Cien años de Hoshi Shin’ichi, el maestro de los microrrelatos que predijo la actualidad
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El escritor que predijo la IA e Internet
El centenario del nacimiento de Hoshi Shin’ichi ha venido cargado de campañas promocionales en librerías y reportajes en todo tipo de medios. Ahora bien, para que un libro se convierta en un éxito de ventas duradero, es indispensable una renovación constante de lectores: es decir, que han de surgir nuevos lectores de generación en generación, de padres a hijos, de hijos a nietos. Y no hay más que observar la lista de los autores más queridos de este medio siglo para ver que, desde su debut literario en 1957 hasta ahora, no existe generación que no haya leído a Hoshi Shin’ichi.
Este longevo éxito entre tal multitud de lectores se debe a que sus microrrelatos —o “short shorts”, como se les suele llamar— son extraordinariamente imaginativos, entretenidos, y fáciles de leer. De una brevedad de unas diez páginas, no hacen referencia a la actualidad ni contienen nombres propios; tampoco muestran ninguna violencia extrema, sexo o asesinatos. Además, no aparece en ellos ningún kanji inusual, resultando fáciles de leer incluso para los niños.
Sus obras aparecen frecuentemente en los libros de texto, y seguramente serán pocos los japoneses que no hayan leído alguno de sus cuentos, como los famosos Bokko-chan o Ōi, dete koi! (“¡Oye, sal de ahí!”). Algunos de los cuentos de Hoshi contienen previsiones sobre el futuro que han acabado por acertar de manera sorprendente, como es el caso de Kata no ue no hisho (“Un secretario sobre el hombro”), donde imagina una era en la que la comunicación depende de la IA generativa, o la novela Koe no ami (“La red de voces”), en la que parece describir el mundo de Internet.

Izquierda: Nokku no oto ga (“Sonó la puerta”), una colección de 15 relatos cortos cuyo título es también la frase que da comienzo al libro. Derecha: Gogo no kyōryū (“El dinosaurio de la tarde”), colección de cuentos cortos en la que se hace una mordaz sátira de la civilización moderna. (Foto del Departamento Editorial de nippon.com)
Hoshi escribió más de 1001 obras de este tipo a lo largo de su vida. Para entender por qué lo hizo hemos de remontarnos a sus orígenes: y es que además de sus microrrelatos, el autor llegó a escribir tres libros sobre su familia.
El espíritu emprendedor de un padre de la era Meiji
Dos de esas tres obras —tituladas Jinmin wa yowashi, kanri wa tsuyoshi (“Pueblo débil, funcionarios fuertes”) y Meiji, chichi, Amerika (“Meiji, mi padre, y América”)— tratan sobre su padre Hoshi Hajime, considerado entonces el mayor magnate farmacéutico de Oriente y que fue, además, diputado en la Dieta. En el tercero, Sofu Koganei Yoshikiyo no ki (“Memorias de mi abuelo, Koganei Yoshikiyo”), habla sobre su abuelo materno, médico y profesor emérito en la Universidad Imperial de Tokio. La mujer de Yoshikiyo, Koganei Kimiko, era hermana del célebre escritor Mori Ōgai y es una figura conocida por su trabajo como poeta y traductora.
Hoshi Shin’ichi nació en la casa de la familia de su madre, en Akebono-chō, un barrio del distrito tokiota de Hongō. La ausencia frecuente de su padre, ocupado por constantes luchas políticas, hizo que fueran sus abuelos quienes criaron al pequeño Hoshi con el cuidado digno del primogénito que era. El deseo de comprender a su familia a través de la escritura fue seguramente el cimiento sobre el cual Hoshi desarrolló su vida como escritor.
En los característicos saltos de imaginación e ideas impredecibles de la obra de Hoshi se percibe una fuerte influencia de su padre, Hajime. Nacido en la era Meiji y rebosante de ingenio, Hoshi Hajime estudió en la Universidad de Columbia (EE. UU.) y poseía una amplia red de contactos en los círculos políticos y empresariales entre los que se incluían personalidades como Gotō Shinpei, quien por entonces era director de Asuntos Civiles del Gobierno General de Taiwán. Era, además, un absoluto optimista —“pues no pienso morir”, fueron sus palabras tras sufrir una vez un accidente de avión—, y su capacidad de inventiva le llevó a ser considerado la mano derecha de Gotō.
Cuando, tras la guerra, Hajime murió durante un viaje para recaudar fondos en los Estados Unidos, a su primogénito Shin’ichi le tocó cargar con un legado difícil. Pese a la relación complicada con su padre, el escritor escribiría lo siguiente años más tarde en su ensayo Oyaji (“Papá”): “[Mi padre] me enseñó el único secreto que hay para conseguir ideas, y por eso debo decir que pese a todo he sido afortunado. Así lo creo de todo corazón.”
