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Es un lugar en armonía con la naturaleza de la montaña donde se nota el paso de las estaciones.
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“Seguro que el abuelo está contento de que me acompañes”, le dice Kimiko a su nieta.
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Okamoto ante la parcela que reservó.
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Señalando el nombre de su gatita, Alice, tallado junto al suyo en la piedra.
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La presidenta Inoue pone flores en todas las parcelas para que las tumbas de los difuntos cuyas familias no pueden venir de visita no se queden tristes.
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En la ceremonia conmemorativa de los entierros entre cerezos, se interpretó con arpa la pieza Júpiter, de Los planetas de Holst.
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Farolillos votivos con mensajes de miembros de Ending Center.
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En el edificio de Mō Hitotsu no Wagaya (‘nuestra otra casa’), propiedad de Ending Center, se organizan distintos actos y clubes para fomentar el encuentro con personas con las que compartir la tumba.
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Los miembros participan por voluntad propia. La confianza entre “compañeros de tumba” que comparten una misma visión de la vida y la muerte resulta muy reconfortante.
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Hoshino, facilitador del Dokusho Café, lee con voz clara tres poemas del libro más reciente que ha elegido para el club: Seiretsu: shijin Ibaragi Noriko no shōzō (Cristalino: retrato de la poetisa Ibaragi Noriko), de Gotō Masaharu.
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Se ofrece un servicio llamado Sakurabin que empaqueta y envía las urnas, dirigido a personas mayores que no pueden transportar los restos al lugar del entierro porque pesan demasiado o a aquellos difuntos a cuyo funeral no acude nadie.
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El personal transporta cuidadosamente los restos de la persona que tenía contratado el servicio de apoyo póstumo y asiste al funeral.
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Los restos se entierran en la parcela que se contrató en vida.
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“Cuántas cosas me recuerdan estos cerezos”. (Matsuo Bashō)
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Seguramente todos los japoneses llevamos en lo profundo del corazón alguna historia relacionada con los cerezos. En la imagen, los pétalos rosados se posan en la tierra húmeda donde el día anterior se llevó a cabo un entierro.