Abraza el dragón: el amor eterno de Japón por Bruce Lee

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Bruce Lee conquistó el mundo a principios de los setenta con su habilidad en artes marciales y su presencia en la gran pantalla. Los cinéfilos japoneses quedaron impresionados por sus espectaculares escenas de acción y su profunda espiritualidad, que resonaba con matices de la filosofía japonesa. Un admirador y estudioso de Lee analiza el atractivo de la estrella para los fans japoneses.

Un nuevo poder

Vi a Bruce Lee por primera vez en 1974, cuando me hallaba en tercer curso; mi padre me llevó a ver The Big Boss (El gran jefe / Karate a muerte en Bangkok). Me quedé paralizado viendo a Lee derrotar a un enemigo tras otro, armado únicamente con sus puños y sus elegantes patadas, rápidas como el rayo. Presentaba un tipo de héroe completamente nuevo, uno que no necesitaba armas ni máscaras. Su poder era diferente a todo lo que había visto antes, y me dejó boquiabierto.

Este entusiasmo lo compartía el resto de espectadores. Se formaban largas colas fuera de los cines, y dentro, los pasillos se llenaban de gente imitando los puñetazos, patadas y gritos agudos de Lee, como si se hubieran transformado en maestros de artes marciales.

La destreza de Lee en la pantalla era impresionante: combinaba la belleza del ballet con la fuerza de las artes marciales. La velocidad y precisión con la que manejaba los nunchaku era igualmente asombrosa para los espectadores japoneses, lo que provocó un enorme auge de las armas de artes marciales.

Delgado y bien esculpido, Lee se diferenciaba de las robustas estrellas de acción de Hollywood de la época. Los espectadores japoneses no podían sino admirar las figuras musculosas de Charles Bronson, Kirk Douglas y Charlton Heston. Pero el físico cincelado de Lee replanteó los cánones al mostrar el poder del cuerpo asiático. Sus músculos eran su tarjeta de presentación como artista marcial y, con su fuerza y destreza en la lucha, acababa rápidamente incluso con los enemigos occidentales más duros. Fue totalmente revolucionario, y su aparición despertó en los aficionados japoneses una nueva confianza.

La pasión que los japoneses sentían por Lee se intensificó aún más por el hecho de que sus películas más emblemáticas no se estrenaron en Japón hasta después de su muerte en 1973, privando a sus seguidores del placer de conocerlo en su mejor momento en la gran pantalla.

Recuerdos que se desvanecen

2025 marcó el 85.º aniversario del nacimiento de Lee, y ese año se celebraron numerosos eventos para conmemorar la vida del actor. El Museo del Patrimonio de Hong Kong y la Fundación Bruce Lee, con sede en Estados Unidos, por ejemplo, se unieron para organizar una exposición titulada A Man Beyond the Ordinary: Bruce Lee (“Un hombre fuera de lo común: Bruce Lee”; página en inglés), que atrajo a fans de todo tipo. También se estrenaron las películas de acción de Hong Kong Twilight of the Warriors: Walled In y Stuntman, que rinden homenaje a Lee con escenas que incluyen carteles del artista marcial. Si bien todo ello demuestra la influencia que sigue ejerciendo Lee, no se puede negar que su legado en Hong Kong, donde alcanzó la fama, está desapareciendo poco a poco.

La casa donde Lee vivió con su familia antes de morir, Crane’s Nest (“el nido de la grulla”), ya no existe, ya que en su momento se convirtió en un hotel del amor antes de ser demolida en 2019. El restaurante Red Pepper, que aparecía en Game of Death (Juego con la muerte), tampoco existe, ya que cerró sus puertas a finales de 2020 debido a la pandemia. En julio de 2025 la organización de fans Bruce Lee Club se vio obligada a cerrar sus archivos por un período indeterminado debido a los costes de operación. Sin embargo, quizás lo más revelador sea la estatua de Lee en la Avenida de las Estrellas de Hong Kong. Con vistas al puerto Victoria, hoy en día la visitan principalmente turistas japoneses y otros visitantes extranjeros de la ciudad.

