Nakamura Kyōzō, la prueba de que el mundo del kabuki no es tan hermético como lo pintan
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Al kabuki con su abuela
Como onnagata (actor en papeles femeninos), Nakamura Kyōzō tiene un amplio registro. Interpreta siempre con acierto tanto a mujeres casadas en obras de las llamadas sewamono, que reproducen las relaciones sociales y conflictos mentales del Japón del periodo Edo (1603-1868), como a ancianas en las jidaimono, ambientadas en el Japón medieval. Nacido en una familia sin relación con el kabuki, se introdujo en este mundo a través del Centro de Formación de Actores de Kabuki del Teatro Nacional y lleva ya más de 40 años en él. Su atracción por el kabuki se remonta a su primera infancia, cuando todavía lo llevaban en brazos.
“El kabuki me encantaba y la que me llevaba solía ser mi abuela, porque mis padres trabajaban los dos. Me dicen que, para cuando tuve uso de razón, ya tenía claro que de mayor quería ser actor de kabuki. Mi recuerdo más antiguo es de cuando tenía cinco años y me llevaron a ver Kokusenya Kassen. Aunque no entendiera el argumento, se ve que tocó alguna fibra sensible de mi alma infantil. Llegaba a faltar a las clases del jardín de infancia y de primaria para ir al kabuki”.
El kabuki lo cautivó. Cuando estaba en el cuarto año de la primaria, convenció a sus padres para que le permitieran asistir a una academia de Nihon buyō (danzas tradicionales japonesas que incluyen las del kabuki). Durante la secundaria, los domingos frecuentaba el camerino de Nakamura Utaemon VI, al que había conocido por casualidad. Vestido con las preceptivas ropas negras, el muchacho estuvo algún tiempo como asistente del actor entre bastidores. Pero sus visitas fueron espaciándose.
“Empezando por Utaemon, todos eran muy buenos conmigo y me trataban muy bien. Pero me fui dando cuenta de que el kabuki es muy duro si no vienes de una familia de ese mundo. Me planteé si estaba dispuesto a pasarme toda la vida haciendo aquello y al final decidí que me limitaría a ser espectador. Y me fui a la universidad”.
Otra vez la llama de la ilusión
Ingresó en la Facultad de Literatura de la Universidad de Hōsei, donde se especializó en las obras de Ueda Akinari, Ihara Saikaku y otros autores del periodo Edo. Entretanto, continuaba visitando el Kabukiza, donde empezó a sentir admiración por el actor onnagata Nakamura Jakuemon IV, que había tenido una complicada trayectoria: la Segunda Guerra Mundial lo sorprendió cuando era apenas una promesa interpretando papeles masculinos. Tuvo que incorporarse al frente en el extranjero y abandonar el kabuki durante seis años. Cuando se reincorporó al kabuki tras ser desmovilizado, a los 27 años, lo hizo como onnagata y en este nuevo papel fue acumulando experiencia hasta ser declarado tesoro nacional viviente y concederle el Estado japonés la Orden de la Cultura.
“Tiene algo muy sensual y baila como nadie. Yo creo que la belleza del kabuki es una belleza muy estilizada, pero la base es siempre el realismo, eso no puede faltar nunca. Esas dos cosas, mi maestro las supo combinar a la perfección, dándoles un toque muy personal a sus interpretaciones de onnagata. Me emocionaba verlo y no tenía ojos más que para él”.
Por aquellos años, ingresó también en la academia de kabuki de Takechi Tetsuji, un hombre muy polifacético, famoso como crítico y como director de teatro y de cine. Había tratado de conformarse con ser espectador, pero, como era de suponer, su entusiasmo por el kabuki le pedía algo más.
“Había renunciado una vez a ser actor de kabuki, pero entonces se me reavivó la llama y lo hablé con el profesor Takechi. Me dijo que, si lo intentaba y no lo conseguía, tendría que resignarme, pero que eso sería mejor que tener que arrepentirme luego por no haberlo intentado. Y con esas palabras, me dije a mí mismo que no tenía otra opción que intentarlo”.
La convocatoria de plazas para el Centro de Formación de Actores de Kabuki del Teatro Nacional se hacía una vez cada dos años. Le tocó esperar un año, durante el cual hizo trabajos ocasionales. Luego, en 1980, se presentó al examen de admisión y estuvo entre los 10 admitidos, de un total de 20 presentados. Se incorporó al grupo que formaría la sexta promoción del centro.
“En un periodo de un año y diez meses tuvimos que arreglárnoslas para aprenderlo absolutamente todo: interpretación de papel masculino, de onnagata, Nihon buyō, nagauta (canto), shamisen (instrumento de tres cuerdas), tsuzumi (tambor pequeño en forma de diábolo), taiko (tambor grande), gidayū (narración), o-koto (arpa horizontal), o-cha (ceremonia del té), tachimawari (combate con espada), keshō (maquillaje)… Medio año después del inicio del curso nos ponían una prueba de aptitud técnica. Muchos no pasaban la prueba, o se rendían antes. Al final, de mi promoción solo nos graduamos cinco”.
Podría pensarse que sobrevivían los que mejor preparación tenían de partida, o los más mentalizados, pero no necesariamente era así. Por el contrario, no eran pocos los que se plantaban en el centro sin tener ni idea de nada, absorbían todos los conocimientos con la mente como un lienzo en blanco e iban progresando a ojos vistas. Él había practicado el Nihon buyō desde pequeño, pero allí le dijeron que hiciera tabla rasa de todo lo que había aprendido, así que tuvo que hacerse a la idea de que empezaba desde cero. Cuando se graduó, sin dudarlo un momento solicitó ingresar en la escuela de Nakamura Jakuemon IV.
“Al terminar la entrevista en casa de mi maestro, cuando ya me volvía, me preguntó si sabía qué era lo más importante para ser actor. Supuse que me diría algo sobre el espíritu con el que hay que enfrentarse al trabajo o esas cosas, pero no. ‘Resistencia física’, me dijo. ‘Tú no parece que tengas mucha, así que trabájala’”.
Todo fue bien, aprobó la entrevista y recibió el nombre de Kyōzō, en el que el zō entraña la idea de atesorar todo el arte. Desde ese momento, su maestro le enseñó una a una todas las cosas que necesitaba saber sobre la forma de mostrarse, de moverse y de maquillarse en los papeles de onnagata.

