El barrio de la moda y los Juegos Olímpicos

La estación no es lo único que está cambiando. Desde que la Oficina de Desarrollo Urbano del Gobierno Metropolitano de Tokio tomó la iniciativa e impulsó la creación de un barrio integral adaptado a los tiempos que corren, Harajuku se está transformando gradualmente de la mano de los principales promotores inmobiliarios. Se habla incluso de la desaparición de un edificio de apartamentos de lujo con más de 50 años de historia situado en el cruce entre la avenida Meiji y Omotesandō y de alguna tienda original símbolo de la década de 1970, por citar algunos ejemplos. Muy lejos queda ya, como una fotografía en blanco y negro, el recuerdo de aquel Harajuku que marcaba el compás de la moda y la subcultura de Japón en las décadas de 1970 y 1980.

Si recordamos la historia de Harajuku, lo primero que nos viene a la cabeza es un barrio tranquilo en cuyos arcenes florecían plantas (bolsa de pastor o jaramango blanco), allá por las décadas de 1950 y 1960. En esa época, la zona solo destacaba por la juguetería Kiddy Land y la tienda de recuerdos Oriental Bazar, esta última pensada para los soldados estadounidenses que residían en Washington Heights, un complejo de viviendas de los Aliados en Yoyogi. Corría el rumor de que el Ejército de Estados Unidos usaba la vasta zona de Omotesandō para las prácticas de aterrizaje de sus aviones pequeños, prueba de que apenas hubiera gente en la zona. Todo comenzó a cambiar cuando se decidió que Tokio sería sede de los Juegos Olímpicos de 1964.

Ese mismo año se terminaron de construir, justo frente a la estación de Harajuku, Co-op Olympia y Olympia Annex, los primeros edificios de apartamentos de lujo de todo Japón, cuyo precio, en la actualidad, supera los cien millones de yenes. Tenían servicio de portería las 24 horas y había personal que hablaba inglés. Consecuentemente, residían en ellos diplomáticos, empresarios y artistas. Entre estos últimos se cuenta Teresa Teng —cuya carrera musical en Japón dio comienzo en 1972—, que vivió con su madre en el apartamento 506 del Olympia Annex desde 1974 hasta 1979; después de haber ganado el Premio a la mejor artista revelación del año, Watanabe Productions decidió buscarle casa en Tokio.

El edificio Olympia Annex en la década de 1960. Fotografía del libro Fei ying: Riben liuxuesheng zhi mu Ding Weirou (Un halcón volador: mi madre, Ding Weirou, una estudiante extranjera en Japón), de Jin Mingwei.

Enfrente estaba el restaurante chino Fukurokuju, un establecimiento con muchos años de historia; a lo largo de la avenida Meiji, la iglesia cristiana Tokyo Union Church, el restaurante Route 5 —supuestamente el primero de todo Japón en el que se podía pedir sin necesidad de bajarse del coche— y pequeñas tiendas de ropa como Mademoiselle NON NON y Milk. En el Olympia Annex había una tienda de ropa extranjera de segunda mano, Chicago, mientras que en Omotesandō llamaba la atención Makobisu, la boutique de la modelo Mako.

El estilo de vestir de quienes caminaban por la zona evocaba al de Londres, más familiar que el que se veía, por ejemplo, en Roppongi. Era la época en la que todavía resultaba raro poder comer pizza y patatas fritas auténticas en Japón, así que se respiraba un ambiente de emoción, en cierto sentido. Ese Harajuku me encantaba e iba muchísimo allí a pasar el rato.

En la década de 1970, Harajuku se convirtió en el lugar en el que se adaptaban las tendencias de Europa y Norteamérica y se creaban nuevas modas originarias de Japón. En aquel entonces, no había otro sitio en el mundo como este. Allí no se seguían los dictámenes de las grandes empresas, controladas por los adultos, sino que era donde los creadores jóvenes experimentaban con su talento. Los establecimientos que se abrían también eran vanguardistas y originales. Harajuku no tenía nada que envidiarles a ciudades como Londres y Nueva York, famosas por su moda callejera, y era un lugar con una atmósfera en la que siempre se acogía a quienes iban en busca de algo nuevo. A diferencia de Shinjuku, famoso por el jazz, la escena alternativa y las protestas, este barrio creado por la gente joven era un lugar alegre, de apertura y repleto de nuevas sensaciones. El rock, la moda elegante y barata y las tiendas originales abrieron la puerta a un estilo de vida diferente.

Un grupo de jóvenes en el Omotesandō de la década de 1970. Fotografía de Some Gorō.

Cuando terminé la universidad, empecé a trabajar en el mundo de la edición. Recuerdo ir al Central Apartment, situado en una esquina entre la avenida Meiji y el cruce de Omotesandō, a reunirme con un cámara, un estilista y un ilustrador. En aquel entonces, el edificio albergaba despachos de creadores; ponían glam rock y West Coast rock y tenían plantas de interior como decoración. En la cafetería Leon, en la planta baja, siempre había algún actor famoso o alguna maniquí de moda.

El libro de fotografía 70’s HARAJUKU, del estilista de moda Nakamura Non (editorial Shogakukan), reúne una colección magnífica de imágenes de esa época de despertar y es todo un éxito de ventas desde su comercialización, en 2015.

El libro de fotografía 70’s HARAJUKU. Imagen cortesía de Hirano Kumiko.

El valor de Harajuku como marca aumentó en la década de 1990, época en la que empresas de gran capital comenzaron a construir edificios relacionados con la moda. El de la Tokyo Union Church fue demolido y en el terreno que ocupaba se construyeron los grandes almacenes La Foret Harajuku —obra de la empresa Mori Building—, que se llenaron de tiendas gestionadas por las propias marcas del sector textil. Poco a poco, Harajuku se fue convirtiendo en la meca de la moda de todo Japón.

A partir del año 2000, el barrio comenzó a perder su originalidad poco a poco, quizás por culpa de este desarrollo. En esa época se empezaron a ver edificios comerciales de grandes promotores inmobiliarios y tiendas de franquicias; los establecimientos que reflejaban la originalidad de Harajuku acabaron relegados a las callejuelas de la zona con el consecuente sobrenombre de “el Harajuku de detrás”. Por consiguiente, las calles principales se llenaron de tiendas de marcas de peso: el Harajuku de nuestros días es un producto de las grandes empresas.