Por más que Japón sea tu segundo hogar, un extranjero es siempre un extranjero
Volví a Japón un año y medio más tarde y aquí sigo desde entonces. Sin darme casi cuenta, he vivido ya seis años en este “segundo hogar”. Si lo pienso, conozco mejor Tokio que cualquier ciudad de Taiwán y le he tomado cariño a la capital nipona. Como domino el idioma y mi aspecto no me diferencia de los japoneses, pocas veces me identifican como extranjera. Tengo la suerte de no haber sido víctima de situaciones de explotación que sufren muchos extranjeros en cualquier parte del país, como los estudiantes de intercambio que trabajan como esclavos. Sin embargo, también yo he sido objeto de la discriminación contra los extranjeros aquí; en mi caso, cuando quise alquilar una vivienda.
El año pasado me hice autónoma y me mudé de casa. Llevaba dos años y medio viviendo en un apartamento para los empleados de mi empresa y, como aquella vivienda no había tenido que buscarla yo, se me había olvidado la arraigada discriminación contra los extranjeros del mercado inmobiliario japonés. Por más que contase con un visado de residencia permanente, dominase el idioma o tuviese un empleo estable en una gran empresa, el simple hecho de que mi documentación indicase que soy extranjera hacía que se me rechazase como inquilina en muchas viviendas de alquiler.
Tras muchas tribulaciones, logré dar con un piso que me podía permitir, que no estaba mal de distribución y equipamientos y que admitía extranjeros, pero entonces empezaron los problemas con la empresa avaladora. La agencia inmobiliaria que gestionaba el inmueble tenía la norma de usar una empresa avaladora distinta para japoneses y para extranjeros: mientras que los primeros solo abonaban el 50 % del alquiler mensual como aval, los segundos tenían que pagar el 100 %.
Como no estaba dispuesta a permitir ese trato discriminatorio, decidí negociar con la agencia inmobiliaria. El responsable que me atendió era un joven amistoso de unos 25 años que, cuando le comenté que la normativa respecto a la empresa avaladora era discriminatoria, me dio la razón y me prometió que negociaría con su agencia para que se me ofrecieran las mismas condiciones que a los clientes japoneses. Al día siguiente me llamaron de la agencia: gracias a la intervención del joven, habían considerado mis argumentos y habían decidido concederme el mismo trato que a los japoneses respecto al aval de la vivienda.
Cuando al fin tenía la conformidad del propietario del piso y de la agencia inmobiliaria, y todas mis condiciones como arrendataria en regla, la empresa avaladora se pronunció. Al enterarse de que la avalada era extranjera, Zenhoren, una de las empresas de avales más potentes del sector, me exigió que nombrara a una persona como aval alternativo. Las empresas avaladoras sirven precisamente para que el arrendatario pueda prescindir de nombrar a un particular como aval, por lo que no comprendí que me lo pidieran, y menos aún por el mero hecho de no ser japonesa. Así que me dispuse a llamar a Zenhoren y negociar con ellos de inmediato. Desafortunadamente, el hombre que respondió a la llamada no tenía ninguna intención de discutir y se limitó a insistir en que la normativa de la empresa era inamovible. Al final no tuve más remedio que pagar el doble que los clientes japoneses para que me avalasen.
Según una encuesta elaborada por Jiji Press, casi la mitad de los extranjeros que han intentado alquilar una vivienda en Japón han sido rechazados solo por ser extranjeros. Me parece una cifra muy verosímil, aunque no me extrañaría que se quedase corta.
A pesar de que no sea ilegal, juzgar a una persona solo por su nacionalidad, negarle una vivienda y cobrarle más por ser extranjera constituyen muestras flagrantes de discriminación. Esta discriminación contra los extranjeros, anquilosada en el mercado inmobiliario, probablemente deriva de distintos problemas estructurales y no puede eliminarse de un plumazo. Lo importante es reconocer que existe y proponerse solucionarla. Ahora que cada vez más extranjeros llegan a Japón para realizar trabajos no cualificados, es el momento de afrontar el problema.