Esta es mi tercera visita a la región de Tōhoku desde el terremoto y el tsunami, tras mis anteriores viajes poco después de que el desastre se cerniese sobre la zona en marzo y una segunda vez a principios de junio. En mi segunda visita, pasé la mayor parte del tiempo conversando con familias y otras personas relacionadas con la Escuela Primaria de Ōkawa en Ishinomaki, tristemente célebre en todo el país por el escalofriante peaje de muertos que pagó tras el tsunami, ya que 74 de sus 108 alumnos perecieron. En este caso, lo ocurrido fue más que un simple desastre natural. La escuela no tenía ningún plan de evacuación de emergencia en caso de un gran tsunami, y no dio las instrucciones adecuadas a alumnos y profesores para que se desplazasen a un lugar seguro durante los cincuenta minutos aproximadamente que pasaron desde el terremoto hasta que llegó el tsunami. Cuando se produjo el gran tsunami, este superó todas las expectativas, y un gran número de personas murieron en el acto. La escuela permanece como un símbolo estremecedor de la magnitud sin precedentes de esta desgracia.

Un omnipresente sentimiento de impotencia y resignación

A finales de julio, las estadísticas oficiales recabadas por la Agencia de Policía Nacional hablan de 20.600 personas confirmadas como fallecidas o todavía desaparecidas tras el desastre. De este total, unas 9.400 son de Miyagi, la prefectura más cercana al epicentro del terremoto. Esto representa más del doble de víctimas mortales que se produjeron en la prefectura de Iwate, la segunda más afectada, con 4.600. Inmediatamente después del desastre, algunas predicciones aventuraban que la cifra de muertos superaría los treinta mil. Ahora parece probable que las estimaciones iniciales eran tal vez altas, por el gran número de parientes y amigos que denunciaban la desaparación de una misma persona.

Interior de la Escuela de Enseñanza Primaria Ōkawa en Ishinomaki, en donde casi las tres cuartas partes de sus alumnos perdieron la vida por la catástrofe.

Es bien cierto que las cosas han comenzado a avanzar. Tal como me cuenta la coordinadora de voluntariado de Onagawa, la situación ha mejorado drásticamente en comparación con el caos que reinaba en marzo. Oigo muchos más comentarios optimistas de víctimas del desastre en esta visita que en mis viajes anteriores. Y sigo quedando impresionado una y otra vez por la determinación de la gente de mirar el lado positivo. “No podemos estar llorando indefinidamente”, me dice una persona. “Ahora hemos encontrado un lugar donde vivir, y sentimos que por fin podemos ver la luz al final del túnel”, me dice otra.

No obstante, en la prefectura de Miyagi más de diez mil personas siguen sin una vivienda permanente. Y muchas de ellas, como el señor que he citado al principio de este artículo, ni siquiera han podido acceder a una vivienda provisional. Los casos de suicidio o tentativa de suicidio están aumentando, y cada vez son más las personas al borde de la desesperación tras haber perdido todo lo que tenían: familia, propiedades, sustento y empleo.

Como yo vivo en Tokio, me cuesta evitar pensar que los medios de comunicación nacionales han desplazado su foco de atención a la inacabable crisis nuclear de Fukushima Daiichi, de Tokyo Electric Power Co. y a las últimas especulaciones sobre el alcance de la lluvia radioactiva. De hecho, las noticias referentes a este tema ya hace tiempo que han dejado de ser cabecera. Pero si volvemos a las zonas afectadas por el desastre, la triste realidad es que todavía no existe ningún mapa de ruta para avanzar hacia la recuperación y reconstrucción de los daños causados por el tsunami.

Lo que más he notado en esta tercera visita a la región todavía asolada por la devastación del 11 de marzo es una persistente sensación de impotencia y resignación en todos los rincones que visito. Aquí, en el corazón de la costa devastada, todos los mensajes alegres de ánimo tipo “¡Sigue luchando, Japón!” caen en saco roto y se pierden sin rastro en este cielo infinito de mediados de verano. Una vez superada la confusión inicial, la gente está empezando a olvidarse del tema. Y es imposible no rebelarse ante la crueldad de esta situación.

En este bloque de apartamentos de Onagawa se puede apreciar la furia del tsunami, que llegó a alcanzar el tercer piso.

