Tres grandes festivales de Japón

Tres grandes festivales donde el cielo se ilumina con miles de farolillos

Cultura Vida

En esta serie ofrecemos una selección de tres festivales de distintos géneros de entre todos los que se celebran en Japón. En esta entrega presentamos festivales nocturnos que cuentan con miles de farolillos.

Los farolillos, un elemento indispensable de los festivales

Con la puesta del sol comienza a escucharse el matsuribayashi, la música típica de festival, y por cada rincón se van encendiendo los farolillos. Cada uno de ellos apenas cuenta con la luz de una vela, pero a medida que se suman en centenares e iluminan el yagura (la plataforma de madera desde la que tocan los músicos) o los dashi (las carrozas que desfilan para dar la bienvenida a los dioses), llenan la noche de luz. Se trata de una escena típica en muchos festivales de Japón.

Los farolillos, esas linternas que consisten en una vela montada en un marco de bambú o madera, y protegida con papel washi, son un elemento indispensable en los festivales desde la antigüedad. Cuando, hacia finales del periodo Heian (794-1185), llegó del continente el prototipo de este dispositivo de iluminación, se empezó a utilizar en la corte imperial y en los templos. Al entrar en el periodo Edo (1603-1868), con la amplia difusión de las velas japonesas, cuya mecha y cera vegetal se habían mejorado para prolongar su tiempo de combustión, los farolillos se extendieron también entre la gente común. Aparecieron modelos plegables y otros ligeros y fáciles de transportar, y fueron convirtiéndose de este modo en un artículo de uso cotidiano.

Y aunque hoy en día predominan las bombillas eléctricas, los farolillos siguen siendo imprescindibles en celebraciones como Obon. No son meras fuentes de iluminación nocturna; también sirven de guía para que los antepasados puedan regresar al hogar de la familia sin perderse. Esos faroles alineados en los festivales, que llevan inscritos los nombres de pueblos o de fieles, son ofrendas para expresar gratitud a los dioses y a Buda. Y dan la sensación de que en cada llama titilante habita un alma.

Presentamos ahora una serie de magníficos festivales nocturnos en los que, aún hoy, se sigue dando especial importancia a estos farolillos.

En el festival Akita Kantō se usan unos 10.000 farolillos con vela.
En el festival Akita Kantō se usan unos 10.000 farolillos con vela.

Festival Akita Kantō

(Ciudad de Akita, del 3 al 6 de agosto)

Los farolillos llenan de luz una avenida de más de 800 metros de longitud.
Los farolillos llenan de luz una avenida de más de 800 metros de longitud.

Los tres grandes festivales de verano de Tōhoku (el festival del Tanabata de Sendai, del 6 al 8 de agosto, el festival Nebuta de Aomori, del 2 al 7 de agosto, y el festival Akita Kantō) no solo destacan por su gran envergadura, sino que comparten también otros elementos: todos tienen su origen en rituales de verano destinados a alejar el mal, en los que se transferían las impurezas físicas y mentales a adornos de papel y faroles para luego lanzarlos al río o al mar.

Las tiras de papel en las que se escriben los deseos durante la fiesta de Tanabata solían ser también katashiro (“sustitutos”) que servían para transferir las desgracias, y se lanzaban al río junto con los adornos. La palabra nebuta proviene de una deformación de nemutai (tener sueño), y su origen se remonta a la costumbre de absorber el sueño de los agricultores, que trabajan de sol a sol durante la ajetreada temporada de verano, en carrozas con farolillos, para luego liberarlo en el mar. Asimismo, en el mencionado festival de Akita, aún hoy se lanzan al río las ofrendas sagradas de papel que han acumulado impurezas y desgracias, tras ofrecer una actuación con varas de bambú adornadas con ofrendas sagradas y faroles.

Todos estos festivales son muy llamativos y animados, y constituyen una tradición veraniega en la que da la sensación de que el terrible dios de las epidemias pudiera escaparse en cualquier momento. Entre ellos, el festival Akita Kantō es el mayor festival de faroles de Japón. Los farolillos, en la oscuridad, brillan con un tono dorado, algo que trae a la memoria las espigas de arroz maduras del otoño, por lo que se ha convertido en una celebración en la que, además de pedir salud y ausencia de enfermedades, se expresan deseos de una cosecha abundante.

En lo alto de la estructura de farolillos se cuelgan tiras de papel del santuario Hachiman Akita.
En lo alto de la estructura de farolillos se cuelgan tiras de papel del santuario Hachiman Akita.

Hay cuatro tipos de kantō, con una longitud total de entre 5 y 12 metros y un peso de entre 5 y 50 kilos. Los niños también participan en las actuaciones.
Hay cuatro tipos de kantō, con una longitud total de entre 5 y 12 metros y un peso de entre 5 y 50 kilos. Los niños también participan en las actuaciones.

