La segunda cumbre Takaichi-Trump: haberla superado sin percances, el mayor logro

Política Mundo

El 19 de marzo, en medio del conflicto en Irán, la primera ministra Takaichi Sanae se reunió con el presidente Donald Trump en la Casa Blanca. Los temores a que las exigencias estadounidenses fueran excesivas o a que la alianza se resquebrajara resultaron infundados, y el éxito de la cumbre consistió en evitar un grave contratiempo.

Una cumbre empañada por la guerra

El 19 de marzo de 2026, la primera ministra de Japón, Takaichi Sanae, viajó a Washington D. C., donde celebró su segunda cumbre con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras la primera celebrada en octubre del año anterior en Japón. El encuentro comenzó con un cálido abrazo en el reencuentro de ambos líderes y se desarrolló en un ambiente de armonía hasta su conclusión.

Al inicio de la cumbre, el presidente Trump dio la bienvenida a Takaichi en la Casa Blanca elogiando la aplastante victoria del Partido Liberal Democrático en las elecciones a la Cámara de Representantes (Cámara Baja) del 8 de febrero, que calificó de “unas elecciones espectaculáres que han batido todos los récords”, y que, según él, le ofrecía “algo en común” con su propia experiencia. Tras describirla como “una mujer muy popular y poderosa”, observó cómo ella comenzaba dando las gracias en inglés para, a continuación, pasar al japonés. Fue entonces cuando Trump reconoció a su “muy buen intérprete”, Takao Sunao, del Ministerio de Asuntos Exteriores. Takao, director de la División del Acuerdo sobre el Estatuto de las Fuerzas de Estados Unidos en dicho ministerio, también desempeñó labores de interpretación para el primer ministro Abe Shinzō y es una figura familiar para el presidente, quien en el pasado lo ha llamado “el pequeño primer ministro”. La elección de este intérprete por la parte japonesa para la cumbre de este año da cuenta del esmero con que se cuidaron tanto las designaciones de personal como el resto de preparativos.

El viaje de Takaichi a Estados Unidos fue concebido originalmente con un objetivo distinto. Dado que el presidente Trump tenía previsto visitar China a finales de marzo, se buscaba evitar una situación en la que Washington dejara de lado a Japón y lograra un acercamiento conciliador en las relaciones sino-estadounidenses que pudiera perjudicar a Tokio. Los preparativos para la visita a Washington comenzaron en serio a principios de enero.

Fue también por esas fechas cuando la primera ministra anunció su intención de disolver la Cámara Baja y convocar elecciones generales. Japón albergaba, por tanto, dudas sobre si era realmente prudente avanzar en la preparación de la cumbre en un momento en que el resultado electoral era incierto; sin embargo, la parte estadounidense propuso con entusiasmo un calendario para la visita de Takaichi, aparentemente convencida de que lograría una victoria holgada y llegaría a Washington en una posición reforzada.

Aun siendo plenamente conscientes de que resulta imposible prever los movimientos de Donald Trump, los responsables del Gobierno japonés comenzaron ya en esa fase temprana a albergar mayores expectativas respecto a la cumbre, un optimismo alimentado por la evidente simpatía que Trump mostraba hacia Takaichi.

Sin embargo, esa imprevisibilidad terminó imponiéndose. Cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán el 28 de febrero y el presidente Trump pospuso su visita a China, los supuestos de partida del viaje de Takaichi a Washington se vinieron abajo. La cuestión pasó entonces a ser cómo respondería Japón, en su condición de aliado de Estados Unidos, a esta acción militar, y qué tipo de contribución exigiría Trump a Tokio. En marzo, Irán cerró de facto el estrecho de Ormuz, lo que disparó los precios del petróleo. La próxima cumbre bilateral entre Japón y Estados Unidos, que en circunstancias normales no habría atraído demasiada atención en la escena política internacional, adquirió de repente una relevancia considerablemente mayor.

Una reacción incomprensible ante la declaración conjunta de seis países

Desde el inicio de su segundo mandato en enero de 2025, el presidente Donald Trump ha arremetido con frecuencia contra las principales naciones europeas, llegando en ocasiones a tratar a otros miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte como si fueran adversarios. En este difícil contexto, el Gobierno japonés ha dado un paso al frente para sentar las bases de un apoyo a Estados Unidos en coordinación con los países europeos.

El día anterior a la cumbre de Takaichi con Trump, Japón se unió a otros cinco países —los también miembros del Grupo de los Siete Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, junto con los Países Bajos— para emitir una declaración conjunta sobre la situación en el estrecho de Ormuz. Los seis firmantes condenaron “en los términos más enérgicos” los ataques de Irán contra infraestructuras civiles y el “cierre de facto” de la vía marítima, declarando: “Expresamos nuestra disposición a contribuir a los esfuerzos apropiados para garantizar el tránsito seguro por el estrecho”. No obstante, el documento no incluía consideración alguna sobre la legalidad del ataque estadounidense contra Irán.

