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Aprovechar al máximo los momentos de serendipia
Cómo el pasado de Japón puede ayudar a liberar su potencial para el futuro
[03.10.2011] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

Profesor de Literatura Japonesa en la Universidad de Tokio, director de reseñas de libros de un periódico nacional e invitado asiduo de la televisión y la radio. Las diferentes actividades del erudito literario han situado a Robert Campbell en un primer plano del escenario cultural japonés. Como estadounidense que ha vivido veintiséis años en Japón, ¿cómo ve Campbell la yuxtaposición de la antigua tradición japonesa y la modernidad desenfadada que caracteriza al Japón de hoy? Hablamos con Campbell de los atractivos de la cultura japonesa y de su potencial para el futuro (entrevistado por Ukai Tetsuo [subdirector] y Machida Shin’ya [periodista], Departamento de cultura del periódico Yomiuri Shimbun).

Robert Campbell

Robert CampbellProfesor de la Universidad de Tokio. Nació en Nueva York en 1957. Se graduó en la Universidad de California, Berkeley, y se doctoró en Literatura Japonesa en la Universidad de Harvard. Fue profesor asociado de la Universidad de Kyūshū y profesor titular del Instituto Nacional de Literatura Japonesa. Es también comentarista en activo en la TV. Autor, entre otras obras, de Meiji kanbun shōsetsushū (Novelas de la era Meiji escritas en chino clásico) y J-bungaku–Eigo de deai, Nihongo o ajiwau meisaku 50 (Literatura J: cincuenta obras maestras que puede encontrar en inglés y saborear en japonés).

ENTREVISTADOR Parece usted extraordinariamente ocupado.

ROBERT CAMPBELL En la actualidad participo en un programa matinal televisivo una vez a la semana y presento dos programas de radio, uno mensualmente y el otro dos veces al mes. Intervengo en otros programas esporádicamente cuando me lo solicitan. Formo también parte de un comité editorial para la sección de reseñas de libros del periódico Yomiuri Shimbun, que se reúne dos veces al mes. También doy conferencias y participo en otros temas. En la medida de lo posible, procuro concentrar la mayor parte de mis labores docentes en la Universidad de martes a jueves y aprovecho el tiempo que me queda para realizar otras actividades.

ENTREVISTADOR Para ser un estudioso de la literatura, usted está bastante comprometido con el resto del mundo. ¿Qué le impulsa a trabajar en campos tan diferentes?

CAMPBELL Los diferentes tipos de trabajo que realizo me ponen en contacto con distintas clases de gente y esto requiere diferentes niveles de lenguaje. Me gusta la variedad. Pienso, además, que si uno está verdaderamente interesado en llegar a la gente y comunicarse con ella, no basta extender la mano y esperar a que alguien la tome. Uno ha de entregarse a las cosas de todo corazón si quiere obtener resultados reales. Una vez se asume este compromiso, cada una de esas actividades diferentes forma parte de la propia identidad. Por consiguiente, no veo que exista una contradicción entre el erudito y el comentarista de televisión. Si existe algo que haga interesantes a las cosas, eso es la variedad. Por ejemplo, recientemente participaba en un programa de TV cuando la conversación giró hacia el equipo de fútbol femenino Nadeshiko Japan, ganador de la Copa Mundial Femenina de la FIFA en julio. Hablábamos sobre las perspectivas de clasificación del equipo para las Olimpiadas este otoño, cuando mencioné que el nadeshiko (Dianthus superbus o Clavellina Japonáica) ha sido celebrado en Japón desde la antigüedad como una de las siete plantas otoñales. Creo que trabajar más allá de los confines académicos me permite sacar el máximo partido de mis antecedentes y experiencias, como estudioso de la literatura y como alguien que reparte su vida entre Japón y Estados Unidos de América (EE.UU.).

El lenguaje como camino al arte

ENTREVISTADOR ¿Podría explicarnos un poco sobre cómo se interesó por la lengua y la cultura japonesas?

