El ex primer ministro Nakasone pide mayor avidez a los japoneses

Política

En los últimos cinco años seis personas han pasado, sin ningún resultado satisfactorio, por el cargo de primer ministro. El ex primer ministro Nakasone, que tan duradera huella ha dejado en la política nacional y en la exterior, revela las carencias de la actual política japonesa y lo que necesitarán las próximas generaciones.

Nakasone Yasuhiro NAKASONE Yasuhiro

Nacido en la prefectura de Gunma en 1918, estudió Derecho en la Universidad Imperial de Tokio (actual Universidad de Tokio), tras lo cual trabajó en el Ministerio del Interior y sirvió como intendente en la Marina Imperial. En 1947 obtuvo un escaño en la Cámara Baja. En 1982 fue nombrado primer ministro. En 1987 dejó el cargo tras 1.806 días en el mismo, lo que constituye el tercer periodo más largo para un primer ministro japonés posterior a la Segunda Guerra Mundial. Se retiró de la política en 2003, habiendo renovado su escaño veinte veces. Entre sus muchas ocupaciones, preside el Instituto de Estudios Políticos Internacionales y, con carácter honorario, el Foro Parlamentario Asia-Pacífico. Es autor de libros como Jiseiroku (“Reflexiones”, Shinchōsha, 2004), o Hoshu no yuigon (“Última voluntad del Conservadurismo”, Kadokawa One Tema 21, 2010)

La política nunca se ha tomado tan a la ligera

-En este momento la confusión que embarga la política japonesa no es motivo de preocupación solo para el pueblo japonés, sino para todo el mundo. ¿Qué causas han llevado a esta situación, en su opinión?

-Los políticos actuales carecen de consciencia sobre la época que les ha tocado vivir. Para mover los hilos de la política es fundamental considerar las medidas desde una perspectiva de largo plazo y tener una visión de conjunto, que esté respaldada por una concepción seria de la historia, por una filosofía. Esto, que es algo esencial, les falta a nuestros políticos. No se toman medidas basadas en un análisis serio, fruto de un estudio, no hay nada parecido a una estrategia. Se echa en falta un esfuerzo por depurar los valores propios, por formarse un mejor criterio que permita juzgar correctamente lo que ocurre alrededor. El resultado es que son incapaces de captar la coyuntura actual, la situación política, no se dan cuenta de la posición en la que se encuentra Japón. Parece que se limitan a discutir qué respuesta dar a los problemas que van surgiendo. Da la sensación de que su visión solo alcanza el ámbito del debate, de la disputa entre el gobierno y la oposición. Es un intercambio oral simple y vacío. La gente se lo toma como una disputa doméstica y es comprensible. La política ha perdido completamente su calado, su dignidad. No creo que haya sido tomada tan a la ligera en ninguna otra época.

Visión de la historia y filosofía, fundamentales

-El primer ministro Noda Yoshihiko, en uno de sus escritos, le incluye a usted entre los antecesores en el cargo posteriores a la Segunda Guerra Mundial que más respeto le merecen. ¿Tiene usted algún consejo que ofrecerle?

Si ha accedido a un cargo tan alto, es de suponer que tiene al menos alguna capacidad de análisis sobre la actual situación japonesa y sobre el estado de cosas en el mundo. Pero, desgraciadamente, no hemos tenido oportunidad de oír una explicación pormenorizada de su pensamiento, en forma que resulte comprensible a los periodistas y a la gente.

Antes había una visión de lo que estaba sucediendo, había unos valores de base, y eso se veía en Ogata (Taketora), en Yoshida (Shigeru), en Hatoyama (Ichirō), o en mí. Había una formación que servía de base para hacer política. Me parece que había una disciplina mental, incluso física, que permitía desplegar una política de acuerdo a un sistema de pensamiento académico.

Además en nuestra época había un gran interés hacia la religión. Tanto Yoshida como Hatoyama y en general los políticos de la generación anterior a la mía, todos tenían trato con religiosos. Se llamaba a sacerdotes budistas de Kioto para conversar, se acudía a centros de ejercicios ascéticos para hacer meditación zen, había muchas actividades de formación espiritual. Yo también, todas las semanas, iba al barrio de Yanaka, en Tokio, para hacer meditación zen en el templo de Zenshōan.

E igual que frecuentábamos a los religiosos, procurábamos también tener mucho trato con eruditos. Cada cual a su estilo, porque Hatoyama lo hacía en su casa y Yoshida en la residencia del primer ministro, pero varias veces al mes se organizaban citas con expertos para escuchar sus opiniones. Ogata hacía lo mismo. Antes de la guerra y en la posguerra había un consenso sobre el hecho de que una persona sin opiniones propias no estaba capacitada para ser político, y uno no podía presentarse delante de los demás sin que sus palabras y sus acciones estuvieran respaldadas por una formación y por una filosofía.

