Panorama Tradiciones “cool”, modernidad y belleza tradicional
Las xilografías ‘ukiyo-e’, un medio de comunicación durante el período Edo

Brigitte Koyama-Richard [Perfil]

[09.01.2014] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

En la actualidad, las xilografías japonesas gozan de la admiración del público que acude a los museos para verlas colgadas de las paredes de sus salas de exposiciones. Sin embargo, en el período Edo, época en que se crearon, formaban parte de la vida diaria del pueblo nipón como un elemento lúdico, pedagógico y mediático. Constituyen un fiel reflejo de la sociedad japonesa de aquel entonces y continúan despertando grandes pasiones incluso a día de hoy.

En Francia, las exposiciones dedicadas a las xilografías ukiyo-e cuentan siempre con una gran afluencia de visitas. El arte japonés despierta una fascinación sin igual en Occidente desde la segunda mitad del siglo XIX, germen del extraordinario movimiento artístico conocido como Japonismo. En un principio, el interés por este arte, sobre todo por las xilografías, se concentró exclusivamente en los círculos formados por iniciados en la materia. Sin embargo, estas obras empezaron a atraer pronto la atención de un público cada vez más numeroso gracias a la celebración de exposiciones universales y a la existencia de tiendas especializadas en la venta de objetos del Lejano Oriente. Las hermosas y coloridas xilografías japonesas, asequibles hasta la década de 1890, despertaron pasiones entre personalidades como los pintores Manet, Degas, Monet y Van Gogh, el grabador Bracquemond, el escultor Rodin y los escritores Edmond y Jules de Goncourt; a todos ellos les sirvieron como fuente de inspiración.

El entusiasmo de Occidente por los ukiyo-e fue toda una sorpresa para los japoneses, que nunca los habían visto como obras de arte: para los habitantes del país del sol naciente estas xilografías polícromas eran un elemento lúdico, pedagógico y mediático que formaba parte de la vida cotidiana.

Regresamos al período Edo (1603-1868) para explicar cómo se usaban estas xilografías en la época en la que nacieron.

El nacimiento de las xilografías japonesas

El shogun Tokugawa Ieyasu (1542-1616) decidió en 1603 que la nueva capital administrativa se ubicara en la pantanosa localidad de Edo, la actual Tokio. Poco tardó esta en convertirse en una gran ciudad capaz de rivalizar con Kioto, capital imperial en la época. Durante el período Edo (1603-1868), denominado así por la capital administrativa, Japón fue testigo de una paz y una estabilidad que propiciaron el crecimiento de la economía. En aquel entonces, los señores feudales, los daimyō, estaban obligados a servir al shogun durante determinados períodos de tiempo en Edo bajo un sistema denominado sankin-kōtai. Tras cumplir con lo estipulado por el gobierno de Tokugawa, podían regresar a sus tierras acompañados de su escolta. Sin embargo, sus mujeres e hijos debían permanecer en la capital, y se convertían en rehenes del shogun. Estos desplazamientos entre los feudos y Edo eran agotadores y muy costosos, de ahí que los señores feudales se endeudaran rápidamente y se vieran obligados a pedir préstamos a los comerciantes. De este modo, la clase social formada por los mercaderes y los artesanos se enriqueció fácilmente y comenzó a sentir el deseo de llevar una vida cómoda y llena de diversiones; poco después empezaron a imponer sus gustos en materias como el arte, la literatura, el teatro y todo tipo de espectáculos. Así fue como nació una cultura novedosa y rica en manifestaciones. En este contexto se originaron también los ukiyo-e, fruto de una técnica en constante evolución para mejorarse y adaptarse a las tendencias de la época. Cabe destacar que el término ukiyo-e se refiere tanto a xilografías como a cuadros.

