacia esta prenda, sin la cual no se sienten tranquilos. Ocurre especialmente entre las personas inseguras en sus relaciones interpersonales. Y estos casi tres años de uso continuo y generalizado no han hecho sino agudizar la tendencia. Ahora los posibles efectos negativos en el proceso de crecimiento de los niños preocupan a los especialistas.

Qué se dice en las escuelas

Los ministerios de Educación y de Salud, Trabajo y Bienestar han emitido directrices sobre el uso de la mascarilla en las escuelas. Según una de ellas, no es necesaria en la clase de educación física, pero sí, en principio, en la de música cuando se cante en coro. Durante el almuerzo, que en Japón suele hacerse en el aula, a fin de evitar el contagio por microgotas suspendidas en el aire, se prohíbe a los alumnos colocar los pupitres uno frente al otro. Tampoco pueden hablar a gritos y, en todo caso, deben volver a ponerse la mascarilla para la charla de sobremesa. Cabe preguntarse si los niños no se resistirán a cumplir todas estas directrices.

Encargué a un conocido que enseña en una escuela pública unificada de primaria y secundaria (6-15 años) de la ciudad de Kioto que hiciera una entrevista entre los alumnos del centro. Entre mediados de septiembre y mediados de octubre fueron entrevistados algo más de 50 alumnos de los cursos que van de tercero de primaria a tercero de secundaria. Cerca de un tercio mostró su intención de no quitarse la mascarilla aunque terminase la pandemia.

Los alumnos dicen que, además de producir sofoco y calor, la mascarilla impide saber si alguien sonríe o no, y puede ser causa de que el profesor les eche alguna regañina por no hablar alto y claro. Quienes prefieren no quitársela dicen que ya se han acostumbrado, que si no la llevan su madre les riñe, que no quieren infectar a otros o que les da vergüenza enseñar la cara.

“En la escuela y en el hogar les han dicho que tienen que llevarla”, dice mi conocido, “y se les regaña si se la quitan. Llevarla es ya normal. Si te produce sofoco, o si te deja las orejas doloridas, te aguantas y punto. Se han acostumbrado a esta situación. A veces me preocupa que, si seguimos así, los niños pierdan sensibilidad y no sepan interpretar las expresiones faciales”.

“Aunque una de las alumnas de secundaria dijo que en el bachillerato le gustaría llevar mascarilla desde el principio, en general la idea de que lo natural es quitársela es más generalizada entre los alumnos de cursos superiores. Pero no puedo evitar pensar en el efecto que habrán tenido estos tres años ‘sin expresión facial’ en los alumnos de primero y segundo de primaria, que no han sido entrevistados”.

La importancia de dar opciones

La psiquiatra infantil Yamaguchi Arisa explica que, entre los niños que ha tratado, algunos creen que si se quitan la mascarilla su cara será considerada fea y temen defraudar a sus amigos. A algunos les da tanto miedo quitársela que ni siquiera pueden almorzar.

Pero Yamaguchi cree que obligar a los niños a quitársela también entraña sus riesgos desde el punto de vista psicológico. “No hay que olvidar que llevar mascarilla es precisamente lo que permite que muchos chicos se sientan seguros en el aula. Si de pronto les ordenan que se la quiten, podría ocurrir que la ansiedad les impida seguir asistiendo a las clases”.

La psiquiatra infantil Yamaguchi Arisa es investigadora clínica del Consultorio Kokoro, dentro del Centro Nacional para la Salud y Desarrollo Infantil, y miembro de la Comisión Preparatoria para el Establecimiento de la Agencia de la Infancia y el Hogar, dentro del Secretariado del Gabinete de Gobierno. Asimismo, como miembro del Centro de Prevención del Abuso Infantil, atiende en lugares como consultorios regionales y centros de protección temporal.
La psiquiatra infantil Yamaguchi Arisa es investigadora clínica del Consultorio Kokoro, dentro del Centro Nacional para la Salud y Desarrollo Infantil, y miembro de la Comisión Preparatoria para el Establecimiento de la Agencia de la Infancia y el Hogar, dentro del Secretariado del Gabinete de Gobierno. Asimismo, como miembro del Centro de Prevención del Abuso Infantil, atiende en lugares como consultorios regionales y centros de protección temporal.

“Si de repente y como una obligación les dicen que se quiten la mascarilla, algunos niños podrían sentirse psicológicamente tan heridos como se sintieron hace tres años cuando, también súbitamente, les dijeron que tenían que ponérsela. Es un punto que hay que comprender”.

Yamaguchi ve una tendencia a tomar actitudes de extrañeza ante el hecho de que los niños continúen llevando mascarilla cuando ya no es necesaria, o de que les resulte difícil volver a lo que tres años atrás era la normalidad, pero cree que sería más productivo pensar, para empezar, si los niños están preparados para el cambio.

