Panorama 12 islas apartadas que merece la pena visitar
Islas remotas: 1. Akusekijima, donde los dioses enmascarados hacen de las suyas

Saitō Jun [Perfil]

[16.11.2017] Leer en otro idioma : 日本語 |

Al sur de Kyūshū, entre la isla de Yakushima y la de Amami-Ōshima, se extiende el archipiélago de Tokara, cuyas islas forman un único municipio, el de Toshimamura, el más largo y angosto de Japón. La posición central entre estas islas la ocupa la de Akusekijima (literalmente, “isla de la mala piedra”), cuyo poco acogedor nombre oculta misteriosos dioses enmascarados, una peculiar gastronomía y fuentes termales con todo el encanto de lo rústico y primitivo.

Los boze, misteriosos dioses que aparecen por las fiestas de O-bon

Cuando, en 1975, visité por primera vez la isla de Akusekijima, en la casa privada donde me alojaba me fue mostrado un álbum de fotos. Me quedé con la vista clavada en una de ellas. Era una máscara de la que emanaba una energía salvaje que estaba en las antípodas de las típicas máscaras japonesas del teatro . Era tan grande (resultó tener un metro de altura) que ocultaba casi completamente a su portador, de modo que parecía que era la propia máscara la que se sostenía en pie.

Era difícil encontrar algo de refinado en aquella figura humana toscamente envuelta en hojas de birō (Livistona chinensis, especie de palmera), que encarnaba a algún espíritu que puebla las selvas tropicales. Se trata de los boze, dioses visitadores que espantan a los demonios, y que se presentan cada año por la tarde del día 16 de julio del calendario antiguo japonés, como colofón del O-bon, la festividad budista de los difuntos. Dicen que durante el O-bon, además de los espíritus de los difuntos, llegan también los demonios, por lo que los boze desempeñan el papel de devolver a la gente una nueva vida, espantándolos. Algún día tengo que verlo, me dije. Los boze me cautivaron desde el primer momento.

Dos años después estaba otra vez en la isla con el objetivo expreso de verlos. Después del almuerzo nos dirigimos a una explanada donde alguna vez se alzó un templo y que los lugareños siguen llamando tera (“templo budista”). Se mostraban allí tres máscaras de boze. Me explicaron que los armazones eran de bambú trenzado, sobre los que se habían pegado capas de papel, que luego se habían decorado a rayas verticales negras y rojas, utilizando tinta y cierto barro rojizo que llamaban akashu. La forma de estas máscaras crea un efecto cómico un tanto grotesco.

Tienen estas máscaras unos ojos grandes y desorbitados, sobre los cuales se alzan dos grandes orejas. La nariz es protuberante, al estilo de la de los tengu, y la boca se abre dejando ver una dentadura similar a las almenas de un castillo.

Las tres máscaras muestran ligeras diferencias, muy interesantes. Al cabo de un rato, tres hombres las toman y se las ponen, tras lo cual comienzan a cubrirse el cuerpo con hojas de birō, hasta dejar ocultos sus miembros y su tronco. También usan la corteza resina de esa misma planta para envolver parte de los pies y las manos.

Dos boze recién salidos de la zona preparatoria, llamada tera, se dirigen al centro comunitario de la aldea.

En la plaza que se abre frente al centro comunitario, los hombres de la aldea ejecutan ya la tradicional danza del O-bon, una costumbre heredada de las islas principales de Japón. En uno de los intermedios, suenan unos tambores en señal de llamada. Los tres boze, portando sus respectivos bastones bozemara (símbolo fálico), irrumpen en silencio en la plaza, donde gesticulan en actitud amenazante hacia la concurrencia, pisoteando la tierra y haciendo vibrar sus vestimentas vegetales. Las hojas de birō producen un sonido inquietante y las grandes orejas se mueven y chirrían siniestramente a cada movimiento.