Con la caída de la tarde, la gran avenida situada justo al lado de la estación de Akita se llena de unos 280 farolillos colocados en posición horizontal sobre el suelo, así como de los portadores que participarán en la actuación, y de los espectadores. Los kantō más grandes son pértigas que miden unos 12 metros de longitud total, llevan 46 farolillos y pesan unos 50 kilos. Se levantan al unísono al ritmo de gritos de “dokkoi-sho” y de música tradicional. Todos los presentes se emocionan ante el impresionante espectáculo de más de 10.000 farolillos que revolotean sobre sus cabezas.

A partir de aquí, la actuación se hace aún más magnífica. Los participantes van desplazando las enormes pértigas de farolillos de las manos a la frente, a los hombros y la cintura, sucesivamente. La posición koshizashi (con la pértiga en la cadera, y las caderas abiertas) es la más difícil, pero los más expertos logran mantener el equilibrio mientras agitan su abanico con naturalidad.

Los veteranos encadenan una sucesión de hazañas con el kantō, pértigas adornadas con 46 grandes faroles.
Los veteranos encadenan una sucesión de hazañas con el kantō, pértigas adornadas con 46 grandes faroles.

Cuando la actuación llega a su punto medio, varios portadores acercan los farolillos unos a otros, hasta que quedan perfectamente alineados. La tensión de pensar que podrían caerse es parte del encanto de este festival. Y si se cayesen, volverían a encender cada una de las velas inmediatamente para que hacerlas bailar en el cielo nocturno.

A partir del segundo día se celebran concursos de destreza.
A partir del segundo día se celebran concursos de destreza.

Festival Owari Tsushima Tennō

(Ciudad de Tsushima, prefectura de Aichi, cuarto fin de semana de julio)

Más de 2.000 farolillos adornan las barcas fluviales, creando un ambiente mágico.
Más de 2.000 farolillos adornan las barcas fluviales, creando un ambiente mágico.

Susanoo-no-Mikoto, el indómito dios de la mitología japonesa, se fusiona en una de las historias con Gozu Tennō, divinidad de las epidemias procedente de India; antaño se creía que al venerarlo y apaciguarlo se obtendrían protección contra todo tipo de calamidades. Hay unos 3.000 santuarios dedicados a este dios, como Tsushima-jinja y Tennō-sha, repartidos por todo el país, donde se celebran festivales muy animados durante el verano, época en la que antiguamente proliferaban las epidemias, con el fin de obtener la protección para gozar de buena salud y estar a salvo de las enfermedades.

El festival Owari Tsushima Tennō, que se celebra en la sede principal del santuario de Tsushima, en Aichi, cuenta con una elegante tradición: una procesión nocturna con barcas fluviales repletas de farolillos. El escenario es el cercano parque Tennōgawa, donde el río, que fue embalsado entre los periodos Edo y Meiji (1868-1912), se conserva hoy como el gran estanque Maruike. La víspera de la procesión nocturna, niños de entre 5 y 7 años interpretan música a bordo de las barcas; después se ofrecen plegarias en el santuario para pedir que el festival transcurra sin incidentes.

Los niños que participan en la procesión matutina del segundo día llevan un sombrero de flores y un traje de vivos colores; llevan colgado del cuello un kakko, un instrumento tradicional de percusión.
Los niños que participan en la procesión matutina del segundo día llevan un sombrero de flores y un traje de vivos colores; llevan colgado del cuello un kakko, un instrumento tradicional de percusión.

Los protagonistas del festival nocturno son cinco barcas makiwara-bune que llevan las plataformas. En el techo, formado por un armazón recubierto de paja enrollada, se insertan varas de bambú de las que cuelgan los farolillos. Hay 365 farolillos en el techo y 12 alineados en el pilar central, de 17 metros de altura. Aunque la tradición dicta que este número debe corresponder con los meses y días del año, incluyendo los que adornan los alrededores de las plataformas, en realidad hay unas 500 linternas colocadas en las barcas.

Al caer la tarde resuenan con alegría el instrumento de cuerda shamisen, el nagauta (música tradicional que suele acompañar al kabuki) y los tambores de la danza kagura, y se encienden uno tras otro los farolillos. La escena, con esa luz deslumbrante reflejada en el agua, es tan fantástica que los visitantes no pueden dejar de contemplarla, en su embeleso. Las embarcaciones se alejan una a una de la orilla en dirección al otabisho, el lugar de descanso en mitad del trayecto, en la orilla norte, para rendir culto al dios Tennō, que ha acudido en el mikoshi, el santuario portátil, a presenciar la procesión.

Los barcos se decoran con un adorno semiesférico de farolillos que contienen una gran vela de veinte monme (75 gramos), cuya llama dura entre 5 y 6 horas.
Los barcos se decoran con un adorno semiesférico de farolillos que contienen una gran vela de veinte monme (75 gramos), cuya llama dura entre 5 y 6 horas.

