En profundidad La capacidad competitiva de las universidades en la era global
Globalización y reforma del sistema universitario en Japón: en busca de la competitividad

Amano Ikuo [Perfil]

[30.04.2014] Leer en otro idioma : ENGLISH | 日本語 | 简体字 | 繁體字 | FRANÇAIS | العربية |

Las universidades japonesas han experimentado frecuentes reformas sistémicas y organizativas durante las últimas dos décadas. Amano Ikuo, profesor emérito de la Universidad de Tokio, repasa los orígenes de las reformas que se han emprendido hasta ahora para hacer frente a la globalización y señala los puntos que todavía quedan por resolver.

Más de medio siglo después de la adopción de un nuevo sistema universitario en 1948, durante la ocupación estadounidense que siguió a la Segunda Guerra Mundial, las universidades japonesas vuelven a verse inmersas en una reforma de gran escala. La tempestad de cambios iniciada a principios de los años noventa sigue barriendo el mundo universitario en esta segunda década del siglo XXI. Pero, ¿por qué se reforma la universidad en Japón? A continuación me propongo indagar en las causas de este fenómeno a partir del análisis de tres megatendencias internacionales y tres factores de cambio propios de Japón.

Tres megatendencias mundiales: universalización, mercantilización y globalización

La primera megatendencia es la universalización de la educación superior o terciaria. El sociólogo estadounidense Martin Trow examinó la evolución de la tasa de escolarización en educación superior y, tomando el 15% y el 50% como tasas de referencia, observó que la escolarización ha ido aumentado por generaciones, pasando de un acceso “elitista” a un acceso “masificado” y, finalmente, a un acceso “universal”.

En Estados Unidos el acceso a la educación superior se universalizó entre los años setenta y ochenta, y el resto de los países desarrollados siguieron el mismo camino pasando del acceso “masificado” al “universal” durante los noventa. En Japón la tasa de escolarización se mantuvo estable entre el 36% y el 37% en los años setenta y ochenta, pero posteriormente se disparó hasta el 45,2% en 1995, el 51,5% en 2005 y el 55,1% en 2013. Y estas tasas solo incluyen la educación universitaria; si sumamos las escuelas técnicas superiores, otro tipo de instituciones de educación terciaria enfocadas a la formación profesional, la cifra asciende al 77,9% (gráfico 1). Una expansión cuantitativa de tal envergadura del sector y la tasa de escolarización requiere urgentemente un cambio cualitativo del sistema y sus instituciones. Desde este punto de vista, pues, la reforma universitaria japonesa forma parte de la tendencia global a la universalización de la educación terciaria.

La segunda megatendencia es la mercantilización. Hasta hace poco la educación superior se consideraba un sector cuyo mantenimiento y gestión debía recaer básicamente sobre las instituciones públicas. En Europa las universidades públicas son la norma. Estados Unidos, que cuenta con un número importante de centros privados muy potentes, es un caso raro en la esfera de los países occidentales, pero incluso allí el sector público engloba aproximadamente un 80% del alumnado. Viendo estas cifras, Japón, con casi un 80% del alumnado en el sector privado, resulta extremadamente excepcional.

El sector privado es básicamente un mercado en el sentido de que las universidades se ven obligadas a competir por la financiación, el alumnado y el profesorado. A la par con la transición a la masificación y la universalización, la tendencia mundial a la mercantilización de la educación terciaria ha empezado a afectar también al sector público. Los estragos financieros ante el agigantamiento del sector educativo, la necesidad de usar los limitados recursos con eficiencia y el deseo del sector privado de igualar su estatus al del sector público han ejercido presión para introducir los principios de mercado en el sector público. Esta tendencia se observa especialmente en la financiación y la gestión. En este sentido podemos equiparar la mercantilización con la privatización del sector público universitario. La corporativización de las universidades públicas, tema del que trataremos más adelante, es el ejemplo más representativo de la tendencia global a la mercantilización y la privatización en Japón.

