Enterrados por un volcán: el pasado destructivo del monte Asama

James Singleton [Perfil]

[29.01.2018] Leer en otro idioma : ENGLISH | Русский |

Los habitantes de Kanbara, una pequeña ciudad encajada entre suaves colinas y campos del oeste de la prefectura de Gunma, conocen muy bien el potencial destructivo del monte Asama. El caprichoso volcán, que recorta sus 2.568 metros contra el cielo, unos 12 kilómetros al sur, despertó rugiendo a finales del siglo XVIII para lanzar ceniza, piedra y lava a lo largo del paisaje. La cataclísmica erupción, uno de los desastres naturales más ampliamente documentados del periodo moderno temprano, duró cuatro meses y provocó un lahar (una avalancha de gran velocidad de gas sobrecalentado y escombros) que devastó la somnolienta comunidad de agricultores.

La relativa tranquilidad del Asama durante los siglos posteriores ahora se da por supuesta en las comunidades circundantes, incluida Karuizawa, un popular destino turístico al otro lado de la frontera con la prefectura de Nagano. Pero Kanbara ha mantenido vivo el recuerdo de las víctimas de la tragedia y la desgarradora historia de un pequeño grupo de supervivientes que escapó a duras penas del desastre y reconstruyó el pueblo.

El pabellón de Kannon en Kanbara

A la sombra del volcán

Durante el periodo Edo (1603-1868) Kanbara era un bullicioso pueblo de posta en la carretera montañosa de Shinshū. Su puñado de posadas y casas de té albergaban y entretenían a mercaderes, peregrinos y una retahíla de diversos viajeros que atravesaban el serpenteante camino. También era un importante centro de transporte para mercancías que pasaban por las otras rutas menores que cruzaban la región, y proporcionaba una base de operaciones para varios mayoristas, además de un pequeño ejército de caballos de carga y conductores. La mayor parte de la población, no obstante (unos 570 habitantes en el momento de la erupción) se ganaban a duras penas la vida arando el rocoso suelo volcánico, cultivando trigo, mijo y otras plantas adecuadas a la altitud y el clima.

La vida a lo largo del camino y en otras partes se sumió en el caos en la primavera de 1783, el tercer año de la era Tenmei, cuando el monte Asama comenzó a temblar. En mayo el volcán despertó de su sueño en una serie de terremotos y erupciones a pequeña escala. La intensidad de los eventos creció con rapidez, hasta que a mediados de julio el Asama vomitó un enorme penacho de humo negro al aire, cubriendo la tierra de cenizas asfixiantes.

El volcán humeó casi a diario desde entonces, concentrando su furia hacia el sur. Algunos relatos históricos cuentan sobre la amplia destrucción de casas y cosechas que se extendió por cientos de kilómetros. En la cercana Karuizawa, en aquel entonces un importante pueblo de posta en la crucial ruta de Nakasendō que unía Edo y Kioto, gigantescos cúmulos de ceniza y piedra pómez obstaculizaban el tráfico, y letales lluvias de piedras al rojo vivo aterrorizaban a los residentes y a los viajeros.

Un cuadro que representa el caos en Karuizawa mientras el Asama lanza piedras al rojo vivo y ceniza sobre el pueblo. (Imagen cortesía de Misaizu Hiroo)

Tras casi cuatro meses, la severidad de la erupción alcanzó su culmen a partir de la noche del 2 de agosto. Con una muestra espectacular de energía en estado puro, el volcán rugió durante tres días seguidos, lanzando columnas de ceniza y fuego en masivas explosiones que se notaron incluso en la lejana Kioto, a unos 300 kilómetros de distancia. Poco después de que el estallido se calmara, del Asama brotó un abrasador río de lava por la ladera norte, formando lo que ahora se conoce como el flujo de lava Onioshidashi. Al poco tiempo una sección de la parte norte de la montaña, debilitada por el calor y los terremotos, se desplomó.

Una representación de la erupción del monte Asama. (Imagen cortesía de Misaizu Hiroo)

Enterrada en un instante

Protegida en un valle al norte del Asama, Kanbara había sobrevivido intacta a la erupción. El largo calvario había desgastado los nervios de todos, sin embargo, y cuando el lahar ocurrió a media mañana del 5 de agosto, la mayoría de los habitantes estaban aprovechando el momento de respiro para descansar. Se cree que esto fue un factor crucial en la tragedia que ocurrió posteriormente, ya que muchos residentes no estaban fuera, trabajando en los campos (donde quizá habrían tenido una oportunidad mejor para escapar), sino en medio del camino de destrucción del volcán.

Una excavación en 1979 desenterró los restos de dos mujeres que murieron mientras trataban de subir por la escalera del pabellón de Kannon. (Imagen cortesía del Museo de Historia de Tsumagoi)

A medida que la avalancha se acercaba a Kanbara, su caótica masa de pedruscos, fragmentos de roca y lava comenzó a alertar a los habitantes con un rugido ominoso. Pero apenas quedaba tiempo para huir del muro de tierra que se avecinaba. Moviéndose a una velocidad tremenda, cayó sobre el pueblo en cuestión de minutos, tragándose a los residentes mientras corrían y enterrando hogares, almacenes y campos bajo montañas de restos.

