Ōyama Yukio, el fotógrafo fascinado por el monte Fuji
[17.07.2013] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

El monte Fuji, declarado recientemente patrimonio de la humanidad por la UNESCO, es sin duda un lugar apreciado por todos los japoneses, pero nadie le ha dedicado su vida como lo ha hecho Ōyama Yukio. Este fotógrafo, que ha pasado casi 40 años inmortalizando el Fuji, nos habla del vínculo espiritual que le une a este paraje natural.

Ōyama Yukio

Ōyama YukioNacido en 1952 y fotógrafo de profesión, empezó a fotografiar el monte Fuji en 1976. En 1985 se trasladó a Oshinomura, un pueblo de la prefectura de Yamanashi situado al pie del volcán. En 1990 se estableció en Fujigane, un altiplano de la localidad de Fujikawaguchikomachi en la misma prefectura. La casa que allí se construyó tiene una enorme ventana en el salón que le permite admirar el Fuji las veinticuatro horas del día. Entre sus obras se encuentra Daichi no Fujisan (El monte Fuji desde su tierra, Yama-kei Publishers co., Ltd.). En 2011 obtuvo el premio de la Sociedad Japonesa de Fotógrafos Profesionales.

Una vida al servicio del monte Fuji

Un libro de fotografía con el que se topó por casualidad le cambió el destino. Las imágenes impresas en sus páginas mostraban un Fuji totalmente distinto del que el autor había observado desde su Odawara natal o desde la Yokohama en que se crió. En aquella época Ōyama compaginaba su trabajo en la empresa de construcción familiar con su afición por la fotografía, que aprendió de forma autodidacta y sin intención de convertirla en su profesión. La mayoría de sus fotografías eran de ferrocarriles. Sin embargo, las fotografías que vio en aquel libro le causaron tal impacto que decidió dedicar todo su tiempo libre a inmortalizar el Fuji.

Ōyama, que en aquel tiempo contaba con tan solo 24 años, subió a las montañas que rodean el Fuji para observarlo desde fuera, recorrió sus bosques incansablemente y hasta fletó un Cessna para sobrevolar sus paisajes. Pasaba los días sin pensar en otra cosa que no fuese el volcán. Tanto es así que, de los veintitantos a los treinta, vivió considerándose a sí mismo no como fotógrafo, sino como un esclavo al servicio del monte Fuji. Tras ocho años de dedicación, al fin pudo mostrar su extensa obra al público en una exposición en solitario.

“En aquel entonces no había ningún fotógrafo que se centrara en el Fuji como tema” —comenta Ōyama. “Los fotógrafos de paisajes de montaña se mofaban de mí por dedicarme a un tema tan gastado. Supongo que la imagen del Fuji tenía demasiado peso. El Fuji se concebía como una imagen estática y perfecta, que te mira como sonriente desde la lejanía. A nadie se le ocurría ir más allá para intentar captar su realidad de una forma más profunda.

El Fuji es una montaña tan famosa que precisamente por eso nadie conoce cómo es realmente. Por ese motivo me propuse captarlo de un modo que rompiera con las imágenes estereotípicas creadas hasta el momento. Cuando algunas personas cuyas familias han vivido desde siempre en las faldas de la montaña visitaron mi exposición y me comentaron que nunca antes habían visto el Fuji de esa manera, casi se me saltaron las lágrimas de la emoción.”

Un vasto bosque rebosante de vida

Las insólitas imágenes del Fuji capturadas por Ōyama tuvieron una gran repercusión, abriéndole las puertas a nuevas exposiciones en solitario y atrayendo el interés de las editoriales fotográficas. El año siguiente a la exposición se trasladó de Yokohama a Oshinomura, un pueblo de la prefectura de Yamanashi situado al pie del Fuji, para dedicarse por completo a fotografiar la montaña. Seis años más tarde, a los 38, se construyó su propia casa con cúpula en el altiplano de Fujigane (municipio de Fujikawaguchikomachi, prefectura de Yamanashi), desde donde se puede admirar el Fuji más de cerca todavía. Apostado en este enclave estratégico, siguió profundizando su conocimiento sobre el gran volcán.