La tercera megatendencia, y la más importante, es la globalización. La asombrosa revolución tecnológica de los transportes y las comunicaciones ha catapultado el avance de la globalización, no solo en el ámbito político y económico, sino también en el académico. Hoy en día las universidades y los sistemas de educación superior de cualquier país se encuentran ineludiblemente integrados en una red de escala mundial. Esta red no solo se ve respaldada por la naturaleza universal del conocimiento y el estudio, sino también por la movilidad internacional de investigadores y estudiantes. Los estudiantes y los investigadores —sobre todo en las ramas de ciencias y economía— se desplazan por el mundo cada vez con más facilidad, y la competencia para captar a los más brillantes es cada vez más feroz.

En el meollo de este “sistema mundial” educativo reina sin rival Estados Unidos, que cuenta con los centros y el sistema de educación terciaria más prósperos, y desempeña un papel central en la concentración y la distribución de recursos intelectuales, humanos y materiales procedentes de todo el mundo. El rol de Estados Unidos como principal creador y exportador de modelos de educación superior para otros países hace que la tendencia mundial al cambio que mencionábamos se perciba más como un proceso de americanización que de globalización. Desde el sistema de grados y la evaluación de la calidad investigadora hasta las escuelas de posgrado —destacando la rama de negocios—, Estados Unidos ocupa una posición puntal para definir los estándares globales. El resto de los países se ven inducidos a aplicar reformas para adaptarse a esos estándares, y Japón no es ninguna excepción.

Tres factores de cambio propios de Japón: despoblación, estancamiento económico y desregulación

Veamos ahora los factores que motivan la reforma del sistema universitario en el contexto específico de Japón.

En primer lugar podemos señalar el factor demográfico. La educación superior en Japón se ha venido enfrentando a enormes cambios en la composición demográfica del país desde la década de los ochenta. La población de 18 años, que se había mantenido alrededor de 1,5 millones de personas hasta mediados de los ochenta, se disparó hasta alcanzar los 2,05 millones en 1992 para luego caer en picado a 1,51 millones en el 2000 y 1,22 millones en 2010 (gráfico 2). Esta pronunciada fluctuación repercutió significativamente en el sistema de educación japonés y su gigantesco sector privado. Las universidades privadas se esforzaron en ampliar su capacidad durante el boom demográfico, pero cuando la tendencia se invirtió se vieron incapaces de captar el cupo necesario de alumnos, a pesar de que el porcentaje general de escolarización universitaria siguiera creciendo. Así, desde la segunda mitad de los noventa cada vez más universidades han tenido que lidiar con la carencia de alumnos, y hoy en día más de la mitad de los centros se encuentran en dicha situación.

Esa situación supuso una experiencia totalmente nueva para las universidades japonesas, acostumbradas a tener más solicitudes de ingreso que plazas y a imponer un característico sistema de selección con criterios muy exigentes y exámenes notablemente competitivos. La nueva realidad está obligando a las universidades japonesas no solo a cambiar el sistema de captación y selección de los alumnos y el modo de enseñarles una vez ingresan, sino también a ejecutar reformas organizativas que abarcan desde la docencia y la investigación hasta la gestión y la financiación.

El segundo factor yace en la evolución económica de Japón. El descenso económico que se inició al estallar la burbuja a principios de los noventa y que dura hasta nuestros días ha tenido una gran repercusión en la reforma del sistema universitario japonés. Ese prolongado estancamiento ha difundido la conciencia generalizada de que Japón anda rezagado en el desarrollo de las tecnologías de la información y en el proceso de globalización, y de que debe mejorar la calidad de su capital humano si quiere recuperar posiciones. Eso implica mejorar el sistema de las universidades que forman ese capital humano y elevar los niveles de la investigación básica y aplicada.

El contexto que acabamos de exponer ha llevado a los partidos políticos y las organizaciones económicas a proponer ambiciosas reformas educativas centradas en el sistema universitario para liberalizar y dinamizar la docencia y la investigación, promoviendo la cooperación entre el sector académico —especialmente la investigación— y el empresarial, y aplicando reformas estructurales a la organización universitaria. Hace mucho que la universidad se considera una institución puntal para el desarrollo de la sociedad del conocimiento y de la información, con un papel estratégico clave para desarrollar una ciencia y una tecnología competitivas en el contexto de la globalización. Sin embargo, no fue hasta la crisis económica que siguió al estallido de la burbuja que ese papel central de la universidad se relacionó con la necesidad de reformar su sistema.

