Sōkokurai, pionero chino en el sumō
[19.06.2014] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية |

"Háganme la entrevista en japonés, por favor, no en chino", dice este luchador procedente de la región mongola de China. Un tenaz pionero que, además de superar las lógicas dificultades de adaptación a su nuevo país, atravesó un calvario cuando fue señalado como sospechoso de haber participado en amaños de combates. Pero Sōkokurai demostró su inocencia y regresó triunfante a la arena dos años después.

Sōkokurai

SōkokuraiNacido en 1984 en la región autónoma de Mongolia Interior (China). Se ejercitó desde niño en la lucha mongola, siendo admitido en una de las escuelas de la región especializadas en esta práctica tradicional. En la categoría nacional junior (84 kg) logró ascender hasta el octavo puesto, tras lo cual se orientó hacia el sumō. En junio de 2003 se trasladó a Japón, donde ingresó en el gimnasio Arashiobeya. En el torneo de enero de 2010 fue ascendido a la división de jūryō, y en septiembre de ese mismo año a la de makuuchi (también llamada makunouchi), en la que compiten los sumōtori más famosos de las categorías yokozuna, ōzeki, etc. Actualmente ocupa el puesto 15 entre los maegashira (luchadores de la división superior sin categoría asignada) en el equipo del Oeste, y participa en un apretado programa de actividades junto al oyakata (responsable del gimnasio) Arashio, quien como luchador llegó a la categoría de komusubi con el nombre de Ōyutaka, y la okami-san, esposa de este, quien ostenta también un cargo en la Junta de educación de Chūō-ku (Tokio).

El primer makuuchi llegado de China

En la sala de entrenamientos se ven las placas de “makuuchi” (división superior) y “Sōkokurai”.

Según el listado oficial presentado al inicio del torneo de mayo de 2014, militan en el sumō profesional 647 sumotōri. De ellos, solo 42 tienen el privilegio de competir en la makuuchi o división superior, que empareja a los representantes del Este con los del Oeste. En septiembre de 2010 Sōkokurai se convirtió en el primer luchador de nacionalidad china en incorporarse a este selecto elenco.

A los luchadores de las dos divisiones superiores se les otorga el tratamiento respetuoso de sekitori, al que hizo alusión Sōkokurai en enero de aquel año cuando, en su presentación, dijo que era “el segundo sekitori chino” de la historia, y que habían pasado 36 años desde que un compatriota le precediera en la hazaña. Sin embargo, hay que precisar que el luchador al que se refería, Kiyonohana, aunque de padres chinos había nacido y se había criado en Osaka.

Entrenamientos duros pero imprescindibles para crecer como sumōtori

La jornada comienza temprano en su gimnasio de Arashiobeya, situado en el céntrico municipio tokiota de Chūō. Normalmente, sus miembros comienzan a entrenarse a las 6:30 de la mañana y perseveran hasta cerca de las 10:00.

Para las 8:00 de la mañana, hora a la que el equipo de nippon.com se presentó en el gimnasio, los sumōtori estaban ya empapados en sudor, repitiendo sus embestidas mutuas sobre el dohyō (ring circular) del piso bajo. Practicaban unos 20 luchadores. El gimnasio parecía temblar con los topetazos de estos fortachones, cuyas cabezas, al chocar, producían un característico ruido sordo. Los jóvenes eran derribados una y otra vez, y sus cuerpos sudorosos terminaban literalmente rebozados en arena. En los mōshiai o series de emparejamientos entre luchadores del mismo nivel, los participantes que acababan de medir fuerzas esperaban de pie alrededor del dohyō a que les tocase el turno de nuevo, jadeando aparatosamente.

La dureza de estos entrenamientos, que supera todo lo imaginable, nos inspira una reflexión que compartimos con Sōkokurai. Oímos que cada vez hay en China más hijos únicos, y entre ellos proliferan los niños mimados, los llamados xiao huangdi (“pequeños emperadores”). Esa niñez no podría aguantar un ritmo como éste… Sōkokurai se toma su tiempo para reflexionar y responde, sonriente, que hay que sobreponerse a la dureza de los entrenamientos. “Hay que hacerse mayor, y eso es igual en Japón, en China y en todas partes. Para triunfar no hay otro camino”.

