Los jóvenes fueron quienes más activamente secundaron las nuevas formas religiosas surgidas en el Japón de la posguerra. Hoy en día estas religiones han perdido gran parte de su vitalidad y muchos jóvenes se están aficionando a visitar los numerosos templos y santuarios tradicionales con que cuenta el país. En este artículo, un estudioso del tema indaga en la religiosidad de la nueva generación de jóvenes.
Mi especialidad son las religiones y tengo algunos libros sobre temas como el sintoísmo o el budismo en Japón, así que visito a menudo templos y santuarios. En todos ellos suelo descubrir la presencia de muchos jóvenes.
Hasta hace poco, eso de viajar recorriendo los templos budistas o los santuarios sintoístas de una determinada región era algo propio de la gente mayor. Pero últimamente resulta incluso difícil ver a personas mayores en estos lugares. Puedo encontrarme con algún grupo de ancianos que ha llegado en uno de esos viajes organizados en autobús, pero no es algo que ocurra demasiado frecuentemente. Los visitantes más entusiastas de edificios religiosos son, hoy por hoy, los jóvenes.
Récord de visitas en la ceremonia de reconstrucción del Ise Jingū
En 2013 el santuario sintoísta Ise Jingū llevó a cabo el sengū, una ritual reconstrucción de sus edificios que viene celebrándose una vez cada 20 años. Finalizadas las obras, el edificio principal recién estrenado lucía soberbio. Fue un año muy especial para Ise, que recibió un gran número de visitantes. Se contabilizaron más de 14,2 millones de visitas, incluyendo Naikū y Gekū (parte interior y exterior del santuario). Las previsiones hablaban de unos 13,0 millones, pero se han visto ampliamente superadas. Ha sido, sin duda, la mayor afluencia registrada en toda la historia del famoso santuario.
Muchos de estos visitantes eran jóvenes. Yo visité el renovado santuario por primera vez a finales de año y también entonces predominaban. Además, parecían muy respetuosos con las formas, pues ni al entrar ni al salir olvidaban hacer el preceptivo saludo ante el torii. No parecía que estuvieran visitando el sitio por pura curiosidad.
Hace unos tres años, cuando visité el santuario sintoísta de Kamigamo, en Kioto, me llevé la misma impresión. Justo entonces se realizan obras de reconstrucción periódicas similares a las de Ise Jingū y era posible contemplar muy de cerca el pabellón principal. Antes de llegar allí los visitantes podíamos acercarnos a una de las estancias y recibir la explicación del sacerdote sintoísta responsable del santuario. Pues bien, también quienes recibían la explicación eran mayoritariamente jóvenes, y por lo que pude ver, escuchaban con gran interés.
Templos y santuarios vistos como power spots
¿Cuándo comenzó a ocurrir este fenómeno? No lo sé, pero el caso es que hoy en día viajar visitando templos y santuarios es ya cosa de jóvenes. Y además no se trata de un turismo superficial, de una actividad de ocio, pues para ellos experimentar el encuentro con uno de estos lugares sagrados es el principal objetivo de su viaje.
Para explicárnoslo, tenemos que pensar, primero, en la relación que esto puede tener con el boom de las visitas a los power spots [lugares donde, supuestamente, el visitante puede absorber fuerzas emanadas de la naturaleza]. El tema de los power spots aparece con gran frecuencia en revistas, sitios de internet y otros medios, que nos hablan de cuáles de estos puntos son más poderosos, etc. En 2013 el Monte Fuji fue designado Patrimonio Cultural de la Humanidad y desde entonces se han multiplicado los artículos que lo presentan como un power spot.
En efecto, uno se encuentra a menudo con jóvenes que, tras visitar un templo o un santuario, afirman haber sentido ese power. Y si acudimos a una exposición de imaginería budista es probable que lleguen a nuestros oídos admiradas voces de jóvenes apabullados por el “increíble power” de alguna de las figuras. Pero en estas actitudes yo veo algo más que un simple boom.
Después, habría que considerar también las implicaciones económicas. Últimamente se habla de recuperación económica y se alzan voces que reclaman aumentos salariales, pero el hecho es que el largo proceso deflaccionario sigue su curso y que los salarios reales siguen sin subir. La inestabilidad laboral sigue extendiéndose y afecta cada día más a la juventud. Esto significa que los jóvenes tienen escasa disponibilidad de dinero.
Aparece entonces la visita a estos lugares sagrados como una opción de ocio asequible. Ir a Disneyland supone un desembolso de unos 10.000 yenes por persona. Pero la entrada al santuario de Ise, en sí misma, no cuesta dinero, además de lo que cada visitante tenga a bien depositar, como óbolo, a las grandes cajas que se sitúan frente a los lugares de oración. Y esto es extensible a cualquier otro power spot. Especialmente en el caso de los santuarios sintoístas, la gratuidad es la norma.