La xilografía llegó a Japón desde China y, en un principio, se utilizó para estampar e ilustrar textos budistas. Se ‘reinventó’ en el siglo XVII, cuando el pintor Hishikawa Moronobu (?-1694) decidió utilizar esta técnica para realizar xilografías en hojas separadas, alrededor del año 1660. Estas primeras obras, denominadas sumizuri-e, eran en blanco y negro, y se elaboraban con tinta china sobre papel tradicional japonés. Sin embargo, la gente quería comprar xilografías en varios colores. Fue entonces cuando se comenzó a utilizar un tono anaranjado, el tan, una mezcla de azufre y mercurio. Así nacieron los tan-e. A estos les siguieron, cien años después, los beni-e, que presentaban un tono más rojizo obtenido a partir del cártamo o alazor, y los urushi-e, lacados en negro.

A mediados del siglo XVIII, los artesanos comenzaron a elaborar xilografías de dos o tres colores, los denominados benizuri-e. Su nacimiento supuso un progreso fundamental hacia la creación de las xilografías polícromas, las denominadas xilografías brocadas (nishiki-e), de la mano del pintor Suzuki Harunobu (1725-1770) en torno al año 1765.

Las primeras xilografías polícromas se vendían muy caras, pero su precio bajó rápidamente y se situó por debajo del de un cuenco de tallarines. Los ukiyo-e son el fruto de un trabajo en equipo: en primer lugar, un editor encargaba un dibujo, que siempre se realizaba con pincel y tinta china, a un pintor de su elección. Posteriormente, el trabajo del artista tenía que recibir la aprobación de la censura para poder enviárselo a un grabador y a un estampador(*1). En todo este proceso, el editor era quien desempeñaba el papel principal. Entre los principales editores destaca Tsutaya Jūzaburō (1750-1797), que descubrió a algunas de las grandes figuras de la época, tales como Utamaro, Hokusai y Sharaku, con quienes entabló una gran relación profesional.

Las xilografías, que estaban a la venta en tiendas especializadas (ezōshiya) o se podían adquirir a través de vendedores ambulantes, se le entregaban al comprador enrolladas, tal y como se hace a día de hoy con los carteles. Eran el regalo perfecto para las personas que se desplazaban desde las provincias a la capital, o para aquellos que viajaban fuera de la ciudad, por su poco peso. Gozaron de un gran éxito hasta la llegada de la fotografía en el siglo XIX.

Las xilografías utilitarias y publicitarias

Niño sobre caballo de juguete (1765-1770), de Suzuki Harunobu.

Suzuki Harunobu elaboró la primera xilografía polícroma para un calendario ilustrado (egoyomi). Los personajes andróginos de silueta grácil que dibujó y los estampados gofrados y en relieve, karazuri o kimedashi, respectivamente, de su obra dejaron maravillados a sus contemporáneos.

Posteriormente, se realizaron numerosas xilografías con fines precisos: en aquella época el comercio se encontraba en pleno apogeo, por lo que era necesario realizar publicidad para restaurantes y sederías; estas últimas constituyen el origen de los grandes almacenes de nuestro tiempo. Las xilografías se empleaban para elaborar los reclamos publicitarios de estos establecimientos, especialmente a finales del período Edo. En esta obra de Utagawa Hiroshige (1797-1858) se observa la tienda de seda Daimaru, unos grandes almacenes en la actualidad.

Las xilografías servían también para informar de cómo protegerse o curarse de determinadas enfermedades contagiosas; en ellas se indicaban qué alimentos había que consumir o evitar en tales casos. Además, se empleaban para anunciar cosméticos, especialmente los polvos blancos (oshiroi) que las mujeres utilizaban para maquillarse la cara y la nuca, y el beni, precursor de las barras de labios actuales. En las xilografías se podían ver los tres colores propios del maquillaje de las mujeres de la época: el blanco para la piel, el rojo para la boca y el negro para las cejas y los dientes; en aquel entonces, las japonesas tenían todavía por costumbre ennegrecerse la dentadura al casarse. Posteriormente se puso de moda un cuarto tono, el verde, para pintarse el labio inferior como lo hacían las prostitutas. Se obtenía aplicando sucesivas capas del beni, preciado y costoso.

