La duda fundamental que plantea a la vida el misterio de una naturaleza estratificada
Se puede afirmar que la misteriosa naturaleza compuesta por múltiples capas que refleja la animación de Miyazaki es uno de sus principales atractivos.
El Gran Terremoto del Este de Japón y el accidente nuclear de la central nuclear de Fukushima Dai-ichi gestionada por TEPCO que tuvieron lugar en 2011 demostraron una vez más que la realidad japonesa se va acercando al concepto de la naturaleza de Miyazaki. En la obra del cineasta aparecen repetidamente terremotos, tsunamis y contaminación radiactiva. Sin embargo, lo importante aquí es que originalmente la naturaleza pacífica y amable de Mi vecino Totoro forma un continuo con la naturaleza catastrófica de la jungla tóxica de Nausicaä del Valle del Viento. Es posible incluso que en esta Tierra las guerras y la energía nuclear sean simplemente una parte más de la naturaleza.
La obra de Miyazaki nos confronta una vez más con la fuente de la naturaleza (vida) y nos plantea la cuestión trascendental del sentido de la vida humana. A la vez que nos proporciona paz, la naturaleza es algo aterrador. Se va componiendo de elementos variados y muda sin cesar. ¿Podemos, pues, resucitar nuestra fe en esta naturaleza estratificada? ¿Podrán los bosques, los insectos, las personas, los espíritus, los robots y los dioses continuar su convivencia?
Miyazaki Hayao y el hilo de vida panasianista
Miyazaki no limita la imagen de la naturaleza estratificada a la realidad del archipiélago japonés, sino que la amplía a la vasta extensión del continente asiático.
En su juventud Miyazaki se vio fuertemente influido por la teoría de la cultura laurilignosa formulada por el botánico Nakao Sasuke (1916–1993) y el etnólogo Sasaki Kōmei (1929–2013). Esta teoría postula la existencia de una antigua cultura y agricultura comunes en la región de bosques de hoja perenne que se extiende del suroeste de Japón hasta Taiwán, el sur de China, Bután y el Himalaya. El origen de dicha cultura se sitúa en la llamada “media luna de Asia Oriental”, en cuyo centro se halla la provincia china de Yunan. Esta cultura habría tenido una gran influencia en la cultura Jōmon del oeste de Japón, difundiendo elementos como las técnicas agrícolas (por ejemplo, la agricultura de corta y quema), el mochi (pastelitos de arroz), el nattō (granos de soja fermentados), el té, la seda y la laca.
La técnica de lixiviación para quitar la amargura de alimentos como el arrurruz, el helecho y las bellotas, así como los alimentos fermentados como el miso, el nattō y el narezushi (sushi fermentado), se consideran elementos originales de la antigua cultura gastronómica japonesa; sin embargo, la teoría de Nakao y Sasaki no los considera como algo exclusivo de Japón, sino como elementos ampliamente difundidos en la vasta región cultural asiática. Descubrir esta visión de la naturaleza hizo que Miyazaki creyese por primera vez que era posible plasmar la naturaleza de Japón por completo mediante la animación.
Según Miyazaki, son pocos los pueblos del mundo a los que les gusta el arroz bien hervido (Japón, el sur de China y Nepal), y se pregunta si los japoneses de la antigüedad no pertenecían a una esfera cultural anterior al surgimiento de Japón y de la etnia japonesa (“Totoro no es una obra creada a partir de la nostalgia”, en Libros de texto de Ghibli: Mi vecino Totoro). Esta postura difiere de la ideología arrocera que ensalza el arroz como símbolo de la identidad étnica japonesa, ya que la dimensión de la esfera cultural que dibuja no se delimita por información y conocimientos superficiales sino por algo tan profundamente arraigado en la vida de las personas como la alimentación y las plegarias. Por eso hoy en día en la provincia de Yunan se sigue comiendo algo parecido al okowa (arroz con judías rojas) y los rostros de las gentes de Bután son idénticos a los de los japoneses.
El descubrimiento de esta teoría aportó a Miyazaki un refrescante sentimiento de liberación: le liberó de pensar en una cultura y una historia claustrofóbicamente confinadas entre las fronteras de Japón. Fue como una brisa revitalizadora. Miyazaki sintió que el hecho de vivir en Japón era en realidad parte de un proceso mucho más grandioso que atraviesa el mundo entero superando las fronteras nacionales y étnicas.