En sus declaraciones de apertura de la cumbre al día siguiente, el presidente Trump elogió el papel de Japón en esta declaración. “Hemos contado con un apoyo y una relación extraordinarios con Japón en todos los aspectos. Y creo que, a juzgar por las declaraciones que recibimos ayer… realmente están dando un paso al frente”. De forma desconcertante, pese a que los miembros de la OTAN habían suscrito la declaración junto a Japón, añadió: “A diferencia de la OTAN”. Los observadores se dividieron a la hora de interpretar este comentario: ¿era el desagrado de Trump hacia la organización demasiado profundo como para verse atenuado por una simple declaración conjunta, o estaba sugiriendo que esperaba que Japón asumiera en adelante un papel aún más activo en la cuestión iraní?

Trump ha señalado en repetidas ocasiones la dependencia de Japón de Oriente Medio para más del 90 % de su petróleo importado, subrayando la necesidad de una mayor contribución japonesa a la resolución de la crisis iraní. Sin embargo, el ministro de Asuntos Exteriores japonés, Motegi Toshimitsu, ha tratado de convertir esa dependencia en una fuente de fortaleza, manteniendo dos conversaciones telefónicas con su homólogo iraní, Abbas Araghchi. Esto pone de relieve la “relación especial” de Japón con Irán, algo que no existe en ningún otro miembro del G7.

De hecho, en una entrevista telefónica con la agencia Kyōdō inmediatamente después de la cumbre entre Takaichi y Trump, el ministro Araghchi indicó la disposición de Irán a garantizar el tránsito seguro por el estrecho de Ormuz para los buques vinculados a Japón. Este gesto combinaba un mensaje de buena voluntad hacia Japón con un intento de evitar que Tokio se alineara en exceso con Estados Unidos, ofreciendo así un atisbo de la compleja visión de Teherán sobre sus relaciones con Japón.

Takaichi opta por los elogios

En sus propias palabras al inicio de la cumbre, la primera ministra Takaichi halagó abiertamente el ego de su anfitrión al afirmar: “Creo firmemente que solo tú, Donald, puedes lograr la paz en todo el mundo”. Se trataba, casi con toda seguridad, de una fórmula escogida tras tensas deliberaciones sobre cómo ganarse el favor del mandatario estadounidense. Pero, incluso si fue pronunciada con la intención de complacer al presidente y empujarlo hacia una pronta conclusión de las hostilidades, subsiste el riesgo de que la comunidad internacional la interprete como un reconocimiento japonés de la legalidad de los ataques estadounidenses contra Irán.

En la actualidad, la mayoría de los países no consideran estos ataques como acciones preventivas frente a una amenaza inminente, sino más bien como “ataques preventivos” en el sentido de operaciones destinadas a forzar resultados favorables para Estados Unidos. Las primeras serían legales desde el punto de vista del derecho internacional, pero las segundas no lo son. Washington, sin embargo, no ha prestado tradicionalmente demasiada atención a la legalidad de sus actos en ese marco, como ya se puso de manifiesto con la formulación de una estrategia de seguridad bajo la presidencia de George W. Bush que incluía este tipo de ataques entre las opciones de Estados Unidos.

Desde el inicio de las hostilidades, el debate sobre la legalidad de atacar a Irán y las preocupaciones humanitarias por el impacto de las operaciones sobre la población civil han pasado a un segundo plano, mientras la atención se centra en la cuestión más pragmática de reabrir el estrecho de Ormuz, cuyo cierre está asestando un duro golpe a la economía mundial. Japón, al igual que muchos otros países del bloque occidental, se limita a expresar valoraciones ambiguas sobre la legalidad de las acciones militares de Estados Unidos e Israel, quizá una elección prudente si el objetivo es evitar irritar a un presidente tan implicado emocionalmente en su campaña contra Irán que ha optado por el grandilocuente nombre de “Operación furia épica”.

Las declaraciones de Trump sobre “Pearl Harbor”, una sorpresa para la parte japonesa

La parte japonesa había planificado cuidadosamente diversos escenarios para esta cumbre, pero llegado el momento hubo un episodio que dejó a todos sin habla.

Cuando un periodista japonés preguntó al presidente Donald Trump por qué Estados Unidos no había compartido información con Japón y otros aliados antes del ataque contra Irán, respondió: “Actuamos con mucha contundencia y no se lo dijimos a nadie porque queríamos el factor sorpresa. ¿Quién sabe más de sorpresas que Japón? ¿Por qué no me informaron sobre Pearl Harbor? ¿Verdad?… Creo que ustedes creen en la sorpresa mucho más que nosotros”. Los funcionarios del Gobierno japonés y los representantes de los medios presentes en la sala quedaron paralizados ante estas palabras. También la primera ministra Takaichi guardó silencio, con el gesto congelado.