Yoshiwara, barrio del placer de Edo famoso por sus prostitutas de alto rango, aparecía representado en las xilografías a menudo. Las mujeres que trabajaban allí eran portadoras de las últimas tendencias en peluquería y maquillaje. Sin embargo, tras la fastuosidad y la seda de sus kimonos se escondía una vida poco envidiable; muchas de ellas, especialmente las de bajo rango, morían jóvenes.

La representación de la belleza femenina alcanzó su apogeo de la mano del artista Kitagawa Utamaro (1753-1806). Sus retratos de mujeres en primer plano sobre un fondo micáceo se pusieron de moda.

A los pintores de ukiyo-e les gustaba retratar, además de a las prostitutas de alto rango, a los actores de kabuki, un colectivo al que muchas personas imitaban también. La gente compraba las xilografías en las que aparecían como se hizo en Occidente, siglos después, con las fotografías de las estrellas de cine. Gozan de fama las obras del enigmático Sharaku, cuya identidad sigue siendo todo un misterio a día de hoy, si bien existen numerosas hipótesis acerca de quién era en realidad.

En el siglo XIX creció el interés por los viajes y las peregrinaciones, y con él vieron la luz magníficas xilografías de artistas como Hokusai y Hiroshige. Sus obras paisajísticas supusieron un enorme reclamo publicitario de los lugares que representaban.

Las xilografías pedagógicas

La educación comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante en la sociedad japonesa durante el período Edo. Además de las escuelas a las que solo podían asistir los hijos de los samuráis, surgieron establecimientos educativos en los templos, los terakoya, a los que los comerciantes y los artesanos, y posteriormente los campesinos, mandaban a su prole. Las enseñanza de estos centros no era religiosa, sino que se impartían materias como el cálculo, la caligrafía y la lectura. Existen numerosas xilografías en las que se puede ver a niños riéndose, llorando, divirtiéndose o estudiando en la escuela. También se realizaban xilografías para facilitar que los escolares aprendieran a leer los caracteres del kana y los ideogramas chinos, y para ayudarlos a recordar los nombres de flores, pájaros, etc. En la era Meiji (1868-1912) Japón se abrió al exterior y se comenzó a enseñar inglés en el país, razón por la cual se crearon xilografías para el aprendizaje del alfabeto latino y el vocabulario básico de este idioma.

La famosa tienda de kimonos Daimaru en Ōdenmacho, Edo (1847-1852), de Utagawa Hiroshige.

 

(Desde la izquierda) Lo preferido de ocho bellezas de nuestro tiempo: perdedora bebiendo (1823), de Keisai Eisen; La prostituta Hanaogi, del establecimiento Ogi-ya, y sus ayudantes (1796), de Kitagawa Utamaro; El actor Segawa Kikunojo III en el papel de Oshizu, esposa de Tanabe Bunzo (1794), de Tōshūsai Sharaku.

Las xilografías lúdicas

Seguro que nadie se atrevería a recortar una xilografía japonesa a día de hoy. Sin embargo, hubo un tiempo en el que existían obras de este tipo recortables, tales como dibujos de muñecas y kimonos para vestirlas, maquetas para montar, incluso juegos de la oca que hacían las delicias de niños y adultos. Se vendían también jeroglíficos y sombras chinescas, de gran popularidad entre el público en general.

Treinta y seis vistas del monte Fuji (1831-1834), de Katsushika Hokusai.

Las xilografías mediáticas

A finales del período Edo, el pueblo japonés desarrolló un mayor interés por los hábitos y costumbres de los extranjeros, de ahí que se realizaran numerosas xilografías que recogían momentos de la vida cotidiana de personas de otros países.

