Reconozcamos el mal que corroe la democracia

¿Por qué hace sufrir de esta forma a las democracias liberales el problema de las finanzas públicas? La explicación es sencilla. Los políticos tienen que ganar las elecciones. Si las pierden, su situación viene a ser la de un desempleado. Ante tal riesgo, no son muchos los ciudadanos de a pie dispuestos a probar suerte en la política. Pero el principio democrático de conseguir votos en las elecciones para obtener un escaño entraña un peligro, es una espada de doble filo. Para ser elegido, el político promete a los electores una serie de beneficios económicos. Por eso la democracia tiene una fuerte tendencia hacia la expansión del gasto público. Aunque un proyecto de ley que otorgue beneficios a un determinado grupo o sector sea aprobado por el legislativo, la carga per cápita puede ser prácticamente inapreciable. Por lo tanto, la gente no relacionada con los beneficios que genera ese proyecto de ley, o indiferente hacia ellos, no se preocupará por indagar sobre la pertinencia del mismo y no se posicionará en contra. Hasta es posible que, confiando en que podrá obtener el consentimiento y la cooperación para aprobar, la próxima vez, otro proyecto que conceda beneficios a su propio grupo, esta vez llegue a hacer causa común con quienes apoyan ese proyecto. Cuando el beneficio está muy concentrado y el coste muy repartido, la gente es menos consciente de ese coste. Es este mecanismo el que hace que, uno tras otro, vayan aprobándose estos proyectos que expanden el gasto público.

Esta tendencia a la expansión del sector público, propia de las democracias parlamentarias, trae consigo la automática politización de los problemas económicos. Porque la gente muestra un gran interés por saber quién será el que pueda hacer realidad esos beneficios para su grupo. En las democracias liberales, los sistemas parlamentarios dan la impresión de posibilitar una elección imparcial gracias al principio de igualdad de una persona, un voto, pero en realidad, puede darse el caso de que no exista una clara relación entre el voto y su resultado.

¿No es cierto que mucha gente, en Estados Unidos y otros países, acariciando a esa gallina de los huevos de oro que anida en la conjunción de intereses políticos y económicos, ha llevado un nivel de vida por encima de sus ingresos? De esta forma han ido aumentando las deudas de los particulares, con la recepción de créditos a la vivienda como en el caso de Estados Unidos, y las deudas públicas de muchos países cuyos políticos han echado mano del gasto público para ganarse el favor popular. No será exagerado decir que son los funcionarios del Ministerio de Finanzas los que ponen freno a este mecanismo. La acumulación de déficit presupuestario causada por esta formidable ilusión ha impedido la puesta en marcha de políticas de generación de empleo. Las víctimas son esos desempleados, especialmente esos desempleados jóvenes que, pese a tener suficiente capacidad y ganas de trabajar, se ven privados de una oportunidad de empleo.

Otro factor que acarrea problemas es esa “semi-nación” llamada Unión Europea. Con “semi-nación” no me refiero solamente al hecho de que carezca de una constitución. Debido a que la política financiera no está unificada, no existe un órgano administrativo equivalente al Ministerio de Finanzas de un estado convencional. Además, es una agrupación compuesta por miembros que presentan grandes desigualdades en cuanto a costes laborales y productividad. Como se ha introducido la moneda única, el euro, que implica la renuncia por parte de los países miembros a tomar medidas propias en política financiera, estos no tienen capacidad de reacción en caso de sobrevenir una crisis de esa naturaleza. Hay “una política financiera”, que es la que pone en marcha el Banco Central Europeo (BCE), y no les queda otro remedio que confiarse a ella. Pero el proceso de toma de decisiones en el BCE no es un proceso democrático. Naturalmente, influye mucho la situación económica de los países grandes y fuertes. Hallamos aquí el problema del “déficit democrático” introducido por el euro.

