Panorama Sado, una isla inolvidable
La isla que hizo de Japón un país legendario
[24.01.2018] Leer en otro idioma : 日本語 | 简体字 | Русский |

Con su oro y su plata, extraídos a lo largo de 400 años, las minas de la isla de Sado sostuvieron las finanzas del shogunato de Edo y siguieron teniendo un importante papel, a partir de la era Meiji, en el proceso de modernización de Japón. Además de su influjo puramente económico, la presencia de las minas se ha hecho sentir en todas las facetas de la vida de la isla, pues han impulsado sus diversas industrias y difundido muchos elementos culturales. Presentamos en este artículo la historia y el legado dejado por estas minas, cuya inscripción en la lista del patrimonio cultural de la humanidad de la Unesco está en tramitación.

Famosa como la “Isla del Oro” ya en el periodo Heian

La isla de Sado o Sadogashima ha sido conocida como la “Isla del Oro” desde la antigüedad. En el Konjaku monogatari-shū, una colección de cuentos de finales del periodo Heian (primera mitad del siglo XII) hay una narración en la que un minero al servicio del señor de Noto es enviado a Sado, de donde regresa con mil ryō (unos 40 kilogramos) de oro. El famoso Zeami, padre del teatro (Noh), quien fue desterrado a Sado, dejó una colección de cancioncillas cuyo título es Kintōsho (“Libro de la Isla del Oro”, 1434).

A la izquierda, el monte Toramaruyama, en el lugar de arenas auríferas de Nishimikawa. A la derecha, el paraje de Ōtakimabu, donde están los antiguos túneles de la mina de plata de Tsurushi.

Históricamente, la primera explotación de oro de Sado fue la de Nishimikawa (hacia 1460). Se cree que, en aquellos primeros tiempos, eran arenas auríferas lo que se extraía. Pero fue el descubrimiento de la mina de plata de Tsurushi, en 1542, lo que puso en marcha la acumulación de técnicas de extracción y métodos de explotación comercial de los metales preciosos en Sado. Y cuando, en 1601, los responsables de Tsurushi descubrieron las vetas de oro y plata de Aikawa, gracias a esa experiencia previa fue posible conseguir un rápido desarrollo. Y ese fue el comienzo de la historia de la isla de Sado como gran productora de oro.

La hendidura conocida como Dōyū no Wareto es la imagen más emblemática de las minas de oro y plata de Aikawa. La explotación a lo largo de siglos de la enorme veta de oro dejó su indeleble huella en forma de una aguda “V” de 74 metros de profundidad y 30 metros de anchura en su parte más alta.

Pueblos transformados por la fiebre del oro

Apenas un año después del descubrimiento de Aikawa, en 1602, el shōgun Tokugawa Ieyasu recibió del primer daikan (administrador) de Sado, Tanaka Seiroku, un envío de 10.000 kan (37.500 kilogramos) de plata. Este cargamento equivalía a 170.000 ryō (cerca de 6.400 kilogramos) de oro. Su valor actual se calcula en unos 20.000 millones de yenes. Hoy en día, las minas de oro y plata de Aikawa suelen llamarse “minas oro de Sado”, pero a principios del siglo XVII se extraía más plata que oro, y Aikawa era la segunda mina que más plata producía del mundo, después de la de Potosí, en la actual Bolivia. En su apogeo, producía anualmente 400 kilogramos de oro y 40.000 de plata.

El bugyōsho (oficina del magistrado, máxima autoridad en representación del shōgun) ha sido reconstruido con gran fidelidad. Se encuentra en el camino que conduce hacia el sitio histórico de las minas de oro de Sado.

Consciente del gran valor de las minas de oro y plata, Ieyasu incluyó Sado en los dominios directos de bakufu (gobierno militar) en 1603, año de su creación. Uno de sus ayudantes, Ōkubo Nagayasu (también conocido como Ōkubo Chōan, 1545-1613), un hombre con experiencia en la administración minera, fue enviado a Sado como administrador con la misión de dirigir las minas y reformar el pueblo de Aikawa.