A los 41 años, Ōyama empezó a fotografiar exclusivamente el vasto bosque de Aokigahara, que se extiende en las faldas del monte Fuji. Este bosque nació hace unos 1.200 años, tras la titánica erupción de un cono volcánico en la ladera noroeste del volcán. En aquel tiempo los actuales lagos Motosuko, Shōjiko y Saiko formaban un único lago, pero el torrente de lava expulsado por la erupción dividió el lago en tres y creó una gran extensión de tierra volcánica al pie del Fuji. Con el paso de los siglos, la vegetación fue cubriendo el terreno creado por la lava hasta convertirlo en el bosque que hoy en día se conoce popularmente como jukai(el mar de los árboles). Sin embargo, los árboles que crecieron sobre las rocas volcánicas tienen una forma peculiar que confiere al bosque un aspecto distinto al del resto. Las raíces de los árboles crecen retorciéndose en todas las direcciones, reptando por las rocas que los sustentan. Ese aspecto tan especial lo convierte en un lugar siniestro a ojos de la mayoría, contribuyendo a difundir creencias supersticiosas como que los que se adentran en él pierden el sentido de la orientación o como que las brújulas se vuelven locas en sus profundidades.

Fotografía de Ōyama Yukio

“La imagen macabra del bosque se debe en gran parte a la influencia de una serie de suspense de la televisión que se desarrollaba en el jukai. Su fama como escenario de numerosos suicidios ha ensombrecido su auténtico valor.

Sin embargo, al caminar entre los árboles del bosque, uno no tiene para nada la impresión de encontrarse en un lugar siniestro. Como el sobrenombre ‘Mar de los Árboles’ muy bien sugiere, si te adentras a pasear por el bosque en los días de lluvia o niebla, te da la sensación de estar paseando por el fondo del océano. Rodeado de ese verde intenso que impregna hasta el aire, uno siente la fuerza vital que emanan los árboles; esos árboles que extienden sus raíces sobre la fina capa de tierra que cubre la roca volcánica, estirando el tronco y las ramas a voluntad; esos árboles que luchan con todas sus fuerzas por vivir.”

Fotografía de Ōyama Yukio

La llamada de la montaña

A los 51 años Ōyama publicó Jukai: Fuji (Mar de los Árboles: el Fuji), un libro en el que documenta a conciencia la realidad del desconocido bosque de Aokigahara. Esta obra recoge el trabajo realizado durante diez años de duro esfuerzo recorriendo cada rincón del bosque con la cámara. Ōyama llega incluso a comparar su estilo fotográfico con el shugendō, una religión que promulga la práctica del ascetismo en la montaña. En cada expedición que realiza a la montaña, trípode y cámara en mano, saca tan solo ocho fotografías. Se trata de un diálogo constante con la montaña en el que solo dispara el obturador cuando ve algo que lo merece y en el que, sin duda, disfruta de un tiempo de una riqueza envidiable.

“Mientras recorro la montaña, a menudo llega un momento en el que siento que me fusiono con el bosque. Al vaciar la mente y aguzar los sentidos, tengo incluso la sensación de poderme encontrar con los espíritus y las hadas del bosque; tan sagrado es el ambiente en el jukai.

A medida que me adentro en el bosque, siento como si el monte Fuji se acercara más y más a mí. Solo en las profundidades del bosque, a veces me parece oír voces que me llaman desde algún lugar indeterminable. ‘Ōyama —parecen decirme—, ¡date prisa y entra en nuestro mundo!’. Y, sin saber ni cómo, me siento como si estuviera en un mundo distinto. Las fotografías que logro capturar en esos momentos muestran paisajes que incluso a mí me resultan increíbles.”

Un monte sagrado donde moran los espíritus

A sus 61 años de edad, Ōyama ha pasado casi cuarenta junto al Fuji. Le preguntamos qué significa para alguien como él su reciente inclusión en el patrimonio mundial de la UNESCO.

“El Fuji no es simplemente un lugar hermoso; es un monte en el que moran los espíritus de la antigüedad, la fuente misma del animismo japonés. Me gustaría que las personas que vienen desde otros países a visitar el Fuji sintiesen su espiritualidad, porque estoy convencido de que no existe en el mundo ningún bosque tan espiritual como el jukai. No puedo evitar sentir que el monte esconde puertas desconocidas a otro mundo.”

Esperamos que la inclusión en el patrimonio mundial de la UNESCO atraerá a un número creciente de visitantes de todo el mundo que vendrán a descubrir su embrujo. Seguramente para Ōyama, que ha dedicado una vida entera a captar y mostrar los misterios que esconde, también será un motivo de gran satisfacción.

Entrevista y redacción: Kondō Hisashi (director de Nippon Communications Foundation)
Fotografía: Kodera Kei

  • [17.07.2013]
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