Pero da la impresión de que los políticos actuales no tienen ocasión de ejercitarse para depurar su propio pensamiento, su filosofía. Ahora la política se centra, simplemente, en el intercambio verbal en las cámaras, en el efecto propagandístico, en esas tácticas o maniobras verbales en las que solo se pone a prueba la capacidad de expresarse en frases cortas. La política se ha convertido en algo superficial, que se puede tomar a la ligera.

Dicho en otras palabras, la política se ha vuelto demasiado periodística, lo que tenía de académica se ha esfumado.

Últimamente las declaraciones de los políticos son verdaderamente irresponsables. Aquello que dijo el primer ministro Noda comparándose a una locha que se mueve en el barro, o aquel otro, ministro a la sazón, que bromeó diciendo que le iba a pegar a alguien la radiactividad que supuestamente impregnaba el traje protector que acababa de quitarse. Esto es de circo. La política japonesa ha perdido lo religioso, lo filosófico, y se ha convertido en una suerte de videojuego, me temo que hay que ver el asunto de ese modo. Va a ser necesario un replanteamiento de los fundamentos de la política, desde un punto de vista filosófico, académico, religioso, y comenzar otra vez a aprender todo eso.

-La responsabilidad es también del periodismo...

Sin duda eso es así.

Diplomacia en la cumbre: piedra de toque

-El desbarajuste político de Japón está afectando también a la diplomacia. 2012 traerá el relevo de varios líderes de los países más importantes del mundo y se esperan otros grandes cambios. ¿Qué política exterior debería llevar Japón?

Últimamente apenas se ve que haya entre los políticos con más poder una estrategia diplomática sistematizada. Los políticos de Japón tienen que mantener contactos también con políticos de otros países y desde esa perspectiva deben tener una estrategia diplomática propia, que aúne un criterio para los asuntos internacionales con una estrategia en política nacional.

En este punto, los políticos extranjeros están bien pertrechados. Como representantes de sus respectivos países afrontan los contactos diplomáticos sobre una base firme. También en Japón, en épocas en que la política era de base académica, se ponían unos cimientos, los políticos aprendían también los sistemas básicos de la diplomacia. Como he dicho antes, creo que cada uno de los políticos tiene que reconsiderar y reafirmar las posiciones básicas, los valores que debe defender en la política.

-En la política nacional, lo mismo que en la exterior, para un político es importante tener una base. ¿Podría decirse que es esa la cualidad que se le exige a un líder?

Para responder a preguntas como cuál es la posición que ocupa uno en un momento dado, o en qué época vivimos, es importante tener unos valores, una filosofía y una visión de la historia.

Antes, para ser político había que tener muy trabajados esos aspectos, pero a los políticos de hoy en día les falta empeño en el estudio. Teniendo unos valores, una filosofía y una visión de la historia más depurada, se gana volumen como persona, la persona se agranda.

No puede dejarse la diplomacia en manos del ministro de Relaciones Exteriores. El ministro de Relaciones Exteriores es un auxiliar, el peso recae sobre el presidente o primer ministro. Por eso, las cumbres de máximos representantes son la verdadera esencia de la diplomacia. La diplomacia es una competición en la que esos representantes miden sus fuerzas, su inteligencia. A veces yo lo expreso diciendo que las cumbres son como los juegos olímpicos de la diplomacia. Para un político ganar volumen, es decir, cultivar una visión de la historia, tener consciencia de la época, tener una visión propia del mundo, significa poder medirse con los políticos extranjeros, e incluso superarlos. Hace falta tener discernimiento sobre todo eso.

Cuando se inicia una conferencia cumbre, bastan 10 minutos para saber el fuste de la persona que tienes delante. Aunque hable en otra lengua, si observas sus expresiones, la forma que tiene de decir las cosas, eso se transmite. Y si hay veces que compartes los mismos valores y simpatizas, otras veces las posturas son opuestas. Aunque tengas un desencuentro, si consigues convencer al otro de que eres un adversario digno de respeto, también es una forma de fortalecer la posición de tu país.

La confianza mutua que se alimenta de esta forma, en las cumbres, es lo que mueve la diplomacia. Y lo que hace falta para conseguir esa confianza de los máximos representantes de los países es ser competente como político. Pero en lo que se refiere a formación de políticos que sepan sobrevivir a estas cumbres, la educación que se viene impartiendo tras la guerra deja mucho que desear.

La misión es superar las crisis

-En 2011 hemos sufrido el gran desastre causado en la parte oriental de Japón por el terremoto con tsunami de marzo. Ha ocurrido también un accidente nuclear. En momentos de crisis como estos, lo más determinante es la competencia de los políticos, su capacidad, ¿no es cierto?

