Panorama Un viaje a lo cotidiano a través del ‘sentō’
Los baños públicos japoneses, antes y ahora
[05.12.2017] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية | Русский |

Los sentōs, los antaño indispensables baños públicos japoneses, comenzaron a perder clientela con la llegada de las bañeras a los hogares, y cada vez quedan menos. Quizá incluso haya japoneses que nunca han visitado uno. Sin embargo, el sentō posee un sabor especial innegable, diferente a las aguas termales o la bañera de casa.

Takarayu, un ejemplo perfecto de sentō

Si se trata de disfrutar de un baño público en Tokio, nos parecen muy recomendables cualesquiera de los más de treinta establecimientos que se encuentran operativos en el distrito de Adachi. Se trata de una zona con potentes sistemas de ayudas para dichos locales (fue el primer distrito en implementar un descuento para estudiantes); pese a que ya son muchos los hogares que cuentan con bañera, muchos habitantes de Adachi continúan haciendo uso del sentō de toda la vida, hoy día.

De entre todos ellos aquel que nadie debería perderse es el legendario Takarayu, fundado en 1927. Se considera el representante de los locales con aire retro, y son muchos los aficionados que acuden desde lejos para disfrutar de su ambiente. En la construcción del majestuoso edificio, de estructura similar a la de un templo budista, participó un miyadaiku, carpintero especializado en templos y santuarios, a principios de la era Shōwa (1926-1989); Takarayu cuenta con una chimenea para expulsar el humo que se produce cuando queman leña para calentar el agua de las bañeras.

En los sentōs de la región de Kantō la entrada suele contar con tejados como los de un templo.

La chimenea del sentō mide 23 metros.

“Cuentan que, cuando mi abuelo cavó el pozo con el que se dio comienzo al sentō, alrededor no había más que arrozales”, dice Matsumoto Kōichi, el tercer propietario de la familia. Había también un sentō que ardió durante los bombardeos, en la guerra, pero el Takarayu sobrevivió, por suerte. “Cuando empezaban los ataques aéreos y las luces se iban, los clientes se bañaban a la luz de velas”, cuenta Matsumoto, mostrando hasta qué punto el sentō estaba unido a la vida cotidiana de los japoneses.

Matsumoto vistiendo el escudo de su familia, encontrado en una vieja caja de té; data del mismo año que propio local.

Un pequeño tesoro: fotografías del momento en que el local actual fue construido, en 1938.

La mayoría de los clientes actuales son ancianos de la zona. No es que carezcan de bañera en su casa, sino que “Para los mayores, considerando las facturas del agua y el gas, y el trabajo que cuesta limpiar, resulta más rentable visitar el sentō”, dice Matsumoto. Allí se encuentran con otros clientes, y en caso de que ocurra un accidente —si se desmayan en el agua, o les da un ataque al corazón en el vestuario— pueden recibir ayuda. Cerca del local se han abierto casas de huéspedes, y también está aumentando el número de clientes que vienen del extranjero.

El techo de los vestuarios es muy alto, y da sensación de libertad. La zona femenina cuenta con camas para bebés.

El espacioso jardín hace sentir al visitante la belleza de Japón; fue construido por el abuelo del dueño, que tenía algo de talento como jardinero, y hoy día se mantiene bien cuidado. “Los sentōs de antes contaban todos con un jardín, pero en muchos casos el espacio se ha convertido en una zona para lavadoras. El antiguo puesto del vigilante, colocado en un lugar central elevado desde el que se puede observar tanto el vestuario de los hombres como el de las mujeres, servía para que una sola persona pudiera vigilar los efectos personales de los clientes y comprobar que nadie transgredía las reglas. Sin embargo, es una costumbre que se ha ido perdiendo porque cada vez son más quienes dicen que no quieren que los vean cuando están desnudos. Con la reforma de 1988, en Takarayu también se abandonó el puesto del vigilante en favor de una recepción normal.

El jardín junto al vestuario masculino.

Izquierda: disfrutar de las vistas del jardín japonés tras el baño es un placer que no se da todos los días. Derecha: la entrada al baño masculino está a la izquierda, en Takarayu, y el femenino a la derecha. No nos equivoquemos…

La pintura del baño es una colaboración entre Maruyama Kiyoto, pintor de sentōs, y Machida Shinobu, el principal experto en estos establecimientos. Ambos lados se pueden utilizar, y al dar la vuelta a la imagen aparece un cuadro de Nakajima Morio.

En el techo de la zona de baño hay ventanas para que salga el vapor de agua

Izquierda: uno de los anuncios típicos en el cubo del sentō, en este caso del medicamento Kerorin. Derecha: Bobi, el ejemplo perfecto de cómo relajarse en el baño.

El sentō entre bastidores

Un día en el sentō comienza y termina limpiando. La limpieza de la mañana comienza a las nueve y dura entre dos y tres horas. Sobre las once y media se empieza a quemar la leña y tras una hora y media el agua queda a punto para bañarse. El local abre al público a las tres de la tarde, y cierra a las once y media de la noche. Después de cerrar, durante una hora, tres o cuatro personas se encargan de la limpieza. Unas ventanas a gran altura, denominadas yugenuki, que se pueden abrir desde el exterior, permiten la salida del vapor de agua. En verano las dejan abiertas todo el tiempo.

Una limpieza concienzuda a diario mantiene un espacio impecable.

Las ventanas para la salida del vapor.

La leña es el combustible que se usa principalmente para calentar el agua. Antes la madera se traía desde Kiba, lugar en el que se reunía madera, por medio de unas barcazas, usando el cercano río Sumida. En el distrito de Adachi había antes muchos aserraderos y fábricas de lápices y de contrachapado, por lo que ya se solían recolectar en camiones las virutas, astillas y otros recortes de la madera.

Ya no quedan muchas fábricas de ese tipo, por lo que la leña para el sentō proviene de postes y vigas de centros de desguace, pero a veces ni siquiera se puede conseguir de esos proveedores. Por esta razón las bañeras de Takarayu están diseñadas para poder también calentarse con gas. Por supuesto, el coste de cada método es muy diferente. “Con la leña se paga la mano de obra, mientras que cuando debemos usar gas sube el coste de forma desorbitada”, dice Matsumoto con pesar.

El calentador de gas.

El trabajo en un sentō es, contrariamente a lo que se podría pensar, muy duro. A pesar de ello Matsumoto ha seguido protegiendo el local Takarayu hasta hoy día, atendiendo a las expectativas de los aficionados a los baños, y empezando por sus clientes habituales.

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  • [05.12.2017]
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