El tercer factor está relacionado con un cambio de política gubernamental. La administración del Partido Liberal Democrático que ascendió al poder en 1983 con Nakasone Yasuhiro al frente inició un plan de reforma política de talante abiertamente neoliberal cuyos puntos clave eran una reforma regulatoria y una reforma estructural. El plan siguió adelante con el relevo del primer ministro Koizumi Jun’ichirō a partir de 2001 e influyó en gran manera en la reforma del sistema universitario.

Lo más destacable de la reforma fue la relajación de las regulaciones relativas a la universidad. La desregulación empezó a ganar empuje al entrar en los años noventa con una vasta revisión de la Normativa para el establecimiento de las universidades (Daigaku secchi kijun), que define las condiciones básicas de la organización y el sistema docente de las universidades. La revisión dio vía libre a la organización de los departamentos y los planes de estudios, hasta entonces sometida a una normativa muy rígida, y dio lugar a la creación de una serie de departamentos y planes de estudios nuevos y a la modificación de algunos de los ya existentes. También se relajaron los criterios para aprobar la constitución de centros universitarios, con lo que el número de universidades aumentó súbitamente de 507 en 1990 a 649 en el año 2000 y a 782 en 2013 (gráfico 3).

Las reformas estructurales derivadas de la desregulación alcanzaron incluso el sistema organizativo universitario, en especial en el caso de las universidades nacionales, sometidas hasta entonces al control directo del Ministerio de Educación. El sistema de clases, que desde antaño consistía en la división de cada departamento en grupos de investigación y docencia según la especialidad, con un profesor al mando de cada grupo, se desmembró. También se introdujo la contratación temporal de personal docente y la figura del vicerrector. La distribución de la financiación pública —en especial para la investigación— se volvió competitiva, y se fomentó la financiación externa por parte de empresas y otras entidades. De este modo las universidades —fueran nacionales, públicas o privadas— se vieron liberadas de la protección y el control paternalistas del Ministerio y empezaron a actuar bajo su propio criterio y responsabilidad, tanto en aspectos de docencia e investigación como en aspectos administrativos. Hoy en día las universidades se están viendo obligadas a ir aún más allá y tomar parte en una competición feroz para la supervivencia.

La corporativización de las universidades nacionales como símbolo de la reforma

La corporativización de las universidades nacionales empezó a promoverse como respuesta a los factores internos y externos que empujaban hacia la reforma y es el elemento que mejor representa la tendencia de la reforma universitaria japonesa. En Japón las universidades nacionales se mantuvieron bajo el control directo del Ministerio de Educación durante muchos años. El personal universitario era funcionario y las universidades carecían de libertad en las decisiones administrativas como los presupuestos y la contratación de personal. Y fueron precisamente esas universidades nacionales las que recibieron un mayor impacto con la competitividad internacional derivada de la globalización a la que nos referíamos arriba.

Las universidades nacionales, que no llegan a 90 en total, se dedican a la formación de personal especializado sobre todo en investigación y ciencias naturales, y encabezan la lista de las mejores universidades de las casi 800 de todo Japón, contando con el 57% de los estudiantes de posgrado y el 69% de los de doctorado de todo el país. Son también las universidades que logran los puestos más altos en las clasificaciones internacionales de las mejores universidades del mundo.

En la tabla de clasificación de 2013-2014 publicada por la revista británica Times Higher Education, por ejemplo, había once universidades japonesas entre las 400 mejores, con la Universidad de Tokio como la primera de ellas, en el puesto 23. Sin embargo, solo una de las once era una universidad pública (es decir, de gestión local, no nacional); las diez restantes eran todas nacionales, encabezadas por las siete antiguas universidades imperiales.(*1) (Las dos universidades privadas incluidas en la lista de 2012-2013 no lograron clasificarse este año.) La ciencia y la tecnología son sectores clave para que Japón logre mantenerse a flote en el contexto de competitividad económica internacional, y por ello se debe priorizar al máximo la capacidad competitiva de las universidades nacionales.