Ni que decir tiene que una de las principales razones de la distancia que en estos momentos divide a las zonas del desastre del resto del país es la desorganización y las vacilaciones de nuestros líderes políticos. El primer ministro Kan Naoto anunció en junio que dimitiría, pero por algún motivo, no lo ha hecho. En julio, el país asistió al espectáculo de Matsumoto Ryū, que fue nombrado personalmente por Kan ministro para la reconstrucción, y que tuvo que dimitir de forma vergonzosa apenas una semana después tras ser grabado por las cámaras mientras sometía a los gobernadores de las prefecturas de Miyagi e Iwate a un aluvión de comentarios faltos del más mínimo tacto. La frustración y el descontento han ido aumentando dentro del Partido Democrático de Japón (PDJ) en el gobierno. Mientras tanto, los políticos de los Partido Liberal Democrático y Nuevo Kōmeitō de la oposición se han obsesionado tanto con la dimisión de Kan que sus ataques al gobierno han sido en gran parte inocuos.

Ahora se habla de que el coste total de los daños causados por el desastre alcanzará unos diecisiete billones de yenes. Y aumentará todavía más cuando se hayan sumado los efectos de la lluvia radioactiva del accidente nuclear de Fukushima. Hay una montaña de temas, por citar sólo a unos cuantos, que exigen una respuesta urgente del Gobierno –presentar un presupuesto para conseguir fondos para la reconstrucción, trabajar para reconstruir puertos y muelles, reubicar a un gran número de desplazados y gestionar el desastre nuclear. Pero aunque el Gobierno y los partidos de la oposición han denominado repetidamente esta situación como “crisis nacional”, su respuesta política ha sido de mucho ruido y pocas nueces.

Gobierno inoperante, Dieta inoperante

Azumi Nobutaka es alcalde de Onagawa, prefectura de Miyagi, desde 2003.

Ante la cruda realidad de unas zonas golpeadas por el desastre todavía totalmente destruídas meses después de que las olas retrocediesen, el enfado y la frustración de las autoridades locales afectadas van en aumento. En julio visito al señor Azumi Nobutaka, alcalde de Onagawa, y me lo encuentro todavía trabajando en la misma oficina provisional de la escuela de enseñanza primaria en que nos reunimos en marzo. Aunque parece un poco menos tenso que la última vez, su cara aún refleja profundas señales de agotamiento.

“Aún no tenemos una idea exacta de cuántas personas han regresado a la ciudad. Sólo hemos podido empezar a hacernos una idea de su número a partir del momento en que las autoridades municipales han comenzado a ofrecer los subsidios de emergencia e indemnizaciones. Y la situación está todavía menos clara respecto a los que se han marchado a otros lugares. Muchos se han ido sin dejar constancia de ello en ningún papel. Algunos se han ido provisionalmente, y es difícil asegurar al cien por cien en qué situación nos encontramos. Tendrá que pasar algún tiempo antes de que tengamos una idea clara de la situación general de las viviendas”.

Grandes montañas de escombros continúan desfigurando el paisaje.

Al igual que otras zonas afectadas, Onagawa está realizando en estos momentos un anteproyecto de reconstrucción. El alcalde Azumi me cuenta que el gobierno municipal tiene previsto finalizar un plan a mediados de agosto. Después, cree que la ciudad tardará unos ocho años en reconstruirse. Azumi insiste en que la prioridad número uno del municipio es limpiar las 440.000 toneladas de escombros que ha dejado el desastre. Sólo esto ya costará unos quince mil millones de yenes (más del doble de los 6,7 mil millones presupuestados para el año fiscal actual, a partir de abril de 2011) en la ciudad. Esperan finalizar un 30% de las obras este mismo año. El coste de limpiar todos los escombros hará aumentar el presupuesto de la ciudad por los costes incurridos desde el desastre a 23,2 mil millones de yenes. El consistorio está haciendo todo lo posible para reunir los fondos que necesita para mantenerse a flote.

La frustración por tener un Gobierno y una Dieta legislativa inoperantes está creciendo en un momento en que las comunidades locales de las zonas más afectadas necesitan la ayuda gubernamental con urgencia. Azumi elige cuidadosamente sus palabras cuando habla del Gobierno al que se ve obligado a depender para recibir ayudas y se lamenta de la ineficacia de esta administración. “No se hace nada unificadamente”, afirma.

“Los gastos son enormes, pero la realidad es que debemos actuar rápidamente para limpiar los escombros y llevarlos fuera de la población si es necesario. Esto no lo podemos hacer sin fondos o políticas del Gobierno central, pero esta administración no actúa coordinadamente, y no tenemos otra elección que empezar a hacerlo por nuestra cuenta”.

