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Este ejemplar batió las alas dos o tres veces y bajó volando directo al río.
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Un polluelo de plumaje marrón claro posado sobre un roble japonés.
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Un búho desciende del árbol, frena extendiendo sus alas en vertical y junta las garras para lanzarse al río a pescar.
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Los búhos manchúes eran venerados por los ainu —pueblo indígena de Hokkaidō—, que los bautizaron como kotan koru kamui (dioses protectores de la aldea).
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Un polluelo nacido en primavera. Su porte no desmerece al de un búho adulto.
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Un polluelo se entrena para volar aleteando sobre la rama de un árbol.
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El benigno sol de la primavera, cada vez más alto, baña la espalda de un polluelo.
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Un polluelo empieza a moverse arqueando el cuerpo y llevándose la garra al pico.
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Cuando abandonan el nido, los polluelos de búho manchú todavía no son capaces de volar por el bosque; solo saltan de rama en rama o se lanzan desde lo alto de los árboles para bajar planeando hasta el suelo.
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Voy al río donde la noche anterior oí a un búho ululando. Un rayo de sol se cuela entre el follaje iluminando una pluma de búho sobre una roca.
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El búho se tira al río y atrapa un pez con sus enormes y afiladas garras.
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El búho manchú también es conocido como búho pescador de Blakiston. Haciendo honor a ese nombre, un ejemplar ha pescado lo que parece un salvelino del Pacífico norte.
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Una vez se derrite el hielo que cubría el río por completo, vuelve a oírse el agradable sonido del agua que fluye. Es la época en la que los polluelos del búho manchú salen del huevo.
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Un búho macho vigila los alrededores del nido.
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Después de una hora seguida de temporal, la nevada se detiene y la vista se despeja. En ese preciso instante una hembra de búho desciende ante mis ojos. Al aletear se llena el cuerpo de polvo de nieve.
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Camino de huellas de búho sobre el río helado.
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Un día de verano oí una voz que ululaba encima del árbol bajo el que tenía la tienda de campaña. Me quedé totalmente paralizado. Ese fue mi primer encuentro con un búho manchú.