Caracterizado para la obra Taki no shiraito, que presentó en una función autodirigida. (Fotografía de Taguchi Masami)
“Para darles ligereza a las caderas, quitar la fuerza de las rodillas; para que el ángulo de los hombros se vea más suave, juntar los omóplatos, relajar los hombros, apretar los brazos a los costados e hinchar el pecho. Se hace este tipo de ejercicios. Si te vistes sin que el cuerpo haya adquirido esa forma, la ropa femenina no sienta bien. Los vestidos y la peluca son muy pesados, y el onnagata tiene que sostener todo eso con músculos que habitualmente no usa. Me di cuenta de que para conseguirlo había que fortalecer toda la mitad inferior del cuerpo”.
Su maestro le decía que lo que había que mover estaba debajo de los huesos, que había que mover las vísceras. Que cuando consiguiera mover las vísceras, con naturalidad surgiría de él la mujer. Eso era la base de todo. En cuanto a la forma de maquillarse, la aprendió también viendo cómo lo hacía su maestro.
“Es muy curioso. Cuando los discípulos se maquillan, se parecen todos a su maestro. Yo, por ejemplo, tengo unos rasgos faciales muy diferentes de los suyos, pero cuando me veían maquillado, siempre me decían que nos parecíamos. Me ponía muy contento”.
Conferencias y actuaciones en 60 ciudades de 34 países
Cuando obtuvo reconocimiento por su arte después de un exigente proceso de aprendizaje bajo la tutela de su maestro, comenzaron a reclamar su presencia también en otras artes escénicas. Se ha enfrentado a muchos desafíos, como adaptaciones al kabuki de obras teatrales extranjeras o colaboraciones con espectáculos de flamenco. En 2015 representó el papel de una de las tres brujas en el original espectáculo Ninagawa-Macbeth montado por el famoso director de cine y teatro y actor Ninagawa Yukio. En 2023 se autodirigió en Fedra, una obra basada en la mitología griega en la que interpretó el papel de la heroína, una mujer que acaba enamorándose del hijo nacido entre su marido y la anterior esposa de este.

Como Fedra, heroína de una obra en la que se autodirigió. (Fotografía de Taguchi Masami)
A partir de 1998 su presencia en el extranjero ha sido continua, ya que ha participado en programas de presentación de la cultura japonesa organizados por la Fundación Japón y ha sido también enviado de la gubernamental Agencia de Asuntos Culturales. Estas misiones lo han llevado hasta el momento a 60 ciudades de 34 países. En algunas de estas salidas, muestra las danzas del kabuki en obras de gran dramatismo que gustan en el extranjero, como Sagimusume; en otras, comparte escena con otros actores masculinos en las vistosas escenas en que sacude impresionantes melenas de shishi (animal mitológico similar al león). Y también ha dado conferencias sobre la preparación física que necesitan sus papeles de onnagata y los secretos de una buena interpretación.