Arrostrando dificultades lejos de su pueblo natal

Sōkokurai tenía 19 años cuando vino por primera vez a Japón. Nacido en la ciudad de Chifeng, región autónoma de Mongolia Interior, su nombre original en mongol, transcrito al alfabeto latino, es Engketübsin.

“(En China) se practica la lucha, supe del sumō y pensé en hacerme sumōtori. Al principio mis padres se opusieron, pero luego comprendieron que era el camino que había elegido y me dieron su consentimiento”, recuerda.

Decidido a ir a Japón, el joven Engketübsin acudió al hotel donde se alojaba el oyakata Arashio, que había viajado a China para reclutar a jóvenes prometedores. Era abril de 2003. Engketübsin solicitó ser admitido en el gimnasio. El oyakata se disponía entonces a regresar a Japón con las manos vacías, después de haberse roto las negociaciones con otro candidato en el que se había fijado, un muchacho de físico muy aventajado. Así fue como aceptó a Engketübsin como discípulo, quien viajaría a Japón y haría oficial su ingreso en junio de ese año. Subió al dohyō por primera vez en competición aquel septiembre, iniciando así una andadura que no sería de ninguna manera fácil.

Tras el calvario, limpio de polvo y paja

“No me acostumbraba a la comida japonesa y no podía ganar peso”, recuerda Sōkokurai. “Era incapaz de vaciar un cuenco grande de arroz, sufría mucho hasta que pasaba entero por la garganta. Ahora la comida japonesa me encanta, y ya como hasta nattō [granos de soja fermentados, de fuerte olor y aspecto peculiar]”.

Sōkokurai rememora con nostalgia aquellos primeros tiempos en Japón. El gimnasio Arashio acababa de constituirse y el oyakata solo tenía dos discípulos, uno de ellos él mismo. Muchas veces tenían que servirse de otros gimnasios para hacer los entrenamientos, y para colmo sufrió una úlcera de duodeno que le ocasionó caídas en el ranking y otros disgustos. Pero gracias a su perseverancia y al abnegado apoyo y orientación de su oyakata fue capaz de remontar posiciones hasta llegar a situarse en el decimotercer puesto de los maegashira del Este.  

Topó entonces con un escollo totalmente imprevisto. Durante el escándalo de tongos (combates amañados) que sacudió el sumō profesional en abril de 2011, Sōkokurai fue uno de los presuntos implicados y la Asociación Japonesa de Sumō le exhortó oficialmente a que se retirase. No teniendo nada de lo que arrepentirse, Sōkokurai interpuso una demanda judicial con el apoyo de su oyakata y en marzo de 2013 pudo reintegrarse al ejercicio del sumō tras haber obtenido en el juzgado la nulidad de su despido.

“Fue tremendo. Para un luchador de sumō una suspensión de dos años puede resultar mortal. Cuando me reincorporé sufrí una sucesión de derrotas y bajé a la división de jūryō”, explica. Pero no se dio por vencido.

“Los japoneses y los chinos, todos me dan ánimos. Les estoy muy agradecido”, dice el luchador.

Aprender el idioma con el cuerpo 

Le felicitamos por su buen japonés. “El mundo del sumō es muy duro”, responde. “Si no aprendes hoy lo que te han enseñado hoy, aquí no puedes sobrevivir. Nosotros no aprendemos el japonés con papel y bolígrafo. Lo aprendemos con el cuerpo”, concluye.

Sōkokurai ha llegado a dictar una conferencia en la prestigiosa Universidad de Waseda (Tokio) sobre la forma de aprender japonés. Hace cuatro años contrajo matrimonio con una paisana suya. Sōkokurai espera poder regresar a Chifeng durante una semana para visitar a sus padres y a sus dos hermanas menores cuando concluya el torneo de mayo.

Fotografía: Kodera Kei
Reportaje hecho con la colaboración de Arashiobeya y la Asociación Japonesa de Sumō.

(Traducido al japonés del original en japonés)

  • [19.06.2014]
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