El anónimo gato que está detrás de la explosión literaria japonesa

Literatura

El pistoletazo de salida de la modernidad literaria japonesa lo dio a principios del siglo XX Natsume Sōseki con Wa-ga-hai wa neko de aru. Al menos, así lo ve el crítico Damian Flanagan. A veces cómico, otras veces satírico y también lúgubre, la original novela de Sōseki fue el más temprano precedente de la “literatura de gatos” en Japón que tanto éxito tiene en el mundo.

Fuente de inspiración de todo un género

Actualmente, en el mundo de habla inglesa, las traducciones de novelas japonesas protagonizadas por gatos o relacionadas con ellos constituyen uno de los géneros más populares. Pero mucha gente desconoce que detrás de casi todas ellas, ya sea como influencia o como inspiración, está Wa-ga-hai wa neko de aru (inglés: I am a Cat; español: Soy un gato), uno de los hitos de la literatura moderna de este país.

La obra maestra de Natsume Sōseki podría confundir o sorprender a aquellos lectores que se acerquen a ella esperando encontrar poco más que una lectura ligera de tono cómico. El libro ciertamente tiene muchos pasajes divertidos, pero ofrece también algunas de las sátiras más mordaces de la literatura japonesa.

Cuando Soy un gato fue publicada por entregas entre 1904 y 1906, alcanzando un éxito fulgurante, Sōseki era la última persona de la que cabría esperar que escribiera un libro así. Acababa de convertirse en el primer japonés en enseñar literatura inglesa en la prestigiosa Universidad Imperial de Tokio, sustituyendo al famoso escritor angloirlandés Lafcadio Hearn. Se lo aclamaba como distinguido intelectual, alguien que había sido seleccionado por el Gobierno para estudiar en el extranjero durante dos años con cargo al erario, y cuyas clases destacaban por su rigor y por el carácter científico de sus análisis. El propio Sōseki, siempre exquisitamente vestido al estilo occidental, personificaba la pretenciosa pose de la elite occidentalizada de la época.

Pero bajo la severidad y solidez de su imagen pública se ocultaba un hombre que, en su vida privada, estaba siempre al borde del colapso nervioso. Dando clases en tres instituciones educativas y escribiendo al mismo tiempo su Bungakuron (“Teoría de la literatura”), una obra monumental que lo dejaría exhausto, tenía que demostrar que podía con todo y que era capaz de mantener a su esposa y a sus hijos, todavía pequeños. Bajo esta terrible presión, sucumbía con frecuencia a arrebatos de ira y febriles episodios paranoicos durante los cuales se sentía vigilado y víctima de jugarretas.

Preocupado por el precario estado de salud mental de su amigo, Takahama Kyoshi, socio literario y amigo también del poeta de haiku Masaoka Shiki, que acababa de fallecer, propuso a Sōseki a modo de diversión terapéutica que escribiera algo para la revista Hototogisu (“El Cuco”) que él mismo editaba. Sōseki nunca había publicado escritos de ficción y no sabía qué tema elegir. De pronto se le ocurrió una idea y alumbró la que tal vez sea la frase de apertura más famosa de la literatura moderna japonesa:

“Soy un gato. Todavía no tengo nombre…”.

Fue algo más que un arranque. Puede que fuera también el haiku más brillante del Japón moderno y el verdadero inicio de la era moderna de la literatura japonesa. Con estas palabras, el autor daba salida a corrientes cómicas nacidas de un complejo entramado de influencias literarias y académicas: Sōseki era el mayor experto de Japón en los autores satíricos angloirlandeses Jonathan Swift y Laurence Sterne, pero amaba también el teatro yose y la kokkei bungaku (literatura cómica), ambas tradiciones humorísticas del periodo Edo (1603-1868).

Desconectar del trabajo cotidiano como intelectual de renombre para ponerse en la piel de un felino anónimo permitió a Sōseki hacer despiadados retratos de sí mismo y de su círculo, así como de las pretensiones intelectuales de la época.