La situación es aún más preocupante fuera de Hong Kong. Apenas quedan cines en Europa, Estados Unidos y muchas partes de Asia que proyecten sus películas con regularidad, lo que priva a los cinéfilos de la experiencia única de verlo en la gran pantalla. Japón es uno de los pocos casos excepcionales. Todavía hay varios cines que proyectan películas de Lee cada año en torno a la fecha de su cumpleaños, y la industria editorial publica constantemente libros y revistas dedicados a él. Destaca la gran cantidad y variedad de revistas especiales y de coleccionista sobre Lee que se publican en Japón, y se dice que los aficionados japoneses han acumulado el mayor número de objetos personales de Lee de todo el mundo.

Un gran conocimiento de las artes marciales japonesas

¿Qué se esconde, pues, tras la fascinación de Japón por Lee? Analizar la conexión del actor con el país ayuda a arrojar luz sobre este fenómeno.

Lee resumió su filosofía en la famosa frase “Sé como el agua, amigo mío”. Aunque las raíces de esta idea son de origen confuciano, dada la característica del agua de adaptarse a cualquier recipiente en el que se vierta como metáfora de la capacidad humana para adaptarse a las circunstancias, el significado que le da Lee se basa en la fluidez defendida por el legendario espadachín japonés Miyamoto Musashi en su obra El libro de los cinco anillos. Las palabras de Lee reflejan una interpretación más positiva y proactiva de la idea, según la que se insta a las personas a no rendirse ante su entorno, sino a adaptarse y cambiar según sea necesario para superarlo.

Curiosamente, la frase de Lee volvió a cobrar relevancia durante el movimiento prodemocrático de Hong Kong de 2019. Los organizadores habían aprendido de la Revolución de los Paraguas de 2014 que las autoridades podían dispersar fácilmente a grandes grupos de manifestantes, por lo que instaron a los activistas a “ser como el agua” y adoptar un enfoque más fluido. Aunque no se inspiraron directamente en la cita de Lee, los medios de comunicación internacionales no tardaron en establecer paralelismos.

Lee desarrolló un profundo interés por la filosofía mientras estudiaba en la Universidad de Washington y devoró todo tipo de libros sobre artes marciales mientras forjaba su propio estilo de lucha. Fue durante este periodo cuando descubrió Gorin no sho (El libro de los cinco anillos), que pasó a formar parte de su biblioteca personal. También estudió judo y sentía gran afinidad por las obras dramáticas de samuráis, como Tsubaki Sanjurō, de Kurosawa Akira.

Otra de las famosas frases de Lee es “El arte de luchar sin luchar”, de la icónica escena del barco en su obra maestra Enter the Dragon (Operación Dragón). Lee le dice esta frase a un arrogante artista marcial que intenta provocar una pelea con él antes de atraer a su posible adversario a un bote que luego deja a la deriva, evitando así el enfrentamiento. La idea se hace eco de las enseñanzas del antiguo estratega militar chino Sun Tzu, pero el episodio guarda un parecido sorprendente con una leyenda japonesa sobre el maestro de la espada Tsukahara Bokuden. En el relato, Tsukahara se ve desafiado a un duelo mientras se encuentra a bordo de una barca. Al llegar a un banco de arena permite que su enemigo baje del barco antes de empujarlo con una pértiga, dejando al agitador varado y derrotándolo sin desenvainar su espada.

No se sabe si Lee conocía esta historia, pero la escena resonó entre el público japonés, que sin duda reconocería la similitud. En otros aspectos, Enter the Dragon también expresa la distintiva mezcla filosófica de Lee entre el pensamiento chino y el espíritu del bushidō japonés, y esto, tanto como la habilidad de Lee como artista marcial, es lo que tocó la fibra sensible de los espectadores en Japón.

