Tras la sombra de Tanizaki
Literatura Arte- English
- 日本語
- 简体字
- 繁體字
- Français
- Español
- العربية
- Русский
Una forma más antigua de vida, y un libro a juego
Puede parecer extraño que yo celebre el cumpleaños de un hombre que, si estuviera vivo, habría cumplido 140 años el 24 de julio. O que haya realizado un peregrinaje a su tumba, que yace en una tranquila y discreta arboleda sobre una colina, en el cementerio de un templo en las afueras de Kioto. Y sin embargo, ese hombre ha tenido un gran impacto en mí y ha cambiado la dirección de mi vida; sus escritos me convencieron de que debía pasar el resto de mis días en Japón.
Descubrí a Tanizaki Jun’ichirō a mediados de la década de 1990, cuando acababa de convertirme en coinquilino de una casa de finales del siglo XIX junto a la costa, al suroeste de Tokio. Una serie de extranjeros han alquilado la casa, a lo largo de los años, a la dueña, que vive en el edificio contiguo, y muchos han tratado el lugar sin duda como yo hice al principio: como una construcción destartalada en la que dormir mientras disfrutaban de fines de semana de arena y agua. Se hallaba amueblada con mobiliario desechado de oficina y raídas alfombras, y las paredes mostraban distintos tonos de una pintura que en otros tiempos había sido blanca.
Pero también había un rastro de algo más. La primera señal era una gran bañera tradicional de madera que se llenaba por medio de un grueso tallo de bambú cortado por la mitad, ideal para sentarse dentro, con el agua hasta el cuello, tras un día nadando. A lo largo de los meses descubrí otros elementos interesantes: marcos de madera hermosamente envejecidos, bajo las horribles capas de pintura, un espacio tradicional de almacenamiento, bajo el suelo de la cocina, esterillas de tatami bajo la vieja alfombra... Ya no podía contentarme con simples visitas a la playa, de modo que por puro placer comencé a restaurar la casa y a devolverle su aspecto original.
Casualmente estaba leyendo In Praise of Shadows, una traducción al inglés realizada en 1977 por Thomas Harper y Edward Seidensticker de In’ei raisan (El elogio de la sombra), una colección de ensayos de Tanizaki, de 1933. El libro es tanto una meditación sobre la estética tradicional japonesa como una reflexión sobre los cambios que sobrevenían a Japón y los japoneses a medida que el país se abría al mundo. Ha sido una obra de lectura obligada durante mucho tiempo para arquitectos y artistas que tratan de comprender lo esencial de esos temas.
El placer de leer ese libro se centraba en seguir a Tanizaki a medida que su mente se explayaba sobre las diferencias con Occidente en temas tales como la construcción, el papel, la sopa, el teatro, el maquillaje, la laca, el baile, la decoración de interiores, el color de la piel, los fantasmas y los inodoros. Sus largas frases sugerían un monólogo interior, pero al leer con más detenimiento uno se da cuenta de sus cuidadosas construcciones. Sus descripciones de ciertos detalles (el tacto del papel washi, o la contemplación de un cuenco lacado con oro, a la luz de una vela) me hicieron apreciar algunos aspectos de Japón en los que nunca me había fijado antes. Frases como esta (traducida de la versión de Harper y Seidensticker) captaron mi atención:
Nos deleitamos con la mera visión del delicado resplandor de rayos moribundos que se aferran a la superficie de una oscura pared, para tratar de pasar lo poco que les queda de vida sobre ella.
(Con el tiempo yo realizaría una aproximación similar al traducir este mismo pasaje: Siempre hallaremos un gran placer en observar la íntima escena de cómo la luz del final del día se aferra, terca, a los últimos momentos de su vida en una pared oscura.)
De pronto vi las paredes de tierra sin pulir en las que estaba trabajando bajo una luz totalmente nueva, por así decirlo. Cobré una nueva consciencia sobre los detalles de las texturas de la casa: las finas estrías de los tatamis, las vetas de los pilares de madera desgastados, la suave luz que se filtraba a través de los travesaños de shōji. La casa no era ninguna mansión, nada que ver con las casas de labranza y las residencias de comerciantes cuidadosamente conservadas que se pueden encontrar dispersas por el campo. Una modesta vivienda junto al mar: dos habitaciones de tatami, un pasillo engawa que daba al jardín, una cocina, un baño y un aseo. Pero los años no habían logrado borrar lo que los carpinteros locales habían dejado tras de sí. Su trabajo era su firma.
