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“¡Aaah!”, bostezó Noriko —una adolescente un tanto caprichosa— sentada en la mesa del desayuno.
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“Qué duras son las mañanas…”
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“¿¡Eh?!”
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“Otra vez el mismo pan…”
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“Estoy harta de comer lo mismo todas las mañanas.”
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Decidida a quejarse a su padre, Noriko agarró el pan y se dirigió a la panadería.
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Espiando entre las cortinas de la entrada de la panadería, Noriko vio a su padre hablando con el aprendiz.
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“Quiero que te fijes en una cosa: el pan tiene siempre el mismo aspecto, pero su elaboración es distinta cada día”, dijo el padre.
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“¿Pero qué dice?”, se preguntó Noriko, que nunca antes había escuchado esas palabras.
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El padre siguió con su explicación: “Cada día hay que ajustar la receta según la temperatura que haga fuera. Así que el pan es distinto cada día. ¿Está claro?”
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“Tanto el pan como las personas somos distintos cada día. Piensa que en nuestro cuerpo se sustituyen 100 millones de glóbulos rojos cada minuto”.
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“Hay clientes que acuden a la panadería todos los días, pero tienes que apreciarlos bien porque, igual que el pan, ellos también son distintos cada día.”
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Al oír esas palabras, Noriko miró de nuevo el pan…
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Y, arrepentida, empezó a comérselo a grandes bocados mientras pensaba “¡perdóname, papá!”.