Japón, el “participante silencioso” de la Conferencia de Paz de París

La tregua del 11 de noviembre de 1918 se produjo aproximadamente 40 días tras el establecimiento del gabinete de Hara Takashi en Japón. Su primera labor como nuevo Gobierno consistía en hacer frente a los cambios que se estaban produciendo en la situación mundial. El gabinete canceló el Préstamo Nishihara, y el 29 de octubre de ese año tomó la decisión de no intervenir en la política nacional china. Se trata de algo fortuito, pero viéndolo desde la perspectiva actual ese Gobierno previó los cambios internacionales que estaban por llegar. El fin de la guerra privó a Japón de un ambiente en el que elegir políticas hacia China sin tener en cuenta las intenciones de las grandes potencias internacionales.

La Conferencia de Paz de París dio comienzo en enero de 1919. Las cinco mayores potencias -Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Italia y Japón- lideraron los debates sobre los asuntos principales, pero en ellos la presencia japonesa fue escasa, y esa poca participación hizo que se hablara de las autoridades japonesas como de “el participante silencioso”. Este silencio se debió a la política gubernamental de no participación en los temas que no afectaban a Japón directamente salvo por unos pocos casos (específicamente, los de igualdad racial, y los derechos de explotación sobre la Península Shangdong y las islas del Pacífico Sur, anteriormente bajo control alemán). Esto se basaba en el juicio de Hara, que elegía sus políticas de coordinación internacional tras estudiar cuidadosamente la situación mundial.

Fue el presidente estadounidense, Woodrow Wilson, quien lideró la Conferencia de Paz. El presidente había declarado en enero del año anterior una lista de 14 artículos con los que promovía una diplomacia pacifista que negaba la diplomacia imperialista que se había venido usando hasta entonces, y proponía vías diplomáticas basadas en consideraciones humanitarias. Además del proceso de paz europeo se insistía en temas como la abolición de la diplomacia secreta, la libertad marítima, la reducción de armamentos, los plantamientos sobre problemas coloniales y el derecho a la autodeterminación, así como la creación de organismos basados en los principios democráticos internacionales. Las propuestas se vieron mutiladas a lo largo de la conferencia, pero la filosofía de la que partían (la “nueva diplomacia”) tuvo su impacto en Japón. El prominente analista político Ukita Kazutami enfatizó la necesidad de que Japón adoptara una posición en la organización mundial, coordinándose con las otras potencias internacionales y olvidando la ideología nacionalista que había imperado hasta el momento, por la que Japón ignoraba a las otras naciones por considerarse un país sagrado; de lo contrario no podría lograrse el establecimiento de la paz mundial (Bunmei kaizō no dōtokuteki hōmen, “La dirección moral de la reconstrucción de la civilización”, 1919).

El Gobierno japonés estimaba que era mejor proteger los intereses mínimos de Japón, basándose en juicios realistas, y actuar en conformidad. Una vez asegurados, adoptó políticas que reforzaban la cooperación con el Reino Unido y, especialmente, con el nuevo líder occidental, Estados Unidos. La cooperación con ambos países se convirtió en el eje central de la diplomacia japonesa de los años veinte.