La pantomima es amenizada por los estridentes gritos procedentes del sagashiboze, el más pequeño de los tres, quien con sus embarrados pies se mete en el salón del centro comunitario. Sus dos compañeros continúan persiguiendo a las chicas y a los niños por la plaza, amenazándolos con clavarles sus puntiagudos bastones. Los más pequeños huyen despavoridos. Se dice que recibir algún que otro pinchazo es de buena suerte, así que las chicas no se resisten tan fieramente.

En el salón, el suelo de tatami ha quedado cubierto de barro, pero nadie se atreve a recriminar a los boze. El aire se llena de alaridos y dulzonas voces femeninas, creando un ambiente de excitación generalizada. Después de haberse empleado a fondo, los boze se retiran del lugar agitando sus cuerpos. Ha sido cosa de 20 minutos.

Tres boze imponen su ley en la explanada frente al centro comunitario.

Ya de noche, nos dirigimos al patio de la escuela primaria, iluminado por la luna llena, donde se lleva a cabo una danza lunar que es común a las islas de Amami.

Las cristalinas voces de las mujeres, que parecen hacer vibrar el claro aire de la noche, y las nervudas voces masculinas, curtidas en los salobres vientos del mar, llenan de melancólicas resonancias el firmamento de esta pequeña isla perdida en el océano, fundiéndose con el ruido de las olas. Se tiene la sensación de que en esta isla donde alientan los dioses de los mares del sur, perviven todavía los utagaki, aquellas dionisíacas reuniones de jóvenes de ambos sexos que en tiempos remotos celebraban o propiciaban, entre cánticos y danzas, una rica cosecha.

Hace 40 años, la tradición de los boze, que hasta entonces había sido un ritual esotérico vedado a los extraños, cobró un carácter público hasta convertirse en un símbolo de las islas Tokara. Desde hace unos 10 años existen paquetes turísticos que incluyen la asistencia a este acto, que en marzo de este año ha recibido la calificación de bien cultural etnográfico inmaterial de importancia. La pena es que el referido baile lunar que se desarrollaba a lo largo de toda la noche, y que nos remitía a los míticos tiempos de los dioses, en los últimos años ha dejado de celebrarse.

Un tōfu muy original y exquisitos brotes de bambú

Akusekijima está bañada por la corriente de Kuroshio. El bonito, el pez volador, el peto (Acanthocybium solandri), la langosta iseebi (Panulirus japonicus) y la concha helicoidal yakōgai (Turbo marmoratus) son algunos de los muchos productos marinos que enriquecen la gastronomía isleña. Pero lo más característico de Akusekijima, en el aspecto culinario, lo que la diferencia del resto de las islas del archipiélago, es la costumbre de hacer el tōfu (cuajada de soja) con agua marina, sin aplicarle el proceso que se sigue habitualmente para elaborar el tradicional nigari. El ligero sabor salado realza el dulzor de la soja y el aroma es muy rico. Bien escurrido, se consigue un tōfu de textura muy firme, que no se deshace fácilmente al ser bien cocido usarlo. Pero la forma más exquisita de tomarlo, según dicen, es sin escurrir, es decir, con el tōfu bien cuajado pero impregnado de su líquido. Servido caliente y solo, uno tiene la sensación de estar tomando una sopa llena de ricos ingredientes. Mientras las abuelas de la isla, nacidas antes de la Segunda Guerra Mundial, estaban en forma y lo elaboraban, con suerte era posible probarlo en las pensiones, pero hoy en día solo se sirve en ciertas fechas señaladas.

Elaboración del tōfu al estilo de la isla. Momento en que se añade agua marina para cuajar la pasta de soja cocida.

Otro elemento indispensable en la comida que se sirve en esas fechas especiales son los brotes del bambú daimyō (Ryūkyū-chiku). La prefectura de Kagoshima es rica en variedades de esta planta, que expresadas en el dialecto local y ordenadas por orden de exquisitez quedarían así: deme, kosan, kara, hacchi’ y moso. Sin menospreciar el resto, convendremos en que el deme se lleva la palma.

Preparando los brotes de bambú daimyō para su expedición.