Se puede debatir sobre los pros y los contras de la determinación de Takaichi de mantener a Donald Trump de buen humor a toda costa. Pero, como mínimo, esta cumbre puede considerarse un éxito para Japón. La delegación japonesa regresó con algunas noticias positivas: no hubo exigencias contundentes para un despliegue activo de las Fuerzas de Autodefensa en Oriente Medio. Aunque la reunión de Trump con el Gobierno de China ha quedado en suspenso, Japón logró adelantarse y transmitir un mensaje sobre la solidez de su alianza con Estados Unidos. Además, Takaichi consiguió arrancar al presidente una declaración sobre el compromiso continuado de Estados Unidos con el mantenimiento de un Indopacífico libre y abierto.

En el trasfondo de este éxito se encuentra la “estrategia Trump” desplegada de forma coordinada por el Ministerio de Asuntos Exteriores (incluida la embajada en Washington), el Ministerio de Economía, Comercio e Industria y otros actores japoneses. El objetivo de esta estrategia ha sido convencer a la Administración Trump de que Japón sigue teniendo un alto valor estratégico para Estados Unidos.

El ministro de Economía, Comercio e Industria, Akazawa Ryōsei —quien ha viajado en numerosas ocasiones a Washington para negociar cuestiones arancelarias desde la etapa del predecesor de Takaichi, Ishiba Shigeru—, la acompañó en este viaje, contribuyendo a satisfacer a la Casa Blanca al subrayar la aportación japonesa en el plano económico. Durante esta visita, como segundo tramo de los 550.000 millones de dólares en inversiones japonesas comprometidos durante el mandato de Ishiba, firmó acuerdos por un total de unos 73.000 millones de dólares: dos reactores modulares pequeños en Tennessee y Alabama como parte de la nueva generación de centrales nucleares, y plantas de generación de gas natural en Pensilvania y Texas. Sin duda, esto contribuyó a elevar el ánimo del presidente Trump durante la visita de Takaichi.

Japón deberá asumir una mayor responsabilidad

Takaichi Sanae no era conocida por poseer una experiencia diplomática especialmente profunda antes de convertirse en primera ministra. Sin embargo, ha logrado superar tanto esta limitación como su previamente señalada tendencia a prestar escasa atención a los consejos ajenos, afrontando la diplomacia de cumbres con lo que un alto funcionario japonés ha descrito como “actuaciones que van mucho más allá de lo que exige el guion sobre el escenario global”. Sus logros en este ámbito son significativos en la medida en que han permitido evitar el peor de los escenarios: un deterioro de la relación entre Estados Unidos y Japón.

Al mismo tiempo, no obstante, a más largo plazo podría haber cargado a Japón con desafíos más pesados y complejos.

Si Japón llega a ser percibido como alineado con el temerario enfoque de Trump de una “paz a través de la fuerza” en los asuntos internacionales, le resultará más difícil asumir un papel de liderazgo en la futura comunidad internacional, en el supuesto de que esta retome a tiempo una orientación basada en la moral y el Estado de derecho. Tras haber presenciado el abrumador poder militar desplegado por Estados Unidos en Venezuela a comienzos de año y ahora en Irán, Japón tendrá mayores dificultades para impulsar un “plan B” que complemente la alianza bilateral. Y si continúa dependiendo en exceso de Estados Unidos en el ámbito de la seguridad, verá cada vez más limitadas sus opciones en política exterior. Donald Trump dice algo distinto casi cada día; no hay garantía de que en algún momento no modifique su postura respecto a las relaciones con Japón.

El 22 de marzo, poco después de la conclusión de la cumbre, el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius, visitó Japón como parte de una gira por Asia. Durante su estancia, acompañó al ministro de Defensa japonés, Koizumi Shinjirō, en una inspección de la base naval de la Marina estadounidense en Yokosuka, en la prefectura de Kanagawa, así como de la cercana base naval de Yokosuka de la Fuerza Marítima de Autodefensa, y ofreció una rueda de prensa conjunta con un destructor de esta última como telón de fondo. Mientras Koizumi subrayaba la importancia de la coordinación entre Japón y Europa en un contexto global cada vez más caótico, Pistorius quiso reiterar lo siguiente: “Lo que ambos países reconocemos es la importancia no del dominio por la fuerza, sino del Estado de derecho”.

(Publicado originalmente en japonés el 25 de marzo de 2026. Imagen del encabezado: la primera ministra de Japón, Takaichi Sanae, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, charlan de manera desenfadada en la Casa Blanca antes de las discusiones de su cumbre del 19 de marzo de 2026. © Reuters.)

Donald Trump Relaciones Japón-EE. UU. Takaichi Sanae