CAMPBELL Mis abuelos emigraron a EE.UU. desde Irlanda. Yo crecí en el Bronx de Nueva York, no muy lejos del Yankee Stadium. Cuando estaba en la escuela de enseñanza media, nos mudamos de Nueva York a California y terminé ingresando en la Universidad de California, Berkeley. Esto sucedía en la década de los setenta, en la cumbre del posmodernismo, cuando teníamos a gente como Michel Foucault en nuestro campus. Me interesaban sobre todo la filosofía moderna, la literatura y el arte. Un día, en mi primer año, durante una clase sobre Nabokov, el profesor comentó casualmente que la novela más antigua del mundo se titulaba Historia de Genji, escrita en Japón en el siglo XI. (*1)

ENTREVISTADOR El clásico de clásicos.

CAMPBELL Cuando salí, me compré de inmediato una traducción de Edward Seidensticker. Recuerde, ésto pasaba cuando el posmodernismo estaba muy extendido y la gente anunciaba sin temor el “fin de la literatura”. Yo percibía algo en la literatura clásica japonesa que parecía ofrecer la manera de romper con esta forma de pensar. En aquella época tenía una asignatura de arte japonés y fue cuando entré en contacto por vez primera con la obra pictórica llamada Rakuchū rakugai-zu. Se trata de los biombos pintados en la era Azuchi-Momoyama (1568-1603) en los que se representan escenas a vista de pájaro de Kioto, la capital, y sus alrededores. Envueltas en un marco neblinoso había multitudes de todos los rangos y modos de vida posibles: vendedoras cargando sus mercancías en barras sujetadas de hombro a hombro, hombres peleando, monjes budistas pidiendo limosna… Sentí que de esas pinturas emanaba una energía tremenda.

ENTREVISTADOR Ésta fue quizás una de las eras más enérgicas de toda la historia japonesa.

CAMPBELL Quería ver más pinturas japonesas de ese tipo y pedí consejo a mi profesor, que me respondió: “Las pinturas ya las mirarás después; primero aprende japonés”. Tuve las agallas de contestarle: “Tengo un par de ojos y nervios ópticos justo como usted”. Y añadí: “¿Por qué debería estudiar una lengua para mirar pinturas? Con seguridad, estamos en las mismas condiciones frente a una pintura”. El profesor me aseguró que si estudiase japonés, podría leer las historias de la gente descritas en el Rakuchū rakugai-zu. ¿Qué anchura tenía la fachada de sus viviendas? ¿En qué trabajaban? ¿Por qué se reía esa persona? ¿Por qué llora esta otra? Me convenció y comencé un curso intensivo de japonés para principiantes durante las vacaciones de verano de mi primer año. Creo que es uno de los consejos más sabios que he recibido nunca.

ENTREVISTADOR Tuvo usted suerte de tener tan buen profesor.

CAMPBELL Realicé un curso intermedio en mi segundo año y luego, durante el verano, antes de tercero, me inscribí en un programa intensivo de japonés en el Middlebury College de Vermont. Es un curso de inmersión residencial de dos meses en el que no se permite hablar en inglés. Incluso el uso del teléfono público para llamar a la familia o amigos contravenía las normas.

ENTREVISTADOR ¿Tan estricto era?

CAMPBELL Si, y algunos estudiantes se volvían prácticamente locos porque no podían hablar con sus novios o novias.

ENTREVISTADOR Parece duro.

CAMPBELL Sin embargo, gracias a este curso, aprendí a hablar japonés. Llegué a Japón como estudiante entre tercero y el último año en la facultad. Luego, me interesé por la cultura de la era Edo (1603-1868) y con veintisiete años me convertí en estudiante de investigación de la Universidad de Kyūshū.

De Edo a Meiji

ENTREVISTADOR Para usted, ¿cuál es el atractivo de la cutura de Edo?

CAMPBELL El centro de mi investigación es la cultura del siglo XIX, desde comienzos del periodo Bunka-Bunsei (1804-1829) de Edo. Fue un tiempo en el que la publicación de libros japoneses, grabados básicamente mediante bloques de madera, aumentó espectacularmente. Se imprimía todo tipo de cosas: edificantes volúmenes de filosofía y erudición, guías de viaje, libros sobre contramedidas para la hambruna, así como colecciones de haikai escritos por gente ordinaria. Se publicaban incluso obras de autoinstrucción para gente que estudiaba por su cuenta los Cuatro libros y los Cinco clásicos de la tradición china. Aunque la antigua y refinada “alta” cultura de la poesía waka, la poesía cortesana y la poesía en chino todavía seguían vivas y con prosperidad, la “baja” cultura de masas se desarrolló espectacularmente en todos los niveles.

