Han pasado cinco años desde que la central de Fukushima Daiichi fuera escenario del peor accidente nuclear registrado en el mundo desde el desastre de Chernóbil. Los terrenos de la central están ahora parcialmente ocupados por gigantescas cisternas de agua contaminada, entre las que todos los días cerca de 7.000 operarios trabajan en las labores de preparación del desmantelamiento definitivo de los reactores.
El Gobierno de Japón y la Compañía Eléctrica de Tokio (TEPCO, por sus siglas en inglés), consideran un plazo máximo de 40 años, a contar desde la fecha del accidente, para desmantelar completamente la central nuclear Fukushima Daiichi. Sin embargo, ni siquiera se conoce todavía con precisión dónde se encuentra el combustible nuclear que se fundió en los reactores 1, 2 y 3, y entre los expertos hay quien asegura que se necesitarán unos cien años para completar las labores. Para proceder a la extracción del combustible fundido, que es la parte más complicada del proceso de desmantelamiento, se llevan a cabo estudios e investigaciones que condensan toda la sapiencia disponible dentro y fuera del país.
Un lustro de lucha contra el agua contaminada
Lo primero en lo que nos fijaremos al entrar en la central de Fukushima Daiichi son las cisternas cilíndricas. En el recinto de la central hay unas 1.100 de ellas, que contienen un volumen total de agua contaminada de 800.000 toneladas. No sería exagerado decir que estos cinco años transcurridos desde el accidente se nos han ido luchando contra el agua contaminada. El descomunal número de cisternas es la mejor prueba de lo difícil que está siendo responder al problema del agua contaminada, cuyo volumen, hasta ahora, no ha dejado de crecer.
Cómo poner coto al aumento del volumen del agua con un alto grado de contaminación es el desafío más formidable. Las aguas subterráneas van colándose debajo de los reactores de la central y mezclándose con el agua contaminada que reposa bajo ellos, formando una gran masa de agua también contaminada. TEPCO ha adoptado una combinación de medidas y confía en que para 2020 el flujo de aguas subterráneas hacia los reactores se detenga por completo.
Dentro de ese conjunto de medidas, las que han funcionado mejor son, en primer lugar, la desviación hacia el mar de las aguas subterráneas todavía no contaminadas, que se hacen fluir previamente hacia unos pozos excavados en el lado Oeste de los reactores, es decir, en la zona próxima a las montañas y, en segundo lugar, el “drenaje complementario” de las aguas subterráneas que rodean los reactores, que son igualmente reunidas en pozos y canalizadas hacia el mar. El volumen total de aguas subterráneas canalizadas hacia el mar por estos métodos se calcula, hasta ahora, en unas 230.000 toneladas. Aun así, unas 150 toneladas de agua se acumulan cada día bajo los reactores.
Las medidas contra el agua contaminada conducen a veces a nuevos problemas. Para evitar que el agua contaminada contenida en el suelo se filtre al mar, TEPCO ha dispuesto verticalmente una serie de tuberías de acero de 30 metros de longitud, clavándolas en el fondo marino de la costa, para formar una barrera que alcanza los 780 metros de longitud. Las obras terminaron en octubre de 2015. La consecuencia ha sido que ahora TEPCO tiene que recoger las aguas subterráneas contaminadas, cuyo nivel no deja de subir en el lado interno de la barrera, y volver a verterlas bajo los edificios de los reactores. El volumen diario llega a ser de 550 toneladas. La ironía está en que las medidas tomadas contra el agua contaminada han acarreado un aumento del volumen de estas. Por el momento no hay forma de solucionar el problema. El sistema de contención de aguas subterráneas mediante congelación del subsuelo está ya completado, pero el grado máximo de congelación no se alcanzará hasta dentro de unos ocho meses.
