Panorama Sado, una isla inolvidable
Una nueva vida para una vieja casa: la historia del ‘minshuku’ Yosabei
[15.02.2018] Leer en otro idioma : 日本語 | 简体字 |

Procedentes de Tokio, llegaron a Sado con su bebé, a raíz del Gran Terremoto del Este de Japón de marzo de 2011. En la isla, reformaron una gran casa solariega construida en el periodo Edo y la transformaron en un minshuku. En medio de la naturaleza, disfrutando la riqueza en su verdadero sentido, este joven matrimonio trabaja ahora para transmitir el encanto de Sado tanto a los visitantes como a los propios isleños.

Salir de Tokio: un deseo avivado por el desastre

Sado, en la prefectura de Niigata, es la mayor de las islas que emergen frente al litoral del mar del Japón. En la llanura central de la isla, se alza una casa con más de 200 años de antigüedad que ha sido reformada y ahora funciona como minshuku (vivienda que funciona como pensión) rural. Lo que más llama la atención en esta construcción son sus muros anaranjados y sus pilares negros. En sus terrenos, rodeados de campos de arroz, arboledas y ríos, todavía quedan restos de lo que fue la explotación agrícola, con un viejo granero que en tiempos almacenó arroz, un edificio destinado a las reservas de miso (pasta de soja fermentada) y otras instalaciones.

La vieja casa con más de dos siglos de historia, cuyo edificio principal tenía cubierta de paja, ha resucitado como la pensión Yosabei gracias a la reforma realizada por la firma Karl Bengs. El edificio de la derecha, ya en desuso, es un viejo almacén de aperos de labranza.

La nueva etapa como minshuku de este conjunto se abrió el 1 de mayo de 2016, cuando la pareja formada por Nakatsuka Yūki (31 años) y su esposa Shūko (30), llegados de Shinjuku (Tokio), comenzó a regentarlo, siguiendo el estilo de alojar a una sola pareja o grupo cada día.

Los Nakatsuka se conocieron en uno de los seminarios de la Universidad de Hōsei, donde cursaban estudios, se casaron y comenzaron a vivir en Tokio, donde cada cual tenía su trabajo. Así siguieron hasta que, el 11 de marzo de 2011, ocurrió el Gran Terremoto del Este de Japón. Este hecho marcó un antes y un después en sus vidas, y decidieron dejar la capital.

“Nos impresionó ver hasta qué punto eran frágiles las estructuras que sostienen el funcionamiento del centro urbano”, dice Yūki. Fue el movimiento más violento registrado en la historia sismológica del país y aquel día los medios de transporte del centro quedaron totalmente paralizados. Los Nakatsuka tuvieron que regresar a su casa a pie desde sus respectivos lugares de trabajo. Y les costó más de cinco horas llegar.

Al terrible golpe del terremoto vino a sumarse otro no menos doloroso: el accidente en la central nuclear Fukushima Dai-ichi, operada por la eléctrica TEPCO. Supieron lo que es el temor a la propagación de las sustancias radiactivas emanadas de la instalación. Sufrieron las interrupciones eléctricas que se decretaron para paliar el insuficiente suministro, así como los problemas de abastecimiento de bienes, fruto de los cortes ocasionados en las redes logísticas.

Shūko, que tuvo que recurrir al agua embotellada para lavar el arroz, sintió que en Tokio ni siquiera era posible asegurarse los alimentos y esto la intranquilizó.

Justo en aquellos momentos llegó a oídos de Shūko que en su familia se hablaba de demoler la casa de Sado, en la que su abuelo había vivido hasta 2001, y que después había quedado vacía. Los suelos presentaban hundimientos, las puertas correderas ya no corrían y había muchas goteras. En la familia predominaba la opinión de que la única solución era derribarla. “Era la casa a la que iba de niña, cruzando el mar, para visitar a mis abuelos”, recuerda Shūko, nacida en la capital prefectural, “y me entraron deseos de preservar aquella casa a toda costa”.

El encuentro con un arquitecto alemán

Cuando empezaron a pensar cómo podrían reformar la casa, Yūki encontró en una biblioteca un libro que presentaba el trabajo de Karl Bengs, un diseñador alemán que ha rehabilitado muchas viejas casas rurales japonesas. Al saber que Bengs vivía en la ciudad de Tōkamachi, situada también en la prefectura de Niigata, en una casa reformada por él mismo, los Nakatsuka visitaron su oficina, situada en la misma ciudad. Y decidieron encargarle la reforma.

Disponían de un presupuesto limitado, pero Bengs dice que lo conmovió el afán que tenía la joven pareja de preservar la casa que había pertenecido a su familia durante generaciones. Siguiendo la norma de aprovechar al máximo los materiales de la vieja casa, sin mutilarlos ni desecharlos, Bengs optó por un diseño vistoso, levantando el piso de la planta alta y dejando a la vista toda la estructura que se ocultaba en el desván.

El llamativo conjunto de pilares y vigas de una casa antigua reformada, un espacio en el que se siente la presencia de todas las generaciones familiares que han habitado la casa.

Para hacer esas vigas y pilares tan gruesos que cruzan el espacio interior en todas las direcciones, se utilizaba, según le contaban a Shūko, la madera de un árbol que crece en Sado, llamado atebi, así como la de castaño, pino y cedro japonés, también de la isla. Shūko dice que el proyecto de rehabilitación de su vieja casa familiar le ha servido para fortalecer sus lazos afectivos con Sado.