Hoshi Shin’ichi y la guerra
Otra clave para comprender la perspectiva de Hoshi Shin’ichi es el año en el que nació: 1926. Entre sus compañeros de clase había gente de 1926 y 1927, y según la fecha de nacimiento y de si estudiaban ciencias o humanidades, algunos fueron llamados a filas mientras que otros no. Hoshi estudiaba ciencias y pudo por lo tanto obtener un aplazamiento del servicio militar; para cuando terminó la guerra solo había participado en la movilización laboral. Yo entrevisté a compañeros de Hoshi cuando preparaba su biografía, Hoshi Shin’ichi: El hombre que creó 1001 historias, y nunca se me olvidará lo que me dijo Asagi Noboru, amigo del escritor desde su época en la escuela primaria anexa de la Escuela Normal Superior Femenina de Tokio:
“En nuestro caso, alguien lo sabía. Los adultos decían que Japón iba a perder, que lo de la Batalla de Midway había sido una derrota. Hoshi seguramente sabía más detalles, por habérselos oído a su padre. (…) Así que cuando acabó la guerra, la sensación fue esa: ‘bueno, pues se acabó’. La diferencia entre haber luchado o no en combate es enorme, claro. Entre los que habían ido a la guerra en buques y demás y habían conseguido volver con vida, se percibía un sentimiento de culpa por ser los únicos supervivientes. Incluso en la escuela, la diferencia con los que nos llevaban cinco años era enorme. Luego eso sí; al ser jóvenes, también tenían una gran capacidad de adaptación”
Cuando llegó el fin de la guerra, Hoshi tenía 18 años y había ingresado ya en la Universidad Imperial de Tokio. Habiendo escuchado el decreto de rendición en el Auditorio Yasuda de la universidad, se dirigió directamente al Palacio Imperial; no sabía que el mensaje había sido grabado de antemano, y pensaba que el Emperador volvería al Palacio tras la retransmisión.
Más tarde escribiría que le parecía extraño cada vez que veía imágenes o fotos de personas arrodilladas y llorando frente al Palacio, ya que ninguna de ellas estaba allí cuando él fue. Y sin embargo, aquella serena capacidad de observación y esa misma curiosidad que le llevó al Palacio con la esperanza de que algo ocurriera permean el estilo literario de Hoshi, que parece contemplar la sociedad desde un ángulo diferente a los demás.
Seis años de vacío
En aquella época de estudiante Hoshi trabajaba asistiendo a su padre como secretario en sus labores parlamentarias. Más tarde, cuando pasó a ser estudiante de posgrado, sería nombrado jefe del departamento de ventas de la farmacéutica de su padre, acompañándolo en el trabajo. Sobre lo que ocurrió entre la muerte de éste y la eventual venta de la empresa a terceros no dejó nada escrito, hasta tal punto que incluso en su entorno se solían referir a este periodo como “los seis años vacíos”. Sin embargo, gracias al testimonio de sus amigos como a sus pertenencias, a las que pude acceder con el permiso de su mujer Kayoko, podemos por fin hacernos una clara imagen de un Hoshi en la época en la que estaba a punto de saltar a la escritura.
El punto de inflexión llegó cuando el autor, queriendo distraerse del ajetreo de la liquidación de la empresa, visitó la Asociación Japonesa para la Investigación de Platillos Volantes. Era un círculo que reunía a nombres de la talla de Mishima Yukio o Ishihara Shintarō pero en el que nadie indagaba en la vida de los demás; allí solo se iba a hablar del misterio de los platillos volantes.
Así, Hoshi acabó publicando el fanzine Uchūjin (“polvo cósmico”) junto con otros amantes de las novelas de ciencia fantástica —o ciencia ficción, como se le llamaría más tarde—. Fue en esta publicación donde apareció su relato Sextra, historia que llamó la atención del célebre Edogawa Rampo y le abrió la vía hacia su debut como escritor.
El nacimiento de ‘Bokko-chan’
Dos meses más tarde la obra estaba por fin lista. Nacía así ‘Bokko-chan’, obra protagonizada por una hermosa robot. Hoshi comentaría más tarde:
“Cuando acabé de escribirla, grité para mis adentros: ‘¡Esto es!’. Era una sensación como de haberme descubierto a mí mismo. Por describirlo de forma algo exagerada, era como si Dios me hubiera otorgado un don”.
Escrito en el reverso de dos folios del papel membretado de la empresa, el título era “Bokko-chan, la que nunca adula”. Aunque la mayoría de los borradores de los microrrelatos de Hoshi están escritos en la parte trasera de manuscritos desechados con letra pequeña apretujada —para así poder ver de un vistazo la estructura del relato—, en este momento aún no había establecido aquel método.