En septiembre de 2013, durante la reunión del Comité Olímpico Internacional en que Tokio presentó su candidatura olímpica, el primer ministro japonés Abe Shinzō aseveró que, en lo concerniente al problema de las aguas contaminadas, la situación estaba “bajo control”. En aquel momento la situación no era ni mucho menos la que reflejaban las palabras del premier, pues acababa de descubrirse que cerca de 300 toneladas de agua altamente contaminada se habían filtrado de los depósitos en la superficie. Pero ahora, cinco años después, por fin el riesgo ha descendido hasta el punto de poder decir que no ocurrirá nada imprevisible, de modo que, hasta cierto punto, la situación, como declaró Abe, está pudiendo ser controlada.
Mejoras en el entorno de trabajo
Los niveles de radiación dentro de las instalaciones también ha descendido considerablemente durante este lustro. Para finales de marzo de este año, TEPCO espera haber rebajado la exposición anual adicional (sobre los niveles del ambiente circundante) dentro del recinto a un milisievert como máximo. Es una gran mejora si pensamos que previamente, debido a las radiaciones provenientes de los escombros y del agua altamente contaminada contenida en las cisternas de superficie, la dosis de radiación dentro del recinto superaba los 10 milisieverts anuales.
Para reducir la exposición a la radiación, TEPCO ha seguido el método de pavimentar la instalación. Se ha delimitado un área de 1,45 millones de metros cuadrados, dentro del total 3,5 millones, y hasta el momento el trabajo ha sido completado en un 84% de esa primera extensión. Además, la práctica totalidad del agua contenida en las cisternas de superficie ha pasado algún sistema de purificación como el ALPS, siglas inglesas del sistema avanzado de procesamiento de líquidos. El grado de rebaja de las dosis de radiación en las instalaciones es fruto de estos esfuerzos.
Con la rebaja de las dosis de radiación ambiental se ha conseguido mejorar también el entorno de trabajo. Si excluimos las cercanías de las torres de los cuatro primeros reactores, donde a veces se alcanzan los 100 microsieverts por hora, en el resto de los espacios ya es posible prescindir de la mascarilla integral. En los terrenos del recinto más alejados de los reactores, por el Oeste, los operarios andan solo con su uniforme y una mascarilla antipolvo descartable. El día que visité las instalaciones para hacer mi reportaje encontré un zorro en ese sector. Quizás fuera algo habitual, porque los operarios pasaban ante él mirándolo con una sonrisa. El zorro también parecía acostumbrado a la escena, o al menos no hacía ademán de huir. Se sentía que el estrés propio de un lugar de trabajo como este se aliviaba en parte al asistir a una escena tan bucólica como esa, que podría parecer impropia del lugar.
En junio de 2015 quedó listo en la zona Oeste del recinto, junto al portón de entrada, un edificio recreativo de nueve plantas, que incluye comedor y otros espacios de asueto. En el comedor de la primera planta se sirve la comida caliente que se prepara en las cocinas del centro de abastecimiento, que está situado fuera del recinto. Las bandejas con los platos del día, raciones de fideos y tazones de arroz con diferentes ingredientes pueden adquirirse a un precio único de 380 yenes. Los rostros de los operarios que departían con sus compañeros mientras daban cuenta de la comida mostraban una expresión perfectamente relajada. Durante los días que siguieron al accidente, los operarios recibían solo una pequeña ración de galletas y un botellín de agua mineral al día.cuarta Es un aspecto en el que la mejora ha sido sustancial.
“Lo importante es ir haciendo [de la central] un lugar de trabajo normal”, comenta Masuda Naohiro, máximo responsable de la Compañía de Ingeniería para la Descontaminación y Desmantelamiento de Fukushima Daiichi, fundada en abril de 2014 para clarificar las responsabilidades y agilizar la toma de decisiones en lo concerniente a las medidas de desmantelamiento de la central y el tratamiento de sus aguas contaminadas. Hoy en día, a menos que uno se interne deliberadamente en un lugar de alta radiación, las condiciones que se dan en la central no suponen ningún peligro para la vida.




