Ostras de mejor calidad gracias a la abolición del cultivo masificado
Tal y como apuntan los responsables municipales, asegurar personal para el relevo generacional es crucial para la continuidad y el desarrollo de la industria pesquera. Hay que tener en cuenta que la población municipal ha descendido un 30 % tras el terremoto y que la baja natalidad y el envejecimiento demográfico avanzan a marchas forzadas. Por eso el municipio colabora con las asociaciones pesqueras y turísticas, y con el Gobierno prefectural y el central, para intentar difundir el interés en la industria pesquera mediante proyectos como programas de prácticas de pesca para atraer recursos humanos de fuera del municipio.
La comunidad de pescadores también ha tomado la iniciativa para ampliar los horizontes de la industria. Un buen ejemplo de ello es Gotō Kiyohiro, de 57 años, que se dedica al cultivo de ostras y alga wakame en la zona de Togura. Gotō, que perdió la casa y el vivero en el tsunami, al principio creyó imposible volver a su oficio. Sin embargo, tan solo tres meses después del terremoto, en junio de 2011, se convirtió en responsable de la sección de ostras de la Suboficina de la Asociación de Pesca de Togura (parte de la Oficina de Shizugawa) y logró subvenciones públicas para un avanzado proyecto contra el problema de la masificación de balsas de ostras.
“El problema de la sobrepesca, que provocan los pescadores al centrarse solo en obtener el máximo volumen y que empeora la calidad del producto, ya existía antes del terremoto. El tsunami ocasionó daños gigantescos, pero lo vi como una buena oportunidad para reformar completamente la industria pesquera y asegurar su continuidad. Eliminando la masificación, las ostras tienen acceso a todos los nutrientes que necesitan y el mar no se ensucia con sus excrementos, por lo que su hábitat mejora considerablemente”.
Para lograr el objetivo era necesario redefinir unos derechos de pesca heredados durante generaciones; muchos pescadores se negaban por miedo a ver reducidos sus intereses adquiridos. Con todo, a base de explicar los beneficios de eliminar la masificación, Gotō logró el consentimiento de los aproximadamente cuarenta pescadores de ostras de la comunidad y el número de balsas se redujo a menos de un tercio de las que había antes del desastre.
Las nuevas medidas lograron que las ostras crecieran mucho mejor. El periodo de cultivo se pasó de los dos o tres años anteriores a un solo año, y los costes de producción disminuyeron. A pesar de reducir el número de balsas, al elevarse la rotación, el volumen de pesca se mantuvo estable año tras año. Mientras que las horas de trabajo de los pescadores se recortaron un 20 %, el aumento del precio de venta les permitió elevar sus ingresos entre un 15 y un 20 %.
Además, como se asignaron más balsas a los pescadores que tuvieran posibles sucesores para el negocio, hubo jóvenes que se habían trasladado a otras zonas para buscar trabajo o estudiar que decidieron volver a su localidad de origen. “Los padres, que hasta ahora deseaban que sus hijos se fueran a trabajar a las ciudades, ahora confían suficiente en el negocio para querer legárselo. Y, ante la oportunidad de trabajar con una zona de pesca asegurada, los jóvenes han empezado a interesarse por nuevas técnicas de pesca”, explica Gotō.
Las iniciativas de la Suboficina de la Asociación de Pesca de Togura obtuvieron reconocimiento oficial hace dos años, cuando la organización sin ánimo de lucro ASC (Aquaculture Stewardship Council), con sede central en los Países Bajos, otorgó a la entidad su certificación internacional por un cultivo que mejora la calidad del producto sin perjudicar el medioambiente; fue la primera vez que se obtuvo dicha mención en Japón. Se trata de un reconocimiento que contribuye en gran manera a reforzar la marca de las ostras de Togura.