Concretamente, Azumi cree que el Gobierno debe dar los pasos necesarios para desencallar una propuesta que lleva debatiéndose desde marzo para designar a las regiones afectadas por el desastre “zonas de reconstrucción especial”. Se trataría de establecer zonas administrativas especiales en las áreas más afectadas, en donde se flexibilizarían las restricciones y regulaciones gubernamentales para así fomentar proyectos de reconstrucción. Estas zonas recibirían un trato especial en cuanto a presupuesto y sistema impositivo –una idea que Azumi consideraría eficaz ante un desastre de esta magnitud sin precedentes. “En circunstancias normales, es una prioridad del sistema jurídico garantizar que la ley nacional se aplica en todos los rincones del país por igual. Pero el sistema normal no funciona correctamente tras un desastre de esta magnitud. La creación de zonas especiales adaptadas a las distintas zonas afectadas facilitaría la fomulación de políticas acordes con la realidad y las necesidades de la situación sobre el terreno”.

El futuro de la industria pesquera de Onagawa

Carreteras cercanas al puerto continúan anegadas.

Onagawa está situada en la parte más meridional de la costa de Sanriku. Agraciada con unos buenos puertos naturales y excelentes bancos de pesca, la población ha hecho de la piscicultura del salmón plateado y el cultivo de ostras la espina dorsal de su economía. El alcalde Azumi afirma que la reconstrucción del puerto, que ha bajado más de un metro de nivel después del desastre, es una prioridad urgente.

“A pesar de todo, estamos ante una oportunidad de nuevo desarrollo ideal. Algunas zonas costeras han quedado completamente destruídas, y eso ha eliminado los problemas de los derechos del uso del terreno. El Gobierno debe tomar la iniciativa para determinar los niveles de las mareas y otros aspectos, así como establecer los niveles apropiados para los nuevos muelles lo más rápidamente posible”.

Azumi habla de las perspectivas de restablecer la industria pesquera de la población y sus esperanzas sobre lo que hará el Gobierno al respecto. “Por desgracia, creemos que entre el treinta y el cuarenta por ciento de los pescadores de la población abandonará. Ya antes del desastre, un porcentaje desproporcionado de la población que se dedicaba a la pesca eran personas mayores, y el tsunami ha diezmado las familias dedicadas a este sector. Nuestra industria pesquera depende muchísimo de la acuicultura, y ello exige considerables inversiones en instalaciones, equipamientos y mano de obra. Si no trabajamos todos juntos, no iremos a ninguna parte. En este momento disponemos de quince zonas de pesca con instalaciones portuarias adjuntas, y esperamos poder dar apoyo a la comunidad reorganizándolas en unas seis zonas. Estamos instalando ‘estaciones para pescadores’ prefabricadas en todas las zonas de pesca para que la gente tenga un lugar para hablar con franqueza e intercambiar ideas sobre el futuro de la industria local. Por esta razón necesitamos que se designe a esta área como zona especial, para proteger a los negocios e industrias locales de la zona para el futuro”.

Otro de los tablones más importantes del andamiaje financiero de Onagawa son las subvenciones que recibe del Gobierno a cambio de albergar la Central Nuclear de Onagawa. El tsunami arrasó instalaciones pertencientes al centro de prevención de accidentes nucleares de la prefectura y también se acercó peligrosamente a los edificios de los reactores principales. Los reactores siguen parados, y no se sabe si se pondrán en marcha de nuevo, si es que eso llega a ocurrir. Cuando hablé con él en marzo, Azumi insistió en diferenciar Onagawa de Fukushima. Según él, la central nuclear aguantó el terremoto, puesto que había sido diseñada para ello. Pero esta vez habla muy despacio, seleccionando sus palabras con sumo cuidado. “Personalmente, no veo motivos que impidan poner en marcha la central nuclear de nuevo. Pero es innegable que es una situación difícil. Pero repito, ni la administración, ni los ministerios del Gobierno central ni las empresas eléctricas son unánimes al respecto. Las directrices e instrucciones sobre los niveles de radiación y los límites de las zonas de evacuación han cambiado una y otra vez. Y si decidiesen abandonar la energía nuclear, no veo cómo podemos permitirnos dejarlo todo de la noche a la mañana... Pase lo que pase, el Gobierno debe aplicar un plan a largo plazo que sea digno de confianza y que nos sirva para varias décadas en el futuro”.