Rutas a cielo abierto sobre el metro de Tokio
Pasear por la línea Ginza: vistas evocadoras por la línea de metro más antigua de Tokio
Guíade Japón
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Una gira por el tiempo libre de Tokio
Tras explorar las zonas alrededor de la línea Yamanote dedico mi nuevo proyecto de paseos al sistema de metro; y qué mejor forma de comenzar que la línea Ginza. La sección entre Ueno y Asakusa comenzó a operar el 30 de diciembre de 1927, evento que marcó el nacimiento del metro de Tokio. Las obras en esta línea progresaron a trancas y barrancas, marcadas tanto por las sacudidas económicas y la guerra como por la planificación urbana; la demanda, sin embargo, fue inmediata y aplastante. Los pasajeros, se cuenta, hacían cola durante horas para experimentar un viaje que apenas duraba cinco minutos; pero la novedad de viajar por el subsuelo era demasiado buena como para resistirse. Todos querían vivir en carne propia un nuevo medio de transporte que prometía velocidad y modernidad.
No fue hasta 1953, dicho sea de paso, cuando el nombre “Ginza” se aplicó a la línea, para distinguirla de la línea Marunouchi, más moderna. Para entonces, lo que había comenzado como un frágil experimento se había convertido en una arteria esencial de transporte.
A medida que sigo en un mapa de Tokio la línea naranja de la Ginza, que serpentea por el centro de la ciudad, descubro un tema recurrente: este metro traza no solo una ruta, sino una secuencia, casi una cronología, de cómo ha aprendido la metrópoli a usar su tiempo libre.
La línea se adentra, desde su comienzo en Asakusa, en el primer barrio moderno de entretenimiento de Tokio, donde, a finales de la era Meiji (1868-1912) y en la era Taishō (1912-1926), las multitudes se agolpaban para asistir a funciones de teatro, espectáculos callejeros y la novedad del cine. En la estación de Ginza entramos en una zona más consciente sobre el tiempo libre: un barrio que ha seguido reinventándose desde finales del siglo XIX, de escaparate enladrillado de modernidad occidental a paraíso consumista de posguerra, y más tarde a pulido enclave de lujo. Para cuando la línea llega a Shibuya el tono ha cambiado de nuevo. Aquí, en los años de la era Shōwa (1926-1989) tardía y en la era Heisei (1989-2019), el ocio se fue fragmentando en cultura joven, tribus de moda y un chorro interminable de tendencias; la gente no se limitaba a ver o pasear, y el tiempo libre se hacía más rápido, más autodirigido.
Viejos hogares, viejos santuarios
Pero la línea Ginza no consiste solo en pasarlo bien. Tanto los turistas como los inquilinos tratan el trecho entre las estaciones de Tawaramachi e Inarichō como una zona de relleno con poco interés entre Asakusa y Ueno, pese a que en realidad se trata de una de esas joyas urbanas ocultas que merece más atención. En ella encuentro un área llena de templos y santuarios donde se superponen las artesanías, el comercio y la fe. La calle Asakusa-dōri, sobre todo, cuenta con una larga hilera de tiendas que exponen tablillas votivas, incienso, campanas y demás parafernalia religiosa. No se trata solo de tiendas de recuerdos; ofrecen sus servicios a familias, templos y funerarias, y les proporcionan la gramática material del duelo y el recuerdo.
Aún más impresionantes son los butsudan, pequeños altares budistas lacados que la gente tiene en casa para rezarles a sus antepasados, y a los que a veces un espíritu maligno arrastra a alguien desprevenido; al menos, así ocurre en películas de J-horror como Juon (La maldición).
Dejando de lado las historias de miedo, también merece la pena visitar esta zona por su atmósfera retro y su porcentaje relativamente alto de edificios muy antiguos. Tras una rápida visita a Seikyōji, un tranquilo templo local donde presento mis respetos ante la tumba del famoso artista de ukiyo-e Katsushika Hokusai, camino por las callejuelas entre Moto-Asakusa y Higashi-Ueno. Muchos de los edificios en estos barrios están cubiertos de placas de hierro corrugado, probablemente para protegerlos de incendios. Hay también algunas casas de antes de la guerra en las que, según un guía local, solían vivir las amantes de personas importantes del pasado.