Tras un acalorado debate, con la oposición por parte de las propias universidades, en 2004 las universidades nacionales se vieron liberadas del control directo por parte del Ministerio de Educación y alcanzaron el estatus oficial de entidades empresariales en lo que supuso un proceso de privatización. En la nueva estructura administrativa básica se formaron consejos directivos para encargarse de la administración de cada universidad bajo el liderazgo de un rector elegido por un comité seleccionador, y para asesorar al rector se instituyó un comité de evaluación investigadora nombrado por el personal universitario y por un comité administrativo compuesto parcialmente por miembros externos.

Para hacer frente a los gastos administrativos, las universidades emplean varias fuentes de ingresos: el presupuesto público que el gobierno asigna anualmente a las empresas para gastos administrativos, los ingresos procedentes de la docencia y de los hospitales asociados, la financiación para la investigación procedente del gobierno y las empresas y las donaciones de entidades privadas. Además, todas las universidades deben presentar un plan de seis años al Ministerio de Educación para que lo apruebe, y sus resultados se evalúan por el Comité de Evaluación de Universidades Nacionales Corporativas.

De este modo, además de reconocer la autonomía de las universidades nacionales, el gobierno y el Ministerio de Educación proyectaron un importante aumento de la financiación pública universitaria a distribuir según criterios competitivos. Una parte de esa financiación está reservada a las universidades nacionales, pero la mayor parte está abierta a todas las universidades —nacionales, públicas y privadas— y se asigna evaluando la competitividad de las solicitudes presentadas. Cabe añadir que, en el mismo 2004 en que se inició la corporativización de las universidades nacionales, se aprobó también la desregulación que facilitaba la constitución de universidades privadas, creando —a pesar del encogimiento de la población de 18 años— el entorno idóneo para catapultar el surgimiento de nuevas universidades.

En resumen, la política gubernamental japonesa respecto a las universidades ha sustituido su antiguo lema de “regulación y protección” por el de “libertad y competitividad”. Y podemos afirmar que este cambio de rumbo ha supuesto una auténtica revolución del sistema de educación superior en Japón.

Tabla. Posición de las universidades japonesas en la clasificación internacional elaborada por la revista Times Higher Education (2013-2014)

23 Universidad de Tokio (nacional) *
52 Universidad de Kioto (nacional) *
125 Instituto de Tecnología de Tokio (nacional)
144 Universidad de Osaka (nacional) *
150 Universidad de Tōhoku (nacional) *
201 – 225 Universidad de Nagoya (nacional) *
201 – 225 Universidad Metropolitana de Tokio (pública)
276 – 300 Universidad de Medicina y Odontología de Tokio (nacional)
300 – 350 Universidad de Hokkaidō (nacional) *
300 – 350 Universidad de Kyūshū (nacional) *
300 – 350 Universidad de Tsukuba (nacional)

Nota: el asterisco indica las antiguas universidades imperiales.
Fuente: “Clasificación mundial de universidades”, Times Higher Education

 El informe de la OCDE sobre el sistema educativo japonés de 1970

El paso de “protección y regulación” a “libertad y competitividad” como lema de la política educativa japonesa recuerda a ciertos fragmentos del informe Las políticas educativas en Japón publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) tras la visita de una comitiva de la entidad a Japón en 1970.

Las universidades, junto con otras instituciones educativas, han contribuido al desarrollo económico y la modernización sin precedentes de Japón. Sin embargo, ese desarrollo nos hizo ver con ojo crítico la perdurable rigidez que arrastra el sistema universitario […] El sistema de educación superior japonés es remarcablemente jerárquico y su estructura se ha mantenido casi intacta durante este siglo a pesar del crecimiento acelerado del país. Un pequeño número de entre todas las universidades se ve claramente desmarcado del resto en cuanto a financiación, prestigio y calidad educativa. La estructura universitaria que deriva de esta situación se asemeja a una pirámide con una cúspide muy aguda y con una movilidad extremadamente reducida de alumnado y profesorado entre los distintos niveles de la pirámide. Es evidente que esta estructura jerárquica y rígida no puede cumplir con los objetivos educativos que exige la sociedad altamente tecnologizada del Japón actual. (pág. 52-55)

Los problemas que señalaba este informe de la OCDE publicado hace casi medio siglo son los mismos que perseguía resolver la reforma universitaria de estos últimos diez años. ¿En qué medida han logrado las políticas de “libertad y competitividad” acabar con esa “estructura jerárquica y rígida” del sistema de educación superior para darle la flexibilidad y la diversidad que necesita? Puede que diez años sean pocos para hablar de los resultados de la reforma considerando la inercia del sistema anterior, que se mantuvo vigente durante más de un siglo desde finales del XIX hasta principios del XXI. Además, las reformas actuales todavía están en proceso de ejecución. No obstante, si atendemos a lo ocurrido durante estos últimos diez años, lo cierto es que en general la política de “libertad y competitividad” ha servido más para crear y resaltar nuevos problemas del sistema que para resolver los que ya tenía.

La internacionalización necesaria para mejorar la competitividad

Actualmente el más importante de los nuevos problemas que afectan al sistema universitario es la internacionalización de las universidades impulsada por la globalización. Sus manifestaciones más evidentes son el interés por las clasificaciones mundiales como las arriba mencionadas, que ha crecido a la par con la corporativización de las universidades nacionales, y el surgimiento de la postura que defiende la necesidad de desarrollar y reforzar las universidades investigadoras.

Como hemos visto antes, el posicionamiento de las universidades japonesas en las clasificaciones mundiales no es precisamente malo. Y no hace falta volver a señalar que Japón es el único país fuera de la esfera europea y norteamericana que ha cosechado varios premios Nobel. Sin embargo, la realidad es que la docencia y la investigación de las universidades japonesas no alcanzan el nivel de las universidades de Reino Unido y EE. UU., y que son pocos los centros nipones que logran colarse en la lista de los mejores del mundo. Además, las universidades japonesas están bajando en la clasificación a medida que las universidades del resto de Asia Oriental ganan posiciones. Los principales criterios para evaluar la calidad de las universidades son por supuesto la docencia y la investigación. No obstante, es de sobra conocido que lo que lastra a las universidades japonesas en las clasificaciones es su mediocre “índice de internacionalización”, representado por la presencia de profesores y estudiantes extranjeros.

Como indicaba el informe de la OCDE de 1970, las universidades japonesas han contribuido enormemente al crecimiento económico y la modernización del país durante décadas; en este aspecto podemos afirmar que lograron deshacerse de la dependencia a los países occidentales y construir una identidad nacional propia en poco tiempo. A principios del siglo XX la educación universitaria en Japón ya se impartía en japonés y por docentes japoneses, y empezaba a despuntar en la investigación de áreas como las ciencias naturales, la ingeniería y la medicina con algunas contribuciones de repercusión internacional. Antes de la Segunda Guerra Mundial era costumbre que el personal académico pasase dos o tres años en el extranjero al principio de su carrera, no para obtener títulos, sino para adquirir los conocimientos más avanzados disponibles en Occidente. El número de estudiantes que realizaban estancias en el extranjero era muy reducido. Este sistema de educación nacional propio constituido tan velozmente permitió nutrir un populoso estrato de recursos humanos de forma rápida y barata, y contribuyó en última instancia a la modernización y la industrialización del país. A pesar de todo, fue precisamente el éxito de este sistema nacional propio lo que retrasó a Japón a la hora de reaccionar ante la llegada del gigantesco tsunami de la globalización. Esa “estructura jerárquica y rígida” resultó ser además una estructura cerrada.

Para aumentar el número de las universidades investigadoras incluidas en la clasificación mundial todos los años y mejorar su posición, es importante favorecer la competición entre las universidades japonesas. Pero no basta con eso: para salir airoso de la competición con las universidades de otros países, Japón tiene que abrir sus universidades esforzándose por captar a más y mejores investigadores y estudiantes extranjeros, y aumentando al mismo tiempo la oferta docente en inglés, la lengua franca por excelencia. Además, Japón debe enviar a más investigadores y estudiantes nacionales al extranjero para dinamizar y mejorar sus niveles de investigación y educación. La fórmula de la autonomía nacional aplicada a las universidades japonesas dio sus resultados antaño, pero hoy en día las universidades se enfrentan a una tercera oleada de apertura al exterior que recuerda a las que tuvieron lugar a escala nacional tras la Restauración Meiji y tras la Segunda Guerra Mundial.

Nuevos puntos a reformar: financiación pública, educación de adultos y escuelas de posgrado

La internacionalización no es solo una cuestión de clasificaciones mundiales. Los datos comparativos que publica anualmente la OCDE sacan a relucir las flaquezas de las universidades japonesas desde la perspectiva de los estándares internacionales o, dicho de otro modo, los nuevos problemas a los que se enfrentan las reformas universitarias. De este modo, la ola de la globalización ejerce presión sobre el sistema universitario japonés apuntando a la necesidad de una reforma estructural.

Por ejemplo, Japón, con su sobredimensionado sector privado, es el país de la OCDE que dedica un menor porcentaje del producto interior bruto a la financiación de la educación superior (gráfico 4). Este dato sugiere que una buena porción del gasto familiar se dedica a la educación —con la consiguiente carga personal que ello conlleva— y a su vez provoca una desigualdad de oportunidades educativas y un bajo nivel investigador en las universidades privadas que dependen de los ingresos de inscripción para financiarse. En realidad hace ya varias décadas que la financiación pública de las universidades privadas solo cubre un 10% de sus gastos administrativos, y las universidades nacionales han visto recortado en un 10% su presupuesto público en los últimos diez años. Es evidente que seguir con la universalización de la educación superior manteniendo la escasa financiación pública que se le dedica provoca el riesgo de empeorar a marchas forzadas la calidad de la educación y la investigación.

Otra diferencia que llama la atención al comparar la educación superior en Japón con la de los países europeos y norteamericanos es la reducida proporción de alumnos adultos. El hecho de que el sistema de acceso a la universidad se base en exámenes dirigidos casi exclusivamente a estudiantes de secundaria limita el número de adultos que acceden a los estudios. Hoy por hoy el Ministerio de Educación ni siquiera publica las estadísticas del número de estudiantes universitarios por grupos de edad. Esta situación se ha mantenido prácticamente intacta a pesar de que la población de 18 años sigue encogiendo sin freno y las universidades privadas sufren la falta de alumnos para llenar sus plazas. Así pues, a pesar de que el concepto de la “sociedad de la formación permanente” esté en boca de todos, las universidades japonesas siguen siendo un terreno reservado a los jóvenes; eso amplía la distancia respecto de los países occidentales, donde la proporción de estudiantes adultos crece a un ritmo constante.

El fenómeno que acabamos de comentar está estrechamente relacionado con el retraso en el desarrollo de la educación de posgrado. Durante muchos años los estudios de grado tuvieron un papel principal en la formación profesional y las escuelas de posgrado se consideraban lugares para formar a especialistas académicos. En la posguerra se aplicaron reformas inspiradas en el modelo americano, pero no fue hasta 2004 cuando por fin se introdujo un sistema parecido al de las escuelas de derecho, economía y contabilidad de Estados Unidos. Aun así, hoy en día estas escuelas solo representan el 10% de los alumnos de posgrado.

La demanda creciente de personal con estudios superiores avanzados ha elevado el número de estudiantes de posgrado con respecto al número de licenciados del 6,4% de 1990 al 10,3% en el 2000 y al 12,9% en 2010, lo que sin embargo sigue siendo una cifra baja en comparación con la de EE. UU. y Europa. El principal motivo de esa cifra tan magra es el estancamiento de los estudios de posgrado en las áreas de humanidades y ciencias sociales. En 2013 solo el 17,8% de los estudiantes de posgrado pertenecían a disciplinas de humanidades o ciencias sociales. En cuanto al resto, el 56,6% correspondía a los estudiantes de ciencias naturales, ingeniería, agricultura o medicina, siendo los más numerosos los de ingeniería, con un 41,5% del total. Esta distribución indica que las escuelas de posgrado son deficientes en la formación de recursos humanos en áreas que no sean de ciencias o ingeniería, y que además siguen cerradas al alumnado adulto. Podemos afirmar que el aletargamiento de las escuelas de negocios, representantes por excelencia de las escuelas de posgrado de ciencias sociales, simboliza a la perfección el notable retraso de Japón en este sector.

El porvenir de la reforma universitaria

Como hemos visto, la internacionalización —en el sentido de cumplir los estándares globales— sigue siendo un asunto pendiente y candente para la educación superior japonesa. No podemos más que reconocer que esa estructura de la educación superior japonesa que la OCDE criticó duramente por ser incapaz de “cumplir con los objetivos educativos que exige la sociedad altamente tecnologizada del Japón actual” básicamente sigue pecando de las mismas faltas que antes.

Ante el estancamiento económico y el envejecimiento acelerado de la población, el gasto en asistencia social y sanidad en Japón se hincha día a día mientras que el presupuesto para la educación, ya exiguo según los estándares internacionales, cada vez tiene mayor peligro de menguar. En esta situación tan difícil, es muy probable que la “libertad y competitividad” adquiridas mediante las reformas universitarias ensanchen la brecha competitiva entre las universidades —en especial en investigación— y creen una elite de universidades “fuertes” ante un gran pelotón de universidades “débiles”. Mientras tanto, a pesar de que el Ministerio de Educación ya no tenga control directo sobre las universidades nacionales, ahora estas se ven sometidas a un “control indirecto” que se ejerce mediante las ayudas económicas y otros medios de financiación, y hay incluso quien critica que eso les impide administrarse con autonomía.

En un contexto en que la inversión financiera es limitada, la fórmula de “libertad y competitividad” no basta para reformar de base la estructura rígida y jerárquica del sistema universitario y convertirla en flexible y diversa; bien al contrario, lo más posible es que reproduzca un sistema todavía más jerárquico y con una pirámide aún más afilada que en la actualidad. ¿Hasta qué punto lograrán las desregulaciones de los últimos veinte años reformar las universidades japonesas y transformar el sistema para que pueda responder a las necesidades de la sociedad del conocimiento y la educación del futuro? El porvenir de la reforma universitaria es algo que deberemos seguir de cerca en los años venideros.

(Traducción del original japonés publicado el 28 de enero de 2014)
Fotografía del titular: clasificaciones mundiales de universidades publicadas en el sitio web de la revista especializada en educación superior Times Higher Education

(*1) ^ (Nota editorial) Así se conocía a las universidades nacionales hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tras aprobarse la Ley Universitaria, la Universidad de Tokio se convirtió en la Universidad Imperial en 1886, y en 1897 cuando se fundó la Universidad Imperial de Kioto, aquella cambió de nombre a la Universidad Imperial de Tokio. A estas siguieron las universidades imperiales de Tōhoku, Kyūshū, Hokkaidō, Osaka, Nagoya, Keijō (Seúl) y Taihoku (Taipei). Cuando el sistema universitario actual entró en vigor en 1948 todas las universidades imperiales se convirtieron en nacionales, excepto las dos coloniales.

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  • [30.04.2014]

Profesor emérito de la Universidad de Tokio, especialista en sociología de la educación y teoría de la educación superior. Nacido en la prefectura de Kanagawa en 1936. Se licenció en Economía en la Universidad de Hitotsubashi y en Ciencias de la Educación en la Universidad de Tokio. Se doctoró en la Escuela de Posgrado de Ciencias de la Educación de la Universidad de Tokio. Ha ejercido como docente en la Universidad de Nagoya y en la Universidad de Tokio, donde también fue decano de la Facultad de Ciencias de la Educación. También ha sido profesor y director de investigación del Centro para la Financiación y la Gestión Universitaria Nacional. Entre sus publicaciones destacan Nihon no kōtō kyōiku shisutemu (El sistema de educación superior japonés; Tōkyō Daigaku Shuppankai, 2003), Shiken no shakaishi (Historia social del sistema de exámenes; Tōkyō Daigaku Shuppankai, 1983/ Heibonsha Library, 2007. Ganadora del Premio Académico Suntory), Daigaku kaikaku wo toinaosu (Replanteando la reforma universitaria; Keiō Gijuku Daigaku Shuppankai, 2013).

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