Las xilografías resultaron muy útiles también en una época en la que no habían nacido los periódicos: se utilizaban para hacer llegar la información a las provincias más recónditas. Así, se comercializaban xilografías para informar de sucesos tales como el fallecimiento de un actor de kabuki, desastres naturales, crímenes, etc. Existían, además, otros muchos tipos de xilografías; por ejemplo, retratos de samuráis importantes, y representaciones de monstruos y fantasmas.

(Izquierda) Jeroglíficos de samuráis (1847-1852), de Utagawa Kuniyoshi. (Derecha) Secando a la sombra todo tipo de cosas de manera improvisada: un barco entrando al puerto y una taza de té con su platillo (1830-1843), de Utagawa Hiroshige I.

 

(Izquierda) Estados Unidos, Francia y Nankín (1860), de Utagawa Hiroshige II. (Derecha) Los cien cuentos: Sarayashiki (1831-1832), de Katsushika Hokusai.

Los surimono

Las únicas xilografías realmente artísticas eran los surimono, obras de gran belleza que la censura no controlaba. Estos magníficos ukiyo-e no se vendían, sino que se realizaban a petición de particulares que luego los regalaban. En su elaboración, se empleaban el papel más suave, los pigmentos más lujosos y las técnicas más sofisticadas de estampados gofrados y de degradación de colores, y no se escatimaban los polvos de oro y plata. Para poder admirarlas en todo su esplendor era necesario sujetarlas con las manos ligeramente inclinadas; así se podía captar la delicadeza de sus tonos y partes brillantes.

Los formatos

A lo largo del período Edo surgieron diversos formatos, cuyas características se fueron estableciendo con el tiempo. De una simple hoja se pasó a elaborar dípticos y trípticos, incluso obras con más partes. Entre las xilografías decorativas conviene destacar los hashira-e, que solían ir sobre un soporte y se colocaban en la estancia principal de los hogares japoneses, concretamente en una parte de esta sala denominada tokonoma. Se trata de un espacio consagrado, por lo general, a la ornamentación tradicional. De hecho, las xilografías sustituían a cuadros más caros; a veces se pegaban en una columna de la casa (hashira significa “columna” en japonés, de ahí su nombre).

Las xilografías eróticas estampes

La imagen que se tiene de los ukiyo-e tanto en Japón como en Occidente se limita en numerosas ocasiones a las xilografías eróticas. Existían dos tipos: los abuna-e y los shunga. Los primeros contenían cierta sensualidad que consistía, por ejemplo, en mostrar una pierna desnuda que salía de un kimono, mientras que los segundos eran piezas eróticas propiamente dichas; algunos de estos últimos fueron creados por los artistas más famosos de la época. Su belleza sorprendió a muchos occidentales, entre ellos al escritor Edmond de Goncourt, entusiasta de estas obras que afirmó: “El otro día compré una colección de obscenidades japonesas. Me alegran, me divierten y me maravillan. Las observo fuera de la obscenidad, que está presente, pero parece no estarlo, y que yo no veo en realidad, ya que se pierde en la fantasía.” (Diario íntimo, memorias de la vida literaria, de Edmond y Jules de Goncourt)

Las xilografías japonesas no han cesado de ser una fuente de inspiración y fascinación para los artistas de todo el mundo con el paso del tiempo. Su elaboración, completamente manual, sorprende al público en general. Solamente los mejores artesanos son capaces de alcanzar la perfección.

(Traducido al español del original en francés)

Fotografía del banner: Treinta y seis vistas del monte Fuji: La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai. (The Adachi Institute of Woodcut Prints)

(*1) ^ Dedicaremos otro artículo al proceso de fabricación.

  • [09.01.2014]

Profesora de Humanidades en la Universidad Musashi. Nació en París. Doctora en Literatura Comparada de la Universidad de París. Aprendió la literatura moderna en la Universidad de Waseda, en Japón. Sus especialidades son la literatura comparada y el arte (japonismo). Es autora del libro Yumemita Nihon: Edomon do Gonkūru to Hayashi Tadamasa (El Japón visto en sueños de Edmond de Goncourt y Hayashi Tadamasa) entre otros.

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