Aún así, el texto ya presenta las características de sus obras posteriores. Las frases son cortas y rítmicas; no se mencionan época, lugar o los nombres de los personajes. Las conversaciones, con clientes hablándole a Bokko-chan y ésta repitiendo como un loro lo que dicen, ya son puro Hoshi en su estado final. En palabras del escritor:
“Me gusta este cuento, y es además el prototipo de los microrrelatos que haría después. Descubrí un estilo apropiado para mí. Personalmente, considero este relato el punto de partida de todo. No sería el que soy hoy en día si no fuera por Bokko-chan”.
Para ser original, un escritor no puede hacer lo mismo que los demás. Esta era una cuestión de especial interés para Hoshi, que según cuenta un amigo de su época como secretario, se dedicaba a recopilar todo tipo de información de periódicos, revistas desechadas por las fuerzas de ocupación y demás con el fin de alimentar sus ideas. Incluso tiene alguna obra basada en la Biblia, como es el caso de Saigo no chikyūjin (“El último terrícola”); por sus diarios de aquella época, sabemos que llegó a asistir a la iglesia durante un tiempo.
Un autor inimitable
También hay indicios de que era un insaciable lector de novelas extranjeras. Su discípulo Esaka Yū, quien heredó gran parte de la colección de libros de Hoshi, cuenta que poseía casi todos los números de las entonces consideradas tres grandes revistas de misterio: Hitchcock Magazine, Manhunt y la edición Japonesa de EQMM. Según explica Esaka, Hoshi le solía insistir en que leyera relatos cortos extranjeros.
El escritor Aramata Hiroshi, ávido lector de Hoshi desde su debut, comenta: “La gente piensa que cualquiera puede escribir como él e intenta imitarlo, pero en seguida se da cuenta de que no puede mantener el estilo mucho tiempo”. Aunque las obras de Hoshi fueron en ocasiones tildadas de ser demasiado occidentales, quizá se podría ofrecer un cuadro más completo remitiéndose a las palabras de Aramata, según el cual Hoshi “introdujo la simpatía y el esnobismo de la cultura estadounidense”.
Así fue como Hoshi Shin’ichi, habiendo encontrado su propio estilo con Bokko-chan, abrió camino con sus inimitables microrrelatos para llegar a convertirse en un autor querido por todos, sin importar sexo y edad.
En octubre de 1983, Hoshi alcanzó los 1001 relatos escritos. A partir de entonces su postura fue la de publicar solo cuando sentía que había escrito algo bueno, explorando nuevos territorios con obras basadas en cuentos populares mientras revisaba a su vez obras anteriores —actualizando expresiones como “girar el disco de marcar” por otras más universales como “marcar el número de teléfono”—.
Ordenando las pertenencias de Hoshi, descubrí borradores, apuntes con ideas y manuscritos sin título en tal cantidad que me dejaron abrumada. Hacían recordar el sufrimiento de crear una obra, en el polo opuesto de esas novelas creadas instantáneamente por la IA generativa. Este año que se cumplen cien años de su nacimiento, su segunda hija Marina ha descubierto una obra inédita, Seichi (“Tierra santa”), incluida en un nuevo libro publicado este año por su centenario. En el epílogo, Marina reflexiona: “Estos días se habla mucho de la energía que consume la IA. Esa visión de una era en la que todo es posible pero siempre cuesta electricidad, es algo en lo que podría decirse que mi padre fue profético.”
Habiendo creado una base de datos de las pertenencias de Hoshi, la sensación que me queda es que aún existen muchas más obras inéditas suyas por descubrir. Mientras, yo me divierto pensando que todo esto forma parte de un plan urdido por él.
Material de referencia
- Hoshi Shin’ichi: Kimagure Hoshi no memo (“Notas de Hoshi, una estrella caprichosa”; Kadokawa Bunko).
- Hoshi Shin’ichi: Hoshikuzu no kago, n.º 1 (“Cesta de polvo de estrellas”), suplemento de la Colección de obras de Hoshi Shin’ichi (Shinchōsha)
- Hoshi Shin’ichi: Kimagure hakubutsushi: zoku (“Historia natural caprichosa. Segunda parte”; Kadokawa Bunko)
- Hoshi Shin’ichi: Kimagure kapuseru (“La cápsula caprichosa”; Shinchō Bunko). Incluye el relato Seichi (“Tierra Santa”)
- Saishō Hazuki: Hoshi Shin’ichi: sen’ichi-wa o tsukutta hito (“Hoshi Shin’ichi: el hombre que creó 1001 historias”; Shinchō Bunko)
- Saishō Hazuki (supervisón): Hoshi Shin’ichi: kūsō kōbō e yōkoso (“Hoshi Shin’ichi: bienvenidos al taller de la fantasía”; Tombō no hon, Shinchōsha)
Imagen del encabezado: Hoshi Shin’ichi (derecha) y su obra más famosa, “Bokko-chan”, publicada en 1958 (izquierda). Fotografía de junio de 1977, Kyōdō News.
(Traducido al español del original en japonés.)