Un 80 % de refugiados todavía en las viviendas provisionales de Onagawa
Sin embargo, al observar la totalidad de las áreas afectadas por el desastre vemos que existe una gran dispersión. Aunque el punto más importante a tener en cuenta es la vivienda, existen grandes diferencias entre la municipalidad de Sendai y los organismos administrativos del resto de la prefectura. Por ejemplo, según un estudio de vivienda a nivel prefectural, a fecha 28 de enero de 2016 un 27 % de víctimas de Sendai se alojaban en viviendas prefabricadas para víctimas, frente a un 58 % en Ishinomaki, un 65 % en Kesennuma, un 76 % en Onagawa, un 64 % en Minami Sanriku, etc.
Las autoridades autonómicas de la costa de Sanriku aún no han hecho avances en la reubicación de los refugiados en viviendas propiamente dichas, en terrenos elevados seguros o casas reconstruidas en el interior, y son muchos los que continúan viviendo en viviendas temporales. Por otro lado, hay municipalidades como Sendai que trabajan para hacer frente al bajo porcentaje de ocupación y el aumento de salidas de las viviendas provisionales, al tiempo que hacen esfuerzos para desmantelar y retirar las mismas a gran escala.
Los resultados provisionales del censo nacional hechos públicos en enero de este año (con datos del 1 de octubre de 2015) resalta el pronunciado descenso en la población de las áreas costeras que fueron más afectadas por el tsunami en la prefectura de Miyagi, en comparación con los datos de 2010, el año anterior al desastre. Las peores cifras las muestra Onagawa: un descenso del 37 %, seguida por Minami Sanriku, con un 29 %, y Yamamoto con un 26 %. Por el contrario, la población de la ciudad de Sendai creció un 3,5 % respecto al censo anterior, y alcanzó 1.080.000 habitantes, un máximo histórico.
El porcentaje de refugiados que residen en viviendas provisionales y el descenso de población resaltan especialmente en el caso de Onagawa. Cada vez que visito la zona para cubrir noticias ―desarrollos en la zona del puerto o la estación de Onagawa, las carreteras o la aparente recuperación de la industria pesquera de la zona―, casi anualmente desde el tsunami, hay algo que me llama la atención: pese a estos avances, la población ha pasado de 10.000 habitantes a 7.000. ¿Qué le está pasando a esta zona? Decidí salir de Sendai y visitar Onagawa de nuevo.
Retrasos en la construcción: “¿Hasta cuándo tenemos que aguantar?”
Al entrar en coche en la ciudad de Onagawa me encontré con un panorama casi idéntico al de la vez anterior, cuando visité la zona en junio de 2015 para cubrir la noticia de que la estación de Onagawa de la línea JR había comenzado a funcionar tres meses antes: los trabajos de reconstrucción seguían llamando la atención en el centro de la población. En la zona hay un complejo comercial completado a finales del año pasado llamado Seapal Pia Onagawa, frente a la estación; por él pasean clientes, entre restaurantes y tiendas de todo tipo, además de un centro comunitario. Los edificios han aumentado, y el ambiente parece próspero.
En medio de una ventisca de nieve me dirigí a una meseta en el interior del municipio de la que habían cortado todos los árboles para construir viviendas provisionales y públicas. Cerca de allí, las máquinas preparan el suelo para las casas de protección oficial.
Shizukuishi Mitsuko (de 86 años), nacida y criada en Onagawa, vive sola en una vivienda pública instalada en el anterior estadio local desde julio de 2015. Perdió su casa con el tsunami, y se vio obligada a soportar tres años de vida en una casa provisional tras vivir en refugios. Hoy día por fin puede librarse de su sufrimiento y llevar una vida plena.
“Más o menos la mitad de las personas que vivían en la zona antes del tsunami murieron en él. Muchos de los que se salvaron salieron de la ciudad en diversas direcciones, y me quedé casi sin nadie con quien hablar. Me he acostumbrado por completo a vivir en esta vivienda robusta y cómoda. Espero al menos poder vivir en paz y tranquilidad a partir de ahora.”
A pesar de todo, la triste realidad es que unas 2.000 personas continúan en viviendas provisionales.
“La vida en las casas provisionales es dura de verdad. Mucho frío en invierno y mucho calor en verano; el cuerpo sufre mucho. ¿Hasta cuándo tenemos que aguantar?” Kimura Satoru (de 66 años), que vive en las viviendas provisionales construidas en un rincón de la meseta, cerca del polideportivo, está en lista de espera para las viviendas de protección oficial, pero dado que no se terminan de construir vive con amargura. Iba a comenzar a vivir en ellas en abril de este año, pero debido a retrasos en la construcción el plazo se ha alargado hasta abril de 2017.
Incapaces de esperar, algunos abandonan la zona
“Vivo con mi hijo mayor y mi nieto, que está ya en secundaria, así que una vivienda con dos habitaciones de 7,3 m2 cada una resulta muy pequeña. Las paredes son muy finas y se oye todo… Es deprimente.” Cuando llegó el tsunami Kimura estaba por casualidad fuera de la ciudad, en casa de un amigo, y se salvó, pero perdió a su mujer y su casa fue destruida. Tras vivir un tiempo en el refugio de la central nuclear de Onagawa, pasó unos tres años en casa de su hija mayor, en Tendō (prefectura de Yamagata). No obstante sentía añoranza por el mar: había pasado muchos años en barcos pesqueros y en buques de construcción en la bahía. “No hay sitio como mi ciudad”, pensó, y en 2014 se fue a vivir de nuevo a Onagawa con su hijo.
A diferencia de las viviendas provisionales, que son gratuitas, las viviendas de protección oficial requieren un pago de entre 10.000 y 20.000 yenes mensuales, pero son mucho mejores que las primeras. Kimura mantiene un semblante apacible mientras habla, pero condena la situación con firmeza: “Comprendo que fue un desastre sin precedentes, y cuesta tiempo recuperarse. Pero he perdido la confianza en el Gobierno, y ahora solo quiero un lugar donde podamos vivir tranquilos.”
Así me hablaba también una mujer de 56 años que reside en las viviendas provisionales de la misma zona: “Yo también tengo el problema de los hijos; pensamos construir una casa sobre el terreno que va a preparar la municipalidad, pero nos explicaron que no estaría terminado hasta la primavera de 2018. Para entonces nadie sabe cómo estará el precio del suelo, y no sé cómo vamos a ajustar nuestro presupuesto. Pensaba que en menos de cinco años podríamos salir de aquí… Muchos vecinos no han podido aguantar la espera y se han mudado a casa de sus hijos a Sendai o Ishinomaki, o se han ido a zonas en las que los gobiernos autonómicos avanzan más deprisa en la construcción de terrenos o viviendas.”


