Gomi Tarō: medio siglo de libros infantiles del autor de ‘Todos hacemos caca’
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El panorama completo
Más de medio siglo de obras recogidas en una exposición. Es lo que ofreció la galería LURF de Tokio hasta el 15 de febrero en su retrospectiva del ilustrador Gomi Tarō: Gomi Tarō ehon shuppan nendaiki: on the table (“Gomi Tarō: cronología de la publicación de sus libros ilustrados: en la mesa”). Desde su debut como autor de libros infantiles en 1973 hasta 2025, son nada menos que 372 títulos expuestos junto a ediciones traducidas en más de 30 países. Solo hace falta echar un vistazo a las portadas multilingües de obras como la popular Minna unchi (“Todos hacemos caca”) para hacerse una idea de lo lejos que llega la visión del autor, más allá de toda frontera.
“Sabía en teoría cuál era el alcance de mis libros, pero no lo tenía muy claro en la práctica. Quería juntarlos físicamente para apreciar el panorama al completo”, dice Gomi. “Quería ver también si ha habido algún cambio en mi estilo en los últimos 50 años. Y qué va; más bien he notado que soy muy constante. No cambio nada”.

Los libros expuestos se pueden hojear y leer libremente. Izquierda: la primera obra de Gomi en ser traducida fue Hayaku aitai na (Qué ganas de verte), publicada en los Estados Unidos en 1979 con el título Coco Can’t Wait. Derecha: Kingyo ga nigeta (Se escapó el pez) y Minna unchi (Todos hacemos caca) también se han publicado en varios idiomas. (Fotografía: Hanai Tomoko)

Izquierda: Koushi no haru, publicado en español como Llegó la primavera, fue premiada en la Feria del Libro Infantil de Bolonia en 1981. Derecha: en Boku wa fune (Soy un barco), que Gomi creó a los 79 años, un pequeño barco avanza mientras le preguntan adónde va y de dónde viene. Una obra en la que Gomi vierte diversas sensaciones acumuladas durante sus 50 años como autor. También publicada en chino tradicional y simplificado. (Fotografía: Hanai Tomoko)
¿Qué es un libro infantil?
Antes de dedicarse a los cuentos, Gomi trabajó en diseño industrial y publicidad. Según explica, tener que pensar en usuarios y clientes lo agobiaba; sin embargo, desde que descubrió el placer de crear libros ilustrados dice que no siente que lo que hace sea trabajo. Tampoco le parece que sea algo “para niños”.
“¿Qué es en realidad un libro ‘para niños’? A menudo cuando se habla de libros infantiles, la actitud acaba siendo la de intentar enseñar valores de adultos a los pequeños: que si la disciplina, que si la moral, que si el orden. Yo parto siempre de otro punto: ‘He dibujado este libro, ¿habrá gente con los mismos gustos que yo?’. Y muchos niños han respondido a eso, tanto en Japón como fuera”.
“Los niños no leen porque los adultos se lo digan, sino porque quieren. Los libros son algo que uno descubre; categorizarlos como ‘infantiles’ ya muestra una intención forzada. Y aunque se diga que son ‘para niños’, siempre parece haber un adulto entre el crío y el libro, leyendo en voz alta, por ejemplo. Desde el principio yo pensaba que eso no hacía falta. En mis comienzos tuve bastantes peleas con los editores por eso”.
“Ahora ya no hay peleas, es casi hasta aburrido. Viendo mis obras expuestas aquí noto esa historia, y me siento orgulloso de que mis trabajos marcaran un antes y un después en la percepción de los libros ilustrados en Japón”.
A todos les gusta Todos hacemos caca
Desde la publicación de Todos hacemos caca en 1977 empezaron a llegarle infinidad de cartas de jóvenes lectores.
“Creo que a los niños les gusta la caca en la misma medida en la que les gusta su comida o juguete favorito. Lo que pasa es que entre los adultos había una norma cultural que decía que este tema no se debía tratar demasiado. Así que supongo que a los críos les encantó ver que un señor dibujaba libros sobre caca. Recibí muchas cartas: algunos me decían ‘yo también me había fijado’. Otros me mandaban su ‘diario de caca’, incluso”.
Huelga decir que tras el libro no había ninguna estrategia para atraer a los niños.
“Un día tenía un asunto con el director del Zoológico de Tama. Me dijo que fuera a verle temprano por la mañana antes de que abrieran porque estaba muy liado, así que a eso de las 6 de la mañana entré por la puerta de atrás y atravesé el zoo caminando tranquilamente hasta la oficina del director. La caca humeante de los animales, iluminada por el sol de la mañana, me pareció preciosa. Así que me puse a sacar fotos”.
“De camino a casa, se me ocurrió dibujar un libro sobre la caca. Había libros sobre comida, pero ninguno que describiera de forma vívida cómo pasa por el cuerpo y sale fuera ese ‘resultado’. La gente solo suele ver el zoológico cuando ya lo han limpiado, pero yo había tenido suerte. Así que empecé a hacer dibujos. Cuando se los enseñé a los de la editorial, porque me habían quedado graciosos, la reacción fue ‘Disculpe, ¡¿caca?!’. No estaban muy entusiasmados”.
Cuando por fin se publicó el libro la respuesta de los niños fue rápida. Fue entonces cuando, un día repentino, una señora extranjera entrada en años a la que Gomi no había visto nunca vino a hacerle una visita. Era una editora francesa; había venido a decirle personalmente que quería traducir “Todos hacemos caca”. No sabía japonés, pero las ilustraciones le habían encantado. Gomi cuenta que entonces fue consciente por primera vez de que, efectivamente, había gente en el extranjero con los mismos gustos que él. La versión francesa se publicó en 1989. A día de hoy, el libro ha sido traducido a 18 idiomas.