A la izquierda, en su papel de Sagimusume, una mujer cuyo sentimiento amoroso la lleva al paroxismo. A la derecha, sacudiendo vigorosamente la cabellera del shishi. Nakamura sorprende a su audiencia con su versatilidad. (Cortesía de Nakamura Kyōzō)
“Explico cosas sobre cómo reírse jocosamente al interpretar a una mujer joven, tapándose la boca con la amplia manga del kimono, o cómo llorar, llevándose las manos a los ojos y profiriendo un grito desgarrador, que escapa cuando ya es imposible contenerlo. Invito a la audiencia a hacerlo conmigo y se lo pasan muy bien”.
El actor asegura que cuando las mujeres oyen que las llaman y preguntan “¿es a mí?”, se señalan con el dedo, pero lo hacen poniéndolo de diferente forma según sean jovencitas, mujeres maduras o ancianas. Y cuando hace una demostración, hay que reconocer que parece rejuvenecer o envejecer según como pone el dedo. Es un misterio.
Otra cosa que encanta a los extranjeros que se inician en el kabuki y les arranca grandes aplausos, además de estas conferencias tan participativas, es el proceso por el que, quien hasta hace unos minutos era un respetable señor se convierte de pronto en una muchacha de barrio que primero sufre por amor y luego enloquece, para dar rienda suelta finalmente a todo su apasionamiento en un baile.
Ocurre a veces que embajadores y otros miembros del cuerpo diplomático que han asistido a una de sus conferencias con actuación en un país y ahora han recibido un nuevo destino en otro, reclaman allí su presencia. Su dedicación le está rindiendo beneficios que redunda en una mayor valoración del kabuki en el extranjero.
El largo camino hasta el estilo propio
“Hace tiempo, el profesor de la Universidad de Waseda Gunji Masakatsu me dijo que en el kabuki había que andar siempre por dos caminos: el del protector y el del rompedor. Asimilar el estilo clásico es obligado, pero al mismo tiempo hay que ir creando cosas nuevas partiendo de esas técnicas tradicionales. Los rudimentos se aprenden viendo lo que han hecho los artistas del pasado y los de tu época que te han precedido, sintiéndolo en el cuerpo, tomando notas e imitándolos. Al principio, basta con eso. A veces lo llamamos manebu (híbrido de maneru, “imitar”, y manabu, “aprender”). Y si vas ejercitándote con disciplina y constancia, al final llegas a un punto en que sales de ahí y entras en otro ciclo, eso es lo que llamamos katayaburi (“romper el molde”). La liberación total. Ahí empieza a manifestarse tu individualidad”.

Kyōzō ha condensado en un ensayo todos sus recuerdos sobre su maestro, Jakuemon, las tradiciones que respetó a lo largo de su vida en los escenarios y los retos de innovación que asumió.
Actualmente, Kyōzō instruye a las nuevas generaciones desde su puesto de profesor en el Centro de Formación de Actores de Kabuki del Teatro Nacional. En los últimos años solo solía haber uno o dos solicitantes de plazas, pero este año ha habido seis, al parecer por efecto de la popular película Kokuhō (“Tesoro nacional”). Pero, ¿habrá una gran diferencia entre lo que uno asimila habiendo nacido como el “señorito” de una de esas familias del kabuki de rancio abolengo, y lo que puede adquirir un simple egresado del centro de formación? Veamos cómo lo ve este hombre con más de cuarenta años en los escenarios.
“Los actores de familia suben al escenario muchas veces desde que son muy pequeños y van ganando experiencia muy rápido. Esa diferencia es sin duda importante. Pero puede compensarse con esfuerzo, con corazón y con un poco de talento”.
Respuesta concluyente, que emite con una fresca sonrisa y sin mostrar rastro de vacilación. También entre el público del kabuki se ven ahora más jóvenes y esto quiere decir que las posibilidades de esta arte escénica son muy grandes. Para finalizar, le pedimos un mensaje para quienes se han animado a ir al kabuki por primera vez.
“Mi consejo es que pregunten a los entendidos y que empiecen con una obra que sea comprensible también para los neófitos. Pero, claro, las artes tradicionales hay que estudiarlas para comprenderlas. Si después de ver algo sientes interés, estudia. Si consigues entenderlo, el kabuki te gustará todavía más. Esa sería la forma”.

Ovación final en una actuación en México. (Cortesía de Nakamura Kyōzō)
Colaboró en la redacción: Power News.
Fotografías de la entrevista: Yokoseki Kazuhiro
Imagen del encabezado: A la izquierda, Kyōzō como bugyō (alto funcionario del periodo Edo) en un anuncio televisivo de un fabricante de software de oficina; en el centro, Kyōzō durante nuestra entrevista; a la derecha, en el papel de Fujimusume. (Las fotografías de los lados son cortesía de Nakamura Kyōzō)
(Traducido al español del original en japonés.)