Aikawa, que hasta esas fechas era una modesta aldea con menos de 20 casas, fue transformándose, a lo largo de la primera mitad del siglo XVII, en una ciudad minera de más de 50.000 habitantes, un volumen de población similar al del floreciente centro comercial de Nagasaki en la segunda mitad del mismo siglo. Aikawa disponía de una extensión de unos 16 kilómetros cuadrados, pero solo algo menos de la mitad eran edificables. Para paliar la escasez de espacio, se construyeron muchas viviendas de tres pisos, algo que todavía no era habitual en la época. El libro Sado Fudoki deja constancia de la frenética actividad de la zona y del rápido ritmo al que se construían los nuevos edificios, en un proceso de crecimiento que le valió a Aikawa el sobrenombre de Kyōmachi o “barrio-capital”.

Un diorama muestra cómo era el Aiwaka del periodo Edo, en el Centro de Documentación Histórica y Exposiciones de la institución Shiseki-Sado Kinzan.

No solo los delincuentes trabajaban en las minas

Además de Zeami, otros muchos personajes históricos fueron desterrados a Sado, como el emperador Juntoku (1197-1242), tras su abdicación, o el monje budista Nichiren (1222-1282), fundador de la secta homónima. Quizás por esta razón, los japoneses tienden a pensar que todos los trabajadores de las minas de Sado eran delincuentes que cumplían allí sus penas. Sin embargo, Nabata Shō, relaciones públicas de la institución Shiseki-Sado Kinzan (Sitio Histórico de las Minas de Oro de Sado), en cuyas salas se exponen los restos de las antiguas estructuras mineras, señala que se trata de una imagen distorsionada.

Según explica Nabata, además de los yamashi (artesanos que procesaban los minerales extraídos), trabajaban también los llamados mushukunin (sin residencia o no registrados). A mediados del periodo Edo (1603-1868) ocurrió en Japón una serie de desastres naturales y hambrunas, hechos que dieron lugar a una gran corriente migratoria hacia la capital, Edo (actual Tokio) de personas que había perdido su trabajo o su casa. Los mushukunin no eran delincuentes, pero sí vistos como delincuentes potenciales, y el bakufu tuvo muchas dificultades para lidiar con la situación.

Reproducción de uno de los lugares de reunión y descanso para los artesanos que trataban los minerales en los Túneles de Sōdayu durante el periodo Edo. Estos profesionales recibían elevados salarios.

En aquella época, las minas de oro y plata de Sado sufrían una grave carencia de mano de obra. Al principio, la explotación se hacía al aire libre o a niveles superficiales, pero 90 años después de su inicio, se hacían ya excavaciones por debajo del nivel del mar. Las labores eran una continua lucha contra el agua que inundaba túneles y galerías, y es entonces cuando entran en escena los mizukae-ninsoku (operarios encargados de sacar el agua).

Maqueta de los túneles y galerías, en una de las salas de exposiciones. Nada más parecido a un hormiguero.

Al principio, se encargaban de hacer este trabajo los hijos segundos y terceros de los agricultores de la zona, que no iban a heredar. El trabajo era duro pero el pago generoso, y el dinero fluyó hacia las aldeas vecinas. Sin embargo, a medida que los túneles alcanzaban mayor profundidad aumentaba también la peligrosidad y las minas se vieron afectadas por una creciente escasez de mano de obra. En esta situación, los mushukunin de Edo comenzaron a ser enviados a Sado.

“Se tiende a ver las minas de Sado”, explica Nabata, “como lugares donde se explotaba a delincuentes tatuados, pero no eran así. A lo largo del periodo Edo, trabajaron en ellas un total de 1.874 mushukunin. Existen registros que prueban que, en su apogeo, la ciudad minera de Aikawa llegó a tener una población de 50.000 habitantes y esto es señal de que la mayor parte de los mineros no eran delincuentes, sino artesanos de alto nivel técnico y otros habitantes de la ciudad”.

El agua que inundaba las galerías de las minas se extraía con bombas llamadas suishōrin.

Primera productora de plata y segunda de oro de Japón

Las minas de Sado produjeron oro y plata durante todo el periodo Edo, llegándose incluso a acuñarse moneda en Aikawa. Se cree que ese suministro, que permitió al bakufu surtirse de oro y plata sin recurrir al extranjero, fue uno de los factores que posibilitaron la política de prolongado cierre de fronteras que caracterizó dicho periodo.

