Un icono querido
“Este proyecto (de diagnóstico, reparación y limpieza) fue un gran recordatorio”, explica Morii entusiasmado, “de cuánto significa el Daibutsu para los japoneses. Los medios de comuniación dedicaron mucho espacio a este proyecto. Y los visitantes siguieron acudiendo al Kōtoku-in para echar un vistazo, incluso sabiendo que el Daibutsu estaba oculto tras unas telas.”
El hecho de que la mayoría de los visitantes supieran que el Daibutsu se encontraba cubierto es un tributo a los concienzudos esfuerzos del Kōtoku-in y la comunidad. La web del templo, que es actualizada con frecuencia, puso un anuncio destacado sobre el proyecto, y el Kōtoku-in retiró temporalmente la entrada de 200 yenes mientras el Daibutsu estuvo oculto. Si un visitante preguntaba por la dirección en cualquier tienda del camino era invariablemente advertido de que “no podría ver el Daibutsu”. Y aun así, la gente fue.
“Parece que la gente siente la presencia del Daibutsu”, apunta Satō, “incluso cuando no pueden verlo con sus propios ojos”. Morii coincide. “Solo quieren acercarse”, explica. “Es algo que está más allá de la vista”. Satō añade que la sensación de tacto es también importante cuando se experimenta la presencia del Daibutsu.
“Nuestra política de puertas abiertas por la que permitimos que los visitantes pasen dentro del Daibutsu está conectada con nuestra designación como tesoro nacional”, explica Satō. “Los administradores del Gobierno para el programa de los tesoros nacionales no ven con buenos ojos esto. Ponen como ejemplo los grafitis y los chicles dejados en las paredes por algunos visitantes maleducados. Y apuntan que deberíamos dejar de permitir que la gente pase adentro”. “Yo insisto, por el contrario, en dejar la puerta abierta. El acceso al interior es especialmente importante para los visitantes con problemas de visión. Poner las manos sobre el bronce y sentir el frío del invierno o el calor del verano es una experiencia profundamente íntima con el Daibutsu. Nunca sacrificaría esto solo para librarnos del fastidio de limpiar los chicles y grafitis”.
Una historia de los grafitis
Los chicles pegados y los grafitis son sin duda un vergonzoso ejemplo de comportamiento deleznable, si bien es cierto que esto lo hace una minúscula minoría de los visitantes. “Encontramos y retiramos muchísimos chicles”, lamenta Morii. “También hemos eliminado parte del grafiti. Lo escrito con rotuladores es fácil de eliminar con alcohol. Curiosamente, lo escrito con tiza o con tinta sumi es imposible de limpiar. Por supuesto, podríamos limpiarlo con un chorro de arena, pero eso dañaría el bronce, y contravendría nuestra política de preservar el Daibutsu tal como es.”
Tristemente los grafitis tienen una larga historia en el Kōtoku-in. Un ejemplo es el siguiente testimonio del capitán John Saris, un marinero inglés que comandó la primera nave inglesa que llegó a Japón. La nave de Saris, llamada Clove, atracó en Hirado en junio de 1613, y Saris viajó poco después a Edo donde se reunió con el shōgun retirado, Tokugawa Ieyasu, y el shōgun en el poder, Tokugawa Hidetada. Acompañando a Saris estaba el inglés William Adams, retratado en el libro y la serie de televisión Shogún. Adams había llegado a Japón 13 años antes, pero viajando como marinero en un barco holandés.
Mucha gente vive en la region entre Suruga y Edo. Vimos muchos Fotoquise (hotokes, Budas) y templos en nuestro camino, y entre otros una imagen especialmente destacada, llamada Dabis (Daibutsu), hecha de cobre, hueca por dentro, pero con un grosor considerable. Su tamaño, según pudimos estimar, era desde el suelo de entre 6 y 7 metros, en la postura de un hombre arrodillado en el suelo, con sus nalgas apoyadas sobre sus talones, sus brazos de una extraordinaria longitud, y todo su cuerpo en proporción. Está representado llevando un vestido. Esta imagen es muy reverenciada por los viajeros cuando pasan por allí. Algunos de nuestros hombres entraron dentro del cuerpo, donde gritaron y alborotaron, haciendo un ruido extraordinario. Encontramos muchos caracteres y signos hechos por los peregrinos, los cuales fueron imitados por algunos de los miembros de mi grupo, que hicieron los suyos de igual forma.El viaje del capitán John Saris a Japón, 1613
Editado por Sir Ernest M. Satow
Los grafitis con tinta sumi, escritos con pinceles, son una suerte de misterio. Suena extraño que los visitantes de cualquier otra época llevasen tinta y pinceles consigo. Morii sospecha que el Kōtoku-in ofreció estos materiales a los visitantes en la segunda mitad del siglo XIX o en la primera mitad del XX y les animó a dejar sus nombres escritos dentro del Buda a cambio de una donación.
Satō niega que alguien en el templo pudiera haber animado a realizar esos grafitis bajo ninguna circunstancia. Pero reconoce que sus predecesores pasaron tiempos difíciles y que dependían demasiado de los ingresos que dejaban los visitantes. “Kamakura era un destino popular para viajar por el día para los residentes en el enclave extranjero de Yokohama”, explica Satō. Los extranjeros no podían viajar a Tokio sin permiso, pero tenían libertad para moverse entre Yokohama y Kamakura. Y el Daibutsu era, por supuesto, una de las paradas favoritas”.
Hoy el Kōtoku-in y el Daibutsu atraen a cerca de dos millones de visitantes al año, 200.000 de los cuales son extranjeros. “El Daibutsu es especialmente popular entre los visitantes de naciones donde prevalece el budismo Theravada como Tailandia y Myanmar”, señala Satō.
Joseph Rudyard Kipling también conectó Myanmar y el Daibutsu de Kamakura en su poema “El Buda en Kamakura”. Un verso de esta obra que Kipling incluyó en su colección Las Cinco Naciones se refiere a la gloriosa pagoda Shwedagon de Yangon (“Shwe-Dangon”) y al Buda dorado de Kamakura.
Tras sus párpados caídos parece que vislumbre
Una flor sobre su dorada cumbre
La pagoda Shwedagon brilla hacia el este
Desde Birmania hasta Kamakura