En Japón también se habla de hacer algo parecido, de planificar una “comunidad de Asia Oriental”. Pero nos conviene conocer un poco mejor las grandes dificultades experimentadas por Europa en los más de 1200 años de historia del movimiento comunitario, desde la época de Carlomagno, y el largo lapso de tiempo que ha tenido que transcurrir hasta que ese proyecto de comunidad se ha hecho realidad. No es posible hablar de una “comunidad de Asia Oriental” sin considerar detenidamente, muy en especial, la evolución de las relaciones entre Japón y China en relación con el TPP (Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica, por sus siglas en inglés) o con ASEAN+4 (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, más Japón, China, Corea del Sur e India), si podría ocurrir o no una “guerra fría” entre Estados Unidos y China, y otros importantes asuntos en el campo de las relaciones internacionales.

Estados Unidos está en constante proceso de “rebarbarización”

Las medidas de política financiera no son capaces de rescatar inmediatamente a la economía de una situación crítica. La economía tiene algo que la asemeja a un cuerpo humano. No todas las enfermedades pueden curarse mediante fármacos o cirugía. Hay dolencias que desaparecen con una sola dosis de un medicamento, y desgraciados males que estamos obligados a soportar largamente. Las medidas económicas no son panaceas. La confianza de los ciudadanos en que lo sean, el propio hecho de confiar excesivamente en el gobierno y en el Banco de Japón puede llevar a un riesgo moral.

Hay otro aspecto del que debemos ser conscientes: aunque la situación económica es ciertamente grave, las cifras macroeconómicas no son tan malas como las de la Gran Depresión ocurrida hace algo más de ochenta años. En Estados Unidos la tasa de desempleo durante la década de 1930 superaba el 25%. Actualmente permanece en torno al 9%. Por supuesto, no propugno el conformismo ante la difícil situación del empleo. Pero la ilusión de que existen las panaceas aboca a una crítica exacerbada de la política y con esto solo se consigue empeorarla. Hay que evitar este círculo vicioso.

Otro hecho que no debe escapársenos es que la posición o el papel de Estados Unidos en la economía mundial no es el que era hace ochenta años. En los años veinte, Estados Unidos era el gran acreedor de los mercados internacionales de capital. Para sostener el valor del marco alemán de forma que este país pudiera pagar sus indemnizaciones de guerra, se importaron grandes cantidades de capital desde Estados Unidos. Ocurrió entonces en Alemania un gran boom del consumo, a consecuencia del cual se produjo en ambos países un reventón en los mercados de la vivienda y de las acciones. Fue en aquella época, en que la economía mundial estaba dominada por los Estados Unidos cuando se produjo la quiebra de esa misma economía.

En cambio, en la crisis que viene gestándose desde el fin de la Guerra Fría, si bien Estados Unidos sigue siendo el país hegemónico, ya no es acreedor sino prestatario, y si se ha entregado a un boom que lo ha llevado a consumir por encima de sus ingresos, ha sido gracias al flujo de capital procedente de China y Japón. El mejor exponente de ese boom ha sido, huelga decirlo, el crédito subprime. Estados Unidos es, digámoslo así, un engorroso gigantón que nos lleva a todos de susto en susto. Aunque igualmente cierto es que no existe, hoy por hoy, otro país que pueda constituirse en núcleo de la política y de la economía del mundo.

Una economía de mercado tan abierta como la norteamericana sigue un ciclo de calentamientos y contracciones periódicos, y en ella siempre existe un insaciable deseo de un mercado con pocas regulaciones. Cuando ocurre una crisis los ánimos se enfrían durante un cierto periodo, transcurrido el cual se retorna a ese “toque salvaje” (“rebarbarización”). Es una característica de la economía norteamericana. No será incorrecto decir que es responsabilidad de ese gran país que es Estados Unidos considerar cómo poner bajo control, por medio de la ley y de la política, ese “toque salvaje”.

(Este artículo es una ampliación de “Demokurashī no yamai ga keizai wo konran saseru”, publicado en el número de noviembre de 2011 de la revista mensual Chūō Kōron.Traducido al español del original japonés.)