Un político debe cargar siempre con su parte correspondiente en el destino de su país. Nada más tomar posesión del cargo de primer ministro puede ocurrir por casualidad un gran terremoto, un accidente nuclear de gran envergadura, un conflicto internacional, o se puede sufrir una crisis en las finanzas del estado, son fatalidades que ocurren en la vida de un político.

Pero es que la misión del político es esa, es superar todo eso. Saber interpretar correctamente los acontecimientos, hacer las cosas a la perfección y pasar el relevo para iniciar una nueva época. Ese es precisamente el trabajo que debe hacer un político. Por eso hay que estar siempre estudiando, ejercitándose. Es lo que hicimos todos nosotros, Ogata, Yoshida, Hatoyama y yo.

-En la época en que usted fue primer ministro entró en erupción el volcán Miharayama, en la isla de Izu Ōshima, y fue posible evacuar totalmente la isla con gran rapidez, la gestión de la crisis fue perfecta.

Bueno, nuestra generación pasó por la experiencia de la guerra y mentalmente estábamos preparados para un estado de emergencia. Hemos aprendido cómo tiene que comportarse un líder en caso de emergencia desde nuestros tiempos de alférez, o de teniente. Cuando me hice político ya sabía perfectamente como debía actuar un líder en un caso así. Tenía ya esa experiencia. Estaba listo para ponerme en acción ante cualquier cosa. No tenía necesidad de consultar con nadie. Así que cuando me nombraron primer ministro ni me asusté ni perdí la serenidad. Porque lo que tenía que hacer era lo que había venido estudiando previamente.

La gente de ahora no tiene esa experiencia y tampoco tiene dónde estudiar. Lo único que pueden hacer es estudiar por sí mismos o conseguir que alguien mayor y más experto que ellos les enseñe. Y es necesario que ellos transmitan sus conocimientos. Pero es que ya han desaparecido las oportunidades para aprender por medio de esas relaciones entre mayores y jóvenes y el aprendizaje práctico de lo que es la política. Si pensamos en qué es hacer una buena gestión de crisis y luego miramos a los políticos, descubrimos que son unos novatos. Me da la sensación de que, no ya en la política, sino en otros muchos campos, la formación para el liderazgo es una de las tareas pendientes de Japón.

Hace falta “avidez”

-¿Qué es lo que más necesita la educación japonesa y, en general, qué necesitan los japoneses?

Yo empecé ya en la época de estudiante a ejercitarme como ser humano, a estudiar por mi cuenta, a ir asentado todo eso que luego serviría de base para ser político. Y desde el momento en que decidí ser político, concentré toda mi actividad diaria en ese objetivo, traté de nutrirme más espiritualmente, de fortalecer el cuerpo y la mente. Me pregunto si ahora la gente que se dedica a la política se habrá preocupado alguna vez por estas cosas. En mi época se estudiaba más a los sabios antiguos, admirábamos mucho a los monjes zen y a esa clase de personas, yo creo que siempre estábamos ávidos de arrancarles algo. Ahora la gente no tiene esa avidez.

Yo pienso que el sistema educativo de antes de la guerra fomentaba esa avidez de ejercitarse como ser humano. Y que con el actual, por el contrario, resulta difícil desarrollar una capacidad tan ambiciosa de absorción de ese tipo de nutrientes. En resumen, el asunto es cómo hacer personas. A veces se oye decir que el bachillerato de la preguerra funcionaba bien y, ciertamente, se aprendían muchas cosas, no solo en las aulas o de los libros, también en las competiciones deportivas, en la vida en los dormitorios de estudiantes, o escuchando a los de cursos superiores. Creo que entonces existía una avidez muy grande por conseguir lo que ya habían conseguido los mayores. Hoy en día la gente ha perdido esa avidez, es más despreocupada.

-¿Puede decirse que ahora la gente estudia poco y que se está debilitando su capacidad para llegar al fondo de las cosas?

Pues, sí. Lo dicho: esa avidez, ese interés por llegar a la verdad de las cosas es lo más importante.

-¿Confía usted en el Japón del siglo XXI?

Sí, confío.

-¿De verdad?

Sí, claro. El pueblo japonés, si nos remontamos en la historia, es ese pueblo que quedó confinado en el archipiélago que recibía el nombre de Ōyashima y, en cierto sentido, es un pueblo con fuertes lazos de solidaridad. No es algo que se revele en situaciones normales, pero en los momentos críticos esa solidaridad siempre se manifiesta. Su base es la historia y el nacionalismo. Yo creo que en Japón hay todavía algo muy fuerte. Así que no creo que haya que preocuparse tanto.

(Entrevista realizada el 30 de septiembre de 2011 por Harano Jōji, director de la Fundación Japan Echo)

(Traducido al español del original en japonés)

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