Lo que se buscaba era una enseñanza que ayudase a Japón a desarrollarse

En la segunda mitad del siglo XIX se levantó la prohibición y fue posible de nuevo misionar en Japón. En esa ocasión, muchos de los predicadores eran protestantes. Sin embargo, en el Japón de la época, que pugnaba por modernizarse mientras modificaba radicalmente su régimen político, lo que esperaba la gente de los misioneros era, ante todo, que le transmitieran conocimientos sobre el extranjero y que le enseñasen sus lenguas. Y, como los propios misioneros pensaron que los saberes académicos y la enseñanza de lenguas podrían servirles de base para su labor evangelizadora, las necesidades de ambas partes coincidieron. Pero, en cualquier caso, para aquellos japoneses tan preocupados por occidentalizarse rápidamente, el cristianismo no fue más que un instrumento para conseguir abrir el país y desarrollarlo y siempre fue considerado una cultura occidental, es decir, ajena.

Antiguamente, el nombre que recibían los cristianos en Japón fue kirishitan, derivado de la correspondiente palabra portuguesa. A finales del siglo XIX, en cambio, su religión comenzó a llamarse kirisutokyō, como traducción del inglés Christianity. De esa misma época son otros neologismo como kyōkai (church), senkyō (mission) o junkyōsha (martyr). El equivalente a la palabra inglesa religion (shūkyō) también comenzó a difundirse a partir de aquella época. Todos estos nuevos términos contienen el formante kyō, que significa enseñanza, y ese es el matiz que se les quiso conferir. El detalle es suficientemente elocuente para hacernos ver qué es lo que buscaban los japoneses de las edades moderna y contemporánea en esta y en el resto de las religiones.

Entre los intelectuales japoneses de la época, algunos entendieron que los países occidentales se estaban desarrollando y trataban de elevar la moral de la población mediante el cristianismo y, por esta razón, preconizaron su introducción en Japón como una fórmula eficaz para alcanzar ese mismo desarrollo. Ōkuma Shigenobu (1838-1922), fundador de una de las universidades más prestigiosas de Japón, la de Waseda, valoró altamente el cristianismo como método de moralización, pero en el fondo solo contempló esta religión como un conjunto de historias o fábulas curiosas, es decir, como una forma de ficción. Lo que pedían los japoneses de la época era una enseñanza realista que les permitiera abrirse y desarrollarse. Existió, pues, una fuerte tendencia a utilizar el cristianismo contemplándolo desde puntos de vista muy concretos, como la moral o la educación.

Pero la relación de los japoneses con el cristianismo es, en realidad, muy corta todavía. Como se ha dicho más arriba, fue prohibida apenas 60 años después de que la Compañía de Jesús la introdujera en Japón en 1549, tras lo cual la fe fue duramente reprimida durante cerca de 260 años. A partir de la segunda mitad del siglo XIX llegaron a Japón también misioneros protestantes y de la iglesia ortodoxa rusa, pero el cristianismo volvió a ser perseguido como “religión de Occidente” por efecto primero de la Guerra Ruso-Japonesa y, después, de la Segunda Guerra Mundial. No fue sino hasta 1947 cuando, gracias a la nueva Constitución promulgada después de dicha contienda, se garantizó a los japoneses una verdadera libertad de credo religioso. Como se ve, el periodo durante el cual el pueblo japonés ha estado en contacto con el cristianismo no se extiende más allá del siglo y medio. Quizás tengamos que esperar todavía un poco hasta que los japoneses comiencen a pensar en él con serenidad.

Fotografía del encabezado: una boda en una iglesia cristiana (maayannmaayann/PIXTA)