Esto no significa en absoluto, no obstante, que Lee estuviera enamorado de Japón. De hecho, su segunda gran película, Fist of Fury (distribuida como Furia oriental y otros muchos títulos), está ambientada durante la ocupación japonesa de Shanghái y muestra abiertamente sentimientos antijaponeses y pro-chinos. En la película, Lee se enfrenta a los malvados opresores japoneses, que atacan su escuela de artes marciales y envenenan a su maestro. En una escena emblemática, el personaje de Lee se acerca a un parque para verse detenido por un guardia, que le señala un cartel donde está escrito: “No se admiten chinos ni perros”. Cuando un grupo de japoneses que pasa por allí se burla de él, Lee descarga su ira sobre sus torturadores antes de destrozar el cartel con una poderosa patada.

A pesar de su representación negativa de los japoneses, Fist of Fury fue un gran éxito en Japón. Los fans quedaron impresionados por la convincente interpretación de Lee y sus increíbles habilidades marciales. Incluso hoy día la obra sigue siendo un testimonio del gran atractivo de Lee para el público.

El atractivo para los forasteros

Lee era tratado como forastero allá donde iba. A pesar de que alcanzó el estrellato mundial durante los tres años que vivió en Hong Kong, los habitantes de la ciudad nunca lo aceptaron plenamente como uno de los suyos, viéndolo más como estadounidense que como chino. Era constantemente ignorado en las encuestas de popularidad de las revistas, y su único premio cinematográfico importante fue un premio especial del jurado en el Festival de Cine Golden Horse de Taiwán. En su país natal, Estados Unidos, también sufrió discriminación por su ascendencia asiática. Incluso en los círculos tradicionales de artes marciales fue muy criticado por muchos por enseñar kung-fu a personas que no eran chinas.

Al mismo tiempo, Lee trascendió cualquier identidad cultural. Hablaba cantonés e inglés con fluidez, y su ascendencia mixta asiática y europea le confería un aire introspectivo y tranquilo en la pantalla que contrastaba con la intensidad de sus artes marciales. Aunque nunca encontró un lugar al que pudiera llamar hogar, fue precisamente esta falta de una identidad nacional clara lo que infundió a sus películas un arte que trascendía las fronteras y la etnicidad.

El ascenso de Lee coincidió con el momento en que Japón alcanzaba la cima de su “milagro económico” de posguerra. Aunque el país empezaba a relacionarse de nuevo con la comunidad internacional, muchos japoneses aún sentían inferioridad hacia Occidente, y en muchos sentidos Lee simbolizaba para los japoneses a alguien que había superado esta mentalidad conflictiva. Aunque era una estrella chino-estadounidense con atractivo internacional, sus ideas y filosofías también resonaban profundamente en la psique japonesa. Esta dicotomía es un aspecto central del atractivo de Lee y la razón por la que sigue siendo una figura muy querida en Japón hoy en día.

Cronología de la vida de Bruce Lee

1940  Nacido en San Francisco mientras su padre trabajaba en un proyecto teatral en Estados Unidos.

1941  La familia regresa a Hong Kong.

1948  Debuta como actor infantil.

1955  Comienza a entrenar en Wing Chun (algunas fuentes indican 1953).

1959  Regresa a San Francisco para conseguir la ciudadanía estadounidense.

1961  Ingresa en la Universidad de Washington (que después abandonaría).

1962  Abre su primera escuela de artes marciales en Seattle.

1967  Abre una escuela en Los Ángeles; presenta el Jeet Kune Do.

1970  Cierra sus escuelas en Seattle, Oakland y Los Ángeles.

1971  Regresa a Hong Kong; lanza su primera gran película, The Big Boss, a nivel internacional.

1972  Se estrenan Fist of Fury y The Way of the Dragon.

1973  Muere el 20 de julio; se estrena Enter the Dragon.

1974  Sus películas se lanzan en rápida sucesión en Japón, generando un gran fervor.

1978  Su última película, Game of Death, se completa y lanza en todo el mundo, provocando una segunda ola de afición en Japón.

1993  La película biográfica sobre Lee Dragon: The Bruce Lee Story se convierte en un gran éxito internacional, y genera un tercer auge.

Creado por nippon.com según datos de Chow Sin’ichee.

(Imagen del encabezado: estatua de Bruce Lee en la Avenida de las Estrellas de Hong Kong - © Reuters/Tyrone Siu.)

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