La discreta tumba de Katsushika Hokusai, uno de los artistas más importantes de Japón. (© Gianni Simone)
Estos barrios aún se mueven a los ritmos de la vida del shitamachi (los barrios populares): casas, comercios y santuarios pequeños entretejidos en las rutinas diarias. Merece la pena visitarlos, sobre todo si a uno le gusta la arquitectura histórica. Hasta hace unos pocos años, cinco viejas nagaya, las “casas largas” tradicionales de la urbe, de estrechas fachadas, seguían aún en pie unas junto a otras, tras haber sobrevivido milagrosamente incendios, terremotos y bombardeos en la guerra. Por desgracia hoy día solo quedan dos; si uno quiere visitarlas, es mejor que se apresure.
En Inarichō varios santuarios de zorros se esconden entre los edificios. El propio nombre de la estación refleja la presencia del culto a Inari: pequeños santuarios dedicados a una deidad asociada al arroz, la prosperidad y la protección. El visitante no encuentra grandes complejos; solo estatuas de zorro que flanquean altares modestos, a veces con baberos rojos atados por manos anónimas. El santuario Shitaya, al sur de la estación de metro, es quizá el más importante de todos, aunque solo sea porque es, fundado en el año 730 a. de C., el santuario Inari más antiguo de Tokio.
Descubrimientos eternos entre las torres
Y hablando de santuarios, mi siguiente parada es Toranomon. No es en realidad una zona turística, sino más bien un lugar por el que se pasa. Incluso con la reciente adición de Toranomon Hills, uno de los masivos proyectos de reurbanización en varias torres que han estado apareciendo por Tokio, uno siente la ausencia de narrativa. Al parecer no hay razones para bajar la velocidad. T‑Market, W Toranomon the Market, Toranomon Marché, Toranomon Yokochō… estos espacios toman prestado el lenguaje de los mercados sin usar su sustancia. Dan la sensación de ser réplicas de algo que existió una vez en otro lugar: los mercados originales a ras de calle, desplazados por las mismas fuerzas que ahora tratan de vender ese ambiente original de forma más limpia, segura y provechosa.
Si uno se aparta de las vías principales y comienza a explorar los callejones de Toranomon, pronto se perderá tratando de navegar por cortos carriles en ángulo que no se alinean con la cuadrícula moderna, y repentinas calles retorcidas o sin salida. La mayor parte de Edo no se distribuyó como una cuadrícula mercantil al uso, sino como un parche de límites entre mansiones de samuráis, y en zonas como Toranomon y Akasaka las calles siguen a menudo los límites de esos terrenos y el tirón de la topografía (crestas y cuestas) más que ningún plan global. Por eso Tokio produce aún esas sutiles irregularidades: esquinas, calles truncadas y extraños alineamientos que revelan un orden antiguo bajo la superficie moderna.
Para mí, lo más interesante del barrio no son los nuevos rascacielos, sino dos lugares religiosos: Toranomon Kotohiragū y el santuario de Atago representan dos de las formas en las que el viejo Tokio sobrevive dentro de la ciudad moderna. En Toranomon Kotohiragū el santuario se halla integrado a la perfección en una torre de oficinas de cristal y acero; su patio compacto ofrece un momento de paz y calma entre la densidad corporativa. A una corta distancia, el santuario de Atago se alza de pronto sobre las calles encima de Atago-yama, el punto natural más alto del centro de la ciudad, a 25,7 metros de altitud.

La famosa escalera del santuario de Atago cuenta con una cadena para agarrar, a medida que subimos los empinados escalones. (© nippon.com)
Se llega al santuario por medio de una empinada escalera de piedra que saca al visitante del distrito financiero y lo lleva a un espacio en el que puede respirar historia y un sentido perdurable de retiro.
La buena vida en el extremo oeste de la línea
Cuando llego a Omote-sandō, la opción lógica sería pasear por la avenida bordeada de árboles Zelkova serrata, camino que da a la estación su nombre, y derivar hacia el barrio de la moda joven, Ura-Harajuku, pero sobre él ya se ha escrito tanto como para aburrir al lector. Al cruzar al sur de la estación de Harajuku me percato de la existencia de un condominio antiguo que se expande a lo largo de la cuesta que desciende de Harajuku hacia Meiji-dōri. Debo de haber caminado por aquí millones de veces sin llegar realmente a verlo.
Una rápida búsqueda online me revela que Coop Olympia, completado en marzo de 1965, meses después de los Juegos Olímpicos de Tokio (de ahí su nombre), es uno de los lugares más famosos de Harajuku. La fachada gris en zigzag del edificio ya es bastante chocante, pero no llego a apreciar su verdadera belleza hasta que camino hacia la parte posterior y veo que su estructura se abre en forma de uve, limpia y deliberada. De cerca se nota claramente su edad; le vendría bien una nueva capa de pintura. O quizá no: los parches desteñidos aumentan su encanto retro.

La fachada gris de Coop Olympia era el culmen del lujo en viviendas urbanas, en los sesenta. (© Gianni Simone)
Cuando abrió sus puertas, muchos consideraron Coop Olympia el primer edificio de apartamentos de verdadero lujo de Japón; el precio de algunas de sus viviendas superaba los 100 millones de yenes. El condominio, de cemento reforzado con acero, presentaba comodidades que resultaban revolucionarias para el Japón de mediados de los sesenta: ascensores, aire acondicionado centralizado y un servicio de recepción como el de un hotel. Incluso hoy, desde mi posición estratégica, veo un aparcamiento lleno de Mercedes, Porsches y otros automóviles de gama alta.
Y Coop Olympia solo es la punta del iceberg. A medida que camino por las callejuelas tras el condominio descubro un barrio exclusivo de excelentes casas individuales y apartamentos exclusivos con nombres exóticos, como “La Maison de Rose”.
Para el último tramo entre Omote-sandō y Shibuya uso el metro, porque quiero experimentar cómo sale el tren a la superficie. Dado que Shibuya yace en el fondo de un valle, los constructores decidieron convertir esta sección en una vía elevada. En su momento esto significaba que los trenes salían al aire libre; hoy día, por desgracia, se mueven a través de luz filtrada por cristales, la ciudad visible tras ellos, pero atenuada.

La línea sube a la superficie en Shibuya, pero se mantiene arrebujada en su propio túnel. (© Gianni Simone)
La línea ya no llega tanto a romper la superficie como a hilar su camino entre la maquinaria urbana, más absorbida que liberada. Es una experiencia que se ajusta a la coreografía contemporánea de Shibuya: terrazas, flujos controlados, transparencia sin exposición.
Recomendamos visitar la página web de Tokyo Metro para ver el mapa completo de la red de metro de Tokio.
(Artículo traducido al español del original en inglés. Imagen del encabezado: la plataforma de la terminal de la línea Ginza en la estación de Shibuya - © Pixta.)