Nuestro guía literario para los espacios habitados
Profundamente intrigado, me obligué a leer el original de Tanizaki en japonés, lo cual no fue tarea fácil. En él encontré una breve mención a cómo ciertos retretes tradicionales tenían “una estrecha ventana a la altura del suelo para barrer la suciedad; a través de ella, se puede escuchar con mayor intensidad el sonido de las gotas de lluvia que caen de las hojas y los aleros...” Describía lo que yo había encontrado en el aseo de la casita de la playa, algo que me había parecido inusual e innecesario. Pero esto me animó a raspar la pintura agrietada del marco de la ventana para poder abrirla y cerrarla, y así escuchar la lluvia y las olas.
Como escritor y editor, eso también me hizo albergar la esperanza de que algún día pudiera encargarme de una nueva traducción, para hacer de la voz de Tanizaki algo más cercano a lo que yo había imaginado.
Y así es la vida: las coincidencias se confabularon para que precisamente eso sucediera. Mi trabajo en la casa dio lugar a una amistad profunda y muy cálida con mi elegante casera. Fue una invitada de honor en mi boda, celebrada en las habitaciones de tatami restauradas. Unos años más tarde, me convertí en el propietario cuando ella se mudó a una residencia de ancianos y me ofreció la propiedad. Nunca había pensado en vivir allí (ni en Japón, para ser sincero) de forma permanente, pero esto lo cambió todo. Mi mujer y yo decidimos dejar Tokio para irnos a la costa, y empezamos a informarnos de lo que esto supondría.
Lamentablemente, pronto nos dimos cuenta de que los cimientos no podrían aguantar una restauración a gran escala. Decidimos reconstruirla con dos condiciones: la construiríamos en torno a la habitación de ocho tatamis, que era el corazón de la casa original, y recuperaríamos el mayor número posible de elementos del interior.
Tanizaki nos resultó de gran ayuda a lo largo de todo el proceso de conservación de lo antiguo, y de creación de un nuevo espacio más habitable, sobre todo gracias a las frustraciones que expresaba en su libro. Escribió sobre su lucha por mantener el calor al construir su propia casa, una dificultad que compartimos muchos, incluidos los extranjeros que ahora están comprando casas antiguas en Japón. No obstante, pudimos encontrar nuevas tecnologías que nos permitieron mejorar el aislamiento sin perjudicar la estética visual. Aunque es ya famoso que Tanizaki califica el retrete tradicional japonés como “la cúspide del refinamiento”, sospecho que esa parte era irónica, ya que él mismo admite haber abandonado la idea de equipar la tradicional “zona de descarga” con un mecanismo de cisterna. También nos resistimos a instalar un “inodoro de cuclillas”, y nos decantamos por uno “con ducha”, totalmente moderno y equipado con bidé automático, una comodidad moderna que él también habría acabado aceptando, no me cabe duda.
Por otro lado, sus conmovedoras descripciones del tatami, como esta que cito, nos convencieron de su importancia en la vida cotidiana:
(...) la luz se percibe de forma difusa, temblando delicadamente aquí y allá como esbeltos hilos líquidos que fluyen por el tatami y desembocan en charcos tranquilos, tejiendo un diseño que recubre la propia noche.
Si pudiera sumar mi propia queja a la suya sobre cómo se están perdiendo los aspectos tradicionales de la vida en el Japón moderno, sin duda sería en lo que respecta al tatami. Cuando llegué a Japón hace más de medio siglo, las habitaciones con tatami seguían siendo habituales incluso en los bloques de pisos y las casas nuevas, pero ya no es así. El uso de ese suelo suave está disminuyendo vertiginosamente, y cada vez resulta más difícil encontrar artesanos especializados en tatami. Cuando aparece en nuevos espacios habitables, el tatami a menudo da la impresión de ser una idea de última hora: para elevar un nivel, un elemento tratado como algo casi exótico, reservado para invitados u ocasiones especiales. Nosotros insistimos en que nuestra sala de tatami zashiki estuviera al mismo nivel que el resto de la casa, y la facilidad de acceso ha hecho que esa sala se haya convertido en nuestro espacio preferido para las cenas familiares, a pesar de la mayor comodidad que ofrecen la mesa y las sillas del cercano comedor.
