El uso de la energía nuclear y la seguridad

Es evidente que la catástrofe nuclear de Fukushima ha tenido consecuencias no solo en Japón sino también en todo el mundo. Desde ese día es probable que se rebaje considerablemente el auge de estos últimos años por la energía nuclear, el denominado “renacimiento nuclear”.

Se trata de una tendencia desarrollada especialmente en Europa y en América del Norte que ha hecho que en estos últimos años se haya adoptado una renovada visión sobre la energía nuclear como energía importante en la batalla contra el calentamiento global. En octubre de 2010 Alemania decidió ampliar la vida operativa de sus centrales nucleares, e Italia daba pasos hacia la construcción de nuevas centrales nucleares. Pero el accidente de Fukushima lo cambió todo y puso freno a esas iniciativas. Ahora Alemania, Italia y Suiza se plantean abandonar la energía nuclear.

Por el contrario, Reino Unido, Francia, Rusia, EE.UU. y algunos otros países se han mantenido firmes en su fomento de la energía nuclear, aunque han aumentado las medidas de seguridad.

En los países en vías de desarrollo, que necesitan más electricidad para potenciar su crecimiento económico, la tendencia hacia el desarrollo de la energía nuclear tampoco ha variado prácticamente. Las economías emergentes que fomentan el desarrollo de la energía nuclear no solo son China e India, sino que, más recientemente, también han elegido esta vía los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, la República Checa, Polonia y otros países de Europa oriental. Ahora existe una mayor concienciación entre estos países sobre la necesidad de reforzar las medidas de seguridad, pero sus políticas de fomento de la energía nuclear no han sido modificadas.

El país que ha experimentado un mayor grado de desorientación con respecto a la energía nuclear ha sido evidentemente Japón, donde el “mito de la seguridad” que rodeaba a las centrales nucleares ha quedado hecho añicos. Y este es un problema real que debemos reconocer.

Si repasamos la historia de EE.UU. y Europa veremos que tras los accidentes de Three Mile Island y Chernóbil tuvieron que pasar de veinte a veinticinco años para que la opinión pública volviese a tener una visión favorable de la energía nuclear. Así pues, parece razonable suponer que Japón necesitará un periodo de tiempo similar para que las decisiones sobre la energía nuclear puedan tomarse en un ambiente desapasionado.

Las consecuencias de la reciente catástrofe nuclear se han notado a lo largo y ancho de Japón. Ahora existe una mayor preocupación por la seguridad de la tecnología nuclear y se ha perdido la confianza en en el sistema estatal de control, la seguridad nuclear y en las decraraciones de las empresas de energía nuclear de Japón, y hay quejas sobre la deficiente información proporcionada. Los fallos en el diseño del esquema administrativo han erosionado todavía más la confianza de la opinión pública. La Agencia para la Seguridad Nuclear e Industrial (o NISA, por sus siglas en inglés), que era la encargada de regular la seguridad nuclear, estaba bajo el mando del Ministerio de Economía, Comercio e Industria, que también supervisaba a la Agencia de Recursos Naturales y Energía, un órgano que promocionaba la energía nuclear. Tras el accidente, se tomó la decisión de fusionar la NISA con la Comisión de Seguridad Nuclear de la Oficina del Gabinete y situar a la organización fusionada bajo el mando del Ministerio del Medio Ambiente. No obstante, la pérdida de la confianza de la opinión pública ha sido tan grande que probablemente deberá pasar bastante tiempo y deberán llevarse a cabo bastantes acciones para recuperarla.

Si analizamos la situación actual, debemos observar la convergencia que se ha iniciado entre la oposición al armamento nuclear, que proviene de la experiencia de Hiroshima y Nagasaki, y el movimiento que aboga por el abandono de la energía nuclear para fines pacíficos. Aunque la utilización de la energía nuclear para generar electricidad no tiene nada que ver con su utilización para fabricar armamento, ambos temas han empezado a asociarse, sobre todo por que ambos despiertan suspicacias sobre la radiación. Dicho de otro modo, debemos ser conscientes de que son cada vez más las voces que reclaman la completa eliminación de la energía nuclear incluso para fines pacíficos.

La creación de un consenso nacional es crucial

Por último, quisiera volver al tema de cómo prevemos el futuro de la energía nuclear en Japón. Mi conclusión fundamental es que la renuncia a la opción de la energía nuclear desestabilizaría el suministro eléctrico, haría aumentar la factura eléctrica y perjudicaría gravemente los esfuerzos por reducir las emisiones de CO2. Por estas razones, a corto y medio plazo el gobierno no debería renunciar a la energía nuclear.