Algo más que comedia

En Soy un gato, Sōseki alimenta todas sus obsesiones intelectuales —la contemplación de las bellas artes, su amor por el zen y la filosofía alemana, sus teorías científicas y sociales— y las satiriza. Demostró una extraordinaria facilidad para cuestionar y poner en solfa sus propios patrones de conducta y formas de pensar. Partes enteras de Soy un gato son inversiones cómicas de aburridas peroratas con las que había glosado sus propios libros y llenado los márgenes de los libros que leía.

Tras esa vena de humor, Soy un gato representa una proeza de “imaginación dialógica” en la que, como en Los hermanos Karamazov, los personajes se enzarzan en enjundiosos debates sobre la existencia humana. Sōseki llega incluso a satirizar sus propias paranoias describiendo a ruidosos vecinos que escuchan a escondidas o a través de Chinno Kushami, uno de los personajes centrales, a quien distraen las pelotas de béisbol que caen continuamente en su jardín.

En Soy un gato, Sōseki da rienda suelta al genio literario que había reprimido. A lo largo de los tres años siguientes al comienzo de las entregas, renunció a su puesto en la Universidad Imperial de Tokio y dio comienzo a su carrera como novelista estrella del periódico Asahi Shimbun a tiempo completo. Sus obras competas, de asombrosa variedad y complejidad, y en las que hace un deslumbrante despliegue de estilos, ocupan 20 volúmenes y fueron escritas en apenas 12 años.

Al principio, Sōseki fue erróneamente tomado por un novelista cómico, incluso hubo un crítico que dijo de él que era incapaz de escribir algo que no diera risa. Y existe también la errónea idea, muy difundida, de que fue volviéndose cada vez más lúgubre y más serio conforme avanzaba su carrera. En realidad, tanto la “comedia negra” como la profunda seriedad de su pensamiento están ya presentes en Soy un gato, y las novelas posteriores, lejos de toda almidonada seriedad, están repletas de irónicas inversiones de sentido.

Wa-ga-hai wa neko de aru fue traducida al inglés por primera vez en 1972 por Itō Aiko y Graeme Wilson, que convirtieron un texto lleno de complicaciones en otro que se lee como una extravange novela de la Inglaterra eduardiana. Una segunda traducción, largamente esperada pero incompleta, llegó en 2025 cuando Nick Bradley, autor de The Cat and the City y Four Seasons in Japan, probó su pericia ocupándose del primero de los volúmenes de que consta el libro de Sōseki.

En su versión, Bradley trata de reproducir la experiencia de lectura de un japonés que viviera en los años finales de la era Meiji (1868-1912). Si bien su traducción inserta firmemente la novela en el medio social japonés —vemos caracteres kanji aquí y allá, y nombres satíricos no traducidos— en el texto se prodigan también algunos vulgarismos propios del inglés moderno (un tanto discordantes), que le dan al libro un tono visceral y contemporáneo.

El texto se deja leer de forma además entretenida, aunque el lector se descubrirá a sí mismo soñando con nuevas versiones inglesas que restauren el nombre del científico de “Kangetsu” a “Coldmoon”, o el del grosero hombre de negocios de “Kaneda” a “Goldfield”, y que presenten en los nuevos volúmenes al obseso del zen “Dokusen” como “Monopole”, lo cual nos permitiría regodearnos todavía más en la oscuridad de la sátira.

Nuevos horizontes para la literatura moderna

La novela arranca con una fantástica descripción del gato definiendo verbalmente a su amo mientras este esboza un retrato del gato, un reflejo de cómo Sōseki contemplaba en profundidad las potencialidades en liza del arte visual y el literario. Bradley apunta que la imagen de Sōseki podemos hallarla tanto en el gato narrador como en el dueño de la casa, “Sneeze” (“Kushami” en la versión de Bradley). Pero descubrimos otro aspecto muy definitorio de la personalidad de Sōseki en la entrada en escena del fantasioso dandi “Maze” (“Meitei” en la versión de Bradley), el campeón intelectual de la novela, que se dedica a tejer absurdas historias y pinchar el globo de las pretensiones ajenas allí donde las encuentra.

