La regulación de los tatuajes en la era Meiji

Los tatuajes no se extendieron demasiado entre la clase guerrera debido a la introducción del pensamiento confuciano por el que no se veía con buenos ojos que una persona hiriese su propio cuerpo. A partir del año 1720, además, se impuso como un castigo adicional para los delincuentes tatuarles la frente o los brazos, por lo que entre las clases populares muchas personas comenzaron a aborrecer los tatuajes. El gobierno del shogún trató de regular los tatuajes en varias ocasiones sin apenas resultados, y fue durante la segunda mitad del siglo XIX cuando éstos alcanzaron una popularidad sin precedentes.

Tras el fin del shogunato y el comienzo del período Meiji, el nuevo gobierno acabó con el aislamiento nacional y se propuso adoptar un modelo de ilustración para el país de influencia occidental. Como resultado comenzaron a llegar los primeros invitados de honor, viajeros y marineros del extranjero a Japón, algo que no había ocurrido en los pasados 400 años. Durante su estancia en Japón estos nuevos visitantes observaban costumbres como la de los baños compartidos entre las mujeres y los hombres o a hombres que ostentaban en la calle sus cuerpos completamente tatuados y cubiertos solo con un fundoshi, algo que registraron en sus diarios como costumbres características del pueblo japonés.

El Gobierno Meiji consideró problemático que en Occidente estas prácticas pudiesen interpretarse como un aspecto primitivo de Japón, y por esto en 1872 decidió establecer una ley que regulara tanto el oficio de tatuador como a las personas que decidían llevar tatuajes. Con el comienzo del siglo XX se impuso entre la sociedad la norma de ir siempre vestidos (y no solo con un fundoshi), por lo que los tatuajes pasaron a ser algo que se escondía debajo de la ropa. Aunque resulte paradójico, podemos pensar que en esta época de restricciones es posible que cobrara fuerza la idea de que los tatuajes albergaban una belleza más profunda, incluso psicológicamente, por el hecho de estar ocultos.

Cabe recordar que estas regulaciones afectaron seriamente también a las mujeres de Okinawa y del pueblo Ainu de Hokkaidō entre las que existía la costumbre de tatuarse. Aunque había personas que continuaban tatuándose en la clandestinidad, cuando eran arrestadas por la policía eran sometidas al borrado de sus tatuajes mediante prácticas brutales como la cirugía o la eliminación con ácido clorhídrico. Hoy este patrimonio ancestral único de la práctica de los tatuajes en estas culturas ha desaparecido completamente.

El oficio de tatuador en el extranjero

Entre las personas que llegaban a Japón en esa época había quienes se hacían un tatuaje a modo de souvenir característico del país. En los registros históricos se puede comprobar cómo Jorge V del Reino Unido (el abuelo de la Reina Isabel II) cuando era príncipe o el zar Nicolás II de Rusia se hicieron tatuajes durante su visita a Japón. En los periódicos anglosajones también se pueden encontrar los testimonios de miembros de la marina que vivieron la experiencia de tatuarse en Japón, unos relatos que despertaron un creciente interés en muchas personas. Los tatuadores japoneses respondieron a esa ola de curiosidad por su arte visitando el extranjero.

Los tatuadores de entonces se ocultaban en Japón bajo la fachada de negocios que corresponderían a lo que hoy podemos ver en las calles anunciado en carteles como “dibujantes de octavillas” (ebira-ya) o “fabricantes de linternas de papel” (chōchin-ya). Estos profesionales emigraron a lugares como Hong Kong, Singapur, Filipinas, Tailandia, India, el Reino Unido o los Estados Unidos en busca de un entorno en el que pudieran realizar su trabajo en libertad. Hemos podido conocer más sobre la historia de estos tatuadores japoneses que trabajaron en el Reino Unido y los Estados Unidos entre finales del siglo XIX y comienzos del XX gracias a la investigación del profesor Koyama Noboru y a la que esta propia autora ha realizado continuando esta línea de trabajo.

Los tatuadores que se marcharon al extranjero encontraron mucho trabajo entre los miembros de la tripulación de los barcos y los pasajeros, y por ello establecían sus negocios cerca de los puertos o alquilaban habitaciones de hotel en las que tatuar, cambiando de lugar con frecuencia. Un ejemplo es el famoso tatuador Yoshisuke Horitoyo, que trabajó en ciudades como Londres o Nueva York entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, y que según un reportero de la época también había estado en China, Hong Kong o París entre otras ciudades, llegando a afirmar que había tatuado al mismísimo primer presidente de Filipinas Emilio Aguinaldo.

Libro de diseños del tatuador O. Ikasaki, radicado en Nagasaki, de alrededor del año 1900. Perteneciente a Horiyoshi III.

Aunque la fama de las avanzadas técnicas de los tatuadores japoneses iba en aumento, la mayoría de los clientes solo pedían pequeños tatuajes que pudieran ser realizados fácilmente, y al no haber apenas clientes que acudieran con regularidad durante largo tiempo estos no tenían la oportunidad de mostrar toda su destreza.

Los tatuajes vuelven a la vida de la gente tras la Segunda Guerra Mundial

En 1948, pocos años después de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, Japón eliminó por completo las regulaciones en torno a los tatuajes. Bajo la ocupación de la Comandancia Suprema de las Fuerzas Aliadas se establecieron bases del ejército estadounidense en cada región del país, y muchos tatuadores comenzaron a trabajar cerca de la base de Yokosuka donde tatuaban a los soldados estadounidenses destinados allí. Estos clientes preferían tatuajes con el estilo de los Estados Unidos en lugar de diseños japoneses, y hubo una gran demanda durante las épocas de las guerras de Corea y de Vietnam.

Un soldado australiano fotografiado en Corea en diciembre de 1953, con tatuajes realizados en el Reino Unido, Hong Kong, Japón y la India. Memorial de Guerra Australiano

Memorial de Guerra Australiano (https://www.awm.gov.au/collection/HOBJ4707/)

Tras un largo tiempo en la clandestinidad entre la sociedad japonesa, el arte del irezumi volvió a salir a la luz en forma de libros de expertos tatuadores y exposiciones en la década de 1970. Durante esta época diseñadores de moda como Issey Miyake o Yamamoto Kansai crearon vestidos inspirados en el arte del tatuaje japonés. En la década de 1980 un creciente número de jóvenes japoneses comenzaron a sentir interés por los tatuajes al ver cómo los miembros de sus bandas de rock favoritas de los Estados Unidos los llevaban. Desde entonces este interés ha ido en aumento, y cada vez más personas optan por los diseños tradicionales del irezumi japonés.

"Tatoo" SS1971/970 Issey Miyake, ISSEY MIYAKE / "Grid Body", Tokujin Yoshioka. "MIYAKE ISSEY: The work of Miyake Issey", Centro Nacional de Arte de Tokio, entre el 16 de marzo y el 13 de junio de 2016. (Fotografía: equipo editorial de Nippon.com)

Una encuesta realizada al azar en 2014 por la Federación de Asociaciones de Abogados de Kanto entre 1.000 hombres y mujeres de entre 20 y 60 años reveló que 16 de ellos estaban tatuados. Esto representa una cifra baja si lo comparamos con otras naciones del extranjero, donde entre un 10 % y un cuarto de la población está tatuada. Sin embargo, podríamos afirmar que hoy los tatuajes en Japón están comenzando a establecerse como parte de la moda.

Fotografía del encabezado: Las tres fortunas unidas, actores populares frente a una cascada blanca. (1863) Toyohara Kunichika (Aflo)