Tras el festival vespertino espera una larga noche de trabajo. A las cinco barcas makiwara-bune se les retiran los farolillos y se transforman en otro tipo de barcas, las danjiribune, adornadas con cortinas fastuosas, tallas y muñecos de teatro . Al día siguiente por la mañana tiene lugar el festival matutino. Cuando la flota, a la que se ha sumado una embarcación más, rema hasta la isla Nakanoshima del estanque Maruike, diez hombres que cargan la ofrenda llamada nunoboko a hombros se lanzan al agua sucesivamente desde la embarcación que va en cabeza. Al llegar a nado hasta el otabisho, rinden homenaje al mikoshi y corren hasta el santuario de Tsushima para ofrecer el nunoboko.

Se dice que este festival, que cuenta con unos 600 años de historia, ya fue presenciado en el periodo Sengoku (de los Estados Beligerantes, 1467-1573) por Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi, dos grandes líderes originarios de Owari. Este magnífico espectáculo provoca en el visitante la sensación de haber viajado hacia atrás en el tiempo.

Al amanecer, el barco recuerda el dibujo a tinta de un rollo ilustrado.
Al amanecer, el barco recuerda el dibujo a tinta de un rollo ilustrado.

La ofrenda del nunoboko, momento culminante del festival matutino.
La ofrenda del nunoboko, momento culminante del festival matutino.

Festival Chōchin de Nihonmatsu

(Nihonmatsu, prefectura de Fukushima, primer fin de semana y siguiente lunes de octubre)

Las carrozas con tambores de los siete barrios desfilan por la ciudad.
Las carrozas con tambores de los siete barrios desfilan por la ciudad.

En el gran festival de otoño del santuario de Nihonmatsu, situado en el norte de la prefectura de Fukushima, los fieles suben a las carrozas y tocan el shangiri, un tipo de tambor de acompañamiento festivo. El enérgico sonido del shangiri es el orgullo de la localidad, y tanto adultos como niños se dedican con gran pasión a este festival, ensayando durante todo el año y perfeccionando su técnica con baquetas sobre neumáticos a modo de tambores.

En la carroza un niño toca un tambor grande, tres tocan otro tambor pequeño, entre tres y cinco tocan la flauta y uno toca una campana.
En la carroza un niño toca un tambor grande, tres tocan otro tambor pequeño, entre tres y cinco tocan la flauta y uno toca una campana.

En el desfile matutino también merece la pena ver los vivos colores y las deslumbrantes figuras esculpidas.
En el desfile matutino también merece la pena ver los vivos colores y las deslumbrantes figuras esculpidas.

El festival se remonta a principios del periodo Edo; a partir de la segunda mitad de dicho periodo se empezó a decorar las carrozas taikodai con multitud de farolillos. En la actualidad, cada uno de los siete barrios saca su propia carroza, lo que lo convierte en uno de los festivales de farolillos más importantes de Japón: en total llegan a verse más de 2.000 farolillos encendidos.

El momento más espectacular es la ceremonia de salida de la primera noche, en la que se reúnen las siete carrozas. Al atardecer, cuando el sol se pone tras el monte Adatara, los hombres seleccionados de entre los vecinos del pueblo transfieren el fuego sagrado del santuario a las antorchas y salen corriendo al unísono hacia las carrozas que les esperan en el centro de la ciudad. Al llegar, se enzarzan en una carrera para encender sus respectivos faroles. Una larga vara de bambú que sostiene ocho faroles en su vértice, llamada suginari, es un receptáculo de los dioses que, una vez erigida, alcanza los 11 metros de altura.

Los corredores del fuego sagrado a la espera de la salida.
Los corredores del fuego sagrado a la espera de la salida.

La carroza con los tambores se arrastra al son de la música tradicional.
La carroza con los tambores se arrastra al son de la música tradicional.

El siguiente punto destacado es el desfile por las calles con las siete carrozas reunidas. En la cuesta Takeda-zaka (ascendente) y en la de Kameya-zaka (descendente) el ritmo de los shangiri cambia, y comienza a resonar una interpretación más desesperada, en la que se juega el prestigio de cada barrio.

A medianoche las carrozas llegan a la plaza situada frente a la estación JR de Nihonmatsu, y así concluye la primera jornada; sin embargo, durante los dos días restantes del festival, la música tradicional sigue resonando en la cabeza de quienes han participado. Es un festival grandioso que conmueve el corazón con su sonido y su luz.

Los farolillos tiñen de rojo el cielo nocturno.
Los farolillos tiñen de rojo el cielo nocturno.

* El calendario de festivales muestra las fechas previstas según otros años.

Fotografías: Haga Library.

(Artículo traducido al español del original en japonés.)

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