“Me gustaría que a los niños se les explicara bien, de la forma más adecuada a su fase de desarrollo, que quitársela no contradice las medidas contra el contagio; que se les escuchase y se entablase un diálogo con ellos. Una orden que no contemplase excepciones crearía conflictos mentales y sufrimientos innecesarios en niños que hasta ahora habían gozado de seguridad psicológica. Mostrar respeto hacia la opinión de los niños es mucho más provechoso, desde el punto de vista de la salud mental, que cualquier esfuerzo por evitar la ‘dependencia de la mascarilla’. Lo importante es que la sociedad ofrezca por fin margen de elección a los niños”.

A la hora de promover la retirada de las mascarillas en las escuelas, el Gobierno tampoco debería olvidar la atención a los profesores.

“Para algunos niños, quitarse la mascarilla será una buena noticia. Pero otros podrían dejar de asistir a las clases. Habrá niños que sufran estados de ansiedad. Y entre quienes sigan usándola, podría haber quien sufra algún tipo de maltrato u hostigamiento. Los profesores van a tener que lidiar con todas estas situaciones nuevas, que serán agotadoras, y habrá que ir pensando cómo darles apoyo”.

Disparidad en el impacto

¿Estará teniendo la mascarilla algún tipo de “efecto secundario” en los niños, sea en el plano físico o en el mental? Según la doctora Yamaguchi, entre los expertos occidentales prevalece la opinión de que “por el momento” no se están sufriendo efectos negativos demasiado graves, como podrían ser las dificultades respiratorias o los impedimentos a la socialización y al desarrollo psicológico. Lo que más preocupa a Yamaguchi en estos momentos es que también en torno al uso de la mascarilla se esté abriendo una brecha.

“Por ejemplo, aunque la mascarilla siga siendo necesaria para salir, en los hogares donde sus miembros se ven y se comunican satisfactoriamente pueden quitarse la mascarilla y expresar sus emociones mostrando todo el rostro. Pero en las familias en las que existe alguna dificultad y no hay suficiente relación entre sus miembros, las desventajas de llevar mascarilla podrían hacerse más patentes. También podría ocurrir que si la familia está pasando apuros económicos los padres estén estresados, o que vuelvan al hogar muy tarde, después de una jornada laboral larga, y así sea difícil disponer de tiempo para estar con hijos sin mascarilla”. Y no depende solo de las condiciones del hogar. Es posible que el uso de la mascarilla vaya abriendo una brecha también entre los niños que socializan con normalidad y los que tienen vínculos débiles en la escuela, con profesores y compañeros de estudios, o en el barrio. “Estos aspectos habrá que observarlos con detenimiento”, comenta Yamaguchi.

Aprender de la pandemia

La doctora Yamaguchi, junto a un equipo de investigadores del Centro Nacional para la Salud y Desarrollo Infantil, realizó entre abril de 2020 y diciembre de 2021 siete encuestas en línea a alumnos de entre el primer curso de primaria y el tercero de bachillerato.

“Siempre se ha pensado que, a mayor edad, mayor es la posibilidad de sufrir estrés y de caer en comportamientos autolesivos, y en estas encuestas hemos podido confirmar esa tendencia. Pero también hemos comprobado que muchos niños de los cursos inferiores sienten síntomas de estrés y la proporción de niños que muestran comportamientos autolesivos no es despreciable. Siento que nos están enviando un mensaje muy importante”.

“Con ocasión de la pandemia se han hecho muchas encuestas como las nuestras y gracias a ello posiblemente se haya visibilizado una parte del estrés que sufren los niños. Antes de que se hagan patentes trastornos psicológicos y físicos y tengamos que hablar ya de enfermedades en los preadolescentes, es necesario adoptar un enfoque preventivo”.

Según un estudio de ámbito nacional del Ministerio de Educación, durante el año escolar 2021 se registraron 244.940 casos de alumnos de primaria y secundaria que se negaban a ir a la escuela, un récord histórico. El estudio señala que, con la prolongada pandemia, la distancia entre las personas se ha hecho mayor y esto puede ser causa de que muchos niños se sientan inseguros y sufran solos. También se ha registrado un récord histórico de casos de acoso escolar en el conjunto de primaria, secundaria y bachillerato.

Pero por muy negativo que pueda haber sido el impacto del coronavirus, Yamaguchi dice que una mirada retrospectiva es también necesaria si queremos aprender algo de todo esto.

“En muchos casos, con las clases en línea, la dispersión de la asistencia por días o grupos, y las clases de menos alumnos, se ha asegurado el derecho a recibir educación dando más opciones. Hay niños que se negaban a ir a la escuela pero que han podido participar en la vida escolar desde su hogar, con las clases en línea. Y con la dispersión de la asistencia por horarios, muchos niños que tenían dificultades para levantarse temprano han podido elegir otras opciones”.

“No se trata simplemente de volver a poner las cosas como estaban antes. De entre todas las cosas que han cambiado con la pandemia, hay que estudiar cuáles deberíamos conservar en beneficio de los niños, y cómo hacerlo. Es una oportunidad de oro para actualizar el entorno escolar, escuchando a los niños sobre el asunto de llevar o no mascarilla y sobre otras muchas cosas, dándoles protagonismo y libertad de elección”.

Fotografía del encabezado: PIXTA.

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