ENTREVISTADOR Esto pasaba en torno a la época en que en la baja cultura comenzaron a aparecer sátiras sobre las tradiciones y valores de la alta cultura, tales como el Nise Murasaki inaka Genji (El rústico Genji de una falsa Murasaki) de Ryūtei Tanehiko, que parodia la Historia de Genji.

CAMPBELL Aunque puedan estar muy lejos de la elegancia de los originales, las parodias de la era Edo contienen, con frecuencia, mensajes serios y consejos sobre cómo vivir. Otro buen ejemplo cabría buscarlo en la bulliciosa novela Nansō Satomi hakkenden (Biografías de ocho perros) de Kyokutei Bakin que describe incidentes fantásticos con una fiel recreación de los hechos históricos de la era Muromachi en Japón. (*2) Tenemos también los libros ninjōbon que describen emociones humanas: historias de amor como Shunshoku ume-goyomi (Los colores de la primavera: el calendario del ciruelo) y Shunshoku harutsuge-dori (Los colores de la primavera: el pájaro de los presagios) de Tamenaga Shunsui, que describe las aventuras amorosas de los habitantes de ciudad en la era Edo. La literatura de esta era ofrece placeres inagotables. Entre los aspectos que hacen tan atractivas las obras de Tamenaga están las vívidas descripciones de áreas concurridas de Edo como Shinagawa y Fukagawa, y sus descripciones de hombres y mujeres de la época y su aspecto.

ENTREVISTADOR El Japón de esa era estaba más o menos desconectado del mundo exterior a consecuencia de la política de aislamiento nacional impuesta por el shogunato de Tokugawa. Habiendo llevado a su madurez una cultura característica propia durante la era Edo, Japón se transformó radicalmente después de la Restauración Meiji de 1868, y de pronto comenzó a incorporar deliberada y proactivamente influencias culturales extranjeras.

CAMPBELL Japón adoptó el sistema de escritura chino en los siglos VI y VII y por medio del uso de ideogramas chinos introdujo la cultura y la civilización de ese país. Aunque después desarrollaron un sistema de escritura para el japonés utilizando la fonética kana derivada del kanji (ideogramas chinos), los japoneses continuaron apreciando el kanbun (chino clásico) como un medio serio para escribir hasta la era Meiji (1868-1912). Los intelectuales utilizaban el kanbun para estructurar sus ideas y ésto les proporcionó el entrenamiento vital en el arte de construir argumentos lógicos. Esto fue de un valor incalculable para cuando Japón dirigió su mirada hacia las culturas occidentales. Si observamos las grandes figuras literarias de la era Meiji -por ejemplo, Mori Ōgai, que había estudiado alemán, o Natsume Sōseki, que había estudiado inglés- no hay duda de que la pericia y la disciplina mental que desarrollaron con el estudio del chino clásico fue una parte fundamental de su capacidad para traducir obras literarias y filosóficas extranjeras al japonés con tanta precisión. Japón tiene tras de sí una larga historia de incorporación de la cultura china y esto le proporcionó un fundamento sólido para, en su momento, estudiar las lenguas y culturas occidentales durante la era Meiji. Creo que este legado continúa influyendo sobre la cultura japonesa más actual.

(*1) ^ Historia de Genji (Genji monogatari) es la pieza más antigua de prosa de ficción novelesca de Japón, escrita por Murasaki Shikibu, una dama de honor de la corte imperial. Se remonta al menos al año 1008 y describe la vida y el amor del “brillante” príncipe Genji, un noble nacido de una de las consortes de rango bajo del emperador. En los 54 capítulos de esta obra aparecen más de 400 personajes; la versión inglesa de esta obra ocupa más de 1.200 páginas.

(*2) ^ Nansō Satomi hakkenden fue escrita a finales de la era Edo por Kyokutei Bakin. Situada en la era Muromachi (1333-1568) esta novela épica de aventuras narra la hazaña de ocho jóvenes varones nacidos de las relaciones entre la princesa Fuse del clan Satomi de Awa y el perro heroico Yatsufusa. Comenzada en 1814, se publicó durante veintiocho años. Esta obra colosal se compone de 98 capítulos publicados en 106 volúmenes.

  • [03.10.2011]
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