Traer la sombra a nuestras vidas
La casa finalizada es una mezcla de la estética japonesa y otras occidentales, pero la perspectiva de Tanizaki coloreó todas nuestras decisiones. Discutimos el libro con la empresa que realizó la construcción para nosotros, y nos involucramos en cada aspecto del diseño. Las viejas ventanas de cristal, que en su día luchaban por impedir que las gélidas temperaturas del pasillo penetraran en invierno, forman ahora parte del atrio interior. Las puertas shōji que rodean el espacio tradicional zashiki y la entrada proceden todas de la antigua casa, aunque hubo que rebajar ligeramente los marcos para poder instalarlas. El suelo del nicho tokonoma es la misma losa de madera de la construcción anterior. Frente a las ventanas hay un estrecho espacio de madera, similar al engawa, el pasillo tradicional que da al jardín.
Y no nos olvidamos de su énfasis en la luz (y, por supuesto, en la sombra). Las ideas de Tanizaki no son una doctrina, sino un punto de partida para considerar y reconsiderar posibilidades. Optamos por aleros profundos en la fachada de la casa, nada de luz fluorescente, y habitaciones iluminadas únicamente a través de pantallas de washi e iluminación indirecta siempre que fuera posible. Su amplia visión abarcaba todo, hasta la elección de la vajilla, por ejemplo. No hay más que fijarse en este pasaje sobre la sopa de miso servida en un cuenco lacado:
Es imposible distinguir qué hay en la oscuridad, pero se percibe el lento y fluido movimiento del caldo en el cuenco, se ven las pequeñas gotas de humedad en su borde y, a continuación, se observa cómo se eleva el vapor que lleva consigo el aroma, lo que ofrece un leve atisbo del sabor antes incluso de que la sopa llegue a la boca... Es un momento de misterio, un atisbo de zen.
En manos menos hábiles esto podría haber sido una aburrida hipérbole, pero el humor y la belleza se hacen evidentes en sus excesos. Da lo mejor de sí mismo, con su carácter cascarrabias, cuando despotrica contra la excesiva iluminación, algo con lo que es difícil no estar de acuerdo en el Japón moderno. A menudo, escribe, “es un gasto destinado únicamente a borrar las sombras de cada rincón de la habitación, una forma de pensar incompatible con el concepto de belleza que encontramos en la habitación tradicional japonesa”.
Han pasado 16 años desde que terminamos nuestra casa. Poco después de la mudanza, tuve tiempo suficiente para ponerme manos a la obra con mi propia traducción de El elogio de la sombra. Disfruté muchísimo del reto que supuso su japonés tan complejo, y desentrañar algunas de esas frases largas y enrevesadas fue un rompecabezas que me llevó más tiempo del que esperaba. Se publicó en 2019, con un prólogo muy reflexivo escrito por el arquitecto Kuma Kengo.
Todavía lo tomo en mis manos hoy día para buscar ciertos pasajes que se me han quedado grabados a lo largo de los años, y a menudo me sorprende lo fresco que me parece, un recordatorio de que, al fin y al cabo, son palabras de Tanizaki, no mías. Y aunque hay partes que resultan anticuadas según los estándares actuales (Tanizaki era un hombre de su época, al igual que yo lo soy de la mía), cuanto más tiempo vivo en esta casa, con sus aleros profundos, la luz tamizada por el papel japonés washi y sus suelos de cedro japonés envejecidos por años de uso, más cuenta me doy de que su particular forma de prestar atención, lenta, digresiva, atenta a la textura, a las sombras y al peso de las cosas, es tanto una filosofía que merece la pena seguir como un hábito que me alegro de haber adquirido.
(Artículo traducido al español del original en inglés. Imagen del encabezado: © Narita Mieko Haku.)