Cuando está fresco, no tiene ni rastro del amargor que podría temerse encontrar en él y está ya preparado para ser cocinado. Es tan rico cocido en agua como salteado en sartén, frito en aceite o servido en sopa. Pero la mejor forma de hacerlo es asándolo, sea con hornillo de gas o a la brasa, aunque, si es posible, lo mejor es enterrarlo, sin quitarle las partes duras que lo cubren, en las cenizas del fuego. El dulzor y el umami se concentran, lo mismo que su aroma. Una verdadera delicia.

Fuentes termales alejadas de todas las rutas

Akusekijima nunca ha sido una isla demasiado turística, pero para los aficionados a descubrir fuentes termales en los lugares más recónditos, es todo un santuario que amerita una visita. La costa que se extiende al norte del puerto de Yasurahama, punto de conexión del ferry, está plagada de fuentes termales. La zona de mayor concentración está cerca de la aldea de Hama, bajando por la carretera que encontramos a la izquierda.

La carretera nos llevará directamente hacia el mar. En una gran roca de la costa veremos pintado el símbolo de “fuente termal” (véase la fotografía). Justo debajo de esa roca, dentro del mar, se encuentra un surtidor natural de agua caliente. Cuando la marea está en su punto más bajo el agua resulta tan caliente que no podremos bañarnos y cuanto está en su punto más alto no se aprecia demasiado, así que para disfrutar habrá que preguntar a los lugareños cuál es el momento más adecuado. Un poco más a la derecha de este surtidor submarino hay otra instalación llamada Yudomari Onsen (de 16.00 a 21.00, 200 yenes), con vestuarios y termas separados para los dos sexos.

El surtidor submarino de agua caliente situado bajo esta roca calienta más o menos el agua en función de la fase de la marea, un detalle que no deberemos pasar por alto.

Yendo un poco más allá encontraremos un camping, en cuyas proximidades hay una ladera donde se aprecia un gran número de fumarolas. En la parte baja de esta ladera hay un lugar donde se puede disfrutar del calor emanado de la arena. A diferencia de Ibusuki (isla de Kyūshū), donde se disfruta de un baño seco enterrándose en la arena, aquí se utiliza el método de tumbarse sobre la arena colocando una manta o cualquier otra cubierta, siendo por tanto más parecido a las saunas sobre losas de piedra calientes.

Las termas al aire libre de Yudomari Onsen ofrecen bellos atardeceres, pero los tifones las inhabilitan frecuentemente.

Datos

Accesos: La travesía marítima desde el muelle del puerto principal de la ciudad de Kagoshima dura 10 horas y media. Desde el puerto de Naze, en la isla de Amami Ōshima, es de cinco horas y 10 minutos. Ambos tienes dos servicios semanales.

Extensión: 7,49 kilómetros cuadrados.

Población: 72 personas.

Fotografías y texto: Saitō Jun.

Fotografía del encabezado: los boze parten del lugar llamado tera, donde antaño se erigió un templo budista.

(Traducido al español del original en japonés)

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  • [16.11.2017]

Reportero freelance. Nació en Morioka (prefectura de Iwate) en 1954. Siendo universitario, comenzó a recorrer las islas y los lugares más apartados de Japón. Comenzó su carrera independiente tras haber trabajado en la redacción de una revista de viajes. Sus temas preferidos son la vida insular, los viajes, la gastronomía y las actividades agrícola, forestal y pesquera, entre otros. Ha visitado todas las islas habitadas de Japón, a excepción de la de Minamitorishima. Cuenta entre sus títulos con Setonaikai, shimatabi nyūmon (“Introducción a los viajes por las islas del Mar Interior de Seto”), Nippon shima isan (“Patrimonio insular de Japón”), Nihon ‘shimatabi’ kikō (“Diario de viajes por las islas de Japón”), Shun no sakana wo tabearuku (“Recorrido gastronómico por los pescados de temporada”), Shima: Setonaikai wo aruku 1-3 (“Islas: Recorridos por el Mar Interior de Seto, 1-3”), o Zettai ni ikitai!, Nihon no shima (“Islas de Japón que no hay que perderse”). Su publicación más reciente es Shimayama 100-sen (“Selección de 100 montes insulares”).

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