Estudiantes que no saben aprovechar sus conocimientos

Así pues, ¿en la situación actual es posible formar a chicos capaces de comprender su propio país y el mundo desde distintos puntos de vista, expresar sus opiniones, debatirlas y actuar según su criterio, o jóvenes que puedan comparar varias posturas y promesas políticas y hacer buen uso del derecho al voto en una democracia? ¿Con este sistema lograremos engendrar a personas válidas que lideren el país con diligencia, capaces de identificar los puntos comunes y las diferencias con el resto de los países asiáticos, suavizar las fricciones y promover el entendimiento mutuo? Lo dudo mucho.

En la universidad donde trabajo los exámenes de ingreso de historia japonesa se componen totalmente de preguntas de redacción, y los de historia universal en gran parte. Pues bien, lo más chocante de las respuestas de los estudiantes —más aún que sus deficiencias expresivas— es la incapacidad de aplicar los conocimientos que poseen. Por ejemplo, al preguntarles por qué los barcos del sello rojo de principios del período Edo comerciaban principalmente con el Sudeste Asiático en lugar de con China, pocos logran recordar que China y Japón habían roto sus relaciones a causa de la invasión de Corea por parte de Toyotomi Hideyoshi, un episodio que se estudia en la secundaria inferior. Tampoco son muchos los que, al observar una gráfica que muestra un crecimiento repentino del PIB de China en el siglo XVIII, son capaces de pensar que pueda deberse a un aumento de la población en lugar de a una mejora de la productividad.

Dicho con un poco de exageración, los que acceden a las universidades de élite son estudiantes que se limitan a la memorización de infinitos nombres, fechas y fenómenos aislados, sin aprender a cuestionarse el sentido y la definición de conceptos como el PIB que requieren relacionar y comparar varios fenómenos, y que son incapaces de exponer o argumentar. Lograr que este tipo de estudiantes aprendan a desgranar los puntos esenciales de un discurso de forma lógica requiere un esfuerzo agotador. Pero alguien que no es capaz de sintetizar y exponer sus conocimientos tampoco puede formarse una opinión ni debatirla.

El problema se extiende a la educación de posgrado; no resulta nada fácil guiar a los estudiantes para que superen los ideales inmaduros como el de “quiero investigar sobre tal tema porque me gusta” o “hago la tesis sobre tal cosa porque nadie la ha explicado todavía” y aprendan a plantear preguntas con sentido y buscar la forma adecuada de responderlas.

¿Y si desestimamos la historia como materia útil para el mundo actual y dejamos la comprensión del panorama internacional y la formación de recursos humanos globales en manos de otras disciplinas? Pues cometeríamos un gran error, y si no solo hay que observar las relaciones internacionales en Asia Oriental, en las que la historia es un tema mucho más conflictivo que la religión. La historia tiene la clave de los puntos comunes de Asia Oriental como región, como la tendencia a priorizar el crecimiento económico sobre otros factores y la concentración de países donde triunfaron las revoluciones socialistas, la mayor del mundo fuera de la URSS. Existen nuevas investigaciones sobre estos temas que resultarían fácilmente comprensibles e interesantes para los estudiantes de bachillerato: ¿por qué no descartamos algunos de los temas más gastados y añadimos cosas nuevas?

El fracaso de la “educación relajada”, culpa de la universidad

El sistema conocido como educación relajada (yutori kyōiku) que se introdujo en los años noventa en las escuelas de primaria y secundaria aspiraba a paliar los problemas educativos que describíamos arriba, pero fue duramente criticado al considerarse que había hundido el nivel académico del país y terminó como un fiasco. El fracaso se debió a un cúmulo de factores, pero quisiera hacer hincapié en la falta de implicación de la universidad como punto clave.

Los responsables universitarios de historia, así como los de otras materias, se escudan en dos excusas para justificar la elaboración de exámenes de ingreso basados en la memorización: la necesidad de corregir un gran número de pruebas en poco tiempo, y el hecho de que el sector de la secundaria y los organismos examinadores se centran en la educación basada en la memorización y demandan exámenes de ingreso acordes a su metodología. La primera excusa es comprensible dado que Japón tiene el presupuesto de educación más bajo de todos los países industrializados (lo que se traduce en un personal docente escolar y universitario demasiado ocupado para poder pensar). Pero la segunda excusa es inaceptable; las universidades deben aceptar gran parte de la responsabilidad por no adaptar los exámenes a los cambios de la educación escolar ni actualizar el currículum de humanidades, así como por seguir formando a un personal docente que solo sabe educar para la memorización.

Los profesores universitarios son ni más ni menos que los mejores estudiantes engendrados por el sistema de exámenes de ingreso. Por eso no es de extrañar que sigan dictando pruebas que evalúan la memorización de enormes cantidades de datos, en lugar de definir los conocimientos realmente necesarios del currículum desde su criterio de especialistas en la materia. Y así es normal también que los estudiantes de bachillerato se interesen cada vez menos por la historia. También la inmensa mayoría de adultos japoneses tienen una opinión negativa de la historia y otras disciplinas de humanidades como la literatura y la filosofía, a las que nunca encontraron el interés ni la utilidad como estudiantes. La situación de los estudios de letras es cada vez más precaria, y en cierto sentido es culpa de las universidades.