A petición de los Nakatsuka, el estudio de arquitectura de Karl Bengs utilizó en la fachada de la casa rehabilitada el mismo tono naranja de su sede social.

Un ambiente ideal para criar a los niños

El hecho decisivo en el traslado de los Nakatsuka a Sado fue el nacimiento de su hija primera Kiharu en 2014, mientras llevaban adelante el proyecto de rehabilitación. Shūko señala que, a diferencia de Sado, donde no existe el problema, en Tokio resulta muy difícil encontrar una plaza de guardería. Para los Nakatsuka, un matrimonio en el que ambos cónyuges trabajan, poder colocar a su hija en una guardería era un problema crucial.

Mientras Shūko lidiaba en Tokio con el tema de la guardería, Yūki se ocupaba en Sado de los interiores de la casa.

Cuando estaba recubriendo las paredes con estuco y tinte de Bengala (rojizo), una persona de la isla le propuso trabajar para la compañía Niigata Kōtsū Sado, que opera servicios de autobús y taxi. La propuesta le vino como anillo al dedo y enseguida la aceptó. Encontrar un trabajo de esta forma tan imprevista y antes incluso de que la casa estuviera terminada aceleró los planes de mudanza de los Nakatsuka.

Vivir en el campo era un nebuloso sueño que tenían, según cuenta Yūki, desde antes incluso del gran terremoto. Cuando ocurrió la crisis derivada de la quiebra de la financiera Lehman Brothers, Yūki trabajaba en una empresa de envío de personal gestionando procesos de reajuste de plantilla en otras empresas, y era dolorosamente consciente de que residir en la capital no garantizaba la estabilidad en el empleo.

Cuando comunicó a sus compañeros de trabajo y amigos, así como a sus padres, que viven en la prefectura de Saitama, que había decidido mudarse a Sado, la reacción general fue de estupor. Todos se extrañaban de que diera un paso tan arriesgado. Pero Yūki afirma que el paso no fue arriesgado, sino seguro.

Con una extensión 1,4 veces mayor que la de los 23 ku (municipios) que forman el centro urbano de Tokio, la isla de Sado tiene una población de apenas 60.000 habitantes. Proporcionalmente a su población, Sado ofrece muchas más guarderías, escuelas y hospitales que Tokio. Por supuesto, Sado tiene otros muchos atractivos extras, como poder disfrutar de sus productos marinos, verduras y arroz, todos de gran calidad.

Según datos del ayuntamiento de Sado, durante el año fiscal posterior al del referido terremoto, se mudaron a la isla 22 personas, el doble que durante el año anterior. Y esta cifra ha ido aumentando en años sucesivos, hasta alcanzarse las 86 personas en el año fiscal 2016. El ayuntamiento ha establecido, dentro de su departamento de Desarrollo Local, un centro de apoyo para dar información a quienes aspiran a iniciar una nueva vida en la isla.

Un lugar de encuentro para los de casa y para los de fuera

Si quienes se establecen en Sado pueden considerarse ya afortunados, probablemente los Nakatsuka lo son aún más. Los abuelos de Shūko eran de una familia de shōya (adinerados terratenientes locales) y el matrimonio heredó muchos terrenos además de la casa, si bien esta había permanecido deshabitada durante 10 años. Y, por encima de todo, ellos no podían considerarse “extraños” en la isla. En el barrio los recibieron como a los nietos de aquellos vecinos que habían vivido en el lugar.

En respuesta a esta actitud tan positiva, el año pasado los Nakatsuka abrieron en su minshuku un café en el que, todos los martes y miércoles, pueden reunirse en un ambiente familiar los vecinos de la zona. El espacio de la casa está a disposición de todos para la ceremonia del té, para pequeños conciertos y también como taller. Por supuesto, no por ello el minshuku deja de cumplir la función para la que nació: dar a conocer a los visitantes los encantos de la isla. Es más: funciona también como ventanilla de consulta para quienes estudian la posibilidad de quedarse a vivir allí.

La habitación de la planta superior, con ventanas en tres lados, es muy recomendable por su luz y su buena ventilación.

Tuvimos la oportunidad de alojarnos en el minshuku Yosabei. A la mañana siguiente, nos aguardaba en la mesa el desayuno preparado por Shūko, en el que eran protagonistas el arroz local, con su característico dulzor, y toda la frescura de las variadas verduras y hierbas que los Nakatsuka cultivan en su huerta. Vimos como Yūki, después de haber jugado un rato con su hija, la llevaba a la guardería de paso que iba al trabajo, en su coche. Aquí el tiempo pasa despacio y el día da de sí mucho más que en Tokio.

“Si me propusieran otra vez rehabilitar una casa vieja, me lo pensaría muy bien antes de aceptar la idea”, reconoce Yūki, “pero creo que aquella decisión de venirnos a Sado fue un gran acierto”. “Seguiremos aquí”, añade Shūko, “compartiendo con los de casa y con los que vienen de fuera las bellezas naturales de Sado, y cuidando al máximo los lazos de amistad”.

Nakatsuka Shūko y Yūki con su hija Kiharu frente a la puerta del minshuku Yosabei.

Reportaje y texto: Kawakatsu Miki
Fotografías: Nakagawa Kōsuke

Fotografía del encabezado: los Nakatsuka salieron a recibirnos a la puerta del minshuku Yosabei, diseñado por Karl Bengs.

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  • [15.02.2018]
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