Dos tipos de moneda (koban e ichibukin) con acreditación de valor, expuestas en la Sala 2. (Fotografía: Golden Sado)

A partir de la Restauración Meiji (1868), las minas pasaron a ser administradas por el recién formado Gobierno. Se contrató a técnicos extranjeros y se introdujeron las más modernas tecnologías, avanzándose en la maquinización. En 1889, pasaron a formar parte del patrimonio de la Casa Imperial, siendo gestionadas por un órgano del ministerio que se ocupaba de la misma. Siete años después fueron privatizadas, siendo adquiridas por la sociedad comanditaria Mitsubishi, origen del zaibatsu homónimo. Las mayores producciones se alcanzaron hacia 1940, siguiendo los exigentes planes trazados durante la guerra. Las minas de Sado continuaron produciendo después de la contienda hasta su cierre definitivo en 1989, con el que se puso fin a una historia de 388 años.

El espesador de minerales de 50 metros de diámetro construido en 1940.

Las vetas auríferas y argentíferas de Sado se extendían a lo largo de tres kilómetros de Este a Oeste y de 600 metros de Norte a Sur, con un espesor de 800 metros. Este espacio relativamente pequeño quedó repleto de pozos y túneles, que alcanzaron una extensión total de 400 kilómetros, una longitud equivalente al doble del perímetro de la isla. El punto de mayor profundidad se encontraba a 530 metros por debajo del nivel del mar y el peso total de las rocas removidas se calcula en unos 15 millones de toneladas. Un cubo que reuniera todo este material tendría 180 metros de lado.

Los túneles de Dōyū, que fueron explotados entre la década de 1890 y 1989. La temperatura en el interior de los túneles es fría, de unos 10 grados a lo largo del año, así que los visitantes deben ir bien abrigados incluso durante el verano.

“De una roca de una tonelada de peso se extrae un promedio de cinco gramos de oro. De las minas de Sado se extrajeron un total de 78 toneladas de oro y 2.330 de plata. En producción acumulada de oro, Sado fue superada por las minas de Hishikari (prefectura de Kagoshima) en 1977, pero en producción de plata continúa siendo líder de Japón”, comenta Nabata.

Nabata Shō, responsable de relaciones públicas de la sociedad anónima Golden Sado, que opera Shiseki-Sado Kinzan.

Hacia su inscripción en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco

Durante el periodo Edo, Sado sustentó las finanzas del shogunato de los Tokugawa; ya en la era Meiji, contribuyó a la modernización de Japón. En tiempos de guerra, fue puesta al servicio de los planes gubernamentales de incremento productivo, y su actividad continuó a menor nivel hasta el primer año de la era Heisei (1989). Con toda razón puede decirse que Japón ha caminado de la mano de Sado durante esta larga historia.

Se conserva también la maquinaria utilizada en las minas de Sado a partir de la era Meiji, de gran valor documental.

Actualmente, el conjunto formado por las minas de oro y plata de Aikawa, Nishimikawa y Tsurushi, con todo su patrimonio relacionado, ha sido incluido en la lista provisional del Patrimonio Mundial de la Unesco. No es posible encontrar en todo el mundo otra isla en la que, como en Sado, pueda sentirse de una forma tan directa la trayectoria histórica que han seguido las tecnologías y métodos de explotación comercial utilizados en unas minas, así como en los modos de vida relacionados, durante más de 500 años (si incluimos la explotación de arenas auríferas).

Restos de la Planta de Flotación de Kitazawa, que fue considerada la más importante de Asia Oriental en su género. Actualmente recibe iluminación en verano para ser contemplada también de noche.

Shiseki-Sado Kinzan

  • Dirección: 1305 Shimoaikawa, Sado, Niigata.
  • Tel.: 0259742389
  • Horario: 8.00 – 17.30 (abril-octubre) y 8.30 – 17.00 (noviembre-marzo), abre todos los días del año.
  • Tarifa: Túneles de Sōdayu y de Dōyū, 900 yenes cada uno (los niños pagan la mitad y hay descuentos para los grupos). En caso de visitar las dos la tarifa es de 1.400 yenes para los adultos (ídem). Se ofrecen también recorridos guiados.

Entrada de Shiseki-Sado Kinzan.

Reportaje y texto: Aoki Yasuhiro
Fotografías: Miwa Noriaki

Fotografía del encabezado: ruinas de la planta de flotación de Kitazawa.

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  • [24.01.2018]
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