Todos juntos haciendo caca. Los dibujos de Gomi están cargados de humor. (Departamento editorial de nippon.com)
Con cada vez más libros traducidos, empezó a recibir cartas de niños de otros países.
“Es posible que Todos hacemos caca sea un poco especial, pero parece que a todos les entran ganas de hablar cuando leen mis libros”. Algunos niños envían sus dibujos o juegos de palabras. “Todos juegan partiendo de mis libros”, dice Gomi con aire satisfecho.
Haciendo amigos por el mundo
Hoy en día recibe correos electrónicos de todo el mundo: “Me llegan mensajes como ‘I love your books. I want you...’. Cuando miro, veo que igual viene de una editorial de Azerbaiyán, o Sudáfrica. De las ofertas de traducción y publicación dejo que se encargue un agente intermediario. También me piden que haga entrevistas en línea, lo cual agradezco, pero me es un poco pesado.”
En cuanto a las traducciones, dice que confía en el sentido del traductor. “Siempre busco frases breves y directas que se fundan con las ilustraciones y sean una parte más del libro. Cómo interpretar estas frases y cómo trasladarlas al idioma propio, eso ya es el eterno dilema de la traducción. Pero tengo la confianza de que, aunque cambien las palabras, el alma de mis libros sigue siendo la misma”.
Algunas obras de Gomi funcionan como arte participativo. Rakugaki ehon (Libro de garabatos), de 1990 —con una segunda parte en 1992—, es un libro de dibujos en el que el autor deja ilustraciones a medias para que el lector las complete. Se ha publicado en 18 idiomas, y Gomi ha impartido talleres con él en numerosos lugares.
“Cuando doy talleres en otros países, enseguida me hago amigo de los niños. Nos acabamos de ver por primera vez y ya es como: ‘¡Eh, qué pasa!’. Todos se divierten con total libertad. Voy haciendo cada vez más amigos sin importar el idioma”.

Ejemplares del Libro de garabatos, publicados en varios países, apilados en espiral. Es evidente la obsesión por el detalle de Gomi. (Fotografía: Hanai Tomoko)
De joven solía viajar libremente por su cuenta, pero ahora la mayoría de sus viajes son por motivos como ferias de libros o talleres. Ha visitado casi todos los países de Europa y Latinoamérica, y también ha estado en China y África.
Cuando viaja al extranjero y se detiene en alguna librería, a veces se topa con sus propios libros. “Pienso: oye, este libro me suena. Y luego: ¡pero si es mío! Este tipo de encuentros, claro, te alegran”.
Adicto a crear libros
Nacido poco después de la guerra, pasó gran parte de su infancia jugando al aire libre. En una época en la que Tokio tenía aún arrozales y campos abiertos, Gomi se dedicaba a jugar con peonzas o dar patadas a latas. También le encantaba cavar agujeros. Según dice, cavaba no solo en solares abandonados, sino también en el jardín y el patio de la escuela.
A veces compara escribir libros ilustrados con hacer agujeros. “Hacerlo más curvado por aquí, más profundo por allá… cavar hoyos es divertido. Yo hago buenos hoyos, ¿eh?”
“No tengo ninguna metodología concreta. Diría que mi vida consiste en recopilar temas para libros ilustrados, vaya donde vaya. Hay tantas cosas interesantes... Lo más emocionante para mi es ese momento en el que se me ocurre cómo plasmar cierta idea o emoción en un dibujo, o en tres dimensiones”.
Más que un deseo de dibujar, lo que Gomi tiene son ganas de crear libros. “No sé si crear libros es trabajo o diversión”, explica. En cuanto termina uno está deseando empezar el siguiente.
“El libro me gusta como formato: puedes escribir lo que quieras, y se puede modificar con partes desplegables, hacerle agujeros, recortarlo. Haciendo libros es como me siento más tranquilo. No sé, quizá sea una adicción. Los libros son como una plataforma donde puedes volcar todo tipo de ideas: las posibilidades son infinitas”.
(Artículo traducido al español del original en japonés. Imagen del encabezado: Gomi Tarō sostiene su éxito internacional Todos hacemos caca en diciembre de 2025, en la galería LURF en Daikanyama, Tokio - fotografía: Hanai Tomoko)