Los factores que actúan en la política energética de Japón son extremadamente diversos y multidimensionales, y eso hace imposible centrarse exclusivamente en un solo aspecto. La política energética debe garantizar por encima de todo un suministro estable, pero también debe ser económicamente viable, con bajas emisiones de CO2 y demostrar solidez en cuanto a seguridad y capacidad de resistencia ante catástrofes naturales.

Sin embargo, desde una perspectiva a largo plazo, el objetivo de suministrar energía de forma estable debe ser siempre la principal prioridad. Y ahora que la electricidad se ha convertido en una energía todavía más vital de lo que fue en el siglo XX, es muy importante pensar en la garantía de un suministro estable.

Seguramente surgirán todo tipo de argumentos sobre qué postura debe adoptarse frente a la energía nuclear, pero lo primero es dilucidar en profundidad todas las causas del accidente del Fukushima y diseñar políticas de seguridad a corto, medio y largo plazo basándose en hechos científicos. Estas políticas tendrán que convencer a la opinión pública tanto mundial como nacional, especialmente en las zonas de Japón en que existan centrales nucleares.

Debe encontrarse algo más que soluciones científicamente satisfactorias: también es necesario resolver cuestiones psicológicas relacionadas con la sensación de seguridad en la población.

El Plan Básico Energético aprobado en reunión del gabinete en junio de 2010 tenía previsto construir catorce nuevos reactores (nueve para 2020 y otros cinco para 2030) y elevar el porcentaje de operación de los reactores a nivel internacional.

Este plan se situaba en el eje central de las acciones emprendidas por Japón para abordar la cuestión del cambio climático. Concretamente, el plan preveía una reducción del 30% en las emisiones de CO2 para 2030, en comparación con los niveles de 1990, mediante el aumento de la generación de energía nuclear al 53% del total de energía generada, dando un gran impulso a las energías renovables como la hidroeléctrica a gran escala, que pasaría del 9% actual al 21%. El objetivo principal del plan era combinar un suministro estable de electricidad con una importante reducción de las emisiones de CO2. Pero la catástrofe nuclear de Fukushima ha puesto a ese plan en grave peligro.

Dentro de una década o dos es bastante improbable que Japón aumente su nivel de dependencia en la energía nuclear. No obstante, un objetivo podría ser mantener el nivel hasta una dependencia de aproximadamente el 20% en 2030, en comparación con el cerca del 30% de hoy. Creo que sería necesario llegar a un consenso entre la opinión pública para que apoyase esta proporción.

El hecho de que Japón sea un país con pocos recursos naturales ha sido un factor subyacente en su enorme crecimiento en el pasado. Es decir, para compensar esta situación fue necesario desarrollar tecnologías de conservación de la energía que permitiesen un uso más eficiente de los recursos disponibles. Tras las crisis petrolíferas de la década de los setenta, la estructura industrial del país cambió muy rápidamente. Es indudable que la eficiencia energética será un importante pilar de las acciones emprendidas para resolver los problemas relacionados con la seguridad energética y el cambio climático también en el futuro.

Pero al mismo tiempo, Japón se enfrenta a una situación en donde las barreras mundiales para garantizarse recursos son cada vez más altas. China y otros países emergentes están peleando para garantizarse recursos y ahora todo el mundo es mucho más consciente de que los recursos no son ilimitados. Y las opciones se restringen cada vez más a causa de problemas medioambientales. Todo esto significa que Japón está sujeto a un ambiente mucho más duro que antes.

El terremoto y el tsunami afectaron al país en esta comprometida coyuntura y eso complicó los problemas de la economía la cual se encuentra en un prolongado periodo de estancamiento con una reducción de la competitividad empresarial, en el ámbito global, de las bases de producción doméstica. Desde este punto de vista, la tarea de conseguir una política energética correcta es una cuestión claramente crucial para Japón. Nuestro país necesita idear una política que tenga en consideración las circunstancias actuales y no acelere el declive económico.

El debate de estos temas no será fácil todavía, después del revuelo de ansiedad y enfado provocado por la catástrofe nuclear de Fukushima. Sin embargo, por el bien del futuro del estado y de sus ciudadanos, debemos reflexionar obstinadamente sobre los pasos que dar. Ahora es el momento justo de reflexionar sobre los factores relacionados con la energía que han asegurado el desarrollo que Japón ha conseguido en la era moderna.