El único refugio posible del caos era el pabellón de Kannon, una construcción con tejado de junco rojo dedicada a la diosa de la merced. Erigida en lo alto de la ladera de una colina, sobre el pueblo, se mantuvo justo a salvo de todo daño, al final de una escalera de piedra. Los registros muestran que únicamente 93 personas, menos de un sexto de la población, pudieron subir los 50 peldaños y ponerse a salvo.

En algunos casos, la línea que separaba a supervivientes de víctimas era finísima. En 1979 una excavación de la escalera desenterró los esqueletos de dos mujeres. La posición de los cuerpos mostraba que la más joven de las dos, quizá una hija o hermana, llevaba a la mayor sobre la espalda, escalera arriba, cuando ambas fueron enterradas por los escombros ardientes.

Aún más calamidad

Después de destruir Kanbara, el lahar cayó sobre el río Agatsuma al otro lado del pueblo, absorbiendo agua y convirtiéndose en un torrente mortal que descendió por los bancos del estrecho cauce. El turbio fango bajó con rapidez hasta unirse al río Tone, y expandió su destrucción hacia el sur y el este.

Un grabado que muestra el flujo de lodo en la ciudad de Satte, en lo que ahora es la prefectura de Saitama. (Imagen cortesía de Misaizu Hiroo)

Pedruscos depositados por el lahar en Kanbara.

Un pueblo renacido

Pese a que su pueblo acababa de ser enterrado, el grupo de supervivientes de Kanbara apenas tuvo tiempo para lamentarse, antes de empezar a reconstruir su desmenuzada comunidad. Los jefes de pueblos cercanos organizaron los esfuerzos para ayudarlos, proveyendo comida y refugio, e incluso viajando hasta Edo, la capital, para pedir fondos al Gobierno central.

Cuando las necesidades básicas de los supervivientes se vieron cubiertas, la reconstrucción del pueblo se convirtió en la preocupación principal. Bajo la dirección de un magistrado local, las viudas, los viudos y los huérfanos fueron organizados en nuevos ie, núcleos familiares, la unidad social básica en el periodo Edo, a través de matrimonios y adopciones. Para lograrlo, no obstante, era necesario descartar la jerarquía anterior del pueblo, un paso drástico en un periodo con un orden jerárquico claramente definido.

En octubre, solo tres meses tras el desastre, se celebró una boda muy básica (casi todos los adornos los prestaron pueblos cercanos) para siete parejas en uno de los pocos edificios que seguían en pie en Kanbara. A esos matrimonios los siguieron otros, y en los meses posteriores apareció poco a poco un nuevo pueblo sobre las ruinas del viejo. Se construyeron casas y posadas, se estableció una nueva carretera principal y se cavó un canal para las necesidades diarias y para dar de beber a los caballos de carga. La reconstrucción siguió fielmente el plano anterior, lo cual aceleró el regreso de Kanbara como pueblo de posta.

Un mapa contemporáneo de la Kanbara reconstruida. (Imagen cortesía del Museo de Historia de Tsumagoi)

Excavaciones arqueológicas han descubierto una amplia variedad de artefactos de la época de la erupción, que incluyen objetos de uso diario como platos de cerámica y cuencos, morteros y artículos de aseo, además de estatuas y otros elementos religiosos. También se han descubierto los restos de varias víctimas, las cuales han proporcionado pistas sobre cómo era la vida en el pueblo justo antes de su destrucción.

Los restos de una casa y un molino (abajo a la derecha), desenterrados en una excavación, en 1979. (Imagen cortesía del Museo de Historia de Tsumagoi)

Durante más de 230 años, los residentes de Kanbara han seguido honrando a aquellos que murieron en la avalancha de escombros, en ceremonias anuales celebradas en el pabellón de Kannon. La comunidad también ha erigido un pequeño museo para preservar su historia, y lo ha llenado con artefactos desenterrados en las excavaciones arqueológicas que se han realizado a lo largo de los años.

El pabellón de Kannon también cuenta con reliquias, aunque los recordatorios más conmovedores del desastre siguen siendo la escalera de piedra, ahora enterrada hasta el decimoquinto escalón, y el monte Asama que se alza, silencioso y bello, en el horizonte.

(Traducido al español del original en inglés. Imagen del encabezado: el monte Asama y el flujo de lava Onioshidashi al fondo. Todas las imágenes son del autor salvo cuando se indica lo contrario.)

Información adicional

Museo de Historia de Tsumagoi

  • [29.01.2018]

Traductor y editor en nippon.com. Licenciado en Estudios Asiáticos por la Universidad de Oregón en 1996. Llegó a Japón ese mismo año y ha vivido aquí desde entonces, estudiando japonés y viajando en tren o a pie en busca de la historia local, la cultura y los dialectos. También ha trabajado durante un tiempo como profesor de un jardín de infancia y ha estado al cuidado de sus hijos en el hogar. Empezó traduciendo en 2008 y ha trabajado como freelance e interno en una de las grandes compañías de productos alimentarios y bebidas de Japón. Se incorporó al equipo de nippon.com en 2014.

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