Ya en el primer volumen hay anécdotas del humor más sombrío imaginable. La próxima charla del científico Kangetsu/Coldmoon versará sobre “La mecánica de cómo colgarse uno mismo”, y Meitei/Maze recuerda que, cuando fue al “Pino del Ahorcado”, un lugar perfecto para suicidarse que había conocido por casualidad durante un paseo vespertino, con la intención de probarlo, halló que otro se le había adelantado. Sneeze, por su parte, se sienta a componer unos versos en memoria de un amigo fallecido poco antes, que quedan así: “Born into the void, / He researched the void, / But died in the void.” (“Nacido en el vacío, / exploró el vacío, / pero murió en el vacío”).

Sneeze traduce una historia llamada “Great Gravity” y Coldmoon lleva a cabo estudios sobre el campo magnético de la Tierra, pero todos los personajes están constreñidos por el supremo campo de fuerza de la muerte, que siempre está preparado para atraerlos. Cuando el gato narrador deambula por el exterior con la esperanza de encontrar a su amorcito, “Miss Calico”, descubre que esta ya ha muerto. A Sneeze, que padece de dispepsia crónica, su mujer le advierte de que él no puede aspirar a tener una vida larga (el propio Sōseki murió de una hemorragia gástrica a los 49 años). I am a Cat es un libro de risas al borde del abismo, que emanan de la felina observación del radical absurdo y fugacidad de la existencia humana.

En su introducción, Bradley compara su tarea como traductor a la que asumiría un traductor de Don Quijote, y la comparación no es ociosa. I am a Cat, como el Quijote en español o el Tristram Shandy en inglés, no es meramente una comedia que marca un hito literario: es un trabajo que ayuda a redefinir los medios por los que pueden contarse historias, zigzagueando entre narraciones y dotando el día a día de una generosa reserva de imaginativas posibilidades.

Una exploración felina cuyos ecos seguimos oyendo

La imagen de Sōseki ha quedado tan íntimamente asociada a los gatos, que muchos investigadores han tratado de elucidar si realmente mantuvo vínculos especiales con los felinos. De hecho, se sabe que fue un gran amante de los perros y que una vez llegó a tener problemas con las autoridades por “emperrarse” en que nadie interfiriera entre él y su mascota. De todos modos, es innegable que, por lo sigiloso de sus movimientos y por la agudeza de sus observaciones sobre el mundo humano, había en Sōseki algo cautivadoramente felino.

Mientras que, en la historia de Japón, los perros han ido asociados tradicionalmente al shōgun o a la clase samurái, como símbolos de autoridad, el gato ha representado más a menudo a las levantiscas clases populares.

La elisión que Sōseki hace de su propia voz literaria, subsumiéndola en la de un gato a principios del siglo XX, parece profética de un mundo en el que las certezas de los tiempos pasados irían siendo cuestionadas conforme la gente comenzara a moverse y a explorar el mundo con mayor libertad.

Saliéndose de sí mismo y asumiendo la personalidad de un gato, Sōseki se desprendía de todas sus pretensiones, formación y estatus social, y acometía el mundo con la lanza de una visión completamente nueva. Desconocía a dónde le llevaría su búsqueda en lo desconocido (no tenía nombre, como dice en su título). El mundo estaba ahí para ser descubierto de nuevo. Es fascinante que esta felina “reimaginación” de Japón no fuera simplemente un medio por el que la literatura japonesa se elevó con fuerza a nuevas cotas, sino que también facilitase en gran medida que nuevas oleadas de libros modernos estén promoviendo el interés por Japón entre los lectores de todo el mundo.

(Traducido al español del original en inglés. Imagen del encabezado: © Pixta)

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