El Daruma gigante de Hokusai: la sensibilidad por el arte callejero de un maestro
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Un lienzo gigantesco y el talento de un showman
Katsushika Hokusai nació en 1760 en Ryōgoku, por entonces centro del entretenimiento popular en Edo (actual Tokio), y falleció en 1849 en la cercana Asakusa, otro centro de espectáculos callejeros.
Se dice que se mudó de casa casi cien veces, pero sus andanzas rara vez lo alejaban mucho de estos animados barrios. Viviera donde viviera, el estruendo de la música del shamisen y los tambores taiko procedentes de las cercanas carpas de espectáculos, así como los gritos de los artistas callejeros, debían de llenar el aire. Si le hubiera molestado ese ruido nunca se habría quedado allí.
Y Hokusai no era ajeno, de hecho, al arte de dar espectáculo, y disfrutaba deslumbrando al público con su destreza artística.
El 5 de octubre de 1817 mucha gente comenzó a congregarse desde primera hora de la mañana en los terrenos de lo que hoy es el templo Hongwanji Nagoya Betsuin, cerca de Ōsu, en Nagoya. Habían acudido para ver a Hokusai pintar una gigantesca figura de Daruma (Bodhidharma) ante sus propios ojos. Los folletos que llevaban, equivalentes a los volantes que se usan hoy día, los había ilustrado el propio Hokusai. Los puestos de comida se alineaban junto a la puerta del templo, lo que confería al evento un ambiente festivo.

Folleto del evento dibujado por Hokusai. (Cortesía del Museo de la Ciudad de Nagoya)
Dentro del recinto del templo se había extendido una enorme hoja de papel, de 18 metros de largo y 10,8 metros de ancho. A mediodía, el recinto estaba abarrotado. Hokusai se subió a la hoja de papel acompañado de sus aprendices, listo para actuar.

Una multitud se congrega para presenciar una demostración de pintura de Hokusai, ilustrada y documentada por Enkōan en Hokusai taiga sokusho saizu (“Informe ilustrado de la pintura en directo a gran escala de Hokusai”). (Cortesía del Museo de la Ciudad de Nagoya)
Una brocha hecha con cinco fardos de arroz
Hokusai mojó una brocha especial hecha de paja trenzada en un cubo de tinta y trazó una línea gruesa y marcada sobre el papel. Curvó el trazo bruscamente al final y, a continuación, añadió líneas redondeadas a ambos lados. Al dibujar un trazo horizontal bajo el primero el público se dio cuenta de pronto de que estaban contemplando un rostro: nariz, ojos y boca. Cada nuevo trazo revelaba un rasgo más (orejas, cabeza y torso) y los espectadores charlaban emocionados mientras la imagen de Daruma iba tomando forma.
Hokusai alternaba entre brochas hechas con cinco fardos de arroz, fibras de palma y escobas de bambú. Sus aprendices trabajaban frenéticamente a su alrededor, dando color a la túnica y secando el exceso de agua. La gigantesca figura cobró vida con una rapidez asombrosa.

Añadiendo detalles al rostro de Daruma. De la obra de Enkōan Hokusai taiga sokusho saizu. (Cortesía del Museo de la Ciudad de Nagoya)
Al caer la tarde el cuadro estaba terminado e izado sobre un andamio de 13 metros de altura. Al día siguiente Hokusai añadió su inscripción a la obra y, una vez más, se congregó una gran multitud para admirar el enorme cuadro que ondeaba al viento como la vela de un gran barco.

Los visitantes admiran el cuadro gigante de Hokusai. De la obra de Enkōan Hokusai taiga sokusho saizu. (Cortesía del Museo de la Ciudad de Nagoya)
Este relato del evento de Nagoya se basa en el Hokusai taiga sokusho saizu, el “Informe ilustrado de la pintura en directo a gran escala de Hokusai”, una crónica detallada elaborada por Kōriki Tanenobu, un artista local de ukiyo-e más conocido como Enkōan, seis años menor que Hokusai.
A menudo se piensa que pintar es una actividad solitaria, que se lleva a cabo lejos del ruido y las distracciones. Sin embargo, Hokusai la convirtió en un espectáculo público, utilizando los aplausos y los vítores para alimentar su energía creativa como un magistral artista callejero.
Una lección que le enseñó a ser humilde durante su juventud
Aunque la actuación en Nagoya tuvo que ser un día de triunfo para Hokusai, también hay anécdotas sobre momentos embarazosos de su vida, entre ellos un episodio que tuvo lugar mientras trabajaba a tiempo parcial como vendedor de especias.
Hokusai pasó a ser discípulo de Katsukawa Shunshō cuando ya era un adolescente, lo cual suponía un comienzo bastante tardío para aquella época. Anteriormente había trabajado en una biblioteca de préstamo y como ayudante de un tallador de bloques, por lo que sin duda esperaba con gran ilusión su aprendizaje.
Pero los aprendices no tenían ingresos garantizados. Para llegar a fin de mes, Hokusai se dedicó a vender especias como trabajo extra, un oficio nuevo y de moda que encajaba con su afición por lo novedoso. Los vendedores lucían trajes llamativos y entonaban pegadizos cantos comerciales para atraer a los compradores, una práctica que se mantuvo más o menos hasta los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964.
Un día, mientras canturreaba su tonada de venta, Hokusai oyó una voz que le preguntaba en voz alta qué estaba haciendo. Se dio la vuelta y se encontró con su maestro, Shunshō. Avergonzado, Hokusai huyó y, más tarde, se comprometió a dedicar todo su tiempo a la pintura, el camino que había elegido, por muy pobre que llegara a ser.
Un uso innovador de la perspectiva
Aparte del hecho de que el propio Hokusai fuera un artista nato, sus pinturas también parecen llevar la huella de los espectáculos callejeros y las carpas de feria de Edo.
En su juventud, Hokusai creó numerosos grabados inspirados en la perspectiva lineal occidental. Estas obras, que representan teatros, grandes tiendas, interiores de templos y avenidas bulliciosas, sumergen al espectador en un mundo tridimensional y misterioso.
Estas láminas se utilizaban a menudo en cajas para cajas de rarezas (nozoki karakuri) provistas de lentes. En un principio estas cajas mostraban muñecos mecánicos, pero las láminas en perspectiva no tardaron en convertirse en la principal atracción. Al observarlas a través de una lente, la sensación de profundidad se intensificaba, creando la ilusión de un espacio infinito en el interior de la caja.
Esta sensación recuerda a la composición de la obra maestra tardía de Hokusai, La gran ola de Kanagawa: la imponente ola en primer plano y el lejano monte Fuji que se vislumbra a través de su valle ondulado.
Experimentar con la luz y la sombra
Los operadores de esas cajas de rarezas también idearon formas de representar escenas nocturnas. Tras mostrar una vista diurna, tapaban la luz delantera e iluminaban la trasera, pasando de repente del día a la noche y revelando ventanas, faroles, estrellas y llamas mediante recortes.
Enkōan, autor del informe sobre la actuación de Hokusai y su Daruma, escribió, tras ver la caja de rarezas por primera vez, que había sorprendido tanto a ricos como a pobres y que era tan asombroso que la gente sospechaba que se trataba de magia.
En una época en la que aún no existía la iluminación eléctrica, la iluminación nocturna era poco habitual fuera de los locales de ocio y los restaurantes destinados a la élite. La oportunidad de contemplar un paisaje nocturno así era toda una novedad para la mayoría de la gente común.

Katsushika Ōi hace un uso eficaz de la luz y la sombra en Yoshiwara kōshi saki no zu (“Escena nocturna en Yoshiwara”). (Cortesía del Museo de Arte Memorial Ōta)
En el Museo Edo-Tokio se conserva un ejemplo notable: un rollo de kage karakuri (“ilusión de sombras”) de 10 metros. Representa un viaje en barco que, en un primer momento, discurre río abajo desde las proximidades de Nihonbashi y, a continuación, río arriba por el río Sumida hasta el templo Mokuboji. Es una de las muchas vistas panorámicas del Sumida, un tema que también representó Hokusai.
El rollo no era un simple paisaje, sino que permitía a los espectadores disfrutar virtualmente de un agradable paseo en barco.
Se recortaban ventanas, fuegos artificiales, faroles y biombos de papel shōji para que la luz que provenía de detrás creara la ilusión de un paseo nocturno en barco. Un libro sharebon (de ficción popular) publicado aproximadamente en la misma época recoge el argumento de venta que utilizaban los operadores de kage karakuri, junto con los gritos de otros vendedores ambulantes y pregoneros de atracciones. Los espectadores, sentados en una pequeña y estrecha cabina, podían disfrutar de un paseo nocturno por el río sin salir de la sala.
Estas escenas nocturnas se asemejan mucho al uso dramático de la luz y la sombra en las obras de la hija de Hokusai, Katsushika Ōi, como, por ejemplo, la Escena nocturna en Yoshiwara. El público sigue sintiéndose atraído por el refinado talento artístico tanto del padre como de la hija, pero cabe destacar que las técnicas que empleaban se inspiraban en las diversiones de la gente corriente de Edo.
(Imagen del encabezado: una enorme pintura de Daruma recreada en 2017 en Hongwanji Nagoya Betsuin, 200 años después de la representación original de Hokusai. Cortesía de Hongwanji Nagoya Betsuin.)