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El diseño del edificio salió también de la mente de su fundador, Kuboshima Seiichirō. La fachada tiene algo de sarcófago. El edificio tiene planta en cruz.
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Al entrar en el Mugonkan no encontramos ninguna recepción. La exposición puede verse nada más abrir la puerta. Es un simple paso, pero que nos traslada a otra dimensión.
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El Mugonkan muestra también cartas desde el frente, dibujos y otros objetos personales de los artistas. Las paletas engrosadas por capas de pintura dan un mudo testimonio de aquellas vidas malogradas.
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El Mugonkan se alza en medio de un silencioso bosque. Solo un entorno así podía acoger el encuentro con las obras de los estudiantes de arte muertos en la guerra.
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La serie de visitas a los familiares de los artistas muertos para reunir sus obras, una idea que heredó de Nomiyama, permitió a Kuboshima tomar conciencia de lo que había significado la guerra.
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La bóveda de la Sala II está totalmente cubierta por los dibujos de los jóvenes